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La tendencia, o costumbre o hábito que tienen las mujeres de aprovechar cada oportunidad para conversar entre ellas viene de una capacidad se podría decir que evolutiva, dictada por una inteligencia ancestral. Esa necesidad de querer saber sobre la vida del otro, de interesarse por sus problemas y cuestiones responde en cierta manera a un ejercicio de supervivencia. Por el rol que les ha tocado en las sociedades a lo largo del tiempo, en el que carecían de posibilidades de estudiar, trabajar o vincularse con otras personas, respetando la esfera del hogar que les había sido asignada por mandato, la forma que las mujeres encontraron para saber hacer frente a los problemas que podían surgir en el cuidado de la familia o de ellas mismas, fue hablando con otras mujeres. Así, entre ellas, históricamente se han pasado el conocimiento sobre temas médicos, psicológicos, maternidad, lactancia, crianza de los hijos, sexualidad (las que se animaban), recetas caseras para enfermedades, trastornos físicos, menopausia, problemas de pareja, vínculos familiares, cuidados de la vejez. La lista es infinita porque los problemas que aquejan a las personas son infinitos.
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Para las mujeres, reunirse a conversar con otras mujeres es una fuente de sabiduría inagotable, en la que se comparten problemas, se intercambian consejos, se discuten soluciones. Esos consejos y posibles soluciones llegan a través de ellas al seno del hogar donde se viven situaciones que necesitan ser resueltas. En la amplia mayoría de los casos, si no son ellas las que deciden, seguro son las que buscan y proponen los caminos de salida en beneficio de ellas y de todo el resto de los involucrados. Porque, básicamente, la mujer es la protectora del bienestar emocional y afectivo de la familia. Es la que se preocupa por la salud física y mental de sus seres queridos. Es la que cuida, y para saber cómo hacerlo la mejor forma que encontró durante siglos fue a través del valioso conocimiento transmitido entre las mujeres —que en algún momento de la historia fueron acusadas de brujas y quemadas vivas por esto.
Siempre, de una reunión con amigas o parientas, tanto como de una charla casual con una vecina o compañera de trabajo, una mujer llega rumiando varios pensamientos que le ayudan a resolver algunos de los problemas que le están quitando el sueño. Nada más tranquilizador, y a veces sanador, que poder hablar y escuchar.
Estos aspectos sociales de la vida de las personas están empezando a considerarse también desde lo médico para lograr el bienestar en salud. En un encuentro de actualización sobre el climaterio y la salud de la mujer organizado el lunes 9 por la Academia Nacional de Medicina, el ginecólogo Enrique Pons prefirió centrar su alocución en los aspectos de la vida social de las mujeres en esta etapa de la vida, y la importancia que tienen para su salud mental las oportunidades de vincularse con otras personas. En la misma mesa, Mónica Bottero, directora del Instituto Nacional de las Mujeres, informó sobre el proyecto de crear espacios en varios municipios de Uruguay para que las mujeres del entorno rural se reúnan no solo para asistir a cursos y recibir capacitaciones, sino simplemente para conversar, para socializar con otras mujeres y poder contar lo que les pasa.
El martes 10 se conmemoró el Día Mundial de la Salud Mental. La sociedad tiene un enorme debe con este tema que hoy está colapsando los servicios de salud de mutualistas y hospitales. Estamos viviendo un momento crítico en esta materia. Los especialistas estarán estudiando las razones, pero es un hecho que hoy cada vez más personas viven sus rutinas bajo medicación psiquiátrica, sufren colapsos emocionales, las adicciones no paran de crecer, la salud mental de la población en general se viene deteriorando, y el sistema de salud no está sabiendo cómo responder, debido a una nefasta herencia de desvalorización hacia esta especialidad médica que hoy demuestra ser fundamental en la vida de las personas, y por ende de la sociedad toda.
Se sabe que en el principio de todo está la comunicación entre las personas. Cuando se cubre esa necesidad intrínseca de hablar, de ser escuchado, y de recibir a cambio interés, empatía y posibles soluciones, se está más cerca de sentirse mejor. Abramos esos espacios, donde sea que se den, con quienes se den.