Calendario y razones. Actualmente, en Uruguay se llevan a cabo más de 200 carreras anuales, entre 5 k, 10 k, 21 k y maratones.
Cada corredor tiene sus razones. Para cumplir un desafío. Para sentirse bien. Para liberar tensiones. Para mantenerse en forma. Para alcanzar cierta paz. Para conectarse con uno mismo. Para concentrarse.
El italiano Marco Olmo, campeón del mundo de Ultra Trail a los 60 años, empezó a correr para resarcirse. Después de décadas manejando una grúa, Olmo se lanzó al running y, hasta ahora, no se ha detenido. “En la vida soy un vencido. Nací pobre y pobre sigo. Corro para resarcirme. En estas largas carreras encontré una esperanza, la forma de emanciparme y vengarme por una vida dura y pobre”, dice en “El corredor”, un documental sobre su vida.
Wilma Rudolph, vigésima de 22 hermanos de una familia pobre de Tennessee, nació prematura en 1940; sobrevivió a una doble neumonía a los cuatro, a un ataque de poliomielitis que, a los seis, le paralizó una pierna, y tardó años en recuperarse. Sin embargo, se abrió paso en el atletismo. Se entrenó, compitió, se clasificó a los Juegos Olímpicos. Se convirtió en la primera mujer en ganar tres medallas de oro.
“Me hace feliz. Correr, ponerme un obstáculo, superar ese espectáculo, el proceso que implica, el entrenamiento, todo eso me hace feliz”, dice Damián Tiscornia, de 33 años. De niño, Tiscornia tenía lo que él llama “ausencias”, manifestaciones similares al aura epiléptica, esas sensaciones que se experimentan antes de tener una crisis de epilepsia. “Podía estar hablando con alguien y me iba, mentalmente salía de ahí, y perdía la memoria por unos segundos”, cuenta Tiscornia a galería. “Luego regresaba y volvía a lo que estaba hablando”. Las “ausencias” fueron detectadas cuando tenía cinco años. En 1997 se sometió a una operación cerebral que no generó mejoras, por lo que hasta la pubertad lo identificaban como epiléptico. En 2012 (Tiscornia menciona la fecha precisa: 3 de octubre de 2012) se le realizó una nueva intervención quirúrgica. Entonces le sacaron dos quistes y 90% de un tumor. “Me cambió la vida para siempre”, dice, aunque la operación también tuvo un efecto colateral. Desde entonces convive con hemiparesia. “Es un grado menor a la hemiplejía”, explica. “Tengo una pérdida de fuerza motora en el lado izquierdo del cuerpo, que a veces dificulta la movilidad”.
Tiscornia es un apasionado de los deportes; estudió periodismo deportivo en el Instituto Profesional de Enseñanza Periodística (IPEP), realizó una tecnicatura en la ORT, y colaboró en medios como Goal.com y el suplemento “Qué Pasa”, de “El País”. En 2014 fue a La Floresta con su primo, que iba a participar en una carrera de 7 k. “Le pregunté si se podía caminar, me dijo que sí, pero era tarde para anotarme. Me anoté en la 5 k por arena, del Parador Cero Estrés, que la hice caminando, en febrero. Fue mi primera carrera. Después hice carreras de calle, siempre caminando un poco más rápido. Me propuse participar en la 10 k del Maturana. Cuando logré correr por primera vez, lloré de la emoción”. Tiscornia corría y caminaba, corría un poco más y volvía a caminar un poco más. “Me fui dando cuenta de que correr me hizo muy bien para mi problema físico. Y para mi mente”.
Durante un tiempo se entrenó dos veces por semana en la pista de Atletismo de Montevideo y fue sumando kilómetros. Participó en carreras de 10 k, 15 k y 21 k. No se pierde nunca la San Antonio, que se corre en febrero en Maldonado. Ya suma más de 40 carreras. Aunque ahora se ha vuelto más selectivo. “El año pasado metí 121 kilómetros”, cuenta, lo que incluyó una maratón en Córdoba, Argentina. Este año se entrena, con tranquilidad, en Atlántida, para la maratón de Punta del Este, en setiembre.
Si bien hoy se entrena solo, acompañado de música, Tiscornia también destaca el aspecto social del running. “El buen clima que se genera entre los corredores es fabuloso, incentiva”, comenta. “Es cierto que los corredores son los protagonistas, pero la gente, el público que alienta, también lo es”.
Agostina Marella, también de 33 años, llegó al running de otra manera. Competía en tenis y a los 18 años empezó a intercalar rutinas en el gimnasio y salidas a correr. Luego de participar en varias carreras, abandonó, aunque nunca dejó de practicar deportes. En 2015 retomó. El motivo: liberarse del estrés. “Ponía música y corría”, recuerda. “Pero el problema es que cuando escuchás música no escuchás a tu cuerpo”. Hasta que llegó un momento en que se dio cuenta de que es la clase de corredora que necesita de algo más para seguir corriendo. Porque existen tres clases de corredores, tres clases que no son excluyentes: los que corren solos, los que corren con personal trainer y los que forman parte de un running team. Y Marella pertenece al tercer grupo.
Desde hace dos años Marella forma parte de Correcaminos, el grupo de conducido por Ariel Vázquez, exatleta, entrenador de atletas, profesor de educación física. “Cuando uno forma parte de un running team, ya no vuelve a estar solo en el mundo del running”, dice Santiago García en el indispensable “Correr para vivir, Vivir para correr”.
Nacido en Buenos Aires en 1970, García es periodista, docente y crítico cinematográfico. Y, además, corre. En su libro, confiesa que lo primero que tiene que agradecerle al running fue sacarlo de la depresión. “Algunos toman alcohol para olvidar las penas de amor. Yo corría”, escribe García. De esto pasaron 17 años, y desde entonces completó las seis grandes maratones, además de otras carreras. Para García, como para el autor japonés Haruki Murakami, correr es una forma de meditación. “Los pensamientos que acuden a mi mente cuando corro se parecen a las nubes del cielo. Nubes de diversas formas y tamaños. Nubes que vienen y se van. Pero el cielo siempre es el cielo. Las nubes son solo meras invitadas. Algo que pasa de largo y se dispersa. Y solo queda el cielo”, escribe Murakami en “De qué hablo cuando hablo de correr”.
Deborah Szerma tiene 46 años, es química farmacéutica, y practica deportes desde niña. Llegó al running porque quería hacer algo que dependiera solo de ella. “En el running te ponés tus propios objetivos”, confiesa. “A mí me permite salir de la rutina y conectarme conmigo”. Szerma empezó sola. Hasta que se lesionó. Entonces buscó un grupo.
“Yo espero todo el día para que llegue la hora de salir a correr”, dice Pablo Soroa, de 50 años. “Cuando corro siento que me estoy dando vida. Que me doy vida a mí y también a mi familia”, asegura “Correr es un estilo de vida”, sostiene Milton Mazza, deportólogo, profesor de la cátedra de Medicina en el Deporte de la Facultad de Medicina, y además miembro del runner team Primitivos. “Correr no es una actividad inocente ni para inocentes. Es importante que la persona sea evaluada y orientada antes de empezar”, explica. “Para iniciarse y para evitar lesiones, lo primero es ver a un médico, que evalúe y haga los estudios correspondientes para ver si la persona está apta para correr. Si puede hacerlo, entonces se pasa a la siguiente etapa, que es desarrollar un programa de entrenamiento”, comenta el especialista. “En este programa interviene un profesor de educación física, que es el que establece cuánto, cuándo, por dónde y qué otra actividad debe desarrollar para un óptimo de-sempeño para mejorar su condición física y su salud”. Hay que ir paso a paso. Y eso implica elegir identificar qué tipo de pisada tiene uno y a partir de ella, elegir el calzado adecuado.
Una uruguaya en las seis grandes. Son seis las grandes maratones del mundo: Tokio (febrero), Boston (abril), Londres (normalmente en abril), Berlín (setiembre), Chicago (octubre) y Nueva York (noviembre). En estas competencias participan los mejores atletas profesionales del planeta, que comparten las calles con miles de aficionados. Y Mónica Devoto es la uruguaya que estuvo en las seis. El lunes 24, en Boston. Ella también empezó con correcaminatas.
Hace 15 años, un amigo había invitado a su esposo, Gerardo Cancela, a correr una maratón. Él aceptó entusiasmado y le dijo de sumarse. A ella le pareció poco más que una demencia. Lo era para casi todo el mundo. Por esos años, correr maratones no era algo tan corriente. “En 2002 eran muy pocos los que andaban corriendo por la rambla”, recuerda Gerardo, de 55 años. “Si decías que corriste una maratón te miraban como un bicho raro. Si hoy decís ‘corrí una maratón’ te preguntan cuál o qué tiempo pusiste”.
En aquel momento, si bien Devoto estaba habituada a practicar deporte, correr no estaba en sus planes. “En esa época yo fumaba, trabajaba muchas horas, no se me pasaba por la cabeza algo así, pero él me insistió tanto que accedí. Empezamos a entrenar con Ariel. Los primeros días fueron 500 metros o un kilómetro. Poco a poco sumé de a cinco y diez kilómetros. Recién mi primera maratón la corrí en 2007, en Buenos Aires”. Desde entonces, Devoto corre una maratón por año.
Sí: la gran mayoría de los corredores empiezan solos. Y todos coinciden en que correr solo disminuye las posibilidades de aprovechar el potencial. Hay que tener la disciplina de un samurai para mantener el orden y el ritmo que generen la constancia necesaria para no frustrarse y abandonar. Si se corre dos o tres veces por semana más o menos al mismo ritmo, y más o menos la misma distancia (incluso si se recorre el mismo trayecto), es muy fácil caer en la rutina y en el aburrimiento. “El grupo te afianza, te da energía, te potencia, porque todo el esfuerzo que implica entrenar, que no solo es un esfuerzo físico, también es mental”, dice Devoto.
Cancela ha corrido en el Sahara, participa en triatlones y forma parte de un grupo de maratonistas, muchos de los cuales son Ironman, triatletas, que se conocieron entre 2002 y 2005. El grupo se formó de los entrenamientos con Vázquez. “Estamos en un rango de 40 a 65 años, es de lo más diverso en cuanto a profesiones”, comenta Cancela. Con el tiempo, algunos miembros del equipo se abocaron más a otros entrenamientos, pero el carácter de club social, por llamarlo de algún modo, se mantuvo.
A todo esto, ¿qué es entrenar? “Entrenar es una respuesta adaptativa específica a un estrés. Es un trabajo sobre el síndrome general de adaptación, que es la respuesta específica a un estrés controlado”, dice Vázquez, que entrenó Cancela y a Devoto y a varios más. “Si vinieras, no vas a venir más de cuatro veces por semana, salvo que vayas a correr una maratón. O si tenés que bajar de peso vamos a aplicarte dosis más chiquitas, vamos a trotar todos los días un poquito, para que se distribuya mejor el esfuerzo”.
“Correr es un estrés”, dice. “Es un estrés controlado. Cuando llegás acá, llegás en equilibrio, pero apenas comenzás a trotar aumentás la frecuencia respiratoria y cardíaca y la presión. En un primer momento tu cuerpo no sabe qué le está sucediendo. Luego comienza a darse cuenta de que está corriendo. Entonces hace una respuesta adaptativa a ese estímulo. Y si el estímulo está bien aplicado, luego vas a tener que apagar ese gasto energético, que se hace por medio del descanso y que es tan importante como entrenar”. Descansar, dicen los corredores, es entrenar. “Es el entrenamiento invisible”, sintetiza Vázquez. La razón: el descanso les proporciona tiempo a los músculos para recuperarse. Para recuperarse y correr de nuevo. Higdon, gurú del running, sostiene que “el día más importante de cualquier programa de entrenamiento es el de descanso: los músculos construyen su fuerza mientras se descansa”.