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    Que alguien me saque de acá

    De cómo sobrevivir a los baby showers a los treinta y tantos y sin tener hijos

    La cita era a las 19 horas de un sábado de agosto. Ese momento en el que el reloj y la luz no están del todo de acuerdo con si es de tarde o de noche. Ese punto del día en que todo está teñido por una sensación de desesperanza invernal y el único refugio está entre la manta polar y el calientacama, con la serie menos exigente de Netflix y un surtido suculento de chocolates al alcance de la mano. Pues no. Ese no iba a ser el plan de ese sábado.

    El programa era un baby shower al que le intenté escapar por todas las vías posibles. Temo haber inventado un imposible fin de semana en las Termas del Arapey con tal de no ir. La cosa venía intensa: grupo muy activo de WhatsApp (esto es: más de 50 mensajes por día); invitadas de varios círculos distintos (familia, trabajo, cuadro de handball, facultad); discusiones sobre decoración, color de globos, tamaño de servilletas; preguntas sobre la ingesta, las bebidas, si es mucho, si es poco, si falta dulce, si sobra salado; y así.

    No sé a qué tipo de baby shower le tengo más pavor. Si a los de mi grupo de amigas, en los que sistemáticamente pongo cara de póker durante las cuatro horas que dura el acontecimiento, mientras me embucho la carrot cake e imagino algunos comentarios desaprobatorios frente a mi falta de interés. O aquellos a los que voy como actriz de reparto y espero, deseo, suplico pasar lo suficientemente inadvertida como para que a nadie se le ocurra formular la pregunta: “Y vos, ¿no tenés hijos?”. Y, si eso llega a suceder, rezar (al dios o a la energía planetaria de turno) para que después de mi escueta respuesta negativa no vengan las afirmaciones condescendientes del tipo “Ya te va a tocar” o “Todavía sos joven”. Claro que la situación se puede poner todavía más peleadora y que mi interlocutora ose preguntarme mientras desmenuza con las manos el pebete de jamón y queso: “¿Por qué’”. Y yo responda —con toda la frialdad que trae mi información genética— sin que se me mueva un músculo del rostro: “Porque no me tocó”.  

    Volviendo al asunto de ir o no ir a estos acontecimientos sociales, que proliferan en la vida de una mujer de veintitantos y treinta y tantos con grupos de amigas con una alta tendencia a colaborar con la preservación de la especie, lo que termina sucediendo es que sucumbo y voy. Me digo con convencimiento que quiero mucho a mis amigas, que voy a amar a ese pequeño ser y que me va a hacer muy feliz cuando me sonría, me abrace, me diga “vení a jugar”. O, tal vez, la culpa no me permite soliviantarme y gritar de una buena vez: “No tengo ganas de ir al enésimo baby shower”.Pero lo que importa, después de todo, es que allí estoy, en la foto que nos sacamos para no olvidar jamás ese momento. Me veo fuera de lugar, pensando “que alguien me saque ya de acá”, con guirnaldas de fondo y mi modesto regalito entre las manos.

    La mayoría de las veces la paso pésimo, vuelvo con la panza hinchada por la cantidad industrial de harina que ingerí, pensando “es la última vez”. Otras, tengo la suerte de que cuento con algunas amigas que tampoco son madres y deciden, con una sabiduría de la que carezco, llevar una grappamiel para sobrevivir a un sábado de agosto en el que el tema de conversación preponderante va a ser epidural sí, epidural no; quiénes son los ginecólogos que te dejan tomar una copa de vino de tanto en tanto, los beneficios de parir sentadas, las infecciones de episiotomías, si es más o menos madre según los meses que se quiere amamantar y todos los clásicos enganchados que se puedan imaginar.

    En este ejercicio de tratar de entender de dónde viene este hábito de los baby showers le escribo a mamá el siguiente mensaje por Whatsapp: “¿En tu época existían los  baby showers?” Mi madre —65 años, casada desde hace más de tres décadas, progenitora de dos hombres y una mujer, y de los seres más pragmáticos que conozco— responde: “¡¡¡No!!!”. Cinco minutos después me cae un mensaje que puedo leer con toda su ironía: “Yo te puedo decir todas las cosas que no hacíamos”. Un rato más tarde, Caro, compañera de oficina, madre de dos niñas, 40 años, me dice que durante sus dos embarazos tuvo uno solo.Listo: hubiera nacido diez años antes y me hubiera evitado todo este sopor que, lógicamente, lo importamos del Norte. Le pregunto a Adela Dubra, periodista y autora del tan comentado “Basta de tanto”, si tuvo baby showers con sus hijos. Me dice que no se acuerda. Que por parte familiar seguro que no. “En general, es un evento aburridote si es de tarde. Para las solteras del grupo es un embole; ni que hablar para las que no tienen hijos. Fui a pocos, pero me parece que los regalitos no sirven para mucho. Una vez fui a uno que organizó una amiga con champagne, cartas con mensajes, un único regalo grande y toda la onda. Ese estuvo bueno”, cuenta Dubra.

    Me encuentro con mi amiga Jimena, 34 años, madre de dos varones. Me dice que al grupo de amigos de su marido se le ocurrió organizar el baby shower mixto de dos nacimientos un sábado de concierto de La Trampa. No saquen conclusiones apresuradas: el organizador es un hombre. Revolea los ojos y se muerde el labio inferior. “Muy fuerte”, me comenta al final. Llego a dos conclusiones. Uno: no todo está perdido, hay gente que todavía se da cuenta de que esto es un delirio. Dos: los baby showers mixtos deben de ser igual de tediosos que los femeninos.

    Por si hay algún ser humano lo suficientemente despistado o afortunado (ojalá que sí y que sean muchos) que desconoce qué es todo este asunto de ‘la ducha para el bebé’, la explicación sería la siguiente: es algo así como una celebración previa al nacimiento de un bebé que, según dice la tradición, debe ser organizada por una amiga muy cercana o alguna mujer de la familia. El evento en cuestión tiene como figura central a la futura mamá y consta, en la mayoría de los casos, de un té en el que las invitadas llevan un regalito (una pavadita, algo útil, así suelen decir las organizadoras que después se destapan con unos escarpines Baby Dior) para el bebé o la madre. La jornada se desarrolla entre el atracón de sandwichitos de miga, cupcakes y galletitas de manteca con alguna decoración alusiva y todo tipo de juegos de alto nivel intelectual que prueban cosas como las aptitudes de la mujer a la hora de poner un pañal en un muñeco, o la capacidad de sus amigas de medir con un papel higiénico el diámetro de la panza.

    En estos cinco años en que buena parte de mi vida social de fin de semana estuvo reducida al concepto baby showers tuve que escribir consejos para nonatos, consejos que ni siquiera sé si soy capaz de darme a mí a los 35 años; hacer acertijos para que alguien descubra qué puede llegar a haber dentro de un recipiente con clara forma de colonia para bebé; poner mi mejor cara de “esa no soy yo” cuando aparece una foto de una beba rechoncha con una pelusa rubia en los brazos de una mujer que es igual a mí pero con ropa y peinado de los 80; recordar que soy incapaz de hacer cualquier tipo de manualidad (no sé ni siquiera cortar con una tijera) y que, por tanto, ningún niño se merece tener un cartel con su nombre confeccionado por mí; y sobrevivir a la angustia que me genera no saber qué comprarle a alguien que aún no nació y comprobar que, salvo si regalo un libro (que, por supuesto, no se lleva muchos aplausos), nada me dejará lo suficientemente satisfecha.

    Claro que con el tiempo, y según las características del grupo que organiza el asunto, el nivel de sofisticación se modifica. Hay baby showers con niveles de delirio tal que pueden llegar a ser temáticos, con dress code y un ticket que para muchos implicaría dejar de pagar la luz. Se han convertido en un acontecimiento con tanta relevancia como el cumpleaños del año del niño en cuestión. Hay aguas saborizadas, torta comprada en la última pâtisserie de moda, chirimbolos traídos de Buenos Aires y fotos, muchas fotos. Porque ese nivel de producción hay que mostrarlo y pavonearse.

    El concepto baby shower tiene en Google 165 millones de resultados. Solo a modo de comparación, la firma francesa Chanel, con muchos más años de existencia que esta ocurrencia de —imagino— un cerebro brillante de Estados Unidos de América, tiene 433 millones.

    Algunos de ellos son: “20 ideas para un baby shower perfecto”; “Qué regalo en un baby shower?”; “10 juegos para partirse de risa en tu baby shower”; ideas, tips, consejos y más para un baby shower. Todo así multiplicado por millones y sin muchos destellos. Muchas de estas entradas son de páginas web de marcas de pañales. También hay notas al respecto en Baby Center, más conocido como el oráculo de la mamá moderna. Más abajo encuentro una web uruguaya llamada “Armá tu fiesta”, que ofrece infinidad de opciones para estos acontecimientos. Hay, por ejemplo, invitaciones personalizadas (190 pesos, quiero creer que por el pack de 15), brochete de marshmellows en bolsita personalizada (23 pesos y hay que pedir un mínimo de diez unidades), marcador de libro personalizado (24 pesos cada uno), bolsa de pop personalizada (25 pesos cada una). Temo que me dé algo y salgo rápido. Pero cuando creo ya nada puede ser más exagerado, más de otro planeta, me encuentro con un post en la página uruguaya “Nuestros hijos” que se titula “Prohíben ecografías durante baby showers”. ¡¿El qué?! Dice la nota: “En países como Estados Unidos hace muchos años que se ofrecen servicios de eco-show con ecografías 4D, que se pueden ver por todos del baby shower en pantalla gigante e inclusive una transmisión en vivo para alguien que no está en ese momento. Así como hace años que se practica, también hace mucho tiempo que los especialistas advierten que no recomendable realizarla en esos contextos”. Aunque la  Administración de Fármacos y Alimentos de Estados Unidos prohibió este tipo de prácticas cuando el objetivo no es el diagnóstico, el eco-show continúa. Según la web especializada, incorporar la ecografía al baby shower puede costar 600 dólares con todos los chiches de impresión, proyección en pantalla gigante y filmación 4D.

    Siguiendo en el terreno del mundo extraterrestre, aparecen los resultados más jugosos. Esos que forman parte de nuestros gustos culposos y que generan, aunque no queramos, el click inmediato. Por ejemplo: “Así fue el baby shower de Irina Shayk y Bradley Cooper en LA” o “Estos son los 12 mejores baby showers que alguna vez se organizaron”. No sé si tengo la fortuna o la desgracia de no haber participado en ninguno. Pero bueno. Me encuentro con que Kim Kardashian (¿cuándo no?) para su segundo hijo organizó un pijama party estilo campo para toda su familia. Así que en las fotos de Instagram se las veía a todas (Kendall y Kylie Jenner incluidas) con unos pijamas a rayas metidas en una carpa al mejor estilo indio. También descubro que a Emily Blunt se lo organizó Charlize Theron, y que Blake Lively hizo una fiesta en el bosque con una mesa decorada con hojas, flores, manzanas y calabazas. Lo que concluyo, al final del día, es que más allá de los millones de dólares de diferencia, hasta la más top de las celebridades cae en el lugar común de la torta de pañales.