Metas, rituales, rutinas de entrenamiento e historias de vida de los 17 deportistas que defenderán a Uruguay en Río 2016, los primeros Juegos celebrados en Sudamérica
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PABLO DE FAZIO & MARIANA FOGLIA
Ya habían volado juntos muchísimas veces, pero nunca a bordo de un barco. Desde que hace tres años Mariana Foglia y Pablo Defazio dejaron de competir en clase snipe para hacerlo en Nacra 17 —otra de las clases internacionales de vela—, navegan más tiempo en el aire que sobre el agua. Y eso se debe a que el cambio de categoría implicó el uso de una embarcación muy diferente a la que acostumbraban timonear: ahora dirigen un catamarán más liviano, rápido —puede alcanzar los 50 km/h— y sensible a los movimientos de los tripulantes. Arriba del barco, el trabajo de los regatistas se percibe más como una danza sincronizada que como un despliegue de fuerzas y potencias. El catamarán mide 5,25 metros y pesa unos 140 kilos. “Es muy riesgoso y extremo, porque apenas damos un paso el barco responde. Va dando saltos por encima del agua, y eso hace que arriba sea todo sutileza. Hay que lograr un muy buen balance entre los dos mientras cada uno mantiene el equilibrio de su propio cuerpo. Gran parte del trabajo se centra en el tren superior, y se trabaja mucho con los brazos”, explican.
A mediados de 2012, la Federación Internacional de Vela anunció que Nacra 17, en equipo mixto, pasaría a conformar el repertorio olímpico a partir de Río 2016. Y fue ahí, con el objetivo de participar en sus primeros Juegos, que el matrimonio Defazio-Foglia se metió de lleno en una disciplina que al principio les resultó ajena. Cuatro temporadas después, en enero de este año, consiguieron la clasificación en el Mundial de Miami. Están entre los 20 mejores del mundo y en los Juegos pretenden llegar a la primera decena.
El barco roza el agua y sale disparado. En el momento en que el catamarán deja de hacer contacto con la superficie, Mariana y Pablo se desenganchan el arnés de la vela y la cruzan por debajo para hacer la próxima maniobra. En fragmentos de segundo pasan de estar colgados de un lado al otro. Mariana controla las velas, la velocidad. Pablo maneja el timón, la dirección.
Esta nueva categoría los obliga a hablar constantemente, a relatar la regata en voz alta. Ella observa y anticipa obstáculos. Él escucha y toma decisiones. “Se viene presión en cinco, cuatro, tres, dos, uno. ¡Entra la presión!”, son el tipo de frases que se oyen en sus regatas que duran unos 30 minutos.
Ambos provienen de familias de regatistas (ella es la hermana mayor de los también olímpicos Alejandro y Andrea Foglia) y se conocieron en el agua, navegando en Punta del Este, en 1998, cuando Pablo tenía 16 y Mariana 15. Al tiempo se ennoviaron y empezaron a competir juntos. Una síntesis de la línea de tiempo de la relación podría decir que fueron novios hasta que terminaron en 2001, en 2002 ganaron el Sudamericano mixto de clase snipe de Asunción, en 2007 volvieron a ser pareja, en 2008 se casaron y en 2009 tuvieron a Paula, que suele acompañarlos a las competencias.
Desde que se preparan para los Juegos Olímpicos, Mariana, que tiene una maestría en Ciencias Biológicas, y Pablo, que maneja un taller de reparación de velas, suspendieron sus rutinas laborales para enfocarse en los entrenamientos, la recaudación de fondos para cubrir el presupuesto del barco —entre otras estrategias apelaron al crowdfounding— y las giras con destino a Europa y Río de Janeiro.
DEBUT - Miércoles 10 / 13h / Marina da Glória
PABLO CUEVAS
Fue un miércoles, el 27 de abril de 2011, en Portugal. Ese día a Pablo Cuevas le tembló el futuro. Tenía 25 y se topó con la peor lesión de su carrera, esa que casi lo deja fuera de competencia para siempre. Jugaba la segunda ronda del Estoril Open contra el francés Jo-Wilfried Tsonga, y en medio del partido su rodilla derecha empezó a dar señales de desgaste que solo pudo disimular con antiinflamatorios y una técnica entrenada para controlar mentalmente el dolor. Pero el salteño siguió, ganó y llegó a disputar la semifinal con Juan Martín del Potro. Después vino el Masters de Roma, y ya en el primer encuentro sintió un pinchazo del que no pudo recuperarse y que eliminó sus chances de viajar al Torneo de Niza. De todas formas insistió, y a fines de mayo compitió en el Roland Garros. Debutó contra el croata Antonio Veic pero abandonó antes del final, porque la rodilla soportó hasta el cuarto set y colapsó. A partir de ahí su partido más importante se trasladó al consultorio.
Pasaron cinco meses antes de la primera operación en Buenos Aires y un año de la segunda en Estados Unidos. En ese período, además de puntos del ranking ATP, la participación en todos los torneos de fines de 2011 y la temporada entera de 2012, Cuevas perdió uno de sus principales sueños deportivos: competir en unos Juegos Olímpicos. Recuerda que el martirio era diario. En Argentina, frente a su casa en Palermo, la fachada de un edificio en construcción estaba empapelada con carteles publicitarios de ESPN que proponían una cuenta regresiva para Londres 2012. El uruguayo se sentaba en el balcón y fijaba la vista en los cuerpos atléticos que, a diferencia de él, sí se habían clasificado. Lo hacía con angustia, pero también con sed de revancha. Entonces, en 2013, contra todo pronóstico, no solo volvió a las canchas sino que lo hizo en su mejor versión, trepó en el ranking del tenis profesional y en marzo de 2015 se posicionó entre los mejores 21 tenistas del mundo.
Ahora, 20° en el ATP, acaba de competir en Wimbledon, Hamburgo y Umag (Croacia), y se prepara para viajar a los Juegos de Río 2016.
Cuevas está acostumbrado a cruzarse con los mejores en torneos Masters o Grand Slams, pero piensa que en este sentido los Juegos tienen un plus: se imagina en la inauguración, en la villa olímpica, en el comedor, junto a otros deportistas de elite que admira fuera del tenis. El intercambio en la villa, dice, “lo hace todo diferente”. También quiere que llegue Río para viajar con la delegación uruguaya y sentirse parte del equipo, y le tienta la presión que implica tener muchos más espectadores que desde Uruguay seguirán sus pasos en la competencia.
El calendario oficial de los Juegos indica que la primera ronda del tenis, en categoría individual masculino, se disputará entre el sábado 6 y el domingo 7 de agosto, en el Centro de Tenis del Parque Olímpico de Barra (las finales se jugarán el domingo 14). Aunque sabe que tendrá que salir de su hábitat natural, el polvo de ladrillo, para jugar en cancha de cemento, Cuevas quiere entrar en la historia y volver con una medalla. Y haber ganado el ATP de Río de Janeiro en febrero de este año, con la eliminación a Rafael Nadal en semifinales incluida, le da el empuje que necesita para aferrarse a la ambición e imaginarse en el podio.
DEBUT - Sábado 6 / 10:45 y 18:45 / Centro Olímpico de Tenis
DÉBORAH RODRÍGUEZ
Todo se reduce a 800 metros y poco más de 120 segundos. En esa distancia, en ese tiempo, Déborah Rodríguez va a cumplir un sueño. Y no tiene que ver con bajar marcas ni ganar medallas sino con que el día de su debut en Río, en la mañana del miércoles 17 de agosto, sus padres, Elio y Silvia, van a verla al Estadio Olímpico, algo que por costos y lejanía no pudieron hacer en Londres 2012.
Déborah se clasificó a los Juegos Olímpicos en junio del 2015, al ganar el oro en 800 metros en el Sudamericano de Lima con un tiempo de 2’01”46. Pero se enteró siete meses después, en diciembre, cuando la Federación Internacional de Atletismo modificó la marca mínima para entrar a la lista de competidores: pasó de 2’01”00 a 2’01”50. Cuatro centésimas de segundo a favor le dieron un cupo en Río; 'así de minucioso, así de preciso es este deporte', dice.
Este año, Déborah conoció la pista de atletismo donde disputará su segunda competencia olímpica. Fue en el Iberoamericano que se realizó como test event de Río 2016 entre el 14 y el 16 de mayo.
Compitió en 400 metros con vallas y ganó el primer puesto; pero aun así no llegó al tiempo necesario para clasificarse a la disciplina que considera su especialidad.
La edad óptima para competir en los 800 y los 400, dice, es entre 24 y 28 años; y ella tiene 23. Por eso cree que su meta más ambiciosa podría ser la de los Juegos de 2020 en Tokio, en los que aspiraría a algo más que superar sus propios límites. “Aún tengo tiempo para trabajar más y alcanzar la madurez deportiva”, explica.
Déborah corre en pista desde los cuatro años. Su hermano mellizo, Ángel, eligió el fútbol como su padre; el mayor, Martín, básquetbol, y ella siguió los pasos de su madre como atleta. A los 14 fue reclutada por el entrenador Andrés Barrios, se trasladó a Maldonado y se instaló en el Campus Municipal. Su primer campeonato internacional lo ganó en 2008, en el Sudamericano de menores de Lima. De ahí en adelante figura en las competencias nacionales y regionales, incluida Londres 2012.
Ahora, de cara a su participación en Río, la atleta mantiene su rutina de entrenamiento de doble horario que alterna entre Maldonado y Punta del Este, además de giras europeas, siempre dirigida por Barrios. Viajará a Brasil a fines de julio y se imagina el día de la carrera realizando la serie de rituales que practica previo a competir: ir a la peluquería, maquillarse, rezar, escuchar algo de música —principalmente hip hop y rap—, abrazar a su entrenador y pensar en su abuelo antes de que suene el disparo de largada.
DEBUT - Miércoles 17 / 10:55 h / Estadio Olímpico - Engenhão
JHONATAN ESQUIVEL
“¡Por una cabeza!”, dice. Y clava la vista en el cielo como si allá fuera a encontrar la respuesta o el consuelo que nunca llegó. Pasaron cuatro años y todavía piensa en esos dos malditos segundos que lo dejaron fuera de competencia, que le dijeron que no, que Londres 2012 no era para él. Cuando ese año no se clasificó a los Juegos Olímpicos, después de ocho meses de dedicación completa al deporte, Jhonatan Esquivel creyó que no podía haber peor frustración. Entonces dejó de remar. Los siguientes seis meses se pasó dudando, hasta que en 2013 el deporte lo reconquistó. A partir de ahí nunca paró de navegar, se volvió a poner la camiseta de la selección y este año aprovechó la segunda oportunidad para clasificarse a Río 2016 en categoría single.
Jhonatan tiene 27 años, nació en Montevideo y cuando tenía seis su familia se instaló en El Pinar. Ahí jugó fútbol hasta que a los 13 su padre, oriundo de Mercedes y practicante de remo como hobby, le propuso probarse en el agua. Él aceptó y empezó a frecuentar el Country El Pinar. Al principio iba al club, daba un par de vueltas en el bote y se escapaba a la cancha con la pelota bajo el brazo. En su primera regata salió último a pesar de que sus condiciones físicas eran superiores a las del resto —a los 13 ya medía 1,80—; pero al año siguiente compitió en un circuito nacional y en la final le sacó 70 metros de ventaja al segundo. Fue ahí que se dio cuenta de que remar era lo suyo. Decidió entrenar duro y a los 15 entró al equipo de Uruguay.
Entre las prácticas individuales y las de la selección mechó los estudios. Cursó hasta quinto de liceo y después se formó como personal trainer y profesor de fitness. Actualmente trabaja en el Montevideo Rowing, pero desde que se clasificó a los Juegos en marzo decidió hacer un parate en el trabajo para entrenarse doble horario. Ahora se levanta a las 6.30 y viaja a Santa Lucía para navegar dos horas, descansar, volver al río de 11.30 a 13.30, y después, a las 15, hacer una rutina con pesas.
Para medirse al más alto nivel, en los últimos meses realizó una gira de preparación por Suiza, Polonia y México. En su categoría las regatas tienen dos kilómetros y duran entre 6,4 y 7,5 minutos. Su marca más baja fue de 7,3, y en Río espera, además de superar su tiempo, quedar entre los mejores 15 de 35 competidores.
DEBUT - Sábado 6 / 8:30 h / Estadio de Remo de Lagoa
Hay una casa en Paysandú a orillas del río Uruguay, y hay una niña que desde la ventana espía a los navegantes. Observa el detalle de sus movimientos, el impulso del viento sobre las velas y la fuerza de la corriente de agua debajo de los botes. También mira a su padre practicar windsurf y a su primo manejar un barco optimist, y de a poco el sueño de ser jugadora de hockey muta al de convertirse en tripulante. Cuando cumple nueve, Dolores, o “Lola”, la menor de las tres hermanas Moreira, les pide a sus padres para anotarse en clases de vela. Y así empieza, sin imaginar que pocos años después conseguiría el oro en los Juegos Sudamericanos de la Juventud en Lima 2013, alcanzaría el noveno puesto en los Juegos Olímpicos de la Juventud en China 2014, ganaría la medalla de plata en los Panamericanos de Toronto 2015, clasificaría a Río 2016, sería la abanderada de la delegación nacional y se transformaría en una de las principales promesas del deporte uruguayo.
En julio de 2015, Dolores viajó a Canadá sin expectativas de subirse al podio. Tenía 16 y en la primera regata le había ido mal, al punto que llamó a sus padres para encontrar consuelo y sincerarse: “Perdón, la cagué, tiré todo por la borda, lo estropeé”, les dijo. Esa noche no durmió. Se pasó haciendo cálculos. “Para revertir el resultado, en la última regata tenía que meter dos barcos entre el mío y el de la competidora argentina. Pensé que ella iba a largar y navegar al lado mío para sellar la victoria, pero como nunca me vino a molestar, fui yo a molestarla a ella”, recuerda. Finalmente la argentina salió última y Dolores segunda. Cuando cruzó la meta se acercó a su entrenador, que le relataba la competencia en vivo a sus padres, y le pidió el celular. No hubo gritos de euforia, no hubo palabras de aliento, solo llantos. Dolores se había convertido en la medallista panamericana más joven de la historia del país, y no solo se quedó con la plata sino que fue la primera uruguaya en clasificar a Río.
A partir de ese día piensa en vela solo a largo plazo. Intensificó sus entrenamientos, amplió la agenda de viajes y competencias internacionales, y se tomó una especie de año sabático en el liceo. Estudia Humanístico, le gustaría dedicarse a la psicología deportiva, pero entiende que, al menos en estos meses, su vida como estudiante es incompatible con la rutina deportiva.
Dolores compite en clase láser radial. Dice que la edad óptima para navegar en la categoría es de 25, y ella está ocho años atrás. También está entre cinco y siete centímetros más abajo que la altura ideal —de 1,72 a 1,75 metros— y eso la obliga a aumentar de peso. Aún así cree que en Río, donde cada una de las seis zonas de regatas tiene un secreto particular vinculado a los cambios en las corrientes, ser liviana puede ser redituable. Para prepararse de cara a los Juegos, en los que aspira a colarse entre las 15 mejores, viajó a Miami, Palma de Mallorca, al Lago di Garda en Italia, a Medemblik en Holanda y a Pueblo Vallarta en México.
Ahora imagina la competencia olímpica y enseguida aparece la imagen de su barco con las letras “URU” inmensas y la bandera estampada en la vela. Últimamente sus búsquedas en YouTube siempre desembocan en videos de regatas de Juegos Olímpicos pasados. Entonces las ve y, como si se tratara de un recordatorio a la conciencia, repite: “Bueno, Lola, en pocos días vas a estar ahí. ¡Arriba!”.
DEBUT - Lunes 8 / 13 h / Marina da Glória.
ANDRÉS SILVA
Es 6 de junio en Praga y faltan pocos minutos para el disparo letal. Ese que puede cambiar, o no, la vida de un atleta; ese que puede desencadenar las glorias más alentadoras o las derrotas menos deseables en 400 metros de incertidumbre. Y ahí en la pista, atrás de la línea de largada, está Andrés Silva, de 30 años, dispuesto a volver a hacer historia en el atletismo uruguayo: porque busca clasificar a Río 2016 y porque eso lo convertiría en el primer velocista del país en participar en cuatro Juegos Olímpicos consecutivos. Está con su malla azul, sus lentes aerodinámicos y una cadena de plata que le regaló su madre y que siempre, antes de correr, aprieta entre los dientes.
Suena la señal de largada y sale disparando. En los primeros 45 metros la potencia de las zancadas hace que sus zapatos de clavos apenas rocen el piso de su carril. Hasta que aparece la primera valla. Entonces se despega casi un metro del suelo y es ahí, en el aire, frente al primer obstáculo de la carrera, que todo —una vida entera dedicada al deporte— se le cruza por delante.
La primera imagen es la de un pueblo perdido en las afueras de Tacuarembó y un niño que cabalga para tomarse un ómnibus e ir a la escuela rural; que corre en el campo, esquila ovejas, arrea el ganado, ayuda a sus padres a cosechar la huerta de su chacra, y, cuando tiene un rato libre, vuelve a correr. Enseguida los recuerdos lo llevan a 1998, a la mudanza de su familia a Maldonado, a sus inicios en el liceo departamental. Y a esa tarde cuando visitó la pista de atletismo del Campus con su clase de Educación Física, y ya en la etapa del calentamiento atrajo la mirada del entrenador Andrés Barrios que lo invitó a conformar su plantel y lo sumergió en la rutina de un atleta de elite.
Las vallas del estadio de Praga siguen apareciendo, una tras otra, y en cada salto el repaso de su historia de vida continúa; ahora a partir de su alianza con Barrios, que lo entrena desde hace 18 años. De ahí surgió todo: su primer viaje al exterior a los 15, al Sudamericano en Santa Fe, donde consiguió un bronce; el campeonato mundial de menores (en octatlón) que ganó a los 17 en Sherbrooke (Canadá); las más de 20 medallas sudamericanas, panamericanas e iberoamericanas que logró entre 2001 y 2016; y sus tres participaciones olímpicas en Atenas 2004, Pekín 2008 y Londres 2012. Se cruza, también, el mal recuerdo de los Juegos Panamericanos de Río 2007, donde Andrés esperaba lograr su mejor marca en los 400 planos pero a cambio se quedó con lo que considera uno de los peores resultados de su trayectoria, que lo llevó a alejarse durante cuatro meses del atletismo. O cuando a mediados de 2015 tuvo que dar explicaciones por el análisis adverso en un control antidoping que lo dejó medio año fuera de competencias oficiales.
Sigue corriendo. Se enfrenta al penúltimo obstáculo de la competencia y es ahí que llega a la etapa de su regreso a la pista a fines de febrero de este año y, tres meses después, al Iberoamericano de Río donde logró el oro en 400 metros con vallas. Queda el último esfuerzo de la carrera en República Checa, el último salto, y después solo resta cruzar la meta. Cuando lo hace, el cronómetro se frena en 49,28 segundos, doce centésimas por debajo de la marca necesaria para entrar a los Juegos Olímpicos. Entonces mira el tablero y lo constata: está clasificado.
Ahora Andrés, además de entrenar y dar clases como instructor de niños y adolescentes en el programa “Pelota al Medio a la Esperanza” del Ministerio del Interior, mantiene la mira en Río 2016, donde aspira a superar el desempeño de los últimos Juegos en los que no pasó de la primera ronda.
DEBUT Lunes 15 / 11.30 h / Estadio Olímpico - Engenhão.
ALEJANDRO FOGLIA
Fue el 27 de noviembre de 2015, en el Mundial de Vela clase Finn. Ese día solo un barco uruguayo navegó en el golfo de Hauraki, en las playas de Takapuna, al norte de Nueva Zelanda. Era el de Alejandro Foglia que, mientras lo dirigía, silbaba y cantaba estrofas del rapero italiano Jovanotti. “Affacciati alla finestra amore mio / per te da questa sera ci sono io” (“Asomate a la ventana mi amor / para ti, desde esta noche, estoy yo”), repetía; y entre los versos también medía a sus rivales, evaluaba estrategias para controlar el viento y sacaba cálculos de los puntos que necesitaba para clasificar a Río 2016. Y calculó bien, porque llegó. Terminó el torneo en el 17° puesto y aseguró su cuarta participación consecutiva en unos Juegos Olímpicos, algo que hasta ese entonces solo el ciclista Milton Wynants había conseguido y que ahora también logró el atleta Andrés Silva.
Con esta clasificación, Alejandro volvió a vivir la ansiedad de la primera vez, cuando obtuvo un cupo para Atenas 2004; porque hace dos años dejó la clase laser para competir en finn y no tenía la certeza de poder lograrlo. Para el regatista de 32 años, que empezó a navegar a los 7 y a competir a los 8, fue como comenzar de cero. El cambio de categoría implicó modificaciones en el circuito y, principalmente, en el barco: el modelo finn, creado por el diseñador sueco Rickard Sarby para los Juegos Olímpicos de Helsinki 1952, es un barco grande con vela grande, la eslora tiene 4,5 metros, la superficie vélica 10,6 m2 y pesa 107 kilos.
Por eso, Alejandro, que mide 1,90, tuvo que mutar su cuerpo: aumentó masa muscular y subió, al menos, 12 kilos para alcanzar los 96. Ahora compite en el “peso pesado” de vela, y eso también cambió su modalidad de entrenamiento. Los lunes, miércoles y viernes hace una hora y media de bicicleta, casi dos horas de gimnasio con pesas, una sesión de ejercicios de abdominales, espalda y estiramiento, y, para terminar, agrega 30 minutos de natación; los martes, jueves y sábados vuelve al agua y navega tres horas por día. Toda su rutina tiene lugar en Valencia, donde vive desde hace tres años en un centro de entrenamiento específico para deportistas de clase finn.
Por competencias anteriores, él ya conoce el terreno de juego de Río 2016 y dice que es un lugar único e incomparable. “Tiene una combinación de vientos y corrientes bastante complicada. En la bahía de Guanabara todo el agua que entra o sale genera remolinos internos, y eso hace que en diferentes zonas las corrientes cambien drásticamente. También está el Pan de Azúcar, y los diferentes niveles de la tierra afectan la dinámica del viento”, explica.
Esta vez no compartirá delegación con Andrea, su hermana menor, como hizo en Londres 2012, pero sí lo hará con la mayor, Mariana, que competirá en la categoría Nacra 17 junto a su marido, Pablo Defazio. Desde su debut olímpico en 2004, Alejandro mejora su rendimiento juego a juego: en Atenas terminó 34°, en Pekín fue 17°, en Londres 8°, y en Río espera pelear por una medalla. Aunque aclara: “Llegar al podio no solo se consigue entrenando duro, las medallas cuestan plata y en cuestión de presupuesto los deportistas uruguayos corremos de atrás. Tengo chances, pero muchas menos de las que pueden tener las potencias. Me manejo como puedo con el dinero que consigo. Necesito cerca de 100.000 dólares para estar a la par o cerca”.
Alejandro, que se define como un deportista fuerte y paciente, no tiene cábalas. Nunca las tuvo. Pero cuando clasificó a Río, en Nueva Zelanda compró un juego de collares maorí que simbolizan la conexión con el mar, se colgó uno y les regaló otros dos a Mariana y Pablo para juntar fuerzas de empuje.
DEBUT - Martes 9 / 13 h / Marina da Glória.
INÉS REMERSARO
Hasta hace tres meses, para imaginar cómo podría ser su actuación en los próximos Juegos Olímpicos, Inés Remersaro tenía que cerrar los ojos, aislarse del entorno y construir una nueva piscina oficial en su mente. Ya conocía la de Londres 2012, pero suponía que la de Río iba a ser diferente. Ahí se veía a sí misma con malla negra, lentes de agua oscuros y gorra blanca, con un pie apoyado sobre el cubo y de cara a una piscina profunda rodeada por tribunas inmensas. Pero desde que en abril participó en la inauguración del Estadio Acuático Olímpico ubicado en Barra da Tijuca, ya no cierra los ojos para visualizarse en la competencia. Como conoce el terreno de juego, ahora solo concentra su imaginación en los murmullos del estadio y piensa que en esas tribunas puede haber alguien de su familia. “Los veo y se me pone la piel de gallina”, dice.
La nadadora de 23 años clasificó a Río 2016 por el sistema de cupos de universalidad, previstos para comités olímpicos que cuentan con deportistas que no alcanzaron la marca “A” para clasificar pero que sí participaron en el último mundial de Rusia 2015. Inés, por ser la mejor de Uruguay en categoría femenina, compartirá plantel junto al mejor en hombres, Martín Melconián.
Inés empezó a nadar a los siete en el club Biguá. Su padre, Jorge, también fue nadador y actualmente dirige la selección de waterpolo; su madre, Laura, es profesora de Educación Física; y su hermana, Lucía, también probó suerte en el agua. A los 12, después de practicar gimnasia artística, handball, tenis y nado sincronizado, decidió volcarse a la natación. Y fue al terminar el liceo y empezar a estudiar Contaduría que creyó conveniente prepararse en el exterior. En enero de 2012 llegó a Estados Unidos y se instaló en la Universidad Bautista de Oklahoma. Ahí dividió su tiempo entre el doble turno de entrenamientos y las clases de finanzas. Estuvo cuatro años, hasta que se graduó a fines de 2015 y volvió a Montevideo.
Su primera participación olímpica fue en Londres 2012. Nadó en la disciplina que hasta hace pocos meses consideraba su especialidad, la espalda, y terminó en el 43º puesto. Ahora, en Río, nadará en 100 metros libres y tendrá como objetivo superar el récord nacional que ella misma batió en junio de este año en Maldonado, es decir, bajar los 58,60 segundos.
DEBUT - Miércoles 10 / 13 h / Estadio Acuático Olímpico.
NÉSTOR NIELSEN
Néstor Nielsen conoció a Prince Royal Z de la Luz en un remate en Argentina. Lo vio y supo que era el elegido, el que lo acompañaría en sus mejores hazañas. Cuando llegó a sus manos, el caballo de piel marrón oscura y raza zangersheide tenía tres años; él lo crio, lo domó y lo adiestró para saltar y eludir obstáculos. Ahora Prince Royal tiene 9 años y desde que el equipo clasificó a los Juegos Olímpicos a fines de 2015 en los Panamericanos de Toronto —algo que no pasaba desde 1960—, la dupla entrena para terminar la competencia en Río en el podio. El jinete cree que “el objetivo de entrar en el medallero no es tan lejano”, aunque en materia de presupuesto está por detrás de sus competidores; tan solo el transporte aéreo del animal ronda 30.000 dólares.
El jinete dice que su caballo maduró más rápido que el promedio, que es temperamental, que no le gustan del todo las caricias y que es fanático de lo dulce. Entonces lo espera, todas las mañanas, con un terrón de azúcar; y así lo vuelve a conquistar. En ese momento también mide su estado de ánimo, si su compañero está alegre, triste o cabizbajo; se fija, sobre todo, si lo recibió de un modo diferente que el día anterior. Néstor se crio en una familia de jinetes. Su padre y su madre practicaban salto ecuestre y él, de tanto acompañarlos, a los cinco empezó a saltar. Ahora, a los 42, se dedica a competir y dar clases en el Carrasco Polo Club. Entre sus potenciales alumnos están María Emilia y Valentín, sus hijos de uno y cinco años.
El salto ecuestre es una de las disciplinas más estratégicas. Antes de salir a la cancha, Néstor tiene 30 minutos para conocer la pista, para saber cuáles serán los 15 o 16 obstáculos a superar. Puede haber muros, tablones, vallas o barreras con pequeñas piscinas incorporadas, y las posibles combinaciones son infinitas. Mientras, su caballo, que no ve el circuito hasta el momento de largar, espera en el box. Es por eso que la destreza de todo jinete también radica en la comunicación, en recordar y anticiparle a su compañero cuál será la próxima prueba. Si bien Néstor no puede imaginar cómo será la competencia, tiene la certeza de que cuando termine, como siempre, recompensará a Prince Royal Z de la Luz con un puñado de azúcar y, quizás, con una medalla.
DEBUT - Domingo 14 / 10 h / Centro Olímpico de Hipismo
PABLO APRAHAMIAN
Cuando Pablo Aprahamian habla de judo, su cuerpo, de 98 kilos, se transforma en una calculadora, en una máquina de analizar datos. Sobre todo cuando explica cómo se dio su clasificación a los Juegos Olímpicos, porque en el esquema entran competidores holandeses, argentinos, salvadoreños, brasileños y alemanes, porque es capaz de recordar las variaciones en el puntaje de cada uno en los últimos meses, y porque obtuvo su lugar en Río 2016 cuando su hermano menor, Mikael, también judoca, lo perdió.
Pasó todo lo que tenía que pasar aun cuando era casi imposible. Al judo olímpico, además de los 22 mejores del ranking mundial, se clasifican dos competidores de diferentes delegaciones por continente, en un sistema de cuotas. Hasta el 15 de mayo de este año, el clasificado era Mikael, pero por lesiones y arremetidas ajenas, quedó en el tercer lugar por la disputa del cupo en su categoría (menos de 81 kilos), y sistemáticamente la clasificación pasó a manos de Pablo, que alcanzó el segundo puesto en la categoría medio pesado (entre 90 y 100 kilos). Recibieron la noticia, agridulce, juntos, en medio de un asado familiar.
Pablo, que estudió Contaduría en la Universidad de Montevideo, tiene 30 años y un máster en Finanzas. Cuando tenía 22 y estaba por terminar la carrera, viajó a Olimpia, Grecia, para participar en un encuentro de jóvenes en la Academia Olímpica Internacional. “Ahí estudiábamos todo lo que gira alrededor de los Juegos, principalmente en el campo social y cultural. En ese año se celebraba Pekín 2008, y analizábamos cuestiones como el sistema educativo en China. Armábamos grupos de discusiones y recuerdo que me topé con gente de Singapur, España, islas Vírgenes e Inglaterra. Fue un acercamiento impresionante a lo que podría llamarse ‘la filosofía olímpica’”, dice. Después de la academia se quedó en Europa como mochilero, practicó judo en un campo de entrenamiento en España y fue funcionario de un banco en Luxemburgo antes de volver a Uruguay.
Hasta hace pocas semanas, Pablo trabajaba en una mesa de inversiones instalada en Zonamerica, pero cuando se clasificó a los Juegos renunció. Ahora se dedica a entrenarse doble horario el deporte al que llegó por casualidad, después de practicar básquetbol en Unión Atlética y fútbol en el Club Náutico. Piensa en Río, donde pretende colarse entre los 20 mejores, y en su cabeza aparece la ceremonia de apertura, la villa olímpica y el terreno de juego del estadio Arena Carioca. Ahí imagina su cuerpo, siempre al límite, con dolores que solo puede opacar con fuerza y ganas de ir por más.
Siente, también, la suavidad del tatami (la superficie donde se practica judo) bajo sus pies y la adrenalina que le sube por las venas generando un estallido de pulsaciones.
DEBUT - Jueves 11 / 10 h / Arena Carioca 2
MARTÍN Y NICOLÁS CUESTAS
Mucho antes de entrar a la Escuela Nacional de Policía (ENP), los mellizos Cuestas querían ser futbolistas. Y así crecieron, practicando fútbol con amigos del barrio y jugando a que las calles de la Unión eran estadios mundialistas. Fue en 2001, a los 13, cuando Martín empezó a sentir atracción por el arte de correr, cuando en una clase de gimnasia del liceo N° 14 logró buen resultado en el test de Cooper centrado en la resistencia. A las semanas acompañó a su tío a una carrera sobre pavimento y a partir de ahí no paró de competir, casi siempre los domingos, casi siempre en el interior del país. Nicolás siguió sus pasos, pero demoró unos meses más en sustituir las canchas de fútbol por circuitos en la calle o pistas de atletismo. La primera carrera en la que participaron juntos fue de cinco kilómetros. Martín terminó primero y Nicolás tercero. Y fue ahí, en el podio, que se consolidó el equipo que 14 años después clasificó a Río 2016 para correr los 42 kilómetros de maratón y romper la racha de tres Juegos Olímpicos sin fondistas uruguayos; el último había sido Néstor García en Sidney 2000.
A principios de 2013, los hermanos Cuestas empezaron a emparejar rendimientos y mejorar marcas en distancias de 10 kilómetros y 21 km (media maratón). En eso se aferraron para volcar sus entrenamientos hacia los 42 kilómetros y pensar en los Juegos de Río como un escenario posible. Dos años después, en la mañana del 11 de octubre de 2015, previo a competir en la Maratón de Buenos Aires, se despertaron convencidos de que esa era la fecha esperada, de que completarían la carrera en menos de 2 horas y 17 minutos, y que, al cruzar la meta, podrían celebrar la clasificación olímpica.
Y tenían razón, porque lo lograron: Nicolás terminó quinto con 2 horas, 15 minutos y 37 segundos, y Martín séptimo con 2 horas, 16 minutos y 42 segundos.
A partir de ese día su rutina de entrenamiento se intensificó. Como trabajan en el área de Educación Física de la ENP, al igual que su entrenador, Martín Mañana, ahí montaron la base estratégica del equipo, que solo abandonaron durante las primeras tres semanas de julio cuando viajaron a Cuenca, al sur de Ecuador, para entrenar en la altura y entre montañas. Eso, explica Martín, “permite estar más preparados para afrontar el clima caluroso y húmedo de Río, teniendo en cuenta que la maratón larga a las 9.30 de la mañana y termina sobre el mediodía”. Nicolás —que en mayo de este año ganó el bronce en los 5.000 metros en pista en el Iberoamericano de Atletismo— dice que el viaje ayuda a mantener el nivel, que ambos están mostrando su mejor versión y que en Río buscarán, además de bajar la marca de la clasificación, terminar entre los mejores de Sudamérica y entrar a la lista de competidores para el próximo Mundial que se disputará en agosto de 2017 en Londres.
Si bien siempre figuran como maratonistas individuales, Martín y Nicolás, de 28 años, corren en equipo. Eso, dicen, tiene dos ventajas principales: se motivan constantemente y analizan la carrera juntos. Mientras compiten intercambian argumentos, negocian velocidades e incluso discuten estrategias de juego vinculadas al cuerpo, al clima y a los oponentes. Antes de escuchar el disparo de largada, los mellizos Cuestas tienen un solo ritual que esperan repetir el domingo 21 de agosto en Río: llegar a la competencia por separado.
DEBUT - Domingo 21 / 9:30 h
SOFÍA ENOCSSON
A fines de junio de este año, la delegación uruguaya tuvo la que, quizás, fue su incorporación menos esperada. Sofía Enocsson Rito, una levantadora de pesas sueca hija de un uruguayo que emigró en 1975, clasificó a Río 2016 y eligió defender la bandera celeste en halterofilia, un deporte en el que hace más de dos décadas el país no tenía representación olímpica.Sofía tiene 30, vive en Strängnäs, una ciudad al oeste de Estocolmo, y hace cuatro años que practica levantamiento de pesas. En 2015 alcanzó la marca para clasificar a los Juegos Olímpicos en el Mundial de Houston, Estados Unidos, y este año lo ratificó en el Preolímpico de Cartagena. El calendario indica que su categoría, la de menos de 53 kilos, debutará en Río en la mañana del domingo 7 de agosto.
DEBUT - Domingo 7 / 10 y 15.30 h / Riocentro, pabellón 2
Emiliano Lasa es una de las grandes apuestas de la delegación uruguaya en Río, porque desde que ganó el bronce en los Panamericanos de Toronto 2015 el especialista en salto largo no paró de superar sus propias marcas y juntar medallas.
En marzo de este año el saltador, que reside y entrena en San Pablo, clasificó a los Juegos Olímpicos con un salto de 8,16 metros —un centímetro más que la marca mínima— en San Bernardo (Brasil). Poco después logró el oro en el Iberoamericano de Río, se midió con los mejores en la Liga de Diamante disputada en Marruecos y terminó quinto, también ganó torneos en Suecia y Alemania y alcanzó el tercer puesto en un encuentro internacional de atletismo en Montreuil (Francia).
DEBUT - Viernes 12 / 21.20 h / Estadio Olímpico - Engenhão.
ANDRÉS ZAMORA
El fondista Andrés Zamora fue el último uruguayo en clasificar a Río 2016. Lo hizo el miércoles 13 de julio, cuando la Confederación Atlética del Uruguay invalidó la marca lograda por Aguelmis Rojas (nacido en La Habana en 1978 pero nacionalizado uruguayo en 2014) en la Maratón de Montevideo. Entonces Andrés, que en febrero de este año, en una competencia en Sevilla, había superado el tiempo mínimo exigido para entrar a los Juegos, se quedó con el tercer cupo de Uruguay para competir en la maratón olímpica.
DEBUT - Domingo 21 / 9:30 h
MARTÍN MELCONIÁN
Si bien logró la marca B para clasificar a los Juegos Olímpicos en la categoría de 100 metros pecho, el nadador que se crio en las filas del Club Biguá y que desde hace años vive en Madrid, viajará a Río 2016 por el sistema de cupos de universalidad (previstos para comités olímpicos que cuentan con deportistas que no alcanzaron la marca “A” pero que sí participaron en el Mundial de Rusia 2015). Martín será el tercer uruguayo en competir en Río, en el Estadio Acuático Olímpico, a las 13 horas del sábado 6 de agosto.
DEBUT - Sábado 6 / 13 y 22 h / Estadio Acuático Olímpico