Bill Nighy: gentleman y antihéroe

El nombre de este caballero británico sonó últimamente por un supuesto vínculo amoroso con la editora de Vogue Anna Wintour, pero su larga trayectoria de interpretaciones austeras le ha valido un lugar entre los primeros actores del mundo

En los últimos días Bill Nighy ha sido noticia, y no por los motivos correctos. Su presencia del brazo de la editora jefa de la edición británica de Vogue, Anna Wintour, en la antesala de la gala anual del Met reavivó un rumor que, periódicamente, aparece. Un rumor que evidentemente no les preocupa, y que sin demasiado empeño han desmentido más de una vez diciendo simplemente que son solo amigos. Pero este caballero de estampa británica —más británica imposible—, modales ceremoniosos y una discreción poco habitual entre sus colegas, protagoniza una de las películas menos sonadas y más bellas de la última temporada de premiaciones: Living, del director sudafricano Oliver Hermanus. El propio Nighy estuvo nominado a Mejor actor en los Oscar del pasado marzo por su interpretación.

Todo actor que alcanza el éxito tiene un filme bisagra, y el de este hombre, nacido en la primera mitad del siglo XX, llegó en los primeros años del siglo XXI. Por eso, muchos se acuerdan de él por su encantadora interpretación del rockero en decadencia de Realmente amor (Love Actually, 2003), de Richard Curtis. Su trayectoria, sin embargo, supera las 70 películas más un videoclip de la banda británica Florence and the Machine. Nighy no baila, pero se intuye que podría hacerlo muy bien.

Tiene 72 años y, justo cuando empiezan a ofrecerle el asiento en el metro, llegó a la cresta de la ola de su carrera. Así que se permite algunas indulgencias de superestrella: solo come en restaurantes (en su heladera solo hay agua y leche) y cuando viaja (cada vez con más frecuencia) lleva consigo su té Yorkshire y algún frasco de marmite (una mermelada de cerveza fermentada fabricada, y únicamente apreciada, en Gran Bretaña), aunque no siempre pasan con éxito los controles aduaneros.

El actor llegó con Anna Wintour a la gala del Met y volvieron a circular rumores de una relación, pero ellos dicen que son solo amigos. Foto: Angelal Weiss, AFP

El actor llegó con Anna Wintour a la gala del Met y volvieron a circular rumores de una relación, pero ellos dicen que son solo amigos. Foto: Angelal Weiss, AFP

Media vida de fama. Que su carrera cinematográfica haya despegado a los 50 no significa que haya empezado ahí. Aunque su madre lo tildaba de tímido, a los 17 años emigró a París solo con el plan de escribir. Pero no escribió nada y pasó algunas penurias económicas que lo hicieron volver a casa. La verdadera formación actoral de este gentleman fue en la escuela de danza y drama Guildford, de Londres. El trabajo en teatro no tardó en llegar, y con él las giras por el país con actores de su misma generación, como Jonathan Pryce y Julie Walters.

Esa frustración del escritor que no fue se tradujo en una admiración por los que sí hicieron de las letras su oficio. “Creo que los escritores son mis héroes. Quería ser escritor y no tuve el coraje ni todo lo demás. Puedo procrastinar a niveles olímpicos”, dice en una entrevista publicada en el blog del crítico Roger Ebert. “¿Qué es lo que de verdad me entusiasma? Me gusta la música. Por supuesto, me encanta la música. Pero lo que de verdad me apasiona es la escritura cuando es brillante”. También se declara aficionado a placeres más terrenales, como el café y las prendas de sastrería.

Nacido en diciembre de 1949 en Surrey y criado por una enfermera y el propietario de un garaje, Nighy vivió una infancia atravesada por la posguerra. Resabios de esa niñez en la que el trauma era tan cercano pueden verse en la sobriedad de Nighy, en su perfil bajo (se siente incapaz de invitar a alguien a la avant première de una película suya por pura humildad) y su vida serena: estuvo casado 28 años con la también actriz Diana Quick, con quien tuvo a su única hija, Mary Nighy, en 1984.

Su hija, Mary Nighy, es directora de cine y su ópera prima fue seleccionada por el Festival de Toronto. Foto: Vivien Killilea, AFP

Su hija, Mary Nighy, es directora de cine y su ópera prima fue seleccionada por el Festival de Toronto. Foto: Vivien Killilea, AFP

Cuando Nighy habla de Mary lo hace con orgullo. Su única hija es directora y acaba de estrenar su ópera prima, Alice, Darling, protagonizada por Anna Kendrick y seleccionada para el Festival de Toronto. “Pude ir a su proyección (padre e hija coincidieron en el mismo festival) y fue un verdadero triunfo. La audiencia vitoreó y aplaudió, y las críticas fueron entusiastas. No podría estar más contento. Esa es la gran noticia en nuestro camino. Espero que mucha gente vaya a verla”, dijo el actor a Vogue. Algún proyecto conjunto tienen ambos en carpeta, pero no han dado detalles aún. “Ella es un verdadero talento y tiene una humanidad real y una inteligencia real. Eso es algo importante, yo haré exactamente lo que me diga”, dijo ante la posibilidad de ponerse bajo la dirección de Mary.

De Realmente amor a Living. Varios mojones marcan la carrera de Bill Nighy además de Realmente amor; algunos más taquilleros, como Harry Potter y las reliquias de la muerte o El exótico hotel Marigold; otros más de autor, como La librería, de Isabel Coixet. Pero su primer pasaje al Oscar fue Living (disponible en Google Play).

Como el rockero Billy Mack en Realmente amor (2003). Foto: Alessandro Abbonizio, AFP

Como el rockero Billy Mack en Realmente amor (2003). Foto: Alessandro Abbonizio, AFP

Con Emily Mortimer en La librería (2017).

Con Emily Mortimer en La librería (2017).

Judi Dench fue compañera de reparto en El exótico hotel Marigold (2011).

Judi Dench fue compañera de reparto en El exótico hotel Marigold (2011).

El escritor Kazuo Ishiguro (Lo que queda del día, Nunca me abandones) estuvo a cargo del guion de esta remake de la película Ikiru (1952), de Akira Kurosawa, sobre un empleado público que tiene los días contados por un cáncer terminal. Este hombre, el señor Williams, recibe el diagnóstico como un llamado a la vida, a salirse de esa rutina inamovible y a hacer algo con el tiempo que le queda. “Toca a la gente. Discute un par de temas universales, uno de los cuales es la mortalidad y el otro es la procrastinación. Se trata de un tipo que trabaja en una institución dedicada a asegurarse de que las cosas no sucedan durante la mayor parte de su vida, y luego recibe un diagnóstico que desencadena una gran transformación”, resume Nighy en Variety.

La mano de Ishiguro (nominado al Oscar por la adaptación del guion) se hace visible en la atmósfera y cadencia del filme, y en el estoicismo y melancolía de su antihéroe, dos cualidades casi definitorias del cine japonés. “Su capacidad para despertar, aparentemente a voluntad, no solo las emociones de la audiencia, sino también su afecto” fue lo que hizo de Nighy el candidato perfecto para el papel, según Ishiguro, algo “único entre su generación” salvo ejemplos como los de los gigantes Cary Grant y James Stewart, dijo el guionista y escritor a The Guardian.

El director tampoco escatima en elogios. Según Oliver Hermanus, el actor se las arregla para “encontrar ese lugar de verdad en cada momento frente a cámara”.

Con el escritor Kazuo Ishiguro, también nominado al Oscar a Mejor guion adaptado por Living. Foto: Vivien Killilea, AFP

Con el escritor Kazuo Ishiguro, también nominado al Oscar a Mejor guion adaptado por Living. Foto: Vivien Killilea, AFP

“Es un poco aburrido, pero…”, dice el señor Williams frente al espejo cada vez que ensaya cómo darle la noticia de su enfermedad a su hijo. En esa preocupación por no incordiar a nadie, Nighy conecta al personaje con su padre, un hombre muy reservado “que intentaba nunca hacer ruido o alboroto”. “Y, cuando se estaba muriendo, trató de morir con tanta dignidad y sin causar demasiados problemas como le fue posible. Así que esto no me es ajeno, y de alguna manera lo admiro. (…) Esas personas tranquilas que persisten en intentar ser directos en su trato con todos los demás, ser honestos y amables, adquieren una apariencia heroica dentro del contexto de toda la deshonestidad y las mentiras de quienes acaparan el poder”.

De gestos mínimos y una voz casi susurrante se vale Nighy para dar vida a este personaje en su momento de despertar.

Hecho a medida. Para alguien tan cuidadoso con su apariencia y perfeccionista con su estilo, verse a sí mismo en la crudeza de una imagen en movimiento puede ser decepcionante. Por eso Bill Nighy tomó la decisión de no verse nunca más muy al principio de su carrera. “Me socavaba a tal grado que me dificultaba volver a trabajar. No aprendo nada, y no es útil de ninguna manera. Probablemente sea una forma de dismorfia profesional o algo así”, dijo a Variety. Aunque se evita de todas las maneras posibles, cuando accidentalmente se cruza consigo mismo piensa algo así como: “Jesús, Dios todopoderoso. Guau”.

Tal vez por ese cuidado del detalle es que siempre se lo ve impecable, con trajes que le sientan como un guante, de líneas ajustadas milimétricamente a su complexión. “Siempre pienso que tengo el cuello flaco y la cabeza pequeña —dice con esa tendencia suya a la autocrítica—, así que quiero que los hombros sean muy suaves y bastante angostos”. La sastrería es una de sus pasiones declaradas. Por lo general opta entre tres marcas de jóvenes diseñadores cada vez que tiene que pasearse por una alfombra roja. En los Oscar de este año eligió The Anthology, la marca que lleva adelante un tal Buzz Tang. El joven diseñador, originario de Hong Kong, quedó sorprendido cuando vio a Nighy llevando uno de sus trajes; no le había avisado que se presentaría a los premios vistiendo su firma. Si se le pregunta a Nighy por los otros dos de su top tres aparece Scott Fraser Simpson, un diseñador londinense que ha trabajado en su vestuario tanto para algunos filmes como para su guardarropas personal, y P Johnson, una agrupación de sastres australianos que, según contó a Vogue, “toman medidas que nadie más ha tomado en la historia de la sastrería”.

En la película Living tuvo la oportunidad de trabajar con la diseñadora de vestuario Sandy Powell, ganadora de tres premios de la Academia, una verdadera tranquilidad para Nighy: “Muchas personas son descriptas como leyendas o genios estos días. Ella es ambas, y es absolutamente maravilloso trabajar con ella. No tengo que preocuparme si Sandy Powell dice ‘usa eso’, simplemente uso eso”. Para esta película la diseñadora dio con un traje vintage de unos 100 años de antigüedad que adaptó a los hombros del actor; una joya casi contemporánea a los tiempos que retrata la película, los años 50.

El actor estuvo nominado a los Premios de la Academia por su interpretación en Living (2022), de Oliver Hermanus.

El actor estuvo nominado a los Premios de la Academia por su interpretación en Living (2022), de Oliver Hermanus.

Antinostalgia. Aunque en ese rol suyo tan recordado de Realmente amor se lo ve entonando una versión navideña de Love Is All Around (Christmas Is All Around), sus papeles no suelen incluir canto ni danza. Pero se declara aficionado a la música (y al Shazam cuando escucha alguna canción que no identifica) y con un espectro de gustos tan amplio que una playlist suya puede incluir desde Aretha Franklin a Nick Cave (“todo tipo de genios aparentemente sin esfuerzo”).

Bill Nighy confiesa que solo baila cuando está solo, pero algo de ese espíritu habrá olfateado la vocalista de Florence and the Machine para invitarlo a participar en su videoclip Free. El actor, que personifica a la ansiedad de la chica, no baila necesariamente, pero con su mera imagen surgen algunas reminiscencias del Christopher Walken de Weapon of Choice, de Fatboy Slim.

Aunque dice que baila cuando nadie lo ve, a veces improvisa pasos con guitarra invisible y todo. Foto: Soeren Stache, AFP

Aunque dice que baila cuando nadie lo ve, a veces improvisa pasos con guitarra invisible y todo. Foto: Soeren Stache, AFP

Contar 72 años y no renegar del presente o el futuro es otra rara cualidad de este señor. Su teoría va un poco más allá del mero optimismo. Según él, hay una ola de personas “que intentan arrastrarnos hacia atrás en el tiempo simplemente para avanzar (ellos mismos). Es la forma más fácil de manipular a las personas: inventar un pasado por el que se pueda tener una falsa nostalgia y un futuro que sea aterrador, en gran parte porque hay personas de diferentes orígenes étnicos. Lo han estado haciendo desde que yo era un niño. La diferencia es que ahora está digitalizado”, dijo a The Guardian.

Nighy reconoce que piensa en la muerte alrededor de 35 veces al día, pero saberse “indescriptiblemente afortunado” le gana la batalla a esos pensamientos: “No tengo nada por lo que necesite ser más joven”.

FUENTE: nota.texto7