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    viernes 19 de julio de 2024

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    Parte de felicidad

    Nobleza obliga

    Todas las mañanas duelen. Pero las de invierno duelen más. Salir del espacio tibio del sueño es un trauma, un parto que se repite día a día. Renacemos. El grito del despertador tajea el silencio y nos arroja al mundo sin misericordia. Con brusquedad atravesamos esa herida abierta y caemos, caemos, caemos en el pozo de la lucidez.

    El frío empeora las cosas. Golosos, saboreando ese último placer de la duermevela, con gusto nos hundiríamos en las sábanas y, tapados hasta la cabeza, fingiríamos no haber oído, como si la ignorancia nos volviera impunes. Pero no.

    Estamos conscientes. Entendemos. De un lado tironea el ángel de la responsabilidad. Del otro, el demonio de la pereza.

    Despertar no es volver a la vida, de la que nunca nos fuimos. Es sí, regresar a una dimensión ineludible que nos obliga a enfrentar lo que quizá no queremos. Desde esa primera mirada que nos devuelve el espejo —y en la que, mal que nos pese, no siempre nos reconocemos— comienzan a desplomarse uno a uno los problemas, las cuentas pendientes, la tiranía de la agenda. También la sensación de estar vivos, algo que damos por obvio y que rara vez consideramos como una bendición o una suerte. Cuando nos esperan actividades gratas, el despertar tiene otro saborcito. Nunca más que en ese momento agradecemos haber seguido la vocación y hacer lo que nos gusta. Ni que hablar de lo que significa mirar hacia el costado y constatar que lo importante no es acostarse sino amanecer con quien uno quiere.

    En cualquier caso, despertar no es fácil. Al abrir los ojos a esa realidad que espera, algunas veces quisiéramos regresar al sueño. Quizá más por falta de voluntad que por deseos de volver a ese lugar no siempre seguro. De hecho, es en ese recinto donde se liberan algunos monstruos y nos atrevemos a decirnos cosas a las que ni nos asomamos despiertos. El inconsciente florece, nos habla con su voz descarnada. El recuerdo se vuelve borroso, nos confunde y con desesperación intentamos reconstruirlo, evitar que desaparezca. Poco a poco se diluye en imágenes inconexas que el relato apenas puede hilvanar con mínima coherencia. La sintaxis no alcanza. Tampoco las palabras. Sin embargo, su rastro queda.

    Ningún placer tan sensual como remolonear en la cama. Es agradable sentir el calorcito de los cuerpos, la almohada y el colchón que guardan nuestra huella, el entrevero de las sábanas que estiramos con la pobre ilusión de estar estirando el tiempo. Hay algo de retorno al vientre materno, una sensación primitiva de plenitud y de seguridad extremas, como si nada malo pudiera suceder allí dentro.

    Otros placeres complementan ese bienestar inicial: encender la radio y escuchar las noticias, tomar el desayuno en la cama, leer el diario o el libro que la noche anterior nos venció y cayó abierto al suelo, recibir una caricia, el beso de un hijo. Con cuánto gusto nos quedaríamos en la cama. Qué poquitas veces lo hacemos. Tan pocas que se vuelve una fantasía, uno de esos deseos postergados con los que alimentamos el ansia de vacaciones o acaso un fin de semana largo, el delicioso sanguchito que tanto ha dado que hablar en las últimas semanas.

    Tengo una amiga que trabaja demasiado. Cuando se pone a relatar los detalles de su agenda, parece que fueran tres personas en una y me pregunto cuándo encuentra tiempo para satisfacer sus necesidades básicas o para darse los gustos a los que, por otra parte, tiene derecho. Me consta que no trabaja solo porque ama lo que hace, sino porque la necesidad apremia. Le he preguntado por qué no afloja y la respuesta se repite: “No puedo”.

    En el fondo, me parece, hay en ella una actitud de omnipotencia. Se siente sana, joven y fuerte. Eso le hace pensar que puede hacer lo que quiera con su mente y con su cuerpo. Pero no es así. Hace unos días, la energía se terminó. Cuenta mi amiga que, sentada frente a la pantalla de su computadora, intentaba en vano decodificar las palabras. Sin ningún resultado, volvía sobre ellas. La información le rebotaba en los ojos y no penetraba el entendimiento. “Fue como un apagón general”, comentó, ya repuesta. Me hizo gracia el comentario y, para mis adentros, pensé que era un aviso. No se lo dije porque era obvio que ella solita se había dado cuenta.

    Ayer me llamó por teléfono. Estaba eufórica, como si hubiera descubierto una fórmula por años buscada o como si, de pronto, lo evidente se hubiera mostrado en toda su sencillez. El exceso de exigencia —que en nuestra sociedad se valora como una virtud— podía tener consecuencias funestas. El aviso había surtido efecto. Si quería continuar, debía prestar oídos a esa advertencia. Llamaba para contarme algo que, en circunstancias distintas o si se hubiera tratado de otra persona, habría sido una banalidad absoluta o un alarde de irresponsabilidad. Pero en su caso, se convertía no solo en una picardía tierna sino en una demostración de inteligencia.

    “Hoy no fui a trabajar”, me dijo con alegría de niña. “Estaba agotada. Me quedé en la cama. Solo por hoy”. Pensé que el malestar había regresado y le pregunté si estaba bien. “Como nunca”, respondió, “Di parte de felicidad. Mañana vuelvo”.

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    2016-09-08T00:00:00