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Escribir una columna sobre maternidad para mí es, inevitablemente, escribir sobre los hijos. Y en este momento de mi vida es escribir sobre la adolescencia, esa etapa que durante mucho tiempo tuvo -y por momentos todavía tiene- bastante mala fama. No se trata de que no haya asidero biológico o científico, ni que sea fácil de transitar para ellos y de acompañar para los padres, pero bien informados y asesorados todos, puede incluso resultar disfrutable.
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Hace unos años, trabajando en El País, escribí una nota sobre el cerebro adolescente. Como suele suceder con el trabajo periodístico, en cada investigación aprendemos y descubrimos mundos que, tal vez de otro modo, no hubiéramos conocido. No somos especialistas en nada, pero sabemos de todo un poco. Esa nota, cuando mis hijos todavía no eran adolescentes pero casi, me ayudó a entender un poco más qué pasaba por sus cabezas.
De hecho, la clave del asunto es que el cerebro de los adolescentes está cambiando, madurando, creciendo, ajustándose. Sí, no son impulsivos, irracionales, arriesgados y malhumorados per se, sino que hay una base científica que los avala. En aquel momento, el neurólogo y neurocientífico argentino Facundo Manes había escrito sobre el tema en su columna para La Nación y explicaba que "durante la adolescencia se produce un desajuste en la maduración de ciertas áreas cerebrales. Mientras que el sistema límbico, que impulsa las emociones, se intensifica en la pubertad; la región que controla los impulsos, la corteza prefrontal, no termina de madurar hasta los 20-25 años". Así las cosas, a la hora de tomar decisiones, seguramente prevalecerán las emociones sobre la razón.
Entre los muchos aprendizajes que me dejó esa nota hay una frase que hasta hoy repito cual mantra, lo hago conmigo misma y con todos los padres que entran en esta fase con sus hijos. Es un sabio consejo de Laura Batalla, médica especializada en adolescencia, que decía así: "Los padres de los adolescentes deberían comprarse un sillón cómodo para esperar a que sus hijos los vuelvan a querer, cosa que sucede unos cuantos años después".
Nadie dijo que esa espera iba a ser fácil, pero hoy -en base a mi propia experiencia- me animo a decir que ese acto casi mágico sucede. En mi caso, sucedió en plena pandemia y casi sin darme cuenta, mezclado con clases por Zoom para los chicos y home office para los padres, cuarentenas varias y enojos por no poder salir, festejar, invitar y un larguísimo etcétera. Es mi hito pandémico positivo, si es que una expresión así es posible, y el pequeño gran logro que me anima cuando, después de más de un año con la vida patas para arriba, las noticias siguen siendo en su mayoría negativas. Cuando por más voluntad consciente que uno ponga, se hace difícil mantener alta la cuota de buenas vibras. Cuando la sensación de hastío, cansancio y agobio permea todas y cada una de las actividades que hacemos, las laborales, las personales, las recreativas, las imprescindibles. Y como decían varios colegas por estos días, entre ellos Facundo Ponce de León en Búsqueda y Emanuel Bremermann en El Observador, cuando encima de todo vivimos estas sensaciones con culpa, como si no tuviéramos derecho a sentirnos así porque las cosas graves e importantes pasan por otro lado.
Ante ese escenario que se viene demostrando poco exclusivo, la maternidad suma un elemento más que puede resultar un salvavidas... o todo lo contrario. Para esta edición previa al Día de la Madre hay varias notas sobre el tema; una de ellas es cómo ha sido ser madre en la pandemia sin morir en el intento. En los testimonios que recogió Leonel García hay tragedia y comedia, hay agobio y una luz de esperanza, hay multitasking y añoranza por compartir tiempo de calidad. En las cifras, en cambio, el panorama se presenta bastante desalentador, como si muchas de las grandes conquistas de las mujeres en el plano doméstico y profesional se hubieran esfumado con la aparición del coronavirus.
Un estudio realizado en 2020 por Opción Consultores para ONU Mujeres y Unicef, por ejemplo, reveló que la distribución de tareas dentro del hogar se volvió más desigual que nunca: en los primeros tiempos de la pandemia la madre fue en un 70% de los casos el adulto encargado de ayudar a los niños en casa en todo tipo de tareas (incluyendo las escolares), mientras que el padre fue 10% y "ambos" 12%. A esto hay que sumarle que el tiempo que los niños y adolescentes pasaron fuera de casa cayó en picada y promedia unos 20 minutos al día. Para quienes no cuentan con ayuda externa o de un familiar, a duras penas alcanza para darse una ducha o ir a hacer un mandado.
A nivel laboral, las más afectadas también fueron las mujeres. Al aumento de la exigencia dentro de casa -el famoso trabajo no remunerado- y a extensas jornadas laborales que combinan presencialidad y teletrabajo, se suma un incremento en la brecha entre el desempleo femenino y el masculino, que se triplicó en 2020.
La pandemia resignificó el rol materno, dice Leonel en la nota, o más aún, lo recargó. Los expertos consultados lo confirman y aseguran que cómo se sobrelleva esta situación es directamente proporcional a la ayuda que se tenga. Hay que hacer lo que se pueda y como se pueda, sin pretender la perfección y pensando que esto no va a durar para siempre. "Qué he aprendido de la pandemia... que estábamos bien como estábamos antes y que nos quejábamos de llenos", dice una de las madres consultadas. Otra, siente que la pandemia fue un "magnificador" de su vida y que su apuesta fue que su hija se fuera a dormir todos los días con un mensaje positivo. "Que esto no va a ser para siempre, que va a terminar, que hay que ser paciente con los abuelitos y los maestros. Y lo mismo les decía a mis amigas que se sentían agobiadas: no te sientas mal si no te sale todo bien, no busques la perfección".
Por eso, la columna de hoy está dedicada a mis hijos, esas dos personas que me convirtieron en madre y a los que, cuando esta pandemia se escriba en los libros de historia, voy a extrañar todo el día en casa haciéndome preguntas, pidiéndome ayuda con los deberes o masajes en la espalda. Lo hago extensivo a todos los hijos -bebés, niños, adolescentes y, por qué no, adultos-, que hacen que alguna mujer hoy responda orgullosa cuando la llaman "mamá".