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Una vacuna en nuestras manos

Editora Jefa de Galería

Cuando éramos adolescentes, a algunas de las que pensábamos en ser madres nos costaba imaginar qué conflictos podríamos llegar a tener con nuestros hijos en relación con los que teníamos en ese momento con nuestros padres, porque ya habíamos estado de ese lado y comprendíamos cuáles eran nuestros problemas. Seguro íbamos a ser mejores padres.

Lo que nunca imaginamos es que el mundo iba a cambiar tanto. Que iban a aparecer los celulares, las redes sociales, el streaming, YouTube, y que la vida de los padres iba a ser tanto más estresante que cuando éramos chicas. Todo es tan diferente que la tarea de educar hijos se volvió aún más compleja que la que les tocó a nuestros padres, lo que no quiere decir, en absoluto, que la de ellos fuera mejor o no tuviera errores. Está claro que la amplia mayoría de los problemas que tienen los adultos hoy vienen de modelos de crianza inadecuados.

Fanny Berger es una estudiosa del tema, y hace años que en su consultorio de psicología es testigo del camino que vienen haciendo los padres y los hijos y cómo los modelos de relación entre ambos se vienen modificando. Es una gran observadora en primera fila. Y, por suerte, cada tanto decide volcar todo ese conocimiento en páginas escritas para el consumo de quienes deseen entender algo de lo que sucede hoy allí, que deberían ser todos y cada uno de los padres.

En su nuevo libro Papis, necesito seguridad: una guía para la parentalidad nutritiva, la experta analiza el rol de los padres dando información sobre cómo son los niños hoy y cómo deben hacer los padres para aplicarles “una vacuna contra las adversidades y el desarrollo de trastornos”. Lo que todo padre desea, solo que no sabe que la jeringa la tiene en sus propias manos.

En la entrevista que la periodista Magdalena Cabrera le hizo para este número, Berger deja planteadas algunas características de los niños de hoy que pueden ser una de las claves por las que los padres se sienten bastante desorientados. Entre las descripciones que va dando, habla de niños insistentes y demandantes que si no logran lo que quieren le dicen a la madre o al padre “no te quiero”, afirmación que hace 30 años no se escuchaba, asegura esta psicóloga. Probablemente esto suceda porque los hijos encontraron en esas palabras un arma contra el nuevo talón de Aquiles de los padres, que es el miedo a perder el amor de sus hijos. Ahora, ¿por qué lo perderían? ¿Por un vestido que no le compraron? ¿Una pijamada a la que no fueron? ¿Una hamburguesa que ese día no se merecían?

Berger dice que ese miedo, que a su vez transmite inseguridad y poca firmeza, tiene varias razones. Una refiere a un rasgo de nuestro tiempo, que es que no se respeta la autoridad, ni la del padre, la de la maestra ni la del pediatra. Esto viene de la mano del gran padre de nuestro tiempo, Google, el que sabe absolutamente todo, el mayor transmisor de información y conocimiento que ha desbancado a padres, madres, abuelos y abuelas, quienes antiguamente ostentaban ese poder que conllevaba mucho respeto. Ahora ya no son referentes importantes que guían, ese lugar lo pueden ocupar influencers o youtubers. Otro factor que incide en el miedo de los padres es la variedad de modelos que existe de ser hombre, de ser mujer, de ser familia, ante lo cual los padres pierden el rumbo.

Frente a este difícil panorama, Berger propone la parentalidad nutritiva, esa vacuna que reforzará la personalidad de los hijos. La paternidad nutritiva le da al niño el mayor escudo de defensa ante el mundo: la seguridad. Para ejercerla el padre necesita de ciertas habilidades y competencias que podrá desarrollar si no las tiene (y esa es una gran noticia): estabilidad emocional, firmeza, compromiso, calidez y flexibilidad. Así lo resume la experta en la entrevista pero son conceptos que están bien desarrollados en el libro.

Después de leer y analizar el tema, impacta y abruma ver con claridad cómo todo lo que hacen los padres influye en la personalidad de sus hijos y, por ende, en su futuro. Cosas mínimas, pequeñas actitudes.

Al final, la tarea resultó aún más desafiante de cómo se presentaba hace 30 años, cuando las madres de hoy éramos adolescentes. Afortunadamente tenemos aliadas, como Fanny, que reconocen y comprenden que la tarea de educar es hermosa pero por momentos desbordante, y nos explican cuáles son los caminos para hacerlo de la mejor manera.

Está de más decirlo, pero nuestros hijos serán los adultos que construirán el futuro. Tal vez tengamos en nuestras manos una vacuna que nos permita construirlo luminoso y prometedor.