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El pasado martes 16 me despertó un inusitado silencio. Cuando uno se acostumbra a dormir con música de fondo, su ausencia se vuelve sonido. El silencio suena. Y en circunstancias determinadas, resulta ensordecedor. Vivo en una calle tan linda como agitada y esa mañana, a eso de las siete, faltó el arrullo —por llamarlo de alguna manera— del tránsito y de los caminantes.
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Mi casa queda cerca del Estadio Centenario. No había que ser perspicaz para darse cuenta de lo que pasaba. Esa noche tocaban los Rolling Stones y las medidas de seguridad ya se estaban desplegando. Desde hacía días la zona venía transformándose con el armado de estructuras metálicas y la instalación de vallados, baños químicos y casetas.
La tardecita del lunes se fue poblando de vendedores y de fans que acampaban en grupo y se iban turnando para guardar los mejores lugares. La noche y su brisa han de haberles parecido una gloria comparadas con el bochorno del día siguiente. Pero la pasión no entiende de sensatez y cuando el sol ardió, se las apañaron marcando su sitio con alguna pertenencia y refugiándose bajo los arbustos de la plazoleta Pierre de Coubertin. Era simpático ver la hilera de mochilas y camperas ovilladas sobre el césped, una tras otra, como el camino de piedritas de un pulgarcito roquero. Así aguantaron el día completo y tuvieron su recompensa con una luna clara que limpió el cielo de nubes y puso toldo de estrellas a uno de los espectáculos más imponentes que haya visto Montevideo.
Vuelvo a mi mañana de martes que, más allá de la excepcionalidad del día, tenía todas las características de un martes cualquiera. El silencio, como más arriba decía, creaba una atmósfera diferente y la cama invitaba. Pero no. Imposible quedarse. Me levanté con pocas ganas y a la ocho ya estaba saliendo. Manejé hasta la esquina donde unos postes amarillos me cortaron el paso. Detrás, un inspector de tránsito.
Un poco más lejos, una cuadrilla de la Intendencia y unos vecinos conversaban con otro inspector.
Pocos trabajos tan despreciados como el de inspector de tránsito. No es para menos. Mentiría si dijera que me simpatizan. Casi todos los que conducimos hemos tenido uno o más encuentros desagradables con ellos. No solo porque casi siempre terminamos con una multa —aun habiendo cometido una infracción, ¿a quién le gusta?—, sino porque no se caracterizan por un trato amable y, en ocasiones, ejercen su autoridad con excesos. Para empeorar las cosas, es raro verlos donde se los necesita y mucho más raro haciendo tareas de prevención. En suma, conductores e inspectores son enemigos del cemento. Se miden de lejos. Se aproximan con sigilo, con recelo, maldispuestos. Y más de una vez la tensión explota en agresión verbal o física.
El ingenio popular los ha cubierto de motes casi nunca halagüeños, que van desde el insulto abierto a la asociación con animales diversos. La denominación zorros grises —que ha dado lugar a la ahora más popular chanchos— remite al color de sus uniformes y, supongo, a la astucia que desarrollan para aparecer desde los lugares más inesperados en busca de su presa. Pues bien, uno de estos zorros grises me impedía circular. Un prepotente abusando de su autoridad. O, al menos, eso pensé.
El hombre se acercó a mi ventanilla, me dio los buenos días y se disculpó por la inconveniencia de una calle cortada desde tan temprano para un evento que tendría lugar en la noche. Casi en el mismo acto, movió uno de los postes, me franqueó el paso y me sugirió que hablara con su superior para prevenir ulteriores molestias, si es que pensaba retornar cerca de la hora de inicio del espectáculo.
Así lo hice. Llevé mi auto hasta donde el otro inspector conversaba. Al verme, me dedicó una sonrisa y me explicó por dónde era mejor circular y cuáles eran los horarios aconsejables. Le insistí un poco porque quería evitar un mal momento cuando regresara horas más tarde. Me tranquilizó con extrema cordialidad y me aseguró que podría entrar a mi casa sin el menor problema. Así fue.
No debería estar escribiendo esta columna, porque el trato correctísimo que recibí de los dos inspectores tendría que ser la regla imperante y no causar sorpresa. Pero es infrecuente y por eso tengo este arrebato de agradecimiento. Convirtieron esa mínima interacción de pocos segundos en una experiencia afable. Me he preguntado si existe la vocación de inspector de tránsito, si hay alguien que desde niño sueñe con serlo. Y me cuesta pensar que así sea. Sin embargo, quizá haya una forma de concebir ese trabajo —ingrato, por cierto— con un sentido de servicio a la comunidad, con el orgullo de ser útiles y de colaborar para una mejor convivencia. No abundan inspectores así, pero tampoco es bueno generalizar y condenar a todos.
Una vez más reafirmé mi convicción acerca de que la amabilidad es una herramienta de persuasión poderosa. El buen trato genera buen trato. Daban ganas de hacer las cosas bien.