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Así como en los años 90 los tatuajes se pusieron de moda, alzándose como un gesto de rebeldía y transgresión, hoy siguen siendo un mercado atractivo y tema de conversación, pero desde otro ángulo: cómo borrar esas huellas de tinta que, en un momento, se creyeron para siempre. Es que en la última década, los fanáticos de los tatuajes —esos que en su adolescencia se enamoraron del hada que Britney Spears llevaba en la espalda o de las letras chinas que David Beckham se tatuó en las costillas— empezaron a elegir dibujos más grandes y elaborados en zonas cada vez más visibles del cuerpo. Y así los tatuajes empezaron a asomarse en brazos, manos y hasta en el cuello.
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Aunque todavía hay quienes copian los grabados de los famosos o siguen los motivos que están de moda, lo cierto es que la mayoría encuentra en la tinta una forma de perdurar una experiencia o mostrar una forma de pensar. Basta salir a caminar por las calles de Montevideo para ver brazos decorados con calaveras, cuellos con iniciales o dedos manchados con pequeños corazones o cruces. Los tatuajes se convirtieron en una suerte de carta de presentación de aquellas personas que deciden inmortalizar un momento, una experiencia o una sensación en alguna parte del cuerpo. Y la inmortalidad, que se olvida cuando la tinta está fresca, se volvió en un problema cada vez más frecuente.
Los tatuajes se hacen con agujas —de distintas medidas— que perforan la piel entre unas 50 y 300 veces por minuto. Cada vez que penetran, además, se sueltan unas gotas de tinta que quedan comprendidas en la dermis y pueden estar años sin sufrir ningún deterioro, dispersión o decoloración. Esas características son las que pueden transformarse en una pesadilla cuando, después de un tiempo, el hada que fue furor en los 90 deja de estar de moda o el nombre de un novio inmortalizado en el brazo se vuelve en un doloroso recuerdo de una relación que ya terminó. Pero el disparador del arrepentimiento puede ser aún más simple, como un error de tipeo o de traducción a alfabetos como el árabe, chino o hebreo. Y ahí aparecen los miedos: ¿se puede dar marcha atrás?
En el olvido
Hasta hace 20 años, la remoción de tatuajes era una práctica que pocos consideraban viable en Uruguay. Los métodos para borrarlos eran violentos y dejaban una desagradable cicatriz en la zona que había sido invadida por la tinta. Se podían borrar con ácido o “lijar” una capa de la piel hasta que el color desapareciera. Eran procedimientos riesgosos, sobre todo por la posibilidad de contraer una infección o dejar una mancha permanente. Además, por supuesto, del dolor. Lo más habitual, entonces, era disimular los antiguos diseños generando nuevos por encima. Era usual que las personas los taparan con algún dibujo más grande, con más detalles en negro y sombreados, aunque el diseño inicial tendía a notarse. Otros, simplemente se conformaba con mirar hacia un costado y seguir con el tatuaje que en algún momento les había gustado.
La situación era diferente en Europa y Estados Unidos, donde la cultura de los tatuajes se había instalado en las grandes ciudades hacía años. La expansión del fenómeno —y el deseo de muchos europeos de borrarse las marcas de su juventud— llevó a que se fabricaran modernos equipos con láser que podían eliminar las manchas. Al poco tiempo, las clínicas uruguayas importaron las primeras máquinas básicas: “Nosotros empezamos a removerlos hace veinte años. Entonces, utilizábamos un equipo que los vaporizaba, pero no estaba pensado de forma específica para los tatuajes”, recuerda la doctora Helena Wernik, directora de la clínica Láser Light. La tecnología más moderna demoró en llegar.
Los pocos centros estéticos de Montevideo que ofrecen tratamientos para remover tatuajes empezaron a utilizar máquinas equipadas con distintos tipos de láser hace menos de cuatro años. Wernick, pionera en el rubro, trabaja con una tecnología que permite borrar los tatuajes con un procedimiento específico para cada color: “Está pensado para todas las tonalidades y, a diferencia de otros equipos, no deja marcas en la piel”, dice.
En la mayoría de las clínicas locales, sin embargo, no se asegura la remoción total de los colores fantasía. “Los tatuajes negros siempre desaparecen, pero algunas tonalidades no se logran quitar en un 100%. El rojo y el verde son los más difíciles de sacar”, cuenta Patricia Uriarte, de simásBellos, una clínica de estética integral que hace cerca de tres años trabaja con un equipo de láser Q Switched, uno de los más efectivos. Y lo mismo ocurre en el centro Dermoimagen: “Solo usamos dos longitudes de onda para los colores oscuros, como el negro o marrón, y una para los rojos”, explica María Inés Gómez, especialista en micropigmentación.
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Un tratamiento, tres razones
Muchos podrían pensar que, en pleno siglo XXI, los tatuajes no son una limitante en las postulaciones de trabajo. Pero la exigencia laboral es una de las principales razones por las que los pacientes consultan en las clínicas estéticas. “A veces se los quieren borrar por necesidad más que por deseo”, dice Uriarte, de simásBellos. En la página web de la Escuela Militar, por ejemplo, una de las preguntas más frecuentes entre los interesados es si se puede ingresar con “tatuajes, piercings o implantes”, todos “causales de no aptitud”. El requisito se repite entre los que buscan entrar al servicio policial o a la Escuela de Aeronáutica. “Algunos quieren quitárselos porque en ciertos trabajos no los dejan tener tatuajes en las zonas expuestas como en los brazos, las manos y ni hablar del cuello”, explica Gómez.
Los pacientes también consultan porque quieren borrarse un dibujo o una frase que se grabaron durante su juventud. Y ni que hablar de las fechas y los nombres de personas —novios o amigos— que formaron parte de algún momento de su vida. “Cada vez es más frecuente hacerse un tatuaje. Pero las modas pasan y muchos se arrepienten”, cuenta Uriarte. Al cansancio puede sumarse el aburrimiento: “Es común que lleguen pacientes que están aburridos de tener el mismo diseño”, explica Wernik.
En la clínica simásBellos, que recibe cerca de 300 consultas al año, también llegan pacientes que quieren borrarse un tatuaje para hacerse otro encima sin que les quede una mancha. “Es la mejor opción si quieren tener alguno en la misma zona porque la piel queda en perfectas condiciones”, señala también la directora de Láser Light. Según un estudio del Instituto Médico Láser de Madrid, los únicos tatuajes de la juventud que casi nunca son removidos son los escudos de un equipo de fútbol, ya que son símbolos que recuerdan un sitio de pertenencia. En Uruguay, es habitual ver brazos, piernas y torsos con la bandera de Peñarol o Nacional, la cara de algún jugador o incluso el resultado de algún partido emblemático. Después de que la selección uruguaya obtuviera el cuarto puesto en el Mundial de 2010, algunos fanáticos se animaron a tatuarse el escudo nacional o la fecha de la copa. Y algo similar ocurrió luego del campeonato de Rusia con el retrato del técnico Óscar Washington Tabárez, que se volvió un pedido recurrente en los estudios de los tatuadores.
En detalle
La remoción de un tatuaje no es un tratamiento sencillo. Después de que el paciente llega a la primera consulta, la clínica tiene que analizar las condiciones en las que fue realizado para determinar la cantidad de sesiones necesarias para eliminarlo. “No es lo mismo borrar uno casero que uno profesional, que está hecho con determinada tinta y una aguja más profunda”, dice Wernik. También depende del tiempo —cuanto más viejo es más simple—, el tamaño y, por supuesto, el tono: “Si está hecho con colores fantasía es probable que el tratamiento se extienda por tres o cuatro consultas más”, indica Uriarte.
En promedio, un tatuaje se elimina con un tratamiento que puede llevar entre cuatro y ocho sesiones, y tienen un costo que oscila entre 2.000 y 9.000 pesos cada una. Después de cada consulta, que se realiza una vez por mes, la zona tratada suele quedar un poco más despigmentada que el resto del cuerpo. En los días posteriores, incluso, pueden aparecer ampollas porque la piel reacciona de una forma similar a una quemadura. “Es un tratamiento molesto y bastante doloroso, pero es efectivo”, dice Uriarte.
Lo que hay que saber
· Los tatuajes solo se pueden sacar con láser.
· Eliminarlos lleva entre cuatro y ocho sesiones.
· Es más doloroso que hacérselos.
· El precio de cada sesión oscila entre 2.000 y 9.000 pesos.
· Los dibujos de más años son los más fáciles de quitar.
· El negro es el color más fácil de borrar y el rojo uno de los más difíciles.