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Vuelta a clases: por qué la ansiedad es esperable y cómo transformarla en un buen comienzo

A pocos días del comienzo de clases en las escuelas, liceos y colegios, expertas hablan sobre las ansiedades de los alumnos y sus padres, y explican cómo acompañar

Cuadernos, lápiz, goma de borrar, sacapuntas. Juego de geometría, tabla de dibujo, lapiceras, bloc de hojas. ¡Ah! Y el uniforme. O la túnica bien blanca, planchada, impoluta. ¿Quién lleva al niño? ¿Quién lo va a buscar? ¿La vianda? ¿La merienda? Todo listo, pero ¿cómo le irá este año? ¿Se adaptará? ¿Y si no se hace amigos? En eso, con más o menos matices, se resumen los pensamientos de las madres o los padres en los días previos al comienzo de clases de sus hijos. La emoción que gobierna es, sin duda, la ansiedad.

Por otro lado: ¿me haré amigos? ¿Podré adaptarme al nuevo colegio? ¿Cómo será el liceo? No quiero separarme de mamá y papá. No quiero madrugar. Quiero tener la mejor mochila para que la envidien todos. Este año, espero no llevarme ninguna materia a examen para no desilusionar a mis papás, o para no pasarme el próximo verano sentado frente a un libro otra vez. Esos son los pensamientos típicos de los niños y adolescentes, también en esos días previos a un nuevo comienzo. La emoción que los gobierna es, también, la ansiedad.

La cuenta regresiva terminará, para la mayoría, el lunes 2 de marzo. Ese día comienzan las clases en los jardines, escuelas y primeros años de los liceos públicos de todo el país. Los estudiantes de 8° y 9° grado comienzan el martes 3. En el sector privado, muchas instituciones tienen marcado el inicio de clases para una semana antes: el lunes 23 de febrero.

La vuelta a clases siempre es un nuevo comienzo. Y, como todo nuevo comienzo, requiere de un proceso de adaptación. Eso es lo que sugiere la maestra y psicopedagoga Natalia Cronembold, quien ha trabajado en varias instituciones educativas públicas y privadas: en días previos a la vuelta a las aulas, tratar de volver a las rutinas que implican un horario para ir a dormir a la noche, una hora para despertarse a la mañana y un tiempo de siesta si lo hay. También volver a restringir el uso de pantallas, que pudo haberse flexibilizado durante las vacaciones. Todo esto implica un acompañamiento cercano de la familia o los referentes adultos.

“Cuando la familia entiende que tiene que acompañar ese proceso, es mucho más saludable la reinserción al aprendizaje”, dijo Cronembold a Galería. Algunos niños y adolescentes pueden tener muchas ganas de volver a clases. Otros pueden padecer el miedo a lo desconocido, a las nuevas maestras que les van a tocar, a si van a estar en el mismo grupo que sus amigos, si podrán superar desafíos en lo curricular. Y es difícil desligar las emociones de los alumnos de las que sienten los adultos a cargo.

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Los mayores cargan con todas las responsabilidades de la organización y logística en torno al regreso de sus hijos a los jardines, escuelas, colegios y liceos. Eso puede generarles estrés, cansancio, nerviosismo. Y, además, también padecen la incertidumbre por cómo les irá a los menores en un nuevo año lectivo. A veces, incluso, en una nueva institución. Cómo les irá tanto en lo social como en lo curricular. Y todas sus emociones se transmiten de manera muy sencilla y poco intencional a los niños y adolescentes.

Las ansiedades suelen mantenerse en cada uno de los nuevos inicios. Empezar una nueva etapa, o tan solo un nuevo año lectivo, tiene su peso emocional. En educación inicial suele aparecer la angustia por separación del núcleo familiar y la transición desde su espacio de contención hacia uno nuevo, a veces desconocido, a veces casi olvidado tras los meses de vacaciones. En primaria y secundaria, a medida que el alumno avanza en su carrera educativa, las exigencias académicas crecen, y con ellas la conciencia de los desafíos que enfrentan en el aula.

La psicopedagoga y maestra Lía Martínez explicó a Galería que “en edades avanzadas, el comienzo del año es clave para la configuración de la identidad grupal. Atravesar una situación vergonzosa en los primeros días puede marcar la experiencia subjetiva del alumno y su posicionamiento social. Es el momento en el que adolescentes y niños despliegan todas sus herramientas vinculares, exponiéndose ante el resto con el fin de encontrar su lugar y pertenencia en el aula”.

“Es el momento en el que adolescentes y niños despliegan todas sus herramientas vinculares, exponiéndose ante el resto con el fin de encontrar su lugar y pertenencia en el aula”. “Es el momento en el que adolescentes y niños despliegan todas sus herramientas vinculares, exponiéndose ante el resto con el fin de encontrar su lugar y pertenencia en el aula”.

La ansiedad, esa gran emoción dominante, es, sin embargo, “esperable”, según Martínez. Y es incluso “saludable cuando existe un contexto familiar y escolar que sostiene”. Es natural que los niños y adolescentes vivan la adrenalina del cambio, los deseos y las expectativas propias de un nuevo comienzo. La alerta debería generarse cuando aparecen en ellos algunos miedos infundados o cuando el entorno familiar no favorece una correcta adaptación. Sin embargo, con el pasar de los días las emociones deberían perder intensidad. Es de esperar que los niños se adapten, que sus temores disminuyan y que logren poner nombre a sus sentimientos.

“La primera semana no es un termómetro de lo que va a ser el resto del año”, resalta Cronembold. Muchos alumnos, sobre todo los más pequeños, expresan sus emociones a través del cuerpo: manifiestan dolores de panza, de cabeza. Se resisten a ir al jardín, a la escuela, al colegio. Todo esto es, en cierta medida, esperable y no debería ser un signo de alarma, mientras no se sostenga y se vuelva recurrente más allá de la primera semana de clases. Algunas conductas a las que se les debería prestar atención son una excesiva irritabilidad, dificultades para dormir, o sobrexcitación.

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“Es importante no invalidar las emociones, ni de los niños ni de los padres, pero tampoco dejar que repercutan de forma negativa en el comienzo”, sugiere Cronembold. Lo recomendable, para el adulto, es “mantener la calma, acompañar y validar las emociones”. La psicopedagoga aconseja, además, que los mayores organicen la vuelta a clases y la anticipen de forma gradual y medida. No de un día para el otro, tampoco meses antes.

“Segundo salón de clases”

Desde hace ya varios años, las vacaciones, para la mayoría de los adolescentes, no implican un aislamiento total o parcial de sus compañeros de clases. Si bien dejan de verse todos los días, muchos siguen en contacto todos los días de manera virtual, a través de las redes sociales o el WhatsApp. Uno de los riesgos de estas plataformas es que pueden actuar como “promotoras del miedo social” e impactar “en la subjetividad de niños y adolescentes”, advierte Martínez. Y es que muchos miden su valor a través de la cantidad de seguidores o me gusta que tienen en Instagram o en TikTok. Eso se traduce a veces en popularidad o en estatus dentro de sus instituciones educativas. En este escenario, lo académico suele quedar relegado a un segundo plano, al perder importancia en relación con los vínculos.

“En el inicio del año liceal, las redes sociales no son solo una distracción; funcionan como un ‘segundo salón de clases’ donde se ponen en juego la reputación y la pertenencia. Los adolescentes las utilizan para medir su estatus social, estableciendo una jerarquía a través del intercambio de fotos y seguidores previo al contacto físico. La comparación estética entre pares genera una profunda ansiedad en aquellos que sienten que su realidad no coincide con el estándar que ven en pantalla”, explica Martínez.

“En el inicio del año liceal, las redes sociales no son solo una distracción; funcionan como un ‘segundo salón de clases’ donde se ponen en juego la reputación y la pertenencia. Los adolescentes las utilizan para medir su estatus social, estableciendo una jerarquía a través del intercambio de fotos y seguidores previo al contacto físico”. “En el inicio del año liceal, las redes sociales no son solo una distracción; funcionan como un ‘segundo salón de clases’ donde se ponen en juego la reputación y la pertenencia. Los adolescentes las utilizan para medir su estatus social, estableciendo una jerarquía a través del intercambio de fotos y seguidores previo al contacto físico”.

Otro aspecto de las vacaciones que ha sufrido cambios cada vez mayores en los últimos años es el del “descanso real”, según la experta. Los padres, madres y otros adultos referentes trabajan cada vez más y durante más tiempo. Entonces, necesitan derivar parte de los cuidados de sus hijos en actividades en clubes, colonias de vacaciones, talleres o incluso apoyos técnicos en algunos casos. Es así como los niños y adolescentes muchas veces, aunque no vayan al jardín, escuela, colegio o liceo, se mantienen tan ocupados como durante el resto del año. “Muchos niños inician las clases en marzo ya cansados, debido a que las familias necesitan ocupar el tiempo de sus hijos para resolver la logística cotidiana”, resume la psicopedagoga y maestra.

Cómo acompañar

Sin ninguna intención negativa, en ocasiones los padres proyectan sus propias expectativas en sus hijos o les transmiten algunas presiones. “Decirle a un joven ‘ahora empieza una etapa de mucho sacrificio’ convierte el liceo en un campo de batalla en vez de un lugar para disfrutar. También, frases como ‘a tu edad yo ya sabía qué hacer’ o ‘mirá lo organizado que es tu hermano’, invalidan el ritmo de cada uno y los hacen sentir en deuda constante con su familia”, ejemplifica Martínez.

Lo aconsejable es que el inicio de clases se normalice y se tome como una etapa más de su desarrollo y crecimiento, sin cuentas regresivas ni amenazas que transmitan que ese primer día marca el final de la diversión. Ambas psicopedagogas y maestras coinciden en la importancia de la gradualidad durante los días previos. En los más pequeños, Martínez añade como consejo clave fomentar su autonomía y comenzar a involucrarlos en los preparativos: la mochila, la túnica, los materiales.

Puede ser beneficioso conversar en familia sobre los miedos y expectativas que despierta la vuelta a las aulas, pero sin dramatizar ni presionar a los niños y adolescentes que prefieren no expresarse al respecto. Las rutinas ordenan a todos, niños y adultos. Quizás muchos padres estén deseosos de que sus hijos comiencen las clases para volver a ese orden en su día a día, pero es importante tratar de que ese sentimiento no se transmita.

En esas conversaciones, lo importante es “crear una base emocional segura”, sugiere Cronembold. Como adultos responsables, decirles a los más chicos que van a poder contar con ellos, que pueden confiar. Y, en cuanto a los materiales, agrega que no hace falta que los padres se desesperen por tener todo perfecto desde el primer día. “Si te faltó un cuaderno porque estabas agotado, no pasa nada. No tenemos que empezar perfectos. Cuando hay calma y confianza, ahí hay aprendizaje”, añade.

“Si te faltó un cuaderno porque estabas agotado, no pasa nada. No tenemos que empezar perfectos. Cuando hay calma y confianza, ahí hay aprendizaje”. “Si te faltó un cuaderno porque estabas agotado, no pasa nada. No tenemos que empezar perfectos. Cuando hay calma y confianza, ahí hay aprendizaje”.

Ya está dicho que los hijos suelen ser el reflejo del clima emocional que se vive en su casa. Y esto es en todo momento, sin excluir esos días previos a volver a clases. “Cuando el entorno familiar se desborda por el estrés de los útiles, los horarios o la logística, el mensaje que llega es claro: el inicio de clases es una carga o un conflicto”, advierte Martínez. Y agrega: “debemos transformar esa visión para que, en lugar de un problema a solucionar, el comienzo sea percibido como un proyecto para emprender con entusiasmo”.

“Preparar al cerebro”

Incluida en la gradualidad que las expertas recomiendan para hacer una transición amena desde las vacaciones, está la sugerencia de “preparar al cerebro para lo que se viene”, que defiende Cronembold. Esto no quiere decir que si en el año que comienza van a aprender a sumar, comiencen a practicar antes. Pero sí es beneficioso prepararse para aprender. ¿Cómo? Volver a las rutinas, disminuir el uso de pantallas de forma progresiva, reactivar la lectura. Revisar juntos qué útiles escolares del año pasado hay en casa que puedan volver a usarse. A través del juego, volver a hacerlos razonar, sostener la concentración, tolerar la frustración.

Una herramienta que puede resultar útil para esa preparación del cerebro es Okapi, un emprendimiento que Natalia Cronembold creó hace unos meses y que diseña juegos pensados para usar en familia, consultorios y aulas. Estos juegos estimulan distintas áreas cognitivas, pero sin perder el disfrute. La psicopedagoga los describe como “juegos abiertos, flexibles y desafiantes que generan aprendizajes con sentido. Además, se adaptan a todas las edades”.

La palabra okapi hace referencia a un animal africano que tiene similitudes con muchos otros mamíferos conocidos. En el plano genético, se lo relaciona con la jirafa. Visto de atrás, podría confundirse con una cebra, pero su cabeza se asemeja a la de un ciervo. La psicopedagoga y emprendedora eligió ese nombre para su emprendimiento porque se vincula con la flexibilidad y la creencia de que no todos los seres humanos son iguales y, por tanto, no todos aprenden de la misma manera.

Los juegos de Okapi acompañan procesos y activan determinadas funciones cognitivas. Al promover la actividad lúdica y didáctica en familia o en grupos de amigos, involucran lo emocional, la memoria y el control de impulsos, aspectos fundamentales en cualquier experiencia de aprendizaje. Además, lo positivo del juego es que “no genera presión” porque el niño, mientras aprende, “se está divirtiendo”, explica Cronembold.

“Antes de exigir rendimiento, necesitamos regulación emocional, y los juegos dan esa regulación emocional. Hay que esperar turnos, hay que ser respetuosos con el otro, hay que tolerar perder. Durante el juego reactivamos la memoria, la atención, la velocidad de procesamiento, reducimos la ansiedad, fortalecemos la seguridad y generamos vínculo, que es lo que necesitamos para aprender, siempre”, añade.

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