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“La gordura no se hereda. Se heredan
las ganas de comer”, dijo una vez, tajante, una profesora de Biología en el
liceo. Aquella afirmación fue tan clara y contundente como para que muchos años
después algunos de sus alumnos sigan recordando sus palabras. Más allá de que
existan genes susceptibles a la obesidad o con más efecto sobre el índice de
masa corporal, era muy claro a lo que se refería. Hablaba de los hábitos de una
familia, de cómo sus integrantes se relacionan con la comida, de la
preocupación, o no, por comer sano y balanceado. Claro que hace más de 30 años,
cuando aquella profesora daba su clase sobre genética, la sociedad era otra.
Nadie pensaba en qué, cuánto o cuándo se comía, la cantina del liceo desbordaba
de alfajores, snacks ultrasalados y golosinas de todas las variedades.
No se conocían los conceptos de comida sana, ultraprocesados, grasas
trans o que los alimentos podían tener exceso de azúcar, de sodio o de
grasa. La Coca-Cola era una sola, común, y era un premio, siempre.
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Las
costumbres eran otras (¿eran?). Había familias donde repetir el plato de comida
estaba dentro de la norma, la insistencia a que el niño comiera se hacía por
momentos frenética —“coma, mi niña, coma”—, las meriendas para el jardín de
infantes consistían en bolsitas de papas chips y el picoteo tarde en la noche,
una costumbre compartida por todos.
Hace muchos años que la conciencia alimentaria se instaló en la sociedad.
Todo el tiempo escuchamos sobre la importancia de comer de manera saludable,
desde campañas de bien público hasta cocineros mediáticos que se desviven por
enseñar recetas fáciles y sanas, y dedican minutos de su tiempo en televisión a
crear conciencia. Sin embargo, la obesidad es uno de los mayores desafíos de la
salud pública del siglo XXI en todo el mundo y ha ido en aumento desde los años
ochenta.
Una de las
patas de todo este problema es el sedentarismo que está viviendo la sociedad
hoy, y que cada vez se agrava más con el teletrabajo y las inabarcables ofertas
de entretenimiento de las pantallas: streaming, gaming, redes
sociales. Uno ya no quiere ni saber la cantidad de horas que pierde del día
mirando el celular.
Este estilo
de vida poco saludable se combate con el deporte y la actividad física, pero
para eso hay que tener energía y fuerza de voluntad, y si hay algo que
caracteriza a los uruguayos es la escasez de esas cualidades. Ponerse en
movimiento es todo un trabajo.
La próxima
semana viene a Montevideo, invitado por la Secretaría Nacional del Deporte, un
experto en la materia español para dar una conferencia sobre la obesidad
infantil. Pues las últimas cifras en esta materia han dejado perplejas a las
autoridades: el 22% de los niños en edad escolar tiene sobrepeso y el 17,4% obesidad.
Los porcentajes bajan un poco entre adolescentes, en los jóvenes sube el
sobrepeso, y entre los adultos los números se disparan.
En una nota que publicamos en estas páginas, el periodista Leonel García
conversó con este doctor en Ciencias de la Actividad Física y el Deporte,
Javier Butragueño, quien habla de varios aspectos relacionados con este tema:
los problemas de salud (niños más débiles, lentos y pesados) y las enfermedades
asociadas, la falta de alfabetización en el ejercicio, obesidad y pobreza (pues
comer sano es mucho más caro que comer mal, y acá incide un tema de
presupuesto) e inseguridad en las calles para la actividad al aire libre. Este
último podría ser un buen punto: la falta de espacios donde practicar
ejercicio. No obstante, del estudio presentado se desprende que solo el 1% de
las personas inactivas consultadas (de todas las edades) no hace ejercicio por
falta de lugar (clubes, gimnasios o plazas), mientras que el 40% argumentó
falta de tiempo, el 35% problemas de salud y 14% falta de interés.
Los problemas
que acarrea el sobrepeso y la obesidad son conocidos: enfermedades físicas
(cardiovasculares, pulmonares, diabetes, riesgo de fractura) y psicosociales
(baja autoestima, discriminación, ansiedad) y costos económicos, por la recarga
del sistema de salud y la pérdida de productividad.
En esta línea, el futuro no
se vislumbra muy promisorio. Lo que queda muy claro es que hay que hacer un
cambio cultural, y ese cambio debe empezar en la mesa de casa.