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De todos los tópicos que se apilan en torno a la figura de los escritores y su oficio, el que los presenta en compañía de una taza de café es uno de los más repetidos. Y en este tema algo de verdad hay allí. Desde las primeras referencias escritas sobre la cafeína, ya sea en mitos y leyendas, en investigaciones y crónicas, la fuente más común de ingesta de este alcaloide emerge como el combustible necesario para ejecutar una actividad creativa, un elemento capaz de encender la chispa de la energía cerebral y abrir las puertas del intelecto para estimular el nacimiento, el desarrollo y la interacción de las ideas. Aquí se recoge el vínculo de algunos autores uruguayos con este licor intensamente sobrio y vigorosamente intelectual y los lugares donde suelen beberlo.·
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Escritora, crítica literaria. Autora de Rojo, Caja negra e Iris Play, entre otros.
Me encanta el café y tomo mucho, a cualquier hora, sola y en compañía. En mi casa prefiero instantáneo y corro detrás del Espresso (sic) de Nescafé, que cuesta conseguirlo en góndolas, no me explico la razón. Afuera no tengo un lugar determinado, donde caiga, pero destaco dos lugares: el MAM y un vivero llamado Lavender, no por los cafés en sí sino porque tomarlo con una buena vista le da un plus. Lo tomo siempre sin azúcar ni edulcorante, pero a veces me gusta con crema, y si hay brownies con limón en la vuelta es lo más.
Agustín Acevedo Kanopa
Psicólogo, periodista y escritor. Autor de Eucaliptus e Historia de nuestros perros.
Tengo una relación paradójica con el café. Siempre me gustó su sabor y el acto de beberlo, esa idea de una bebida que significa más de lo que es, y que implica una cuestión ritual de pausa o de contemplación, algo que cuando lo tomás te ves a vos mismo tomándolo. Sin embargo, el café casi invariablemente me produce tremendos arranques de ansiedad que pueden cambiarme la cara de todo el día. A no ser que esté realizando una actividad de carácter vertiginoso, o algo que involucre descarga física, tomar café y quedarme quieto termina angustiándome, fundamentalmente porque la angustia es la forma más común en que toma forma mi ansiedad. Casi siempre fue así, ante el susto o la ansiedad, mi reacción suele ser congelamiento o bajón anímico. Soy de esos extras que morirían a los diez primeros minutos en una película de cine catástrofe.
Todo esto es un garrón porque tampoco fumo o tomo té, por lo que el único con el que puedo reproducir estos rituales de la serenidad es con el whisky, y no es algo que pueda consumir, por ejemplo, en horario laboral.
Aun así, muchas veces, a la hora de escribir he recurrido al café. Es un proceso bastante complejo. Cuando escribo, casi siempre se da entre las once de la noche y las seis de la mañana, por lo que debo mantenerme despierto. Sin embargo, a veces el café funciona como algo más que un mero mecanismo para mantener la vigilia, a veces tomo café para aumentar los niveles de ansiedad, cosa que no pocas veces favorece la introspección, o cierta cota melancólica y detallista que ayuda a mi escritura. A veces ya es mucho y tengo que bajarlo con alcohol, pero a su vez el alcohol da sueño y entonces uno escribe como haciendo equilibrio entre esas sensaciones y esas dos bebidas.
De todas formas, muchas veces termino cediendo y voy al bar Manchester, que queda a un par de cuadras de mi consultorio. Me gusta el Manchester porque en el centro se presenta como una constante, algo que, pese a todo lo que pase en la noche o en el día, sabés que va a seguir ahí, casi inmutable. Extraño un poco algunas plantas y helechos que solían tener contra la ventana, pero hace tiempo que es mi bar de la tarde. Creo que le encontré la vuelta a lo de la ansiedad tomándome café vienés. Con el tiempo se ha convertido en el único café que tomo. A veces salgo de ahí completamente nervioso, preguntándome para dónde va mi vida (sabiendo que solo es efecto del café), y termino diciéndome que es la última vez, pero casi siempre termino volviendo a tomar. Debe ser por algo.
· Roberto Appratto *
He tomado mucho café en bares que han desaparecido. Un café, negro, sin azúcar ni edulcorante, en una mesa, en lo posible, junto a una ventana. Miro para afuera, no para describir lo que veo sino para concentrarme en el café. Desde ahí, con el primero de los dos cafés que me tomaba, empezaba a escribir en una hoja que traía pronta para la ocasión, con alguna lapicera, si tenía, negra. Saco rápidamente los sobres de azúcar y la cucharita para limpiar el terreno. El Sorocabana, por cierto, en el comienzo. Otros siguen estando: no muchos. En cualquier parte, buscar un café para poner en escena la acción de registrar lo que estaba pensando, a mano, era una orden: una pausa en el trabajo que a la vez es uso del tiempo creativo donde esté, a velocidad pero también a exactitud. Un taller de escritura instantánea. Por alguna razón, la presencia del café, los sonidos y la gente alrededor crean el espacio necesario para seguir. Mientras tomo escribo, para que no se me pierda nada.
* Narrador, poeta, ensayista, docente, crítico de cine y literatura. Entre sus obras de narrativa se destacan “Íntima”, “Se hizo de noche”, “18 y Yaguarón”, “Como si fuera poco” y “Mientras espero”.
· Carolina Bello *
Pocas cosas tienen un olor que se convierte en rúbrica. Hay olor a basura, cualquiera sea su contenido; hay olor a remedios, blisters y gotas entreverados en la caja de zapatos que hacemos pasar por botiquín; hay olor a tristeza de casa de salud y olor a galletas malteadas de abuela; olor a Navidad, a verano, a la melancolía de las calles del Buceo cuando las vecinas insisten con prender fuego las primeras hojas y ese también es olor a cumpleaños. A mí no me gustaba ir sola a Manzanares. Excepto por el olor —olor a ahí—, la penumbra y las partículas caían tan pesadas entre las cajas y los frascos que sentía que me iban a tocar y no tendría testigos más allá del mostrador, inalcanzable, con aquella balanza metálica y monstruosa que parecía amenazarme desde arriba. El café de Manzanares era caro y mi madre no solía comprarlo porque éramos varios hermanos y rendía más el soluble o el Vascolet, la alegría de todos los días. Cuando cerró Manzanares clausuraron un olor, como si todas las personas que entraron alguna vez a aquel almacén hubiesen dejado un recuerdo cautivo de ese estímulo, como Proust y la magdalena más rica de la historia. Una vez en la puerta del bar Manchester, de implacable azulejo blanco como todo bar que se precie, tuve, acaso, un momento en el que algo me llevó al almacén de Francisco Muñoz y Rivera. Pregunté al mozo si sabía de qué marca era el café, pero me arrepentí y le dije que no me contestara. Pedí un cortado y me lo trajeron como a mí me gusta: en un vaso de vidrio con un sobre de azúcar en el platito blanco. Miré la calle Convención y el cartel del hotel desde otra perspectiva. Dejé caer el azúcar arriba de la espuma, delineé la cármica con la yema de un dedo y después de un rato me fui.
* Escritora y periodista. Autora de los libros de cuentos “Escrito en la ventanilla”, “Saturnino” y “Urquiza”.