La Feria del Libro de Buenos Aires cumple 50 años. Con el tiempo se convirtió en lo que es hoy: el evento cultural más grande de América Latina. En sus más de 20 días de duración la visitan alrededor de un millón de personas, ninguna otra feria del mundo dura tanto ni tiene esa cantidad de visitantes. Cualquiera que haya asistido conoce su inmensidad, su magnitud, la cantidad impresionante de stands y el gentío que la recorre.
En este medio siglo, la feria tuvo diferentes momentos. Uno fundacional fue, precisamente, su origen. Es decir, lo que ocurría en esos tiempos oscuros. Es que en los primeros años la feria coincidió con la dictadura militar (1976-1983) más sangrienta de la historia argentina. Fueron años de censura, de persecución, de exilio de intelectuales y escritores, cierre de editoriales y, por supuesto y sobre todo, desaparecidos y muertos.
En ese contexto funesto, la feria se convirtió, discreta pero muy claramente, en un lugar de encuentro, una contraseña de resistencia, un punto de contacto entre editores, escritores y lectores, comunidad que estaba siendo diezmada y que no tenía la posibilidad de encontrarse (recordemos que durante la dictadura las reuniones de más de tres personas eran susceptibles de ser prohibidas y sus miembros detenidos). Una conversación entre editores, lectores, libreros, escritores en un pasillo, o en un stand, se convertía rápidamente en un acto de resistencia, de supervivencia de la cultura en épocas de exterminio.
Al final de la dictadura, con la llegada de la democracia, la Feria del Libro mantenía aún aquella aura. En ese año, 1984, se lanza la tradición de que un escritor pronuncie un discurso a modo de inauguración de la feria. El primer elegido fue Ernesto Sábato, y desde entonces se puede leer la historia de la feria por los nombres que la inauguraron (y también por los nombres que no fueron invitados a inaugurarla, muchos de ellos grandísimos escritores). Con el tiempo, ese discurso literario dicho en el acto inaugural fue rodeado de discursos políticos.
Show inaugural
Habitualmente, el ministro de Cultura de la Nación y el jefe de gobierno de la ciudad (que rara vez comparten el mismo espacio político) también formulan disertaciones (junto con el presidente de la Fundación El Libro, organizadora del evento). Por lo tanto, la historia de la feria es también la historia de los debates en ese evento inaugural, de las discusiones entre diversas posiciones, de la actitud del público (como cuando la gente se puso de espalda, como modo de protesta ante el discurso de Pablo Avelluto, entonces ministro de Cultura de la Nación del gobierno de centro–derecha de Mauricio Macri, una de las peores gestiones culturales de la historia de la democracia). Ese momento inaugural tomó, entonces, algo de show, de expectativa de que va a pasar algo, de momento de cierto dramatismo y, también, para el escritor elegido para inaugurar la feria, algo de prestigio.
Así llegamos a la edición del cincuentenario, en la que se eligió para inaugurar la feria no a un escritor, sino a tres escritoras (por primera vez se dio ese modo coral), que mantuvieron un diálogo sobre los procesos de escritura y otros temas ligados a lo literario. Pero lo central estuvo en los discursos de los dirigentes políticos.
De un lado, el jefe de gobierno (alcalde) de la ciudad de Buenos Aires, Jorge Macri, primo del expresidente Mauricio Macri, mentor de la carrera política de Jorge. La gestión de Jorge Macri en Buenos Aires podría caracterizarse como mediocre, anodina y sin luces. Y así fue su discurso: mediocre, anodino y sin luces. Porque todas las luces y la atención se las llevó Leonardo Cifelli, secretario de Cultura del gobierno nacional, el gobierno de extrema derecha de Milei.
La gestión de Milei y la de Cifelli básicamente se caracterizó por cinco palabras: el odio a la cultura. El gobierno de Milei, con respecto a la cultura —como a tantos otros ámbitos—, lleva adelante un trabajo de destrucción del aparato del Estado y las políticas públicas culturales, que fueron orgullo de la Argentina durante décadas. Si se pudo hablar, por dar solo un par de ejemplos, de “nuevo cine argentino” (con reconocimiento global) o del auge del teatro en Buenos Aires (con una cantidad de salas como la de Nueva York) es, en buena medida, resultado del acompañamiento que a la creatividad estética dedicó el Estado a través de sus instituciones culturales y políticas públicas.
Desfinanciamiento de la cultura
Desde la llegada de Milei, en Argentina se vive un desfinanciamiento de la cultura como nunca en los 40 años de democracia, sumado a un discurso de odio y de una violencia simbólica extrema contra sus actores, que son llamados permanentemente como “cucarachas”, “zurdos” (como si fuera un delito ser de izquierda), “parásitos” y términos por el estilo, con los que el presidente se refiere habitualmente a cantantes, directores de cine, actores, periodistas y demás miembros de la comunidad cultural.
Con ese bagaje llegó Cifelli a la feria. Y no solo con eso: con un grupo de unas 50 personas, especie de barras bravas que aplaudían su discurso e insultaban a los demás. Y que cuando el secretario de Cultura terminó de hablar, junto con él, también se retiraron, dejando una parte de la sala semivacía. Por supuesto que Cifelli fue abucheado por parte mayoritaria de la concurrencia (que tomó, razonablemente, su mera presencia allí como una provocación), a lo que el secretario de Cultura respondió con más insultos y un sinnúmero de agradecimientos a Milei y a su hermana, Karina Milei, la persona con más poder en el gobierno, sospechada en varias causas de corrupción.
Al pasar, recordemos que después de décadas de que el gobierno nacional (de todo signo político) tuviera un gran stand en la feria, el gobierno de Milei decretó, ya desde el año pasado, estar ausente, sin stand, porque la feria del libro era un reducto de “zurdos” (permítanme decir que si el millón de personas que van a la feria fueran todos de izquierda, ya la izquierda hubiera ganado las elecciones).
En la entrada principal hay una foto de Borges firmando ejemplares en la feria a principio de los 80. Demás está decir que no solo Borges no era de izquierda, sino que apoyó a casi todos los gobiernos militares… El mundo del odio a la cultura en el que vive Milei y Cifelli es el del escándalo, la mentira organizada, la provocación, el insulto y la ignorancia. Deberíamos preguntarnos por qué la feria del libro les da voz a esas expresiones.
Recesión
Entre tanto, la feria funciona este año, como los anteriores, en un contexto económico de fuerte recesión que, por supuesto, afecta a las ventas. Penguin Random House y Planeta, los dos grandes holdings multinacionales declaran haber tenido una buena feria (no dudo de esa información, pero sabemos que esos grupos jamás confiesan fracasos. Simplemente un día cierran una colección, otro discontinúan a un autor, y así nos vamos enterando de las cosas que no les funcionan).
En un contexto como el actual, al igual que en otras áreas de la economía, se observa un proceso de alta concentración, de ganancias de los grandes grupos concentrados. Ya son pocos los que van a la feria a comprar varios libros. Ahora los libros se compran de a uno. Entonces, con la poca plata de la que se dispone, mejor ir a lo seguro y comprar un autor probado, como los que ofrecen las grandes editoriales, que arriesgarse con uno nuevo, tal vez hasta trasgresor, como suelen publicar las editoriales pequeñas o medianas, de tradición independiente.
Precisamente algunas editoriales independientes informan haber tenido pequeñas ganancias, otras haber empatado y otras haber tenido leves pérdidas. De una u otra forma, no fue una gran feria para ellas. Pero tampoco fue un desastre, como muchos pensaban. Es que la feria, en verdad, es una gran burbuja. Una burbuja de un millón de personas. Muchas de las cuales no compran libros durante el resto del año, pero que van a la feria, casi, como una obligación moral o como un evento al que es indispensable ir.
La feria cumplió 50 años. 50 años de muchos libros y mucha gente, no es poco a esta altura de la historia.