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Crecemos con la premisa de que la
plata no hace la felicidad. No sabemos manejar una cuenta de banco hasta que
nos depositan el primer sueldo. La palabra invertir parece de uso
limitado a expertos y el ahorro es una capacidad de algunos privilegiados. Sin
embargo, todo el día escuchamos hablar de cuotas, descuentos, promociones,
tarjetas, crédito, débito, financiación y préstamos.
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Entonces, es extraño cómo un elemento
que está tan presente en nuestras vidas, del que dependemos para subsistir, que
nos habilita o nos deshabilita a concretar nuestras metas, y determina
radicalmente nuestro modo de vida, pase por el costado de las etapas
educativas, como un fantasma al que no se puede casi ni nombrar.
Es sabido que el factor dinero es
uno de los mayores agentes de estrés en las personas. Por el dinero se
divorcian muchos matrimonios, se dividen familias, se pelean hermanos. Crecemos
creyendo que el dinero no es importante, o directamente ignorando su potencial,
y cuando nos hacemos adultos caemos en la cuenta de que nada, ni la más mínima
necesidad básica para sobrevivir —por caso, alimentarnos—, se puede hacer sin
él, en esta sociedad en la que vivimos. De ahí en más, todo lo que suceda
dependerá del acceso o no que tengamos a ese bien.
Los problemas se resuelven con
dinero. Puede haber algunas excepciones, muy pocas. Porque incluso los
problemas afectivos y emocionales se pueden sanar siendo atendidos por un
psicólogo, en un taller de alguna terapia alternativa, asistiendo a grupos de
ayuda y consultando expertos. En casi la mayoría de las circunstancias, si nos
ponemos a pensar en qué podríamos hacer para resolver aquello que nos preocupa
si no tuviéramos la limitante del dinero, seguro aparecería una solución.
Claro que esto no quiere decir que dinero
es sinónimo de felicidad. La felicidad es un estado mucho más elevado
del alma que se consigue y se experimenta en un plano separado al material.
Pero queda claro que tenemos más capacidad de alcanzar ese estado cuanto menos
problemas nos aquejen.
Hace rato que el dinero debería
haber dejado de ser un tabú. Hace rato que estamos completamente sumergidos en
una lógica capitalista, centrada en la adquisición de bienes y servicios. Hace
rato que el conocimiento del manejo de las finanzas personales debería estar
presente desde las primeras etapas escolares. ¿Por qué nos habremos demorado
tanto?
En este número, la nota escrita por
la periodista Magdalena Cabrera da cuenta de las incipientes acciones de las
autoridades con respecto a la inclusión de la educación financiera en los
diferentes niveles de la enseñanza. Y llama la atención que uno de los
principales impulsos en ese camino haya partido de una sola persona, una mujer,
en quien su experiencia de madre y su profesión vinculada a las finanzas
confluyeron, alimentadas por una personalidad emprendedora. Ella es Carolina
Chifflet, magíster en Finanzas y directora académica de Negocios
Internacionales de la Universidad de Montevideo. Inspirada en la eterna lucha
con los niños y el “comprame”, y “si no tenés plata sacá del cajero”, comenzó a
investigar en el tema, en lo que se hacía en el mundo y en lo que estaba
pasando en Uruguay al respecto. Como el panorama no era muy alentador, diseñó
talleres para escolares, y de capacitación para docentes tanto del sector
público como del privado, impulsó a la universidad en la que trabaja a que se
hiciera miembro (el primero de Uruguay) de la Red Internacional de Educación
Financiera (INFE) de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo
Económico (OCDE), y con un grupo de exalumnos presentó una serie de talleres
virtuales al Plan Ceibal que están en estudio.
Por otro lado, afortunada y
finalmente, desde el año pasado la educación financiera forma parte de los
nuevos planes de estudios que se vienen aplicando con la reforma
educativa.
Para los expertos, la educación
financiera es una habilidad esencial para prosperar en la sociedad actual y
tiene un poder transformador en la infancia porque abre puertas que quizás el
contexto del niño no haría por sí solo. Aseguran que las personas que tienen
mejor gestión financiera, tienen mucho menos preocupaciones, producen más y van
a ser más felices ellos y sus familias. De esta manera, lejos de vivir en
función de las cosas que les van pasando, las personas toman el control de sus
vidas y, utilizando el dinero como una herramienta en pro de sus objetivos,
pueden diseñar su presente y su futuro. Como corolario, la salud financiera de la
sociedad entera será mayor.
Queda claro entonces que antes de hacerlo mal y a
fuerza de golpes, si incorporamos los conocimientos financieros desde niños, el
beneficio será como una onda expansiva.