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    Luis Miguel, la redención de un ídolo

    La serie es un éxito en Latinoamérica y reavivó el interés en la vida del cantante, salpicada de rumores y escándalos sobre los que él nunca había hablado

    ¿Por qué ahora? Para cualquier fanática, la pregunta del porqué del resurgimiento de Luis Miguel puede resultar incomprensible. ¿Qué resurgimiento? Si siempre estuvo ahí. Pero lo cierto es que para el “gran público” —como él mismo lo llama— Luismi estaba, artísticamente hablando, muerto. Ahora la vida le dio revancha y él, que casi desde que tiene uso de razón es una celebridad, volvió a hacer ruido, a ser (por primera vez, porque su éxito es pre-Twitter) trending topic. Luismi abandonó su hermetismo, y la autorización que siempre negó a los biógrafos que se dedicaron a escribir sobre su vida, se la dio a Pablo Cruz, un realizador mexicano, fan declarado del cantante, que un día, como al pasar, tiró en una cena con amigos la idea de hacer una serie sobre la vida del “sol de México”.

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    Diego Boneta personifica a Luis Miguel en la reconstrucción del rodaje del videoclip Cuando calienta el sol.

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    La historia real tiene todos los ingredientes de un buen melodrama, sin necesidad de exagerarlos o ficcionarlos: un padre (Luis Rey, español) perverso que lo sometió sin concesiones a la presión de los escenarios a una edad en que el niño tendría que haber estado jugando, que le conseguía prostitutas y terminó por estafarlo; una madre (Marcela Basteri, italiana) amorosa, hecha a un lado por un marido avasallante, que desaparece de un día para el otro sin dejar rastro; el éxito, que a los 21 años lo convierte en la estrella latina más cotizada y en el hombre más deseado por las mujeres hispanas de todas las franjas etarias.

    “Luis Miguel es una combinación de Elvis Presley y Frank Sinatra latino, no solo para México sino para casi todos los países de habla hispana y para mucha gente de todo el mundo ”, dijo el actor Diego Boneta, protagonista de la serie, sobre Luis Miguel.

    El cantante no solo dio su consentimiento, sino que mantuvo largas sesiones de conversación con los productores en las que se abrió de una manera que sorprendió y conmovió a sus interlocutores: “Te confiaba cierta información que es una responsabilidad llevar a la pantalla y respetar algo que para él es tan sagrado”, contó Cruz.

    Luis Miguel. La serie —cuya primera temporada tiene 13 capítulos y está disponible en Netflix— ha dado que hablar porque abrió las puertas a la vida privada de una de las figuras más misteriosas de estos tiempos. Los entretelones de su intimidad no son precisamente paradisíacos. Están la fama, el lujo, los amores sinceros, sí, pero también las miserias, los intereses y los golpes que lo convirtieron en este hombre controvertido y distante. Está la explicación del fenómeno y de su carácter.

    Si le preguntan a una fan, la serie fue la oportunidad que tuvo Luis Miguel de redimirse. Y la tomó.

    Apertura total

    Existen frases célebres de Luis Miguel, como “no lo niego ni lo acepto, sino todo lo contrario”. La tortura de los periodistas, el rey de la vaguedad, de responder con evasivas, de no decir nada, encontró su momento para hablar. Y entonces nos enteramos de que hubo un tiempo en que fue joven, inexperiente y crédulo, y que no le fue tan bien, y entonces construyó este personaje que algunos rechazan y atrae a otros como un imán. Es difícil resistirse a un hombre así de intenso y (aparentemente) necesitado de afecto, que con esa voz prodigiosa habla en sus canciones del amor y el sufrimiento que provoca; una combinación de atributos prácticamente infalible.

    El ídolo nunca respondió a los rumores de que había muerto (llegó a decirse que el que hoy hace conciertos es un doble, que el verdadero Luis Miguel está bajo tierra desde 2010), ni a los que hablaban de sus hijos ilegítimos, del desinterés por su familia italiana supuestamente indigente, de sus relaciones amorosas. Solo esperó a que las aguas se calmaran, y eventualmente lo hicieron.

    El hombre que vendió más de 100 millones de discos, el que revivió el bolero, el del bronceado eterno, accedió a contar su historia poco antes de cumplir 50 años. “Durante décadas, muchas personas han hablado de mi vida”, dijo Luis Miguel después de anunciarse el proyecto de hacer la serie. “Muchas más han creado sus propias versiones. Ahora he decidido contar mi historia. Estoy listo para visitar los aspectos de mi pasado que han generado tantas preguntas y especulaciones. Se van a sorprender y recorrerán conmigo este viaje emocional que formó a la persona y al artista que soy”.

    La serie es, para sus seguidores, la ilusión concretada de acceder, 36 años después de que se subiera por primera vez a un escenario, al backstage de esos tiempos que moldearon a este ídolo taciturno y reservado. Para los demás, una historia real, dramática, llevada a una ficción bien narrada que recorre los primeros pasos de un artista que marcó un antes y un después, sin clichés ni idealizaciones. Cuando los reflectores se apagan, todos nos parecemos.

    En foto

    (De izquierda a derecha)

    Óscar Jaenada como Luis Rey, padre de Luis Miguel, y el pequeño Izan Llunas como Luis Miguel en sus comienzos.

    Paulina Dávila interpreta a Mariana Yazbek, la primera novia de Luis Miguel.

    Escena familiar: Luis Rey (Óscar Jaenada) y su esposa Marcela (Anna Favella), con sus hijos Luis Miguel (Izan Llunas) y Alex (Juan Pablo Zurita).

    El otro Luismi

    Se llama Diego Boneta y, viéndolo de perfil, cualquiera juraría que ha viajado en el tiempo al año 88, y que ese es el mismísimo Luis Miguel en los tiempos de Cuando calienta el sol. El peinado, los gestos, la caracterización entera son un acierto. Lejos de una personificación burda o exagerada, Boneta es preciso en sus movimientos más pequeños, en su forma de pronunciar la “s” y de tirarse del pelo.

    Es mexicano, tiene 27 años y se declara fanático de Luis Miguel de toda la vida (puede verse en YouTube un video de un Boneta niño participando en un reality show interpretando La chica del bikini azul). Un año le llevó estudiarlo a fondo, escuchando su música (porque el actor además interpreta sus canciones y hasta se editó una banda sonora de la serie que ya está en Spotify), consultando fuentes cercanas al artista, viendo entrevistas y hablando personalmente con él: “Tuve la oportunidad de pasar tiempo con él, observar sus peculiaridades y analizar su forma de hablar. Me convertí en una esponja, absorbía todo ”, contó el actor. “Lo difícil fue humanizarlo. En realidad, ese es mi trabajo. Yo le pongo la piel a esta leyenda viviente para humanizarla. Por eso es que tardé un año en prepararme. Tuve que convertirme en él. Para que otros crean que soy Luis Miguel, primero debo creerlo yo”.

    La serie transcurre en dos épocas en paralelo, con tres actores que interpretan a Luis Miguel. Aunque el protagonista es Boneta, Izan Llunas se luce con la interpretación del cantante en su niñez, y Luis de la Rosa en su adolescencia. Una de las líneas temporales empieza en 1982, los comienzos de Luis Miguel, cuando tenía 12 años y su padre empezaba a descubrir en ese cuerpo tan pequeño una capacidad vocal y una fuerza interpretativa descomunales. Esta primera temporada de 13 capítulos (el último está disponible desde el domingo pasado) es un retrato del estrecho vínculo con su madre (Anna Favella), que intentaba protegerlo y darle una infancia más normal, y que quedó trunco sin explicaciones, y de la relación conflictiva con su padre (interpretado por Oscar Jaenada, ganador de dos Goya), decidido a convertirlo en una estrella a cualquier precio. Está también su hermano Alex (Juan Pablo Zurita), dos años menor, un chico de perfil bajo que también sufre la desaparición intempestiva de su madre.

    En paralelo, la serie muestra cómo este cantante ya consolidado (1988) lidia con una fama cada vez más internacional y con los resquicios de una infancia que no existió como tal. Aparece entonces su primera novia, Mariana Yazbek (interpretada por Paulina Dávila), fotógrafa (que después de la ruptura vuelve con su ex, el cineasta Alejandro González Iñárritu), y un par de años después Érika Camil (Camila Sodi), hija de un amigo de la familia del artista; ambas relaciones fueron relativamente breves pero significativas. También queda sugerido el nacimiento de su primera hija, en 1989 (con Stephanie Salas, una actriz también mexicana), que en ese momento el cantante no reconoció.

    El telón de fondo es Acapulco, un escenario soñado, y el protagonista, un hombre que parece tenerlo todo, pero la historia no es una historia feliz.

    Antes de que estuviera disponible el último episodio de la primera temporada de la serie, Diego Boneta compartió en Instagram una foto reciente con Luis Miguel diciendo: “Gracias por tus consejos, confianza y complicidad”.

     

    Diario de una fan

    Corría el año 1992 y yo todavía creía en las señales. Hasta el día anterior, Luis Miguel apenas estaba en mi radar: sabía que existía, sabía lo que cantaba, y no mucho más. Pero esa noche había soñado con él. No recuerdo bien qué, pero evidentemente había sido lo suficientemente intenso para no poder sacármelo de la cabeza ese día, ni los siguientes, ni los meses y los años próximos. Ese día me compré mi primer póster. No tuve que hacer mucho, había una feria en mi calle, y ese viernes de primavera ventoso, el póster (el que terminé comprando) voló desde la mesa directamente a mis pies. Si eso no era una señal, ¿qué era? Así empezó todo. Yo tenía 12 años y pasaba las tardes del fin de semana ordenando recortes de revistas y viendo los VHS con videoclips y conciertos que grababa de la televisión. Esa Navidad, mi abuela me regaló el casete de Romance; los CD todavía no eran una cosa tan difundida (en mi casa había solo uno de Pavarotti y otro de Roy Orbison).

    La primera vez que lo vi en vivo fue el 23 de noviembre de 1993, junto al resto del club de fans (hoy ya casi inexistente), en el Estadio Centenario. Yo acababa de cumplir 14 y hubiera dado lo que fuera por intercambiar miradas con él: yo desde la platea, él desde el escenario.

    Por algún motivo estaba convencida de que si Luis Miguel me hubiera conocido, se habría dado cuenta de que estábamos hechos el uno para el otro. Mi mayor preocupación entonces era la diferencia de edad (él es 10 años mayor), y no tanto que fuera una estrella y tuviera el mundo a sus pies. Después descubrí que esa sensación de tener una conexión especial con el objeto del amor imposible es un sentimiento que prácticamente define el ser fan.

    Lo vi nueve veces más: en 1994 en el estadio de Vélez, en Buenos Aires; en 1996 otra vez en el Centenario; en 1997 en Vélez, Buenos Aires, de nuevo; en 1998 en el Caesar’s Palace de Las Vegas (un encuentro fortuito, podría decirse); en 1999 otra vez en el Centenario; en 2002, 2005 y 2012 en el Hotel Conrad. La última vez fue en mayo de este año, el 20, en el Pepsi Center de Denver; otra vez, por casualidad. Yo estaba allí y él también (es difícil no creer en el destino después de este tipo de coincidencias, ¿o no?). Llegué un día antes del concierto y cuando supe del show, compré la entrada que conseguí, en una de las últimas filas. Aunque el tour se llamaba México por siempre, pensé que me encontraría con unos cuantos angloparlantes, pero no. Toda la comunidad mexicana de Denver estaba allí, con sus mejores galas, listos para volver a ver a su ídolo, que llevaba ya varios años sin hacer una gira. No faltó un hit pop, ni un bolero, ni un tango, ni una ranchera.

    Me quedé esperando verlo de cerca, pero ni en la pantalla gigante lo logré; me di cuenta después de que el plano nunca llegaba a ser lo suficientemente cerrado como para verle la cara. La vanidad no da tregua ni a los 48 años: debe ser difícil para un hombre tan bello verse envejecer.

    Volátil y algo divagante —como ha sido siempre—, empezó a hablar del “maravilloso público” que hace “posible lo imposible”. “La maravilla de la música es poder comunicarnos a través de los corazones, a través de los sentimientos, de las emociones. ¿Quién podría imaginar la vida sin música, sin una banda sonora que nos acompañe en cada momento importante que ha formado parte de nuestras vidas? Por eso vale la pena rendirles un tributo a todas esas composiciones de aquellos que ya no están, que ya partieron, que no están con nosotros. Que ustedes recuerden estas canciones y las sigamos cantando los mantienen vivos y los hacen más grandes. Por esto, no hay palabras para reconocer algo tan bello como es… Qué lindo es el amor, qué linda es la amistad, qué linda es la lealtad”. Después invitó a cantar con él, a dúo, Hasta que me olvides.

    Yo no lo olvidé. Esa noche volví a tener 12. Me fui con la misma sensación que sentía cada vez que terminaba un concierto suyo en mi adolescencia, cuando ÉL era lo más importante. Devastada por la separación y lo incierto de un próximo encuentro. La diferencia es que ahora lo supero más rápido.

    GALERIA
    2018-07-19T00:00:00