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En este número de la revista hay tres notas que, a priori, parecen no tener nada en común. Una es sobre bullying y cómo pese a que hace años que se habla del tema, sigue sin haber medidas comunes entre las instituciones y sigue faltando conciencia sobre sus consecuencias; otra acerca de cómo cambiaron los casamientos tras la pandemia y ahora ya no tienen tantas reglas ni compromisos como antes; y la última refiere a la exposición antológica de Ulises Beisso en el Subte, un artista uruguayo pero poco conocido —o difundido— en su época, cuya obra se muestra casi que por primera vez.
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Hay comportamiento y psicología, tendencias y arte. Sin embargo, por más mundos disímiles que aborden, luego de leerlas y editarlas todas me llevaron a pensar en un mismo concepto, una misma idea, que a veces en el día a día pasamos por alto o perdemos de vista: la importancia de ser uno mismo y lo difícil que puede llegar a ser.
En marzo, la vuelta de la educación a la presencialidad y la percepción de una mayor preocupación de parte de instituciones y padres ante la aparición de nuevas modalidades de acoso escolar después de la pandemia disparó la idea de volver a trabajar el tema en una nota. Por esos días también se dio a conocer un video donde el médico y acupunturista Fernando Montero contaba frente a cámara cómo le había salvado la vida a la persona que había arruinado su niñez. El disparador de ese video fue el caso de Drayke Hardman —un niño estadounidense que se suicidó a los 12 años tras años de sufrir acoso por parte de sus compañeros— y en pocos días se volvió viral, con más de 800.000 reproducciones. Allí Montero contaba con lujo de detalles qué tipo de agresiones había recibido y cómo gracias a eso le pudo salvar la vida a su agresor muchos años después.
Más allá de los detalles, que son durísimos e incluyen episodios de asfixia, golpes en la cabeza y robo de recuerdos familiares, las enseñanzas de esta historia son varias: la primera es que todo pasa por algo y la segunda, y seguramente más importante, que en el bullying hay que prestarle atención tanto a la víctima como al victimario. A esa conclusión también llegan los expertos que consultó Patricia Mántaras para la nota que publicamos hoy: los niños o adolescentes que hacen bullying seguramente tengan alguna situación personal, familiar o social que (si bien no los justifica) los lleva a eso. Más tarde o más temprano, todo conduce a qué está pasando con cada individuo, sus sufrimientos, sus pasiones, sus frustraciones o anhelos. “El hostigador también es víctima y está preso de una forma de vincularse con el otro que está llena de carencias”, dice el psiquiatra Ariel Gold en un informe elaborado por Unicef en 2021. Por eso es imprescindible respetar (y entender) la individualidad, lo único, lo que hace que cada uno sea una persona diferente de las demás.
El tema de celebrar un casamiento, que puede parecer banal o incluso innecesario hoy en día —en Uruguay se casa cada vez menos gente; en 2019 (prepandemia) se registraron 9.323 enlaces, 72 menos que el año anterior—, remite sin embargo a tradiciones arraigadas que hacen a la sociedad y hablan de ella más allá de los números. Podemos ir para atrás en la historia hasta los casamientos “arreglados” o no tan lejos cuando eran los padres quienes hacían la lista de invitados y decidían el menú. Esas cosas ya no suceden, o suceden mucho menos que antes. Y aquí también influyó la pandemia; el tiempo de aislamiento, soledad, tristeza y el largo etcétera de sentimientos que despertó el coronavirus llevaron a que muchas personas se liberaran de ciertas ataduras y priorizaran lo que realmente tenían ganas de hacer. En la nota que hace Sofía Supervielle esto queda clarísimo: novias y novios se rodearon de gente querida, eligieron lugares con significado para ellos, no se rigieron por las reglas convencionales y armaron fiestas con personalidad, con su propia personalidad, donde ninguna fue igual a otra.
La tríada la completa una entrevista con el curador de la muestra Rara Avis, que expone más de cien obras del artista plástico Ulises Beisso, un uruguayo que vivió entre 1958 y 1996, y que pese a tener una prolífica obra es un desconocido para la mayoría de los uruguayos.
Beisso fue psicólogo, ilustrador y diseñador. En el arte, creó desde pinturas hasta esculturas o mobiliario. Las piezas que se exhiben ahora en Subte, con curaduría del mexicano Pablo León de la Barra, nunca habían sido mostradas en conjunto ni públicamente. Las razones seguramente nadie las sepa, pero muchos las intuyan. Había algo en su paleta de color, en sus formas y en ser abiertamente homosexual en un momento histórico que no era el actual. La muestra no solo rescató su obra, que había sido guardada durante todo este tiempo por su madre y su pareja, sino que la completó con objetos y textos de personas cercanas a él. En la entrevista que le hizo Alejandra Pintos a León de la Barra, el curador cuenta que su motivación es, justamente, darles visibilidad a esas voces y resolver las asimetrías de poder. Hoy el mexicano trabaja en el Guggenheim de Nueva York y está cerca de sus objetivos. “Tenemos una obligación como sociedad, sobre todo mi generación de curadores, de hacer reparaciones históricas. Reparaciones a ausencias y olvidos”. Ese camino lo llevó, aun sin haberlo conocido personalmente, a escribirle una carta a Beisso que vale la pena leer. En una parte, todavía lejos del final, dice así: “Si nos hubiéramos conocido, probablemente hubiéramos sido amigos. Pero contigo, como con muchos otros artistas homosexuales de tu generación, no hubo esa oportunidad”. Dos seres únicos, dos diferentes, que ahora juntó el destino.