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    Que viva el artista muerto

    N° 1988 - 27 de Setiembre al 03 de Octubre de 2018

    Sé que es un cliché, pero no puedo evitar el recuerdo de Vincent van Gogh cada vez que pienso en el artista que, a poco de morir, salta del fracaso al éxito. Aunque, ahora que lo pienso, quizá no corresponda llamar éxito a los aplausos póstumos, esa forma mezquina de la honra que llega demasiado tarde y no compensa los padecimientos. Es una pena que el éxito deba venir de afuera y quizá sea esa característica, es decir, la necesidad de legitimación externa, lo que desespera al artista y acaba por enloquecerlo. 

    Porque Van Gogh sabía del valor de su arte e intuía que el reconocimiento era cuestión de tiempo. Sin embargo, la incomprensión le iba carcomiendo la confianza y decaía su fortaleza.  En una carta a su hermano Théo fechada en julio de 1880, escribió: “Una de las causas por las que estoy fuera de lugar ?porque durante años he estado desplazado? es porque tengo otras ideas que las de estos señores académicos que dan los puestos a los sujetos que piensan como ellos”. Y un par de años más tarde, desde La Haya, decía: “¿Qué soy a los ojos de la mayoría de la gente? Una nulidad o un hombre excéntrico o desagradable, alguien que no tiene un sitio en la sociedad ni lo tendrá; en fin, poco menos que nada”.

    Cuán brutal se vuelve la paradoja del comienzo del éxito no mucho después de la muerte de Vincent. Porque apenas dos años más tarde, Johanna Bonger ?su joven cuñada, viuda de Théo? hizo lo que ninguno de los dos hombres había podido. Organizó una muestra con la obra de Vincent y, aunque nada le fue fácil y debió remontar innumerables cuestas, dio inicio a un fenómeno artístico de monumental trascendencia. Pocos pintores como Van Gogh han sido tan valorados desde el punto de vista artístico a la vez que sus pinturas alcanzaban precios siderales, casi obscenos.

    La biografía de Johanna es un ejemplo de tesón y entrega, también de amor y paciencia. De algún modo supo tocar las teclas correctas, empujó puertas con el grado exacto de fuerza, dijo las palabras justas, se cruzó con las personas adecuadas, afinó su olfato estético y lo armonizó con un sentido comercial que en nada envilecía la obra de Vincent. Es cierto que Johanna merece gran parte del crédito, pero también vale preguntarse qué había cambiado en tan poco tiempo. La respuesta es sencilla: Vincent estaba muerto.
    Él, que fue un hombre de fe y que con frecuencia mencionaba en sus cartas la cuestión de la muerte, había intuido esto. “Los pintores”, decía a su hermano en una carta de 1888, “estando muertos y enterrados hablan a través de sus obras a la generación siguiente o a varias generaciones siguientes. (…) En la vida de un pintor quizá la muerte no sea lo más difícil de obtener”.

    Algo de esto sentí hace unos días en el cine. Había ido a ver Mi obra maestra, la película que protagonizan Luis Brandoni y Guillermo Francella, con la esperanza de divertirme y la certeza de que iba a disfrutar de buenas actuaciones. Así fue. La película está sustentada en dos actores talentosísimos que despliegan su carisma al discurrir con naturalidad entre el humor, la ternura y la picardía. Por momentos sus pasos son de comedia; por momentos rozan el drama. Y cuando el espectador está a punto de ponerse serio y atravesar el umbral hacia la tristeza, salta una chispa de ingenio que enciende la sonrisa. En eso Brandoni y Francella son expertos.

     

    El humor es un vehículo para generar reflexión sobre unos cuantos temas. Uno de esos temas es el valor de la obra de un artista y la incidencia que en su determinación tiene la muerte.

     

    Me gustó la película y pasé un buen momento. Al salir, sin embargo, percibí esa incomodidad que a veces me asalta y que, si bien no pasa de molestia, puede arruinarme la fiesta. Como una piedrita en el zapato o como el quejido de un caramelo al ser desenvuelto en medio de un concierto. Camino a casa, mientras los otros iban comentando la versatilidad de Brandoni y el encantador desparpajo de Francella, la incomodidad me daba vueltas y vueltas en la cabeza. Aun así, la tapé con el palabrerío despreocupado de las cenas que completan una buena noche de cine y pronto me olvidé de ella.

    Más tarde, en la quietud que antecede al sueño, volvieron a mí imágenes de la película y vi con claridad cuál era la molestia. Porque no por graciosa la trama es superflua. Al contrario, el humor es un vehículo para generar reflexión sobre unos cuantos temas. Uno de esos temas es el valor de la obra de un artista y la incidencia que en su determinación tiene la muerte. Está claro que el cese definitivo de una producción artística ?mejor si resulta escasa y buena? eleva el valor de cada pieza, pero hay otra parte del juego que no se rige por las reglas del mercado, sino desde la condición humana y su peculiar relación con la muerte. Tiene que ver con ese halo de santidad que parece envolver todo lo que ella toca, o con esa necrofilia inconfesable que algunos tienen y que los atrae fascinados hacia el más insondable de todos los misterios. Un poco también con la necesidad de exorcizar los miedos o de mantener vivo el recuerdo.

    Sea como sea, uno quisiera que el artista pudiera verlo. Más de una vez, cuando asistimos a homenajes póstumos o a valoraciones extemporáneas de una obra que en vida del artista no mereció más que una aprobación tenue o incluso desprecios, la sensación de injusticia duele. Y uno piensa que quizá la gran tragedia no sea la muerte sino el haber llegado tarde a los propios sueños.

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