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La fiesta del chivo es quizá uno de las novelas más logradas de Mario Vargas Llosa. No solo por la inteligente idea de trasladar al plano literario los pormenores de una dictadura despiadada, sino además por entrelazar en esa trama mayor, con impecable técnica, una historia más pequeña que permite trasladar el horror generalizado a una escala individual. Quienes hayan leído el libro recordarán el drama de Urania Cabral, la joven mujer que retorna a República Dominicana para cerrar el ciclo de espanto que la acecha desde el pasado. Tengo para mí que el episodio de su violación es uno de los mojones en la obra del Nobel peruano y suelo citarlo en alguna clase de narrativa para mostrar que un buen escritor puede ponerse en la piel de sus personajes sin importar su sexo ni su identidad de género.
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Poco después leí En el tiempo de las mariposas, la novela de Julia Álvarez que narra el asesinato de las hermanas Mirabal —Patria, Minerva y María Teresa—, opositoras al régimen trujillista y cuya muerte levantó una oleada de indignación popular tan fenomenal que un año más tarde empujó la caída del ya debilitado dictador. Ambos textos son estupendos, apoyados en una documentación minuciosa y ceñidos dentro de lo posible a los hechos. Pero por bien escrita que esté, una novela es una novela y el lector no debe perder noción de eso.
Fui a buscar información en otras fuentes que alisaran las rugosidades de la ficción y desbastaran los ribetes imprecisos con que la imaginación del autor decora los bordes de la realidad. Para eso están la prensa y los libros de Historia. Aunque coquetean con la literatura y también distorsionan, cuando tienen vocación de honestidad intelectual permiten una aproximación más fidedigna a la Gran Verdad a la que, de todos modos y mal que nos pese, no se arriba nunca.
El cruce de la ficción, el periodismo y la Historia me abrieron un panorama infernal. La dictadura de Rafael Leónidas Trujillo se extendió durante tres décadas sostenida a puro terror. Durante ese lapso los derechos humanos fueron arrasados y las garantías individuales suprimidas en aras de un patriotismo que solo beneficiaba al dictador y a sus secuaces. Mientras miles de dominicanos eran asesinados, torturados o forzados al exilio, en todo el país se levantaban estatuas de El Benefactor —como lo llamaban sus adulones según el culto a la personalidad que fue uno de los pilares del régimen— y varios puntos de la geografía vieron cambiados sus nombres para rendirle honores. La capital, Santo Domingo, fue uno de ellos. No hay que ser demasiado perspicaz para deducir cómo la bautizaron: Ciudad Trujillo, por supuesto.Hace unos días —quince años después de haber leído el libro de Vargas Llosa— visité Santo Domingo y tuve la rara sensación de haber estado allí antes. Un poco porque las capitales caribeñas comparten características de sincretismo criollo que las hermanan en una atmósfera particularísima; otro poco porque la buena factura literaria es una forma de viajar y anticipa en la mente ciertos destinos a los que más tarde, si la fortuna lo quiere, arribamos con el cuerpo. El aire de Santo Domingo me era familiar, pero aun así había espacio para la sorpresa. Fue como volver por primera vez.
Fundada por Bartolomé Colón en 1496 y refundada en 1502 por Nicolás de Ovando, fue sede del primer gobierno español en el Nuevo Mundo. Su zona colonial, Patrimonio de la Humanidad, preserva trazas del señorío original entre las que destaca el Alcázar, un magnífico palacio de piedra y ladrillo donde residió Diego Colón junto a su esposa, María de Toledo. En su interior, ahora museo, se exhiben muebles, vajilla y pinturas de la época virreinal. A través de sus generosos ventanales se obtienen bellas vistas del puerto que en su momento habrán servido a razones estratégicas.
No lejos de allí, se levanta la imponente Catedral Metropolitana, una robusta construcción del siglo XVI que combina estilos gótico y plateresco. El edificio fue tomado en 1586 por el pirata Drake, quien, además de alzarse con sus campanas como botín de guerra, lo convirtió en cuartel para sus hombres, matadero, despensa y bodega. A su lado, el Parque Colón ofrece una zona de esparcimiento a turistas y a locales que buscan la frescura de los árboles y se distienden durmiendo la siesta o conversando entre vendedores de artesanías, mamajuana, cestos de todo tipo o la popular muñeca Limé, con su cara sin rasgos, símbolo de la mezcla de sangres que forjó a los dominicanos.
El centro histórico propone un nutrido muestrario de conventos, iglesias, plazas y monasterios en los que aún vibra un lejano aire colonial. La ciudad se extiende a lo largo de un paseo de once kilómetros donde se llevan a cabo las fiestas populares, El Malecón. Y más allá, en una zona de construcciones modernas nacidas a partir del siglo XIX cuando se produjo una expansión hacia el exterior de las murallas, se encuentran el Palacio Nacional —a cuya vera está la Plaza Uruguay—, el Palacio de Bellas Artes, el Museo de Arte Moderno y el Museo Nacional de Historia y Geografía, entre otros.
Santo Domingo ofrece atractivos turísticos y recuerda a cada paso —en los monumentos, en el maridaje de la arquitectura con la naturaleza o en una cierta melancolía de su gente, que puede tornarse recelo— el brutal encuentro cuyas heridas llevan más de cinco siglos abiertas. Y está la lengua, el español vital y pujante que arraiga en la tradición cervantina y se enriquece con los aportes americanos para producir una variedad geolectal única, acaso una de las marcas de identidad más claras.
Rodeándolo todo, el agua. Un agua turquesa que se constituye en uno de los determinantes para la conformación social, política y económica de este país. Desde su capital y a lo largo de la cinta dorada de playas que cada año atraen a millones de turistas, República Dominicana es el contrapeso pujante de la isla que comparte con el golpeadísimo Haití. Al partir, queda la sensación ambigua, entre placentera e inquietante, de haber conocido apenas el decorado paradisíaco de una obra dramática bastante más compleja.