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A lo largo de la historiase ha ido confirmando empíricamente
que existe una relación entre el inmenso potencial creativo del ser humano y el
funcionamiento atípico del cerebro. El científico loco, el artista aturdido, el
poeta suicida, el músico intoxicado no son personajes salidos de páginas de
ficción, sino ejemplos reales de que algunos de los grandes creadores de la
historia de la humanidad sufrieron cierto tipo de trastorno mental, al menos
temporalmente. Entonces, se plantea la duda de si para ser un poco genio hay
que ser un poco loco; si es un factor sine qua non para despegarse del
resto y crear maravillosas obras de arte o avances científicos que determinen
el desarrollo de la civilización. O si la vida que llevan termina
desequilibrándolos. Si es causa o efecto, aún no está determinado, o dependerá
de cada caso. Lo que está claro es que para hacer cosas extraordinarias se
necesita un cerebro extraordinario. Sin embargo, parece que gran parte de las
veces, para tener esa cualidad hay que pagar un precio muy alto.
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¿Cómo viven
esas mentes atormentadas en la realidad de un mundo al que no logran
comprender, y no los comprende? El mismo cerebro que los provee de
pensamientos, ideas y sensibilidades poderosas es el enemigo que los ataca y
los destruye.
En este
número de la revista, la periodista Milene Breito investigó sobre este tema en
el ambiente de la música internacional, eterno caldo de cultivo de
personalidades autodestructivas. Desde Beethoven hasta Amy Winehouse, pasando
por todos los integrantes del club de los 27, la historia de la música se ha
llevado consigo una larga lista de almas torturadas. En su momento se le echaba
la culpa al alcohol, a las drogas o a la depresión, como si fueran virus que
contraían y que nada se había podido hacer. Pues hablar de salud mental es un
tabú, aún hoy en el año 2023, siglo XXI.
Recién hace
muy poco tiempo comenzaron a visibilizarse los trastornos y enfermedades que
sufren algunas de las estrellas más reconocidas del mundo de la música,
seguramente con la ayuda de la redes sociales (algo bueno tienen), donde los
mismos protagonistas pueden mandar sus propios mensajes al mundo en general, y
a sus fanáticos en particular, sin la necesidad de un manager o un
agente de prensa que hable por ellos intentando ocultar todo problema que los
aleje de la recaudación del nuevo disco o el siguiente espectáculo.
Desde la
psicología y especialidades cercanas, siempre se dice que la comunicación,
hablar, informar, difundir es el camino para la sanación del enfermo, porque el
mundo empieza a comprender lo que le sucede, y que hay un motivo y una razón
para su comportamiento. Pero también es la llave para abrir la posibilidad a
personas del entorno que sufren enfermedades similares a entender que hay otros
que padecen lo mismo, que tiene un nombre y que se puede tratar. Y en el caso
de las celebridades, este beneficio se potencia de forma exponencial, porque su
entorno puede ser el planeta entero.
Saber que personas que alcanzaron el éxito en sus carreras, que ganan
millones, que probablemente puedan tener la vida que quieran, en realidad están
viviendo atormentadas como muchos otros, provoca un poder de empatía que puede
ser el gen para la búsqueda de una salida hacia la salud.
Sabemos que la ansiedad es
la pandemia de hoy, que la depresión está en todos lados, que las tasas de
suicidio no paran de crecer, que la vida en este siglo XXI puede ser muy
perturbadora. Si al contrario de lo que se hacía antes, que era ocultar, ahora
se visibiliza, como lo viene haciendo un grupo de músicos jóvenes que han
tenido que recurrir al público para que termine de cantar la canción que ellos
no pudieron terminar sobre el escenario por estar sufriendo un ataque de su
enfermedad, probablemente estemos yendo por buen camino.