Clubes de lectura y talleres: la literatura ahora también se cultiva en compañía

El mundo de las letras es cada vez más el núcleo de diversas actividades compartidas; una semana de sondeo de la agenda literaria montevideana alcanza para confirmarlo

Eran las 10 de la noche de un jueves otoñal y el grupo de personas de entre 25 y 60 años no podía parar de hablar de Los detectives salvajes, libro del chileno Roberto Bolaño, pese a que lo estaban haciendo desde las siete de la tarde. Tres horas hablando de un libro, como todos los primeros jueves de cada mes. “Hay que echarlos porque se pone intensa la conversación y nos quedamos siempre hasta un cachito más”, bromea el escritor Daniel Mella, guía de este club de lectura que empezó a reunirse en febrero de este año.

El martes de la misma semana, uno de los varios clubes de lectura liderados por Virginia Arlington y Verónica Correa Bove se juntó para intercambiar impresiones sobre el libro La malnacida, de la italiana de 26 años Beatrice Salvioni, mientras que el plan de una decena de jóvenes para ese viernes fue asistir al taller de poesía de la casa de libros Guarida, donde escribieron un poema en 15 minutos y, por si fuera poco, después lo leyeron ante todos en voz alta. 

Otro grupo de seis personas está destinando sus tardes de sábado a analizar textos que abordan la temática queer en la literatura contemporánea. Y el club de las periodistas Pía Supervielle y Natalia Jinchuk se encuentra en este momento leyendo Desastres naturales, libro sobre el que tendrán la oportunidad de reflexionar en conjunto en junio, junto con su escritora, la minuana de 24 años Tamara Silva. 

En una de sus citas más reproducidas, Paul Auster decía que la literatura es esencialmente soledad. Generalmente, lo es. Pero una semana sondeando actividades literarias por Montevideo alcanza para darse cuenta de que las excepciones a esta percepción de la literatura como fenómeno puramente solitario son cada vez más.

Club de lectura de Pía Supervielle y Natalia Jinchuk

Foto: Valentina Weikert

Foto: Valentina Weikert

Impulsoras

Amigas desde la infancia, con un consumo cultural similar y muy marcado, la idea de llevar adelante un club de lectura surgió como una obviedad­ cuando pensaron qué podían hacer juntas. Pía Supervielle le debe a Natalia Jinchuk su “ser como lectora”, que empezó a delinearse a partir de la voracidad con la que leía las revistas traídas de Estados Unidos por los padres de su amiga. Natalia le debe a Pía su reconexión con la lectura después de haber hecho una pausa al convertirse en madre: “Es mi recomendadora favorita, por lejos”. 

La formación de este club, en 2019, coincidió con el boom de la literatura de mujeres latinoamericanas. Desde el comienzo buscaron ir más allá: salir de los clásicos, explorar voces contemporáneas e intentar que, en lo posible, los escritores se unieran a estos espacios. El primer encuentro giró en torno a Prontos, listos, ya, de la uruguaya Inés Bortagaray, quien participó de la reunión en Escaramuza, el lugar elegido para llevar adelante el club. Su expansión definitiva se dio cuando invitaron a la argentina Tamara Tenenbaum­ para discutir a propósito de El fin del amor, publicado ese mismo año. “Ese momento fue bastante clave, porque conectamos con ese movimiento que se estaba dando de mujeres latinoamericanas, y la marea feminista de ese momento”, dice Jinchuk. 

Foto: Mauricio Rodríguez

Foto: Mauricio Rodríguez

Estaban a punto de concretar otras de sus “patriadas”. En medio de su consagración como escritora fundamental latinoamericana a raíz del éxito de Nuestra parte de noche, Mariana­ Enriquez­ había aceptado la invitación a formar parte del encuentro cuando tuvieron que suspender el club en 2020 (pandemia) por tiempo indefinido. 

En 2021, el club se reformuló a partir de un pedido puntual: una mujer en sus cuarentas, con tres hijos y ejecutiva de alto rango que necesitaba “un espacio que fuera como un remanso”, dispuesta a reclutar a otras que tuvieran la misma necesidad. Fue así como se formó este grupo que empezó de forma virtual, con el libro Debimos ser felices y la participación de su autora, Rafaela Lahore, y que continúa hasta hoy reuniéndose un sábado cada dos meses. Algunas de treinta y cuarentaipico; una señora de 84; economistas, políticas, psicólogas. Mujeres que reflexionan y se nutren de sus diferencias y su amor por la lectura. A pedido de las lectoras, Supervielle y Jinchuk tratan de seleccionar libros “luminosos”, una misión difícil en su afán de designar obras latinoamericanas contemporáneas. Tratan de que sean libros “ágiles” en lugar de “grandes montañas”. 

Foto: Mauricio Rodríguez

Foto: Mauricio Rodríguez

En 2019, el acceso al club era abierto, por lo que sus integrantes podían cambiar de un encuentro al otro. En este caso, se trata de mantener el mismo grupo, con algunas incorporaciones esporádicas. Esto, al final, genera un mayor nivel de intimidad. “Los encuentros terminan derivando en otras cosas que capaz no tienen tanto que ver con el texto, sino que son otro tipo de reflexiones, experiencias de vida. Ya nos conocemos hace tres años, ya conocemos nuestras vidas, cómo están compuestas nuestras familias, cuál es nuestra mirada de futuro. Ya tenemos una confianza que hace que podamos bajar la guardia”, señala Supervielle. 

Club de lectura de Verónica Correa Bove y Virginia Arlington

Foto: Mauricio Rodríguez

Foto: Mauricio Rodríguez

Desenfrenadas

Entre un grupo de ocho mujeres de más de 50, una de ellas cuenta que cuando era niña eran tantos los moretones que tenía en las piernas que su madre la llevó al médico ante la sospecha de una leucemia, pese a que ella tenía bien claro que aquellas marcas no eran más que la consecuencia de muchos resbalones y pelotazos.

Era una niña traviesa, sin dudas. Pero una cosa son las travesuras y otra, la violencia, aclara la señora con la intención de comparar su niñez con la que marcó a las protagonistas de La malnacida­, la novela que les toca desmenuzar este martes a la tardecita alrededor de una mesa con té, café, tortas varias y libros “para que circulen”.

Virginia Arlington y Verónica Correa Bove, dos periodistas aficionadas a la lectura fundaron el club Desenfrenadas en 2021 con un propósito muy claro: “Terminaste ese libro que te movilizó la vida. ¿Y ahora qué?”. Desde entonces, cuentan con varios grupos, algunos cerrados y otros abiertos, que se encuentran mensualmente para conversar sobre un libro designado por ellas. “Es diferente como leés. La lectura cuando estás en un club es más a conciencia”, dice Correa­ Bove. Virginia Arlington habla de una búsqueda de “presencia” en todo sentido: a la hora de comer, de mirar una serie, de salir a pasear al perro y también de leer.

Virginia Arlington y Verónica Correa Bove. Foto: Mauricio Rodríguez

Virginia Arlington y Verónica Correa Bove. Foto: Mauricio Rodríguez

En este caso, el grupo es cerrado y se formó a pedido de algunas socias e integrantes del coro del Club de Golf del Uruguay.

Arlington y Correa Bove guían la charla primero con preguntas sobre la autora, sobre el contexto en que se enmarca la temática del libro, y la charla se va encauzando hacia temas personales cuando preguntan con qué personajes sintieron mayor cercanía. De a ratos se genera unanimidad y por momentos no hay puntos de coincidencia. Una de ellas dice encontrar fusión entre dos personajes, mientras que otra dispara que para ella, “no hay tal fusión”. Una mujer dice que no podía dejar de pasar las páginas, mientras que otra confiesa que le costó leer el libro de Salvioni. 

El libro es apenas el puntapié para un intercambio que termina siendo terapéutico.

Foto: Mauricio Rodríguez

Foto: Mauricio Rodríguez

“Acá no se habla solo de lo narrativo. Se habla de cosas muy vivenciales. Los personajes resuenan en nosotras”, explica Arlington. ¿No les pasa que no conciben una vida sin amigas?, pregunta una de las integrantes a raíz de la amistad de las protagonistas de la novela, y las respuestas ahondan entre los tipos de amigas que existen —unas se declaran mantenedoras; otras generadoras— y la evolución de estos vínculos en las distintas etapas de la vida. 

Club de lectura de Daniel Mella

Foto: Mauricio Rodríguez

Foto: Mauricio Rodríguez

Desafiados

“Tenía miedo de no llegar“, comenta acerca de la extensión del libro de Bolaño­ (más de 600 páginas) una de las mujeres, mientras sus compañeros de club se terminan de acomodar en la mesa del café Rivero Almacén. Y la charla empieza a fluir. “Soy discípulo de Bolaño”, declara uno de los miembros, mientras que otra confiesa que leyó a este autor por primera vez, y que en el transcurso de su lectura se cruzó con varios discípulos del escritor. Un joven dice que el libro le transmitió cierta obsesión, y sus compañeros de club coinciden en que hoy en día todos somos un poquito obsesivos. Otra de las integrantes manifiesta que hay personajes tan elaborados que no puede evitar buscarlos en la calle. Hasta quiso dibujarlos. Algunos quieren formar parte de ese mundo; encuentran algo sumamente atractivo en la miserable vida de los protagonistas. Otros no pueden ni quieren imaginarse llevando un estilo de vida como ese. El tiempo corre y las discusiones se intensifican y se tornan más personales. Esa es una intención de Daniel Mella­ que se cumple con éxito: “Trato de ver si alguno de los temas que trata el libro los toca personalmente, si tienen alguna anécdota propia. Los libros siempre están mostrando algo de vos mismo”, cuenta­ después a Galería. 

Foto: Mauricio Rodríguez

Foto: Mauricio Rodríguez

Se toman unos minutos para hablar de la estructura de este libro; la primera y última parte podrían unirse y formar una sola y más digerible novela, apta para cualquier tipo de lector, concuerdan varios. Pero ellos no son lectores promedio. Son gente que prefiere ser interpelada y desafiada por los libros. 

Foto: Mauricio Rodríguez

Foto: Mauricio Rodríguez

“El tipo de conversación que están dispuestos a tener es de altura. No es una conversación de competencia por quién entendió más o mejor, o quién es el mejor lector. No hay imposición de puntos de vista. Están dispuestos a abrirse, no tener vergüenza de expresar lo que vieron e interpretaron, y de llegar a algo nuevo en las conversaciones. Es gente con ganas de leer bien”, explica el coordinador de este club.

Daniel Mella. Foto: Mauricio Rodríguez

Daniel Mella. Foto: Mauricio Rodríguez

Quieren desafíos y Mella se los da. Los libros que elige son aquellos que le parecen “magníficos”, aunque intenta también exponer al club a diferentes estilos de escritura y perspectivas. 

El escritor subraya que “a mucha gente le gusta leer”, pero no todos tienen con quién conversar acerca de libros. “La verdad, la experiencia de un club de lectura es una de las cosas más divertidas que hice en mi vida”, confiesa. 

Talleres literarios

En la casa de libros Guarida, el silencio es absoluto. Una puerta al fondo de un pasillo da lugar a un espacio rodeado de libros y una estufa a leña, en donde una decena de aspirantes a poetas que están en su mayoría entre los 18 y 25 años parecen tan inspirados que ni un flash en la cara les despega la vista de las libretas o celulares que usan para escribir. Tienen alrededor de 15 minutos, tiempo que Mariela Peña, autora, correctora y redactora que imparte este taller, aprovecha para explicar entre susurros lo que está pasando: “Creo que la poesía se está desvistiendo de un montón de mitos que hay en torno al género, de que es elitista y que solo lo entienden los eruditos, y se está empezando a acercar a la vida de la gente”. Aunque el taller es abierto a todo público, da la casualidad —mágica, según Mariela— de que la mayoría son muy jóvenes. 

Foto: Valentina Weikert

Foto: Valentina Weikert

Quienes asisten a este taller tienen en general ganas de escribir poesía que vaya más allá del estilo diario íntimo o autorreferencial. “Construir un yo lírico, una visión que te saque los ojos del ombligo y que tenga en cuenta al entorno y al otro”, señala Peña. 

Foto: Valentina Weikert

Foto: Valentina Weikert

En este caso, se tomaron como referencia poemas de Oliverio Girondo y de Juana de Ibarbourou­ escritos a objetos o situaciones puntuales ajenas al amor y otros temas comúnmente asociados la poesía. Cada joven sacó una tarjeta que estableció ciertas limitantes sobre las que guiarse para escribir: si el objeto debía ser material o inmaterial, si tenía que gustar o no al escritor y el tono de la escritura, que podía ser romántico, de protesta, erótico o dramático, entre otros. Los jóvenes escriben y luego comparten sus textos en voz alta. “¿Les puedo recordar que es un borrador?, ¿que pierdan el miedo?”, repite en más de una ocasión Peña al constatar la vergüenza de algunos a la hora de compartir sus poemas con el resto. No hay lectura sin devolución. “Precioso”, le dice Peña a la mayoría, orgullosa. “Estás leyendo muy bien, estás interpretando; me sorprende la evolución de tu lectura en voz alta”, le dice a otra. 

Mariela Peña. Foto: Valentina Weikert

Mariela Peña. Foto: Valentina Weikert

Todos los sábados, desde abril y hasta las primeras semanas de junio, otro grupo se reúne en el club cultural Charco (Maldonado 1477) para asistir al taller de literatura con enfoque queer. “La idea es conocer, leer y debatir autores nacionales que tengan ese enfoque, donde se ponga en disputa la identidad u orientación sexual”, explica Lucía Testoni, docente de Literatura a cargo del taller. 

Foto: Valentina Weikert

Foto: Valentina Weikert

El sábado 18 de mayo fue el turno del poemario De todos los haces de luz que mi corazón proyectaba, de Mariana Figueroa. Leen el poema Un donjuán lesbiano y a raíz de esa lectura reflexionan sobre este estereotipo de personaje literario que se remonta a la Edad Media. ¿Es donjuán en este caso una mujer, un hombre? ¿Es posible que una mujer escriba tratando de enmarcar su voz en la masculinidad, y que observe a las mujeres desde una mirada masculina?, fueron algunas preguntas que surgieron durante esa tarde de sábado. 

Foto: Valentina Weikert

Foto: Valentina Weikert

En la sesión anterior, en tanto, habían trabajado sobre Fragmentado: crónica de un trava anunciado, libro del fernandino Ciro Benjamín. El taller a cargo de Testoni combina teoría —al inscribirse, la tallerista comparte todo el material por Drive— con análisis y ejercicios prácticos.

Lucía Testoni. Foto: Valentina Weikert

Lucía Testoni. Foto: Valentina Weikert

Entre cada taller, los integrantes trabajan sobre diferentes consignas. Por ejemplo, tras abordar una novela de autoficción, y a partir de la consigna que consistió en preguntarse cómo creen que son percibidos por los demás, el grupo trabajó en la escritura de un párrafo en primera persona. No se requiere de ningún tipo de experiencia para acceder al taller. La intención es que los participantes se sumerjan en una variedad de obras literarias a lo largo de las sesiones, que exploren su significado y contexto, así como la diversidad de voces LGBTQ+ y su representación en la literatura, y que compartan sus reflexiones. 

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