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Un nuevo cristal para el futuro

Hay un grupo de personas a las que saber el porqué de las cosas las tranquiliza. Y hay otro grupo de personas —más chico— que se dedica a encontrar esas explicaciones. Los primeros, muy agradecidos.

El presente se está convirtiendo en algo bastante complejo. Todas, o gran parte de las certezas que traíamos de las generaciones anteriores están en tela de juicio. La vida parecía ser más fácil antes, pero también menos feliz. No había que pensar mucho qué queríamos hacer de nuestras vidas, dónde queríamos vivir, con quién queríamos estar, pues las cosas ya venían más o menos dadas y era cuestión simplemente de seguir los mandatos. Si eso hacía feliz o no, nadie sabía, pero tampoco nadie se lo planteaba. 

Pero las cosas cambiaron. Y mucho. Ya no hay certezas, o las que hay son otras, solo que nos cuesta identificarlas como tales. La certeza de que nada de lo que planifiquemos tiene que ser para toda la vida es bastante nueva y desconcertante al principio, pero liberadora después. Que las tendencias tienen siempre una contratendencia y que cuando el péndulo se mueve mucho para un lado quiere decir que en breve estará del otro es una idea que trae algo de alivio.

En el grupo de las personas que estudian, reflexionan y traen explicaciones para calmar los nervios de los cuestionadores está la brillante psicóloga especializada en investigación de mercado y tendencias, a quien desde Galería consultamos asiduamente para que nos dé sus puntos de vista sobre distintos temas. Su claridad y sabiduría­ debían­ estar reunidas en un libro, lo que afortunadamente sucedió bajo el título Claves para el tiempo que viene. Nada más acertado para quienes están buscando entender el presente y no desesperar ante el futuro.

Patricia Mántaras se embarcó en una profunda charla filosófica con Massonnier —que publicamos en esta edición— para confirmar el optimismo con el que esta especialista mira el mundo, una disposición de espíritu que cae como agua en el desierto ante tanta confusión.

Juntas hacen un recorrido por varios temas que surgen del análisis del escenario en el que vivimos hoy. Uno es el lugar que el trabajo ocupa en nuestras vidas. Hoy, las generaciones más jóvenes ya no adhieren­ a la filosofía de vivir para trabajar y han cambiado sus prioridades. Esto, según Massonnier, viene sabiamente ligado al concepto de finitud. “La vida no es para siempre, nada es para siempre. Las generaciones jóvenes son algunas de las que están más atentas a este concepto: el presente es lo que hay seguro”. El futuro ya no es seguro, no está marcado, como se pensaba antes, en los tiempos de nuestros padres y abuelos. Por esta razón, la idea del disfrute cobra fuerza. No perderse momentos plenos, felices, es lo que le da sentido al presente, a la vida. Y acá Massonnier da en el clavo. Todos tenemos el recuerdo de nuestros padres haciendo sacrificios, faltando a cumpleaños o trabajando feriados para ganar el dinero que diera estabilidad a la familia en un futuro que tal vez nunca llegó, o que el destino decidió modificar porque las cosas no salieron como estaban­ previstas­. Pero los momentos lindos en familia pasaron y no se disfrutaron. Se perdieron muchas cosas, se rompieron parejas y familias cuando el trabajo ocupaba un espacio gigante en la vida de las personas. Eso ha cambiado. Hoy el tiempo libre es uno de los grandes lujos del presente. 

Y esto viene de la mano con el otro gran concepto que abordan Patricia y Verónica­ en la charla: la felicidad. La psicóloga aclara que la aspiración de la felicidad como una meta de vida es un concepto relativamente nuevo. Antes, hace no mucho tiempo, el bienestar familiar (en lo que en ese entonces se entendía por bienestar) se anteponía a la felicidad personal. Ahora queremos y buscamos ser felices. Lo que sucede es que encontrar ese camino provoca ansiedad porque no se sabe por dónde empezar. Y acá llega una de las grandes claves que da esta especialista: ya no debemos elegir lo que nos hará felices dentro de 20 años. Y con esto volvemos a la misma lógica con el trabajo: vivir el presente. Si dentro de 20 años seguimos siendo felices con lo que elegimos, genial y si no, podemos darnos la libertad de hacer una revisión en la mitad del camino y volver a elegir. Podemos pensar el futuro en etapas y no como algo rígido. Llegar a esta conclusión para muchos, sobre todo para las generaciones mayores, puede implicar un gran alivio.

Una vez más, sentarse a reflexionar, intentar repensar sobre mandatos y preconceptos, dejarse llevar por lo que la vida propone puede ser un ejercicio ampliamente satisfactorio y resultar en un futuro mucho más optimista del que parecía a primera vista.