La paz como un dogma

Vivimos en un mundo polarizado, en el que parece que hay que elegir de qué bando se está; a favor de unos, en contra de otros, buscando y argumentando de qué lado se encuentra la razón. Estamos en tiempos de guerras, de muertos que se cuentan por miles, la mayoría civiles, inocentes, mujeres, niños. ¿Qué vale tanto como para pagar un precio tan tan tan alto? El ideal de la paz que se supone que todos queremos está cada vez más lejos.

Para la Naciones Unidas, la paz no solo es la ausencia de conflictos. Convivir en paz consiste en aceptar las diferencias y tener la capacidad de escuchar, reconocer, respetar y apreciar a los demás, así como vivir de forma pacífica y unida.

En el siglo XXI, cuando pensábamos que íbamos a estar viviendo en un mundo futurista, avanzado y evolucionado en todos los sentidos, nos encontramos con que volvimos a las etapas más precarias de la barbarie humana. Ahora con drones, cámaras sofisticadas, misiles teledirigidos y toda la innovación tecnológica aplicada al armamento bélico.

La pregunta es: ¿por qué no evolucionamos los humanos así como lo hicieron las máquinas? ¿Realmente seguimos siendo los mismos seres humanos que hace siglos? Pues sí. La violencia en los últimos tiempos ha tomado a las personas, a las sociedades, a los países, al mundo. El odio, la frustración, el miedo, la desconfianza, la avaricia se apoderan de los individuos, que reaccionan enfrentándose unos a otros con el único fin de aniquilarse.

Pero no hace falta irse a Ucrania o a la Franja de Gaza para ver la violencia que gobierna el mundo de hoy. Todos los días, en alguna esquina de Montevideo muere alguien a balazos. Hace tiempo que las cifras de femicidios vienen en aumento, así como las denuncias por violencia de género. Se escuchan y se ven campañas para concientizar que la violencia contra la mujer también afecta a niñas, niños y adolescentes. Crecen el abuso infantil, los vínculos traumáticos de pareja que derivan en relaciones violentas y los malos tratos en la convivencia ciudadana y hasta en la rutina intrafamiliar.

Si empezamos a hilar fino, nos damos cuenta de que la paz está ausente en el seno de la vida del ser humano. Esto posiblemente se debe a que no alcanzamos nunca el ideal que define las Naciones Unidas. No podemos convivir en paz porque no aceptamos las diferencias y no escuchamos, ni reconocemos, ni respetamos ni apreciamos a los demás. Por eso no podemos vivir de forma pacífica y unida.

Y surge una nueva pregunta: ¿por qué no podemos hacer todas esas cosas? Aceptar las diferencias es creernos iguales a los demás. Escuchar nos puede hacer perder la razón, que queremos siempre de nuestro lado. Reconocer es un acto de humildad, lo que atacaría el orgullo. Respetar nos puede privar de nuestras ventajas o privilegios por sobre el otro. Nada de esto le conviene a la parte oscura y egoísta que todos llevamos dentro.

La paz, entonces, sería como un estado elevado de espíritu, en el que podemos dejar a un lado al diablo interior que nos empuja a no aceptar ninguna de todas esas buenas acciones que nos llevarían a convivir pacíficamente.

“Puesto que las guerras nacen en la mente de las mujeres y de los hombres, es en la mente de las mujeres y de los hombres donde deben erigirse los baluartes de la paz”, dice el primer párrafo de la Constitución de la Unesco, que pone de manifiesto su vocación de esforzarse por comprender la raíz profunda de los conflictos armados y por aportar una respuesta para contrarrestarlos, según se lee en su sitio web. Y aclara: “La construcción de una paz duradera no debe basarse únicamente en las relaciones políticas y económicas entre los Estados. La reconciliación y el desarrollo requieren bases más sólidas, profundamente arraigadas en la comprensión mutua, en el respeto a la igual dignidad de todos los seres humanos y en la solidaridad intelectual y moral de la humanidad”.

En este número cercano a la Navidad, fecha que históricamente es como una tregua en todo sentido y en la que se desea y celebra la paz y el amor, invitamos a siete artistas a que compartieran un mensaje de paz a través de su obra. La respuesta fue inmediatamente positiva.

Con su Paloma de la paz, Pablo Atchugarry invita a reflexionar para que aprendamos a vivir en paz, a imaginar la paz y a querer la paz. Gastón Izaguirre confiesa haber vivido un año muy difícil en el plano emocional, tal vez por el despertar a un mundo que no comprende, y ofrece a La reina, que es la fuerza y el temple que decide qué camino queremos tomar. Fernando Fraga no se imagina estar en el lugar de quienes lo perdieron todo en la guerra, y considera que lo único que podemos entregarle a esa gente es la empatía, esa que la protagonista de su obra sin título busca en la mirada de quien la ve. Gustavo Genta se inspira en los juegos sutiles de la naturaleza para encontrar la paz en una obra llena de destellos, sombras y reflejos. Susette Kok transmite en su instalación de cerámica la creencia de que nuestro enriquecimiento colectivo se deriva del abrazar y celebrar nuestras diferencias culturales y étnicas. Adriana Rotovsky invita con su escultura a imaginar y preguntarse respecto a otras realidades posibles y si podemos replantearnos la temática fronteriza para poder vivir con más armonía y equidad. Y para Tali Kimelman, su foto Honguitos expresa que la paz es el reconocimiento de que estamos todos interconectados.

Para cada uno, la paz tendrá su forma e imagen. Este es el momento de traerla, abrazarla e incorporarla como un dogma a nuestras vidas.