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Camilo Astiazarán, un tímido compositor uruguayo que se abre paso a las grandes ligas

Es el primer uruguayo becado por la Fundación Cultural Latin Grammy para formarse en una de las universidades de música más prestigiosas del mundo
Redactora de Galería

A Camilo Astiazarán le espera el comienzo de una carrera de cuatro años en la Universidad de Música de Berklee, una de las escuelas más prestigiosas del mundo. Este joven guitarrista y compositor de 25 años se convirtió en el primer uruguayo seleccionado para una beca de 100.000 dólares por la Fundación Cultural Latin­ Grammy (de la Academia Latina de la Grabación) para desarrollar su carrera musical. Fue elegido junto con otro guitarrista brasileño y una tresista cubana.

En los últimos cuatros años aplicó para la misma beca en más de una ocasión. Esta era la última vez que podía presentarse por el límite de edad, pero su perseverancia le ganó al último intento y se llevó puesto su exceso de humildad. Pues es un tipo muy sencillo para el talento que tiene.

Su primer álbum, Orígenes, es cien por ciento instrumental. La gran mayoría de sus canciones son solo de guitarra acústica y recorre géneros como el candombe, el jazz y la música clásica.

Sobre el escenario, en su último show en la Sala Camacuá, que organizó con el objetivo de juntar fondos para su viaje —ya que la beca no cubre los costos de vida, seguro médico, ni materiales de estudio—, le hacía caras a su guitarra. No era gracioso, era hipnotizante. Seguro que no se daba cuenta de cómo se notaba la conexión con su instrumento, ni de cómo tanta expresividad en una austera puesta en escena era lo que provocaba un desconcierto fascinante hacia él y su música, y creaba un ambiente intimista perfecto para el público. Astiazarán es, antes que nada, contrastes, entre él y su talento.

Todavía “no cayó” en la cuenta de que en pocos días se va a Estados Unidos a comenzar una nueva vida.

¿Cómo recibiste la noticia?

A los meses de la postulación apareció el mail de la fundación para ver si podíamos tener una entrevista; quedamos y en unos días me pasaron el link. Esos días fueron eternos, el correo me llegó en medio de una clase de pilates. Ahí me cayó todo; todos los esfuerzos, sacrificios y decisiones que tomé en función de esto. Limité mi vida. No podía comer ni dormir bien, estaba muy ansioso. Cuando al final de la entrevista me confirmaron la beca llamé a mi familia, mis padres los primeros, y a mis amigos. La conversación la tenía toda grabada. Me contaron que el otro año había sido un posible finalista, y eso sumado a que valoraban que me volviera a presentar me ayudó. Estoy expectante, estudiando mucho porque, claro, la exigencia de llegar al lugar que va a ser mi vidriera...

La autoexigencia es todo un tema en la vida del artista...

Sí, yo soy superexigente conmigo mismo y estoy abriendo una puerta que significa volverme más exigente todavía. Siempre tomé clases particulares, acá no hay ninguna universidad aún, entonces tenés que estar remando vos solo y si no te exigís nadie te exige. Por eso hay que tener cuidado. En la música es superimportante cuidar ese espacio de disfrute también, de juego, para que no se pierda lo lúdico, la frescura.

Se necesita espalda económica, entonces, para tomar clases particulares y poder crecer.

Por supuesto que lo económico hace una diferencia, aunque no es todo. Yo trabajo de otra cosa, soy instructor de pilates, y si no hubiera sido por eso no podría estar planteándome nada de esto. Pero nunca es lo mismo hacer una carrera teniendo que trabajar ocho horas. Me estoy yendo gracias a la fundación y a pulmón, muy agradecido con las oportunidades sabiendo que existen esas limitantes, pero ahora es momento de mirar para adelante y disfrutarlo.

¿Y el apoyo de la familia?

Con ellos fue la típica situación de “bueno, se terminó el liceo, ¿ahora qué?“. Yo ya lo había terminado sabiendo que me iba a dedicar a esto. Fue difícil que lo entendieran al principio, pero me apoyaron igual, me incentivaron a que siguiera el proceso de la beca. Aunque era lógico que tuvieran un poco de miedo en cuanto a esta carrera y lo económico. La clave estuvo en que yo siempre demostré que para mí era en serio, siempre me vieron estudiar.

Agradeciste a tus abuelos y mencionaste su casa en Nueva Helvecia. ¿Qué importancia tuvieron ellos en tu carrera?

Es un lugar superespecial, de calma, donde crecí, podía ser yo y me dio la oportunidad de jugar más que en la ciudad, iba y venía. Pasábamos todos los veranos y fines de semana allá. Mis abuelos son mi influencia más grande. Mi abuelo era escritor, escribía novelas históricas, era profesor también, y verlo a él tipeando desde muy temprano era la imagen de la dedicación, la constancia, del amor por lo que se hace. Nos despertaba con el ruido de las teclas. Ahí siempre me sentí querido y con la posibilidad de intentar cosas, equivocarme e igual aprender. Mi primer disco nació en esa casa; cuando él falleció viajaba mucho más seguido y siempre volvía con alguna composición nueva. Es una fuente de inspiración.

Este no va a ser tu primer viaje. Estuviste antes en Nueva York para aprender jazz. ¿Qué tiene de especial ese género para vos?

Sí, en 2019. Fue corto, unos días para tomar clases con dos pianistas israelíes reconocidos (Shai Maestro y Nitai Hershkovitz). Me acuerdo que les escribí por correo para probar suerte y me dijeron que sí. Fue increíble verlos tocar en vivo, ir a sus casas, tener clase mano a mano. Me abrió el mundo. La capacidad del jazz de fusionarse con otros géneros y el espacio que da a la improvisación me fascinan. Eso fue un poco lo que mostré en la audición, una fusión de candombe y jazz. Después yo ya estaba con ganas de abrir puertas afuera. Allá tienen otra cultura totalmente diferente en cuanto a la música. Es otra manera de hacer las cosas, y si será importante poder convivir un poco con eso. Tiene que ver con el acceso a la cultura más allá de lo económico, que tus padres te lleven a un concierto, al teatro, a ver ese espectáculo en vivo que te cambia la perspectiva. Eso también es un privilegio.

¿Y qué concierto te inspiró?

De chico siempre escuchaba a mi padre tocar la guitarra. Yo aprendí a los 15, y con 16 años ya estaba tocando en las jams de Martes on Fire­. Una vez fui con él y (Francisco) Fattorusso­, los Ibarburu tuvieron enorme apertura conmigo, fueron muy cercanos, muy generosos. De repente pasé a tocar con músicos tremendos. Ahora, de eso a dedicarte profesionalmente es una historia diferente.

¿Te propusiste ser un distinto con esto del jazz candombero?

No lo veo así, es una cosa que se da más naturalmente. Siempre trato de tener mi búsqueda propia y ser transparente, porque cuando querés ser algo que no sos se nota. Hay que ser conscientes de que es un proceso, siempre hay cosas para mejorar pero lo que soy hasta ahora es esto.

Foto: Instagram (@camiloastiazaran) Foto: Instagram (@camiloastiazaran)

En la Camacuá interpretaste a Jobim en la apertura, y el resto de los temas fueron 100% de tu autoría. ¿Te sentís más compositor que intérprete?

Mi música es una búsqueda, entonces si hago música para conocerme siento que crezco y me descubro más cuando compongo, no tanto con la interpretación. Aunque siempre se puede aprender de la visión de otros, que termina retroalimentando tu propia música, que es una extensión de uno mismo. La sensación de haber escrito algo nuevo y que de alguna forma termina relacionado con tus otras composiciones es hermosa. Casi tanto como compartirlo con las personas.

En el show dio la sensación de que si te sacaban la guitarra quedabas desnudo.

(Risas) La guitarra es mi refugio y me da seguridad. Soy tímido y con ella me expreso mejor. La agarro, me doy cuenta de que estoy en vivo y eso me hace conectar más con el porqué decidí estar haciendo esto, y ahí me relajo, porque estoy conectado. Mirá que las clases de pilates me ayudaron bastante a perder la timidez (más risas). Por momentos abrazo esa parte más tranquila, porque la música tiene que tener ciertos silencios, ciertas pausas, que así las logro mejor, pero por otros intento trabajarla porque rigidiza.

¿Te imaginás representando al país?

Voy a realizar la gratificante tarea de difundir nuestra música en un ámbito internacional, que es toda una responsabilidad, superlinda, pero trato de tomarlo como algo natural y no como una mochila de que me toca representar a todos los músicos. Otros muy reconocidos ya hicieron esa historia, por nombrar algunos te digo Hugo Fatorusso o Jaime Ross. Si yo me empiezo a cargar con volverme referencia, se empieza a rigidizar un poco la cosa.

Fatorusso, Jaime Ross... ¿Qué empujón le hace falta a la industria nacional de la música para que deje de hablarse de los mismos de siempre?

Es delicado, porque no sé si hay algo que vos digas “hacés esto y funciona”. Algunas instituciones podrían trabajar de otra manera en lo que es el seguimiento de los artistas, la evaluación de proyectos, que se enteren y brinden apoyo. Tenemos muchas trabas burocráticas. Y por otro lado, nosotros los músicos también podemos mejorar. En otros lados uno se encuentra con un profesionalismo; la función es a las dos y a las dos tenés que estar ahí. Hay otro cuidado, que demuestra que lo que hacés es necesario e importa. Acá eso de tener todo músicos amigos... La cercanía hace que siempre esté todo bien. Pero hay un toque a las 9:00 h y caemos todos a las 10:00 porque sabemos que empieza a las 11:00.

Fuiste muy aplaudido en la Camacuá, vos y la seductora combinación con el saxofonista Gustavo Villalba. ¿Cómo te fue con la recaudación?

Todavía me falta. La beca no incluye ni alquiler, ni seguro médico, mucho menos costo de comidas y materiales de estudio. Necesito una computadora y son carísimas. Un alquiler de un cuarto en una casa compartida no baja de mil dólares por mes, otros tres al año para la cobertura médica... No es que sea más caro allá que acá, pero es un presupuesto que tengo que mantener durante cuatro años con todas las limitaciones que tengo para trabajar por el tema de la visa. No puedo hacer ni un solo show, y quedarte a mitad de camino por problemas de presupuesto es un golpazo.

Hasta Astiazarán observaba encantado el talento de Villalba. Foto: Instagram (@camiloastiazaran) Hasta Astiazarán observaba encantado el talento de Villalba. Foto: Instagram (@camiloastiazaran)

Hagamos una colecta.

La manera de colaborar con el viaje de Camilo es a través del colectivo Abitab número 134962 a su nombre o en las cuentas del BROU, caja de ahorro en pesos 110158791-00003 o en dólares 110158791-00004.

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