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Las historias con final feliz, como las de Myriam y Margarita, están presentes cada vez más en distintas disciplinas, pero el deporte (también la ciencia y la política) es una de las que tienen mayor visibilidad.
Algo de escenografía, una maquilladora y varios focos de luces recibieron hace unos días a Myriam Royón y Margarita Kemayd en el estudio de fotografía de galería. Myriam es campeona nacional de taekwondo; Margarita fue medalla de oro en natación. Aunque nunca se habían visto personalmente, la conversación nació natural, como si se conocieran de toda la vida. Tenían tema: Myriam tiene 72 años; Margarita, 80. Pero no hablaron solo de los nietos y los achaques de salud. Hablaron de sus logros, de los sacrificios que tuvieron que hacer para dedicarse a su pasión, de los entrenamientos, de los nervios previos a una competencia, de cómo hacen para ser las mejores en lo suyo. La edad, rápidamente, quedó en segundo plano. Así, la nota que surgió a partir de la curiosidad de contar las historias de estas medallistas senior -o Plus 70 u 80, como se llaman muchas veces sus categorías en los torneos internacionales- fue mucho más allá, dejando ver la realidad de esas mujeres que, en un pasado no tan lejano, hace tal vez 40 o 50 años, no podían dedicarse a lo que les gustaba, no podían elegir o, simplemente, debían cumplir con un mandato familiar o social antes que con sus propios deseos.
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Myriam, por ejemplo, siempre quiso practicar judo, pero como estaba mal visto que las niñas compitieran en artes marciales, su padre la llevó a canalizar su gusto por los deportes entrenando en atletismo y salto largo. Después se casó y se concentró en criar a sus hijos. "Me dediqué a mi familia hasta que ya estaban grandes y no dependían de mí. Ahí entré a este mundo y me conecté conmigo misma", le contó a Florencia Pujadas, autora de la nota. A Margarita, que es salteña, siempre le fascinó el agua. De niña le encantaba ir al río con sus amigas y era buena nadadora, pero su padre nunca la dejó ir al club. "Eran otros tiempos y las nenas se quedaban en casa", recuerda. Su hermano, en cambio, podía practicar remo, participó en varias competencias y ganó premios. Margarita recién logró anotarse en el Club Remeros de Salto después de casarse. Y logró competir "más de grande". "Mi esposo no entiende ni comparte absolutamente nada mi pasión, pero llegó un momento en que mis hijos ya estaban crecidos, educados, y lo quise hacer. Yo viví para criarlos y trabajé como loca. Ahí me abrí al mundo y la historia cambió", resume con una lucidez impactante.
Las historias con final feliz, como las de Myriam y Margarita, están presentes cada vez más en distintas disciplinas, pero el deporte (también la ciencia y la política) es una de las que tienen mayor visibilidad. La semana pasada publicamos la historia de Juliana y Gonzalo Chory Castro, hermanos y apasionados por el fútbol. Hoy, ambos son jugadores profesionales de Nacional, pero sus recorridos fueron y siguen siendo bien distintos, un hecho que se explica, sobre todo, por la diferencia de género. Y no nacieron hace siete u ocho décadas, nacieron a fines del siglo XX. Cuando Claudia Umpiérrez, que ya era árbitra profesional hacía varios años, llegó a un partido de Primera División fue noticia. Antes de eso, la había entrevistado para El País y me contaba, palabras más, palabras menos, que incluso en una familia futbolera como la suya, tuvo que pelear para hacer lo que le gustaba. Única mujer entre tres hijos, su padre -Julio César Umpiérrez Umpiérrez, entrenador con la selección de Maldonado y Pan de Azúcar- trató de disuadirla. "Como entrenador, él sabía todos los insultos y las quejas que recibían los árbitros. No me veía en esa figura, me decía "no creo que te guste, pero..." Finalmente, cuando ya se había mudado a Montevideo para estudiar Derecho, Claudia se anotó en la Escuela de Árbitros. Las historias que se conocen suelen ser las de éxito, una minoría entre tantas otras que van quedando frustradas por el camino.
Desde la Secretaría Nacional de Deporte se vienen haciendo cosas. Por ejemplo, según datos de 2018, 30% de las mujeres deportistas federadas de Uruguay juegan al fútbol, o sea que es el deporte federado más practicado por las adolescentes y jóvenes de Uruguay. En 2018, Uruguay fue sede de la sexta edición de la Copa Mundial Femenina de Fútbol Sub-17, convirtiéndose en el primer país de América del Sur y el tercero del continente en organizar este torneo. También existen varios programas que incentivan a que el deporte sea una opción de tiempo libre para las adolescentes mujeres, muchos de ellos en el interior.
En este contexto, las historias de Myriam y Margarita son una lección por partida doble. Por un lado, que nunca es tarde para hacer lo que a uno más le gusta, porque la edad es mucho más que esa cifra que indica el calendario. Y por el otro, que todavía hay mucho camino por recorrer en materia de igualdad de género. En la misma semana en que Uruguay tiene a la primera vicepresidenta electa de su historia, vale la pena, por lo menos, pensarlo y tomarlo como punto de partida.