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El buen padre

Editora Jefa de Galería

Afortunadamente, los padres de hoy ya no son como los de antes. Si hay algo donde la sociedad ha evolucionado y mucho es en el desempeño del rol paternal, y a medida que avanzan las generaciones los cambios se profundizan. Para sorpresa de abuelas y señoras mayores, hoy en la sala de espera de los pediatras casi no hay madres solas; en la clase de matronatación hay tantos padres como madres llegando de las duchas con sus bebés a upa, y las reuniones con la maestra hace tiempo dejaron de ser cosa de madres. Porque exactamente de esto se trata criar un hijo, estar involucrado en sus cuidados y en su desarrollo. Esa es la manera de conocerlo, saber cuáles son sus fortalezas y dónde necesita un empujón, entender su manera de ser, sus reacciones, cómo se comporta en determinadas situaciones, y respetarlo.

Prepararle el desayuno por la mañana, conversar en el viaje a la escuela, ayudarlo con los deberes, jugar y divertirse juntos. No hay otra manera. Es verdad que la vida plantea muchas situaciones, sobre todo laborales, que atentan contra el pleno ejercicio de la paternidad, y es una tendencia, hasta casi una tentación promovida por los genes ancestrales, que en estos casos se busque delegar en la madre para cumplir con las otras metas.

Sin embargo, uno de los grandes aciertos que vienen demostrando los padres que han sabido asirse de la nueva paternidad es comprender la importancia de estar ahí para sus hijos; no solo por los niños sino también por ellos.

Los padres que sienten que cumplen bien su rol, que saben disfrutar de sus hijos plenamente, que están ahí cada vez que los necesitan, experimentan una satisfacción y una realización en la vida que antes solo estaba habilitada para las madres. Porque cuando se han traído seres humanos a este mundo, no hay responsabilidad más grande en la vida que ocuparse de ellos e intentar hacer el mejor trabajo. Quienes no cumplen con eso, a sabiendas de ser negligentes o de no tener la capacidad, el temple o de haber elegido otros caminos, posiblemente profesionales, no podrán experimentar esa sensación de realización en la vida, la verdadera, la importante. Y eso les pesará en el futuro.

En este sentido, es muy valorable la postura de quienes deciden reflexiva y concienzudamente no tener hijos, porque entendieron la importancia del proyecto, que pasaría a ser el mayor y más abarcativo de su vida, y conocen sus limitaciones o sus voluntades.

Por otro lado, da lástima pensar en todo lo que se perdieron aquellos padres de las generaciones anteriores que quedaron atrapados en un modelo de paternidad distante, ausente, pasiva o autoritaria. Y todo lo que esto afectó a sus hijos sin que nadie lo advirtiera, y solo se viene a descubrir en el sillón de la terapia muchos años más tarde.

La psicología tiene bien establecidos cuáles son las consecuencias en la manera de ser de las personas, según el tipo de paternidad que se ejerció sobre ellas.

La American Psychological Association distingue los estilos de crianza y cómo estos repercuten en los hijos.

Los padres autoritarios son inflexibles, exigentes y severos cuando se trata de controlar el comportamiento. Tienen muchas reglas y demandan obediencia. Están a favor del castigo. Entonces los niños tienden a ser irritables, aprensivos, temerosos, temperamentales, infelices, irascibles, malhumorados, vulnerables al estrés y sin ganas de realizarse.

Los padres con autoridad son cariñosos y ofrecen su apoyo al niño, pero al mismo tiempo establecen límites firmes. Intentan controlar su comportamiento a través de reglas, diálogo y razonamientos con ellos. Escuchan su opinión, aunque no estén de acuerdo. En estos casos, los hijos tienden a ser amistosos, enérgicos, autónomos, curiosos, controlados, cooperativos y más aptos al éxito.

Los padres permisivos son cariñosos pero relajados, y no establecen límites firmes, no controlan de cerca las actividades de sus hijos ni les exigen un comportamiento adecuado a las situaciones. Entonces los niños tienden a ser impulsivos, rebeldes, sin rumbo, dominantes, agresivos, con baja autoestima, poco autocontrol y pocas motivaciones para realizarse con éxito.

Y por último, los padres pasivos son indiferentes, poco accesibles y tienden al rechazo; y a veces pueden ser ausentes. Sus hijos tienden a tener poca autoestima, poca confianza en sí mismos, poca ambición y buscan, a veces, modelos inapropiados a seguir para sustituir a los padres negligentes.

De forma concisa queda más que claro todo lo que está en juego cuando se ejerce (o no) la paternidad, y el peso de las decisiones que se tomen al respecto.

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