Las madres invisibles

Como homenaje a nuestras madres, en este número hemos decidido firmar las notas con los dos apellidos, o sea, incluir también el materno. Y esto se extiende a todo el equipo que aparece en nuestro staff. De forma unánime, consideramos que el apellido materno debería figurar cada vez que escribimos nuestro nombre para honrarla a ella, la que nos gestó, dio a luz, cuidó, crio, educó y, en la mayoría de los casos, siguió cuidando por el resto de la vida. Es verdad que el apellido materno es el de su padre, y el materno de ella es el de su abuelo, pero así fue la historia y ya no se puede hacer nada al respecto. Podemos pensar que nuestro apellido es el que nos dan cuando nacemos y que luego se incorpora a nuestra identidad. Con él alcanzamos nuestros logros, forjamos nuestro camino, nos hacemos conocer y lo hacemos tan nuestro que nos sentimos igual de orgullosos de él que como nos sentimos de nosotros mismos. Entonces, podemos decir que el apellido materno es el que identifica a nuestras madres y por eso siempre hay que mencionarlo, para recordar que somos hijos de ellas. Claro que hay casos en los que se prefiere no recordarla, porque hay maternidades de las buenas y de las otras, pero afortunadamente son las excepciones.

Ser madre es un proyecto o una condición que nos determina. Una vez que existe un ser humano que depende 100% de nuestro cuidado para crecer y desarrollarse física, mental y psicológicamente, ya nunca más vamos a ser las mismas. La tarea es 24/7, completamente abarcadora de nuestra existencia. Tenemos que hacer esfuerzos para salir del rol de madre y sacar la nariz a chusmear qué está ocurriendo en el resto del mundo, para darnos espacios para nosotras mismas y recordar quiénes somos además de madres.

En la mayoría de los casos, esta tarea se comparte con el padre, y eso lo hace todo mucho más fácil. Si las cosas son justas y equitativas, lo hace un 50% más fácil. Pero existe un porcentaje alto de madres que están solas a cargo de sus hijos. Y no porque el padre haya fallecido, lo cual es una tragedia que impone el destino y ante la cual nada se puede hacer. La mayoría de estas madres están solas porque el hombre que en un principio se embarcó en el maravilloso viaje de ser padres un día decidió bajarse del barco y abandonar el proyecto. En muchos casos no se lo vio más, en otros grita desde alguna isla diciendo que es el padre, pero nada más. Y entonces la tarea de cuidar, criar, educar y sostener al o los hijos recae exclusivamente en las espaldas de la madre. Y quienes son padres presentes y dedicados saben lo que eso significa.

Las madres solas están, y son muchas, pero nadie las ve. Excepto para las madres de bajos recursos, que afortunadamente reciben ayuda de ONG dedicadas a ellas y del Ministerio de Desarrollo, las madres que están por encima de esa línea, las de clase media, que trabajan todo el día encontrando la manera de ganar un poco más de dinero que las ayude a pagar los gastos de los hijos, que hacen malabares para ver con quién dejar a los chicos cuando tienen que ir a trabajar, hacer un mandado o ir al médico, y ni se hable de tener una salida para divertirse: eso ya parecería un abuso. Es decir, su tiempo se divide exclusivamente en trabajar y cuidar a los niños.

El otro factor es el dinero. Cada tanto se conocen las cifras de los padres que no pasan pensión alimenticia para sus hijos, que son en el entorno del 60%. Más de la mitad de los padres se desentienden de los gastos de sus hijos, de la obligación moral de mantenerlos, de darles lo mínimo, que es alimentación y ropa. Entonces, son las madres las que quedan sobrecargadas, y no solo les dedican el 100% de su tiempo, sino el 100% de sus ingresos a sus hijos, que seguramente no les alcance con un solo sueldo, y por supuesto, de nuevo, no queda nada para ellas, una peluquería, un jean nuevo, una salida al cine.

En estos casos en los que el Estado no encuentra la manera de obligar a los padres a que cumplan los deberes de la patria potestad, debería compensar de alguna manera a esas madres que quedan solas y empobrecidas —y esto no quiere decir que caigan en la pobreza, que muchas veces sí sucede, sino que pasan a tener un nivel de vida por debajo del que antes les podían dar a sus hijos. Por ejemplo, y solo por plantear una idea, las madres que no reciben pensión alimenticia de sus exparejas deberían estar exoneradas de algún impuesto, el IRPF tal vez.

Otra manera en que la sociedad podría colaborar con estas madres que en el trajín diario terminan dejando la vida por sus hijos, tiene que ver con la empatía. Colaborar en la logística diaria y en aliviarles el tiempo con los niños sería de gran alivio y en esto es fundamental el apoyo de la familia.

Empezar a contemplarlas, a entenderlas y a valorar sus esfuerzos sería como un regalo caído del cielo para ellas, que este domingo celebran orgullosas una vez más el Día de la Madre.

Feliz día para todas las madres. Porque más allá de toda circunstancia, ser mamá es lo máximo.