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    Un miedo que paraliza

    Las fobias, que pueden ser el temor a los perros, a estar en espacios públicos o a la comida, son una forma de exteriorizar una angustia reprimida por el inconsciente; los psiquiatras coinciden en que el mejor tratamiento es la terapia

    Es una sensación difícil de explicar. Cada vez que Lorena ve un perro, no importa si es un caniche o un pitbull, siente un miedo irracional. Escucha los latidos de su corazón con fuerza y los nervios le estrujan el estómago. Queda empapada por el sudor y siente un pánico que no sabe describir en palabras. “El miedo a los perros surge por el temor a su propia agresión, al reconocimiento de su intensidad y a la preocupación que produce saber que uno puede ser dañino para los demás. Es difícil de tolerar; entonces el aparato psíquico lo transforma y lo traslada a algo ajeno. Es más llevadero sentir que el problema está afuera”, explica la psiquiatra infantil Doris Cwaigenbaum.

    Un miedo similar sufre Rodrigo, pero con la comida: desde que es pequeño siente rechazo por todo lo que no sea un churrasco, un plato de arroz o un bowl de papas fritas. Solo después de empezar a tratar el problema en terapia, hace menos de dos años, puede salir a comer sin sufrir por imaginarse a un amigo con una hamburguesa repleta de condimentos y quesos —no tolera su olor— enfrente. “Puede que su miedo por la comida se traslade a su etapa primitiva y que esté vinculado al contacto con su madre. Es probable que mientras se alimentaba haya sufrido un hecho traumático o penoso y que ahora lo traslade al alimento. La conciencia no puede tolerar que lo que tiene es rabia a su madre y eso se transforma en la mente en un miedo por la comida”, asegura Cwaigenbaum, quien también es psicoterapeuta psicoanalítica. La razón del problema que atormenta a los jóvenes, ambos de 21 años, es distinta, pero la raíz es la misma: un trastorno de ansiedad llamado fobia.

    Como muchas personas que les tienen miedo a los perros, Lorena se acostumbró a convivir con el problema. Cada vez que ve un animal en la calle se apura por cruzar la vereda y sus amigos, que muchas veces por desinformación se burlan, encierran a sus mascotas cuando saben que está por llegar. “Este tipo de fobias, aunque hay que tratarlas, se pueden evitar porque podés esconderte de la situación. Los problemas más graves aparecen cuando los miedos empiezan a limitar la vida del individuo”, dice Cwaigenbaum. La historia de Rodrigo es diferente: la única solución para eliminar su miedo fue empezar terapia e intentar encontrar la explicación de aquella angustia inconsciente que le provocaba la reacción repulsiva con la comida. Y su caso no es aislado.

     
    Los miedos irracionales y desmedidos se pueden traducir en cientos de fobias —se calcula que hay más de 200— porque dependen de la experiencia de cada individuo. Pero hay que tener cuidado: los temores también son parte del crecimiento.

     

    Hay personas que no conocen a sus nietos por miedo a estar en un espacio público (agorafobia), algunas que no salen de sus dormitorios porque piensan que pueden ser perseguidas y otras que sienten un temor inexplicable a la lluvia. A pesar de que muchas veces se tratan como un problema menor, las fobias son una patología que puede condicionar —y limitar— la vida en sociedad de las personas.

     

    Un complejo escenario

    En la psicología y la psiquiatría, las fobias son tema de estudio hace más de un siglo. Ya desde el psicoanálisis, Sigmund Freud describió estos trastornos de ansiedad como la exteriorización de una angustia. El médico neurólogo austríaco aseguraba que los miedos aparecían como una represión de la libido y que se manifestaban, sobre todo, entre las mujeres.

    Hoy sus hipótesis son cuestionadas, pero lo cierto es que estos trastornos están en aumento en todas partes del mundo. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el número de personas con depresión o ansiedad creció entre 1990 y 2013 alrededor de 50%, una cifra que se traduce de 416 a 615 millones de casos. Ese incremento también se ve en las salas de emergencia de todo el mundo: uno de cada cinco pacientes llega por consultas vinculadas a problemas psicológicos. “Los trastornos de ansiedad aparecen por una experiencia traumática o una situación de estrés, y muchas veces se transforman en fobias que condicionan la vida”, dice Cwaigenbaum. Por ejemplo, puede ocurrir que un niño que se está por someter a una operación sin tener la contención y preparación necesarias desarrolle un miedo irracional que aparece cada vez que siente el olor al alcohol que invade los hospitales. También puede pasar que un adolescente —período clave en la definición de su identidad— que sufre agresiones de sus compañeros no tolere estar dentro de un salón de clase. “Las fobias pueden aparecer en la niñez o en la edad adulta porque se relacionan con los roles. De repente, una persona es fóbica toda su vida, pero si no se expone a una situación social particular puede convivir con el problema”, explica Gabriela López Rega, profesora agregada de la Clínica Psiquiátrica en la Facultad de Medicina.

     

    Un niño, un caso

    Los miedos irracionales y desmedidos se pueden traducir en cientos de fobias —se calcula que hay más de 200— porque dependen de la experiencia de cada individuo. Pero hay que tener cuidado: los temores también son parte del crecimiento. Es normal que mientras el niño comienza a definir su personalidad se angustie por la separación de sus padres cuando entra al jardín, tenga miedo por las tormentas o desconfíe de los animales. El problema, que los pediatras confiesan que es difícil de diagnosticar, aparece cuando la angustia los paraliza. “Los niños somatizan lo que ven, escuchan y sienten. Muchas veces, y sin maldad, los padres se vuelven demasiado sobreprotectores y transmiten sus miedos a sus hijos. Cuesta dejarlos que crezcan”, opina la presidenta de la Sociedad Uruguaya de Pediatría (SUP) Alicia Fernández.

    Esta sobreprotección, agrega Cwaigenbaum, puede llevar a que los pequeños incluso desarrollen una fobia escolar que dificulte su integración con sus compañeros y en la clase. “Es necesario trabajar con los padres en la psicoeducación porque repiten sus patrones. Perciben la inseguridad y luego lo trasladan a su universo”, dice Cwaigenbaum. El pánico a la escuela, afirma Fernández, se puede potenciar por el bullying, una problemática que aparece cada vez con más frecuencia en las consultas. Otro generador de conflictos es el consumo poco controlado de videos o imágenes en el celular, conductas que también pueden disparar un miedo irracional que se traduce en distintas fobias.

    Según Fernández, concretar el diagnóstico de una fobia en la infancia se vuelve aún más complejo porque las consultas incluyen varios actores y son muy breves. “A veces duran diez minutos y no nos da el tiempo para conocer el problema de fondo”, señala. Después de ver una conducta preocupante o un desvío de la normalidad, los pediatras trabajan con un equipo de salud mental (que incluye psicólogos y psiquiatras) para tratar cada caso.

     

    Temor al otro

    No hay estudios específicos que indiquen el origen de una fobia social. Los psiquiatras, sin embargo, aseguran que entre los adolescentes la mayoría de las consultas están vinculadas al miedo por la mirada y la aceptación del otro. Según datos del Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid, extraídos del Journal of Citations Reports, al menos una de cada 10 personas en el mundo experimenta este trastorno de ansiedad que puede aparecer al interactuar con los pares, en las actuaciones en público o por el miedo que produce quedar en ridículo. “La fobia social es miedo a la presencia del otro, a la mirada del otro y se van aislando. Es un mecanismo complejo porque tiene que ver con la representación penosa de la misma persona que luego se traslada al grupo de pares. Así, sufren porque no se vinculan con los otros”, dice Cwaigenbaum. Uno de los caminos más recurrentes es evitar las situaciones de incomodidad, que provocan taquicardia, miedo desmedido y muchos nervios. Pero si no se trata, la fobia social vuelve a aparecer.

    Los problemas en la integración social, sobre todo en la adolescencia, pueden conducir al consumo de alcohol u otras sustancias para desinhibirse: “Es una manera de automedicarse muy preocupante, porque deja a la persona todavía más vulnerable”, opina López Rega.

     

    Cien fobias, un método

    Cuando una persona llega a una consulta psiquiátrica porque tiene temor a los aviones y está por emprender un viaje, es común que se le recete una pastilla para tolerar el problema. Sin embargo, muchos especialistas aseguran que las fobias que condicionan la vida de un individuo —como la agorafobia (miedo a los espacios públicos) o la fobia social— tienen que ser acompañadas por un tratamiento psicológico. “Se tiene que hacer, porque la medicación puede atenuar un problema pero no lo va a resolver. Si vos hacés un tratamiento psicoterapéutico para develar cuál es el conflicto, la angustia se desarma y no tiene más razón de ser”, asegura Cwaigenbaum. Además, tampoco existen medicamentos específicos para las fobias: se recetan antidepresivos, fluvoxamina, que también tiene un efecto ansiolítico, y algunas drogas similares. “Es innegable que ayudan, pero si no tratás el tema de fondo, el miedo se desplaza a otra cosa; se puede ir esa fobia pero aparece otra porque no se llegó al origen”, explica la psiquiatra.

    Desde la cátedra indican, apunta López Rega, que la psicoterapia cognitiva conductual es la más efectiva, pero tiene que hacerse con una alta frecuencia —al menos tres veces por semana— y es muy costosa. “Es difícil que alguien pueda tener la constancia y los medios para sobrellevarla. En estos tratamientos también se indican fármacos ISRS (inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina), porque se produce un gran malestar y es preferible mezclar las dos formas de ayuda”, concluye la psiquiatra.

    Mientras tanto, los investigadores siguen estudiando cuáles son los tratamientos para mejorar la calidad de vida de los pacientes que —en una sociedad ansiosa y sobreestimulada— conviven con el miedo, la taquicardia y el malestar constante. “A veces te encontrás con personas que están recluidas en sus casas durante años. Son personas que, a menos que alguien ayude, tienen miedo hasta de salir a la calle”, cuenta Cwaigenbaum. Y remata: “Las fobias son contaminantes y, si no se trabajan, pasan de un objeto o de una situación para otra”.

     

    Una ayuda familiar

    Los síntomas son claros: las personas que sufren fobias tienen grandes niveles de ansiedad, confusión y frustración. Pero muchas veces utilizan excusas o evaden situaciones para disimular o esconder su temor. “Pueden sentir vergüenza o miedo al rechazo de los otros y ocultan lo que les pasa para que no se preocupen”, dice Gabriela López Rega, profesora agregada de la Clínica Psiquiátrica en la Facultad de Medicina. En ese escenario, la desinformación del entorno puede agravar el problema. Los familiares y grupos de pares suelen disminuir el alcance de la fobia porque, a menos que condicione sus relaciones, sienten que es un conflicto menor.  “De hecho, en la psiquiatría se plantea que hay un factor genético, alguien en la familia ya tuvo una fobia y se naturaliza. Son hipótesis, pero que llevan a normalizar una situación que en verdad es un problema”, explica la psiquiatra infantil Doris Cwaigenbaum.
    Los psiquiatras recomiendan estar atentos a los cambios de humor, irritabilidad, disminución del interés y el retraimiento. En vez de minimizar el problema, también se aconseja prestar atención y enfrentar los miedos irracionales que siente el otro.