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Los
Fabulosos Cadillacs tocaron el
sábado 13 en el Antel Arena y el espectáculo se transformó en una gran fiesta
de reunificación de una generación que creció amando el rock. Estaban todos ahí,
canosos, pelados, entrados en kilos, con alguna arruga, otros no tan cambiados,
pero felices de volver por un rato a los años de la juventud. Los chistes sobre
el tiempo que pasó y sobre la etapa de la vida adulta en la que está la mayoría
de los espectadores se escuchaban en cada rincón, seguidos de carcajadas que
denotaban cierta burla hacia aquellos que no supieron lo que fue vivir aquella
época de la música, en la que no existía Spotify, se prestaban los cassettes,
los CD ocupaban largos estantes de dormitorios y livings, y el culto por el
rock rioplatense estaba en su punto más alto. Eran los años 90 y principios de
los 2000. De hecho, Vicentico, entre las pocas palabras que dirigió a un
público sediento de escuchar su música y bailar, dijo que hacía 20 años que la
banda no tocaba en Uruguay.
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El estadio
cerrado, cuyo sonido no hizo justicia con el nivel de la banda, colmado en su
capacidad, explotó desde el primer acorde. La audiencia cantó, coreó, gozó, no
solo de escuchar los temas de una etapa hermosa, sino de reencontrarse y
reconocerse con su gente, esa que tal vez no veía desde hacía años, y se fundía
en abrazos apretados. Se respiraba felicidad.
La música es
una de las seis artes clásicas, pero también debería considerarse una de las
maravillas del mundo, uno de los mejores inventos de la humanidad después del
fuego y la rueda. La música es emoción, y las emociones son las que nos mueven.
La música conecta, con personas, con nuestra alma, con otros tiempos, con
recuerdos. Por eso cada uno vibra con diferentes canciones, bandas y géneros.
Pero cuando conecta a una generación entera surge la identificación y ese
sentido de pertenencia que tanto nos gusta sentir. Y todo se potencia.
Algo parecido
sucedió hace poco con la serie de Fito Páez, contemporáneo y coterráneo de los
Cadillacs. Todos los que pertenecieron a esa época en la que el cassette de El
amor después del amor (que cumple 30 años) daba vuelta una y otra vez
dentro del pasacassette en las largas tardes después del liceo, no demoraron en
ver la serie, disfrutarla, criticarla y adorar que alguien haya contado hoy en
imágenes esa historia que nos lleva al pasado, a un pasado que nos toca en el
fuero íntimo. Sin ir más lejos, la serie fue una de las más vistas en la
plataforma de streaming, y por varias semanas no hubo charla entre
amigos en la que no se hablara del tema.
¿Qué pasa?
¿Es la nostalgia que se apodera de nosotros? Eial Moldavsky, el joven filósofo
argentino, en su cuenta de Instagram dice que el filósofo neerlandés Baruch
Espinoza aseguraba que el problema es el recuerdo. “Nos acordamos que fuimos
felices con alguien (en este caso sería algo: la música) y con eso nos alcanza
porque queremos que se repitan las circunstancias tal y como estaban”, afirma
el argentino en Filosofía en un minuto. “Cuando estamos felices perseveramos en
nuestro ser, somos copados, hacemos planes, y por eso queremos que vuelva y
siga todo tal y como estaba en esa época”. En este caso Moldavsky habla del
amor hacia personas, pero probablemente se pueda aplicar al amor en general,
hacia otras cosas, como a la música. Dice que lo que fue parte de nuestros días
felices queda ligado a esos momentos de felicidad por más que no hayan sido
completamente responsables de eso. A diferencia de lo que sucede con las personas,
podemos volver a escuchar mil veces las mismas canciones que resuenan en la
mente y nos trasladan a tiempos que disfrutábamos. Así como pasa también que
despreciamos algunos temas porque nos llevan a lugares que no queremos volver a
visitar.
Hoy ilustra nuestra tapa la
gran Rita Lee, otra provocadora de momentos felices, otra exponente de la
música latinoamericana, adorada por generaciones de cultores del rock
brasileño, con un encanto loco y rebelde pero tan humano y amoroso que llegaba
a las fibras de quienes la escuchaban, y la seguirán escuchando. Porque ella
murió el 8 de mayo a raíz de un cáncer de pulmón, como cuenta la nota que
Leonel García escribió para este número, pero, como sucede siempre con los
grandes, su talento trascenderá y será inmortal. Larga vida a la música que nos
da felicidad.