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Tamara Tenenbaum: “Mi abuela era menos esclava de la maternidad que mis amigas”

La periodista y filósofa argentina, autora del ensayo El fin del amor y voz potente de la intelectualidad feminista actual, fue madre; no es que tenga cosas que quiera decir sobre su vivencia reciente, pero las dice, con su elocuencia y contundencia habitual

Editora de Galería

Hace ya siete años que la periodista y filósofa argentina Tamara Tenenbaum decretó el fin del amor en un ensayo que sorprendió por la juventud de su autora y el alcance de sus pensamientos: tenía 30 años. En ese libro, El fin del amor: querer y coger en el siglo XXI, registró todo lo que sus ojos habían observado y radiografiado sobre ser niña, adolescente y mujer en una comunidad judía ortodoxa en el barrio Once de Buenos Aires —donde creció y vivió hasta pasados los 20—; y después, su emancipación en un colegio secundario laico, respaldada por una investigación profunda, lecturas feministas, entrevistas y sus propias reflexiones filosóficas.

El libro explotó. Su mirada sobre el amor, los vínculos, el sexo, la maternidad y el feminismo encajó de alguna manera con el espíritu de su tiempo. Hasta que se empezó a emitir la serie en Prime Video —El fin del amor, una ficción inesperadamente inspirada en ese ensayo, con Lali Espósito como Tenenbaum—, en 2022, se habían vendido 35.000 ejemplares del libro en ediciones argentinas y españolas. Después vinieron otros libros, otros éxitos, otros desdoblamientos: Tamara Tenenbaum dramaturga (Una casa llena de agua, 2021; Las moiras, 2023; El día más largo del mundo, 2024), novelista (Todas nuestras maldiciones se cumplieron, 2021; La última actriz, 2024), y madre (de Estrelicia, nacida en noviembre de 2025).

Esta última fue la más espontánea de sus obras. Después de pensar tanto la maternidad ajena en su trabajo, Tenenbaum la está viviendo en carne propia. Parte de la vivencia de los primeros tres meses la volcó en dos columnas que escribió para el ElDiarioAR, donde escribe habitualmente. A propósito de esas columnas y de su reciente maternidad, Galería la entrevistó para hablar sobre cómo y cuándo el deseo de ser madre se hizo propio, el porqué de los consejos bienintencionados y los vaticinios nefastos de otras madres, dónde está su refugio, cómo lleva el deseo y cómo ve y sortea la hiperexigencia de las madres de esta era.

¿Qué te impulsó a escribir las columnas de maternidad? ¿Había cosas de tu vivencia que querías que las mujeres supiéramos?

No, no. De hecho, las escribí pensando en que no quería escribir mucho sobre eso. Dije: “Obviamente estuve con licencia de maternidad, entonces está bueno a la vuelta decir algo sobre eso”. Sobre todo porque también es raro que, aunque yo obviamente no tengo relación de dependencia con el diario, soy columnista, me dieron la licencia paga; se me pagó durante tres meses no estando legalmente obligados a hacerlo. No creo que muchos medios hagan eso hoy. Seguro en la Argentina no es común. Entonces en algún sentido quería sacar el tema, reconocerlo, agradecerlo. Y por otro lado, si no estuviste durante tres meses, hay algo que hay que decir. Pero no es que tenga algo que quiero que las mujeres sepan, de ninguna manera, al contrario. Me parece que hay demasiado contenido sobre el tema y siempre es mejor menos que más en ese sentido.

Cuando escribiste El fin del amor, el deseo de ser madre te resultaba aún “ajeno”. ¿Ese deseo apareció de repente, en un momento que tengas identificado, o fue un proceso?

No, cuando digo en el libro que resulta ajeno, en realidad tiene más que ver con mi edad, yo estaba en otra cosa. Creo que en este momento del planeta, cuando tenés 28, 29 años, todavía estás muy en otra cosa. Sé que hay gente que no, pero por lo menos en mi entorno es bastante común que sea una pregunta que pensás: lo resolveré en algún otro momento.

Sí digo que me resultaba ajeno y que todavía me resulta ajeno como un anhelo muy fuerte. Yo no diría que me moría de ganas. Lo hice con ganas, pero fue muy espontáneo, muy porque sí. Y en mi caso tenía muy en claro que, si no salía, no iba a hacer un tratamiento. De ninguna manera me imaginaba la maternidad a toda costa. Pienso que mi vida podría haber sido muy feliz sin hijos también, y no la hubiera imaginado ni incompleta ni nada. Fue algo medio espontáneo, de decir “lo hacemos”. Nos reímos y lo hicimos. No lo pensé mucho. Si lo pensaba mucho, por ahí no lo hacía.

En una de tus columnas terminás diciendo que, al final, “una sigue siendo una”. ¿Tenías miedo de dejar de ser vos cuando fuiste madre?

No, para nada. Pero sí me doy cuenta de que es algo que circula. O sea, yo no tenía miedo de eso, también porque tengo muchas amigas madres, y no creo que exista algo como la subjetividad de madre. Mis amigas que son madres son todas distintas y todas hacen las cosas distinto. Yo creo que la gente a veces se sorprende más de su propia maternidad de lo que nos sorprendemos los demás. Una persona puede decir “ay, me volví otra persona”. Y los demás nos miramos de afuera y decimos: “No, vos ya eras esta persona. En todo caso no lo veías, o hay cosas que se acentúan. Pero todo esto que estás haciendo yo ya lo vi”. Mis amigas que eran reobse siguen siendo reobse. Las que eran relajadas siguen siendo relajadas. Debe haber personas que hacen un giro de 180 grados en su vida; yo no lo he visto en mi familia o en mis amigas.

Pienso que también tiene que ver con algo muy actual, que es que somos mamás más grandes que nuestras madres, tal vez. Y siento que es distinto cuando ya tuviste muchos años para formar tu personalidad y tu estilo de vida que si sos mamá a los 25, porque entonces ser mamá y ser adulto terminan siendo la misma cosa para vos. Si sos mamá a los 36, como yo, ya tuviste mínimo 10 años de ser un adulto y de desarrollarte profesionalmente y de tener un estilo de cómo llevás el trabajo, de cómo llevás tus amistades.

De ninguna manera me imaginaba la maternidad a toda costa. Pienso que mi vida podría haber sido muy feliz sin hijos también, y no la hubiera imaginado ni incompleta ni nada. De ninguna manera me imaginaba la maternidad a toda costa. Pienso que mi vida podría haber sido muy feliz sin hijos también, y no la hubiera imaginado ni incompleta ni nada.

En los primeros meses de tu beba, ¿cuál era tu refugio?

Bueno, a mí me costó bastante el primer mes, pero no tanto comparado con experiencias difíciles. Mi bebé es una santa, y yo tengo mucha ayuda. Además tuve la suerte de que mi bebé nació el 28 de noviembre. Y diciembre es un mes en el que todo el mundo está en cualquiera. No hay mucho trabajo, y a mí lo que más me preocupaba era el trabajo. No te perdés reuniones de trabajo el 20 de diciembre. Empecé a trabajar en serio en enero, cuando contraté a la niñera, pero nunca dejé de trabajar. En diciembre entregué cosas que tenía que entregar, una serie para Netflix de capítulos cortos, que por eso era abarcable. Nunca desconecté del todo. Pero el primer mes creo que me costó más porque ahí hacía lactancia exclusiva; después no hice más. Ya en enero empecé con la niñera y, cuando estaba con ella, la niñera le daba fórmula y yo hacía mi vida, subía a la oficina. Mi refugio es este, mi oficina, la que estás viendo ahora, y mi día laboral, de 10 a 5. De hecho, me pasaba mucho los primeros meses, enero y febrero, que la gente me decía “vamos a un café”, “vamos a almorzar”, suponiendo que yo estaba medio de vacaciones. “Sí, a las 5 de la tarde. Una vez que se vaya la niñera, que esté con la bebé, hacemos lo que quieras. Pero el tiempo que es mío, de trabajo, perdón, pero lo quiero usar para mí y mi trabajo, no para almorzar con nadie”.

Pero ahora ya estoy más relajada, ya estamos más cancheros con mi novio. Entonces, por ahí le puedo decir, cuando se va la niñera, “che, tenela vos un rato”, y al día siguiente me quedo yo. También está mi vieja y la vieja de mi novio, que sobre todo de noche tendemos más a recurrir a ellas.

Considero que, comparando con otras personas, yo volví a hacer vida social muy rápido. Me acuerdo de que fui al preestreno de Hamnet en enero y la gente me miraba, cuando me la cruzaba, con cara de: ¿qué haces acá? Pero, bueno, mis refugios son esos, tanto mi vida social como mi trabajo.

O sea que, aunque trabajes desde tu casa, igual tenés un horario supermarcado de inicio y fin.

Sí, ahora sí, porque, si no, me parece que es imposible. En la semana yo necesito saber que dispongo del tiempo para hacer reuniones y para escribir cinco horas seguidas. Y me parece que es una trampa la idea de: puedo trabajar en cualquier momento que ella (Estrelicia) duerma. Porque un bebé de día no duerme cuatro horas seguidas. Tampoco sabés cuándo las tenés, entonces, ¿cómo hacés para poner una llamada? Me parece que ahí hay mucho autoengaño. Uno puede caer en la trampa de decir “me voy a arreglar”. Y hay que aceptar que no te vas a arreglar porque un bebé, en general, no es que lo sentás y vos hacés tus cosas.

Como filósofa, ¿por qué te parece que la gente se regocija cuando dice cosas como “ya te va a pasar”, “olvidate de dormir por un tiempo”, “disfrutá mientras puedas”? ¿Qué mecanismo interno opera en esa especie de deseo de infundir terror?

Yo creo que con la maternidad son muchas las perversiones. De verdad, la maternidad es una relación profundamente perversa. La maternidad no tiene que ver, para mí, solo con el dar y con la generosidad. Tiene también que ver con un montón de neurosis mucho más narcisista. Al final también uno tiene una hija para tener una réplica. Y no solamente una réplica, sino alguien que depende de vos, que te necesita, y eso te puede hacer sentir importante. Hay muchas neurosis ahí que no son puro amor, pura benignidad, digamos. Y está bien, todos los vínculos son así. Las parejas también son perversas, las amistades son perversas. Pero me parece que una cosa que a veces se arma es que si vos la pasaste mal con algo, querés que todos la pasen igual de mal con eso. Eso es perverso, pero es una perversión perdonable. Digo, la gente es así. No pasa nada. Cuando digo “perversión” me estoy refiriendo a la estructura psíquica de las personas, no a que sean malas. Pero sí, hay gente que quiere que los demás la pasen igual de mal que la pasaron ellos. Pero no lo quiere conscientemente. No te desea el mal; es un mecanismo completamente inconsciente.

¿Cómo lograste no prestarles atención a estos comentarios, que es un poco lo que recomendás en tus columnas?

Yo tengo una ventaja muy clara, que es que nunca le doy bola a nadie, la verdad. Entonces, a mí me resulta muy fácil. No lo digo como que esté bien o mal, pero yo tengo facilidad para no darle pelota a nadie. No me preocupa, no me resulta tan difícil. Solamente me da bronca, pero en general logré no marearme con esas cosas. Pero entiendo que muchas mujeres sí dan bola. Y por eso me parece que hay que ser mucho más cuidadoso con los demás en ese sentido. Porque nunca sabés cómo le pegan a la gente las cosas que decís.

¿Qué pasa con el deseo y el tiempo para la pareja ahora que estás viviendo la maternidad en carne propia?

Creo que lo difícil en realidad es encontrar el tiempo cuando uno tiene un bebé. Nuestra bebé ya duerme sola, así que tenemos el cuarto de vuelta, y eso es un montón. No solo para tener sexo, sino para ver películas, para decir “puedo hacer una vida cuando la bebé está dormida”. Esos primeros cuatro meses que estuvo con nosotros me ponía siempre la misma ropa. Era como: ya está, me pongo y me saco las mismas cuatro cosas que tengo a mano porque tengo miedo de que se despierte. Si leía con luz, también me daba miedo de que se despertara. Así que mi consejo para tener intimidad en todos los sentidos es sacar al bebé del cuarto lo antes posible. Pero entiendo que hay gente que vive de otra manera.

La maternidad no tiene que ver, para mí, solo con el dar y con la generosidad. Tiene también que ver con un montón de neurosis mucho más narcisista. La maternidad no tiene que ver, para mí, solo con el dar y con la generosidad. Tiene también que ver con un montón de neurosis mucho más narcisista.

¿Creés que existe una romantización moderna de la maternidad, distinta de la tradicional pero igual de exigente?

Es mucho más exigente que antes. Hay un libro sobre eso que está muy bueno que es el de Élisabeth Badinter. No me acuerdo cómo se traduce, en inglés se llama The Conflict: How Modern Motherhood Undermines the Status of Women (El conflicto: cómo la maternidad moderna socava el estatus de las mujeres). Y ella habla mucho de la maternidad contemporánea, en la cual cada vez se exige más de las madres, más tiempo, más trabajo, estar pendiente de más cosas. Termina siendo una cosa muy de esclava. El argumento de ella es que es la razón por la cual la gente tiene menos hijos. Porque, si la onda es que para ser madre tenés que renunciar a tu vida, hay muchas mujeres que no están dispuestas a eso. Entonces, ella defiende una maternidad mucho más relajada. Dice que en Francia, donde eso pasa, la natalidad cayó menos que en otros países desarrollados, lo cual es cierto. Ahora se está poniendo un poco al día. Pero de todos modos sigue siendo un país con una natalidad un poquito menos en baja que en otros lugares. Y yo creo que sí, que la maternidad actual exige mucho más incluso que la de los años 60. Si vos hablás con tus abuelas, no daban tanta bola. Mi mamá y mi tío siempre cuentan que iban a la primaria, volvían del colegio y se cocinaban el almuerzo prácticamente a los ocho años. Mi abuela era mucho menos esclava de la maternidad que mis amigas. Eso es grave.

Supongo que habrá gente que lo hace por gusto, pero creo que también es muy difícil diferenciar si lo hacés por gusto o porque lo hace todo el mundo. Cuando las cosas se vuelven algo tan generalizado, es muy difícil saber si lo estás haciendo por gusto o porque de verdad te parece que no hay otra opción. Y tiene que ver también con una industria de consumo armada en torno a eso. Influencers, infinitas cosas para comprar, infinitos coaches que te enseñan a dormirlo (al bebé), a darle de comer, a lo que sea. Hay una industria asociada a todo eso.

¿Qué mandato respecto a la maternidad creés que sigue igual de vigente que siempre? El más difícil de derribar.

Más que difícil de derribar creo que es un nuevo mandato, esto de que una vez que sos madre todo tiene que ir en función de eso en esta vida. Y que no podés disfrutar de otras cosas, no podés; que deberías sentirte culpable cuando estás con tus amigas o cuando estás trabajando. Como si le hiciera daño a tu criatura estar con otras personas. Eso igual es muy nuevo, reitero, es nuevo. Antes no era así. Y la idea de que una criatura está mejor con su mamá 24/7 que con otra gente, que en un jardín, es rarísima, pero es una idea nueva y para mí tiene que ver con todas estas industrias, pero también con una idea narcisista de que para un bebé, o para un nene, lo mejor sos siempre vos. Vos sos lo mejor para él 99%. Como si estar con las abuelas fuera subestándar, como si estar con el papá fuera subestándar, como si estar con otros bebés fuera subestándar.

¿La maternidad libera alguna zona tuya inesperada?

Por ahora no. Sí pienso que te vuelve más… Con una amiga, que somos muy miedosas de contar, de decir “necesito tal cosa”, “tengo que cambiar la reunión para tal hora”, qué se yo, te vuelve más como que vas y lo pedís, cuando antes te daba vergüenza. Para mí es eso. Te animás a decir lo que necesitás porque ya no tenés tiempo de quedar bien con Dios y con el diablo.