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La primera vez que entré a Búsqueda, en la vieja casa de la calle Uruguay, hoy convertida en una pensión, solo conocía al Vasco Recarte. El primer periodista que salió a mi encuentro y me dio la bienvenida —jamás nos habíamos visto antes— fue Claudio Romanoff. “Vos sos amigo del Vasco y te gusta la música, nos vamos a llevar bien”, me dijo el Roma. A partir de ahí se formó, con él y otros compañeros del semanario, una intensa amistad que duró todo el tiempo que compartimos en Búsqueda. El Roma luego se fue a El Observador, después a Últimas Noticias, Canal 4, El Observador de nuevo y finalmente a VTV, donde fue gerente de noticias, una carrera intensa por varios cargos y responsabilidades del periodismo, como a él le gustaba. “Disfruto sacándole información al poder”, repetía con placer real en los ojos, esos ojos de buen sabueso.
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Los lugares de trabajo y la pertenencia a un mismo equipo tienen esas cosas: te hermanan. Podés discutir de política y de periodismo, te puede acercar o alejar la simpatía o no a otros medios y colegas, pero entre nosotros, los de Búsqueda, éramos una banda. En aquel entonces lo que hacíamos parecía tener más importancia que lo que hoy hacemos. Creo que esto les pasa a todos los periodistas de Caconia y del resto del mundo. Aquel era un mundo preinternet y precelulares, y la guarida de los forajidos de la información pasó a ser la casa del Roma en tres apartamentos distintos: el de Acevedo Díaz, el de Pedro Campbell y el de Reconquista, en la Ciudad Vieja.
En aquel Uruguay de los 90, preporro legal, nuestras fiestas eran muy animadas. Yo vivía en un sótano de la calle Lezica, ideal para juntar a la canalla. El Roma —o Maluf, un apodo más cercano y compinche— les dio a esos encuentros una definición certera: fiestas beatniks. Tenían jazz, alcohol y drogas. “Chueco, no te deshagas nunca de esos parlantes, tienen un sonido tremendamente dulce”, me dijo una vez que escuchábamos una balada de Benny Golson. El Roma, además de ser un periodista muy informado y sumamente astuto, era un tipo sensible. La sensibilidad es muy difícil de definir, como el swing: se tiene o no. El Roma tenía ambas cosas.
Cuando una situación le parecía incómoda, un tanto bizarra y desagradable, arrugaba la frente y hacía su mejor exclamación: Bdhhhhhhhh. Le encantaba repetir el numerito:
—Bo, encontraron a fulano en el baño con las manos en la masa.
—Bdhhhhhhh…
Otro de sus caballos de batalla en la Redacción era la música de Alpha Blondy y Peter Broggs, que siempre sonaba: “I’m an international farmer…”. Maluf podía estar trabajando en una nota sobre Julio María Sanguinetti, la interna del Frente o a propósito de la embestida baguala que siempre parecía castigar a Lacalle padre. A todos ellos les sobrevolaba de una forma u otra el porro. Sin embargo, la cannabis sativa jamás interfirió en la precisión de la información. Para las fiestas de Búsqueda la banda caía en patota o se juntaba en un apartado. Todos los miembros éramos granjeros de una planta que hoy se vende en… farmacias.
El Roma nunca jugaba al fútbol. Cada vez que lo invitábamos, respondía con una sonrisa: “Estoy en rebeldía”. Prefería bucear. Si no podía ir a una fiesta beatnik, era porque tenía “el frente interno complicado con la Flaca”, su novia de aquel entonces.Una vez nos fuimos un fin de semana al Polonio. Todos íbamos vestidos con ropas viejas, valizeras: marrón y negro gastado, opaco, casi sucio. Era obvio: un fin de semana de reviente. El Roma estrenó una remera nueva de lustroso rojo, amarillo y verde jamaiquinos. “¡Sacate eso, Roma, no seas marcón!”. El Roma no se sacó nada.
Otra vez se cruzó con Sanguinetti y le preguntó por el Cabo Polonio. El gobierno estaba decidido a demoler varios ranchos. “Vamos a terminar con ese atorrantaje”, parece que le dijo Sanguinetti. “Mire que ahí tenemos una guarida”, le devolvió el Roma en honor a nuestros fines de semana beatniks.
Los recuerdos son muchos, demasiados, y tal vez los mejores queden en el tintero o no se puedan reproducir. El Roma siempre guardó un secreto: “Yo sé quién le regaló un bozal al Vasco para su casamiento”, repetía una y otra vez.
—¿Quién fue, Roma, quién, quién?
—Nunca lo sabrán.
Fui al casamiento del Roma, el primero. Estuvo bueno, la novia entró con música de Chet Baker. A las dos semanas o algo así se divorciaron. Nunca supe qué pasó. Bdhhhhhhhh…
Recuerdo con claridad los últimos encuentros que tuve con él. Uno fue en la calle, muy cerca del Sanatorio Americano. Hablamos del violinista Jean Luc Ponty. Ya no nos veíamos con frecuencia pero todavía latía la amistad y la música. “Ponty dijo que el mejor sonido era el silencio, ¡genial!”, apuntó el Roma.También lo vi en la actual Redacción de Búsqueda, una noche que fue a escuchar la charla que daba un colega. “¿Dónde está tu escritorio?”, me preguntó. Allá al fondo, le dije, como el tuyo en la Redacción de la calle Uruguay.
La última vez que lo vi fue de lejos. Un grupo de periodistas de Búsqueda fuimos a almorzar a una parrillada que queda cerca del Palacio Legislativo. Nosotros estábamos afuera, el Roma salía por una puerta lateral. Apenas vi su rostro y luego su espalda.
Estos recuerdos son poca cosa, no hacen honor al Roma ni a los intensos años que vivimos como periodistas. En nuestra profesión, el deber esencial es informar y cada tanto escribir obituarios como este, que hago escuchando reggae desde el fondo de la Redacción. Vengo del velorio del Roma. Los que quedamos en pie estamos más gordos, más canosos y gastados, con problemas de columna, con bastón. Hay veces en que las palabras, para adquirir mayor significado, deberían sonar como notas musicales, nada más. O al menos como imágenes sencillas, sin otra pretensión que su propio contorno, sin contenido alguno. Como dijo el androide de Blade Runner, al final del trayecto solo somos lágrimas en la lluvia.