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Plot twist en la saga Uruguay-Argentina

Editora Jefa de Galería

Aunque en el resto del mundo no nos distingan, las diferencias entre uruguayos y argentinos son claras. Surgidos a partir de una misma ola inmigratoria, somos descendientes principalmente de italianos y españoles que llegaron al Río de la Plata a hacerse la América. Sin embargo, por algún motivo que los historiadores sabrán determinar, los argentinos son más italianos y los uruguayos somos más españoles. A los argentinos les gusta llamar la atención, son arrogantes, gritones, cultivan el perfil alto, y además, tienen un gran gusto por la estética, admiran la belleza y la buena vida. Los uruguayos, lejos de entender sobre buen gusto y estética, prefieren el bajo perfil, el trabajo manso, las horas con el mate, la vida —se podría decir— de pueblo. Sin muchos alardes ni sobresaltos.

Pero venimos de una misma familia —ensamblada, tal vez— y nos llamamos hermanos. Ellos son el hermano mayor, y como tal se cree superior, más inteligente, adelantado. Nosotros los uruguayos los miramos como uno menor mira a uno mayor, desde abajo y con recelo, con cierta bronca de estar en ese lugar, de que el mayor nos observe por encima del hombro con sonrisa socarrona, sabiendo que es más grande, que tiene más fuerza y que, cuando quiera, nos puede doblegar. 

Así fue la relación entre los dos países. Históricamente. De niña recuerdo el insulto y la expresión de fastidio de mi familia en los veranos en Piriápolis: “Porteño podrido”, ante algún auto con matrícula argentina que se atravesaba, encerraba o no respetaba la cebra. No sé si se creían dueños del lugar, pero su manera de ser histriónica y avasallante nos molestaba. Aunque, más allá de apreciaciones personales generalizadas y casi unánimes entre los uruguayos, si queremos ser objetivos tenemos que reconocer —y duele— que Punta del Este es lo que es gracias a la influencia continua, desde los primeros años del balneario, de los argentinos. Ellos, valorando la belleza natural del lugar, fueron los que crearon la ciudad que es hoy. Gran parte de lo que se construyó lo hicieron los argentinos. Y es allí a donde ahora están llegando para quedarse. Porque esa relación histórica de hermano mayor que mira por encima del hombro al menor fue así hasta ahora.

El tiempo pasó. El hermano menor creció y parece que resultó ser mejor de lo que se esperaba. Desde su esquina tranquila, callada y sin alardes, aprendió, maduró, comprendió sus debilidades y sus fortalezas e ideó un plan para lograr su independencia económica. Mientras, su arrogante hermano mayor, que conquistó Copas del Mundo, tiene un representante suyo en el sillón del Papa y se vanagloria de tener a los mejores futbolistas del mundo, vive una de las peores crisis y sus hombres más poderosos ahora buscan refugio en el hermano menor.

Así lo exponen dos argentinas que decidieron escribir un libro sobre este fenómeno, que a su entender es como un experimento: Laboratorio Uruguay. En estas páginas ellas analizan el éxodo de las élites económicas a este lado del río, algo que no había sucedido antes. Siempre, ante las crisis argentinas, se levantaban olas de emigrantes, pero eran de clase media. Nunca había sucedido que las clases altas, los empresarios, los generadores de trabajo e inversiones decidieran abandonar el país para venirse a vivir a Uruguay. Y dan cifras: 27.000 en los últimos tres años. 

En la nota que publicamos en este número sobre este libro, la periodista argentina Mariana Mactas conversa con las autoras, Silvia Naishtat (periodista económica) y María Eugenia Estenssoro (exsenadora y fundadora de Equidad y Endeavor Argentina), y en esa charla aparece el tema del cambio que está habiendo en la relación “tan compleja y asimétrica entre uruguayos y argentinos”, como describe Mactas, quien habla “de afecto no correspondido de hermano mayor al resentimiento entre dientes del menor”. 

Según el libro, los argentinos encontraron en Uruguay una sociedad mucho más abierta a lo nuevo, y las autoras lo interpretan como que el uruguayo está orgulloso de lo que ha logrado “y ya no siente que los argentinos llegan y los avasallan”. Nos encuentran más pacíficos y con una autoestima que marca la diferencia. Uruguay ha cambiado. Ya no es el hermano menor indefenso. Uruguay creció, logró estabilidad, y frente a la situación dramática que vive su hermano mayor, ahora lo mira “con un poco de benevolencia”, como dicen las autoras del libro, pues lo ve llegando a estas tierras con más humildad. 

Es un libro que viene a dejar por escrito, en negro sobre blanco, el gran logro, el inmenso esfuerzo de Uruguay por dejar de ser el pequeño de la región, el hermano menor. Un momento histórico que seguirá apareciendo en muchos libros más.