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Es un
lugar común decir que en Uruguay el año empieza el
lunes después de Semana de Turismo. Pero también es una verdad rotunda. En este
2024, algo extraño pasó con estos felices siete días. Por supuesto que la regla
que dio pie a esa sentencia se cumplió a rajatabla. Además de que el lunes,
para satisfacción de los perfeccionistas, coincidió con el primer día de abril,
lo que vino a reforzar la tendencia de un comienzo, ese día fue para muchos una
largada de 0 a 100; todo junto empezó a rodar y el estrés rápidamente volvió a
la rutina.
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No obstante, la semana anterior,
que en el calendario solo tiene marcados dos días en rojo, jueves y viernes,
para la gran mayoría fueron vacaciones completas. Y la diferencia de estas con
lo que sucede en las licencias individuales, durante las cuales todo sigue
girando en la empresa y el resto de la sociedad, lo que implica que siempre
caiga algún mensaje o llamada sobre temas laborales que hay que atender, el
parate generalizado de esos días es sinónimo de desenchufe total.
Pero este año, por alguna razón,
tal vez porque fue temprano, en marzo, y el tiempo se prestó para irse lejos,
la ciudad se sumergió en un acentuado letargo dominguero que marcó los primeros
días de la semana y se profundizó hacia el final. Un deleite también para los
que se quedaron a disfrutar de Montevideo así.
Hubo una sensación de impasse
universal, de descenso de las revoluciones muy marcado, que hasta los más
ansiosos e hiperactivos intentaron respetar. Y nos dimos cuenta de que lo
necesitábamos imperiosamente, y por eso sucedió.
La vida que llevamos hoy es
altamente extenuante. Se habla de que vivimos en la era del gran agotamiento,
de que cuando se le pregunta a alguien cómo está ya no dice bien o mal o
regular, dice: “Estoy agotado”. Y cuando se quiere saber el porqué, nadie tiene
una respuesta concreta. Esto publicó El País de Madrid en un artículo
reciente. Probablemente la realidad digital en la que vivimos sumergidos —web, redes,
celulares, aplicaciones— nos está dejando poco espacio en nuestro cerebro para
enfrentar las pequeñas tareas cotidianas e incluso para hacer las cosas que nos
gustan.
Por esta razón, de forma casi
unánime, nos aferramos con uñas y dientes a esta semana en la que prácticamente
todo se detuvo y saboreamos las cosas maravillosas de la vida. La primera y
primordial, la familia. Grande, chica, biológica, política o elegida, la
familia es lo que nos devuelve el sentimiento de pertenencia, de origen, y eso
nos aleja de angustias y soledades. Quienes tienen una familia unida deben
saber valorarla, y la reunión o convivencia que generalmente se da en esta
semana del año es una oportunidad para encontrar en ella lo que en el trajín de
la vida diaria se nos quita: paz, armonía, momentos felices.
Esta semana de pausa nos hizo acordar de lo
necesario que de vez en cuando es parar en serio, desconectar para resetear el
cerebro, volver a nuestro centro y nutrirnos espiritualmente de los que
necesitamos para arrancar, ahora sí, el año. Ojalá que este 2024 tenga
suficientes paradas en la ruta, aunque sean más breves, para encontrarnos,
disfrutar y seguir.