El ex Serú Girán Pedro Aznar presenta su último disco, Flor y raíz

Lo hará con un show este jueves 27 en el Auditorio Nacional del Sodre

A los 22 años, Pedro Aznar estaba en la cresta de la ola. Era el bajista de la banda de rock más grande de Argentina, Serú Girán, que tenía cuatro discos publicados y la posibilidad de cruzar el Atlántico y universalizarse. Pero él tenía sus planes. En diciembre de 1981 anunció al resto del grupo, tres pesos pesados llamados Charly García, David Lebón y Oscar Moro, que iba a continuar sus estudios musicales en el prestigioso Berklee College of Music, en Boston. El impacto fue tal que luego de dos recitales que eran “su” despedida personal del cuarteto, la banda terminó disolviéndose.

Aunque en su currículum ya figuraba haber tocado en importantes grupos como Madre Atómica —con Juan Carlos Lito Epumer y Juan Carlos Mono Fontana— y Alas, Aznar era el integrante más joven y menos conocido de Serú. Era (es) mucho más que un bajista y no solo por su técnica, la misma que había encandilado a Pat Metheny, cuando el norteamericano y los argentinos coincidieron en Río de Janeiro durante el Río Monterrey Jazz Festival de 1980. Hay cosas que nunca se sabrán si fueron verdad o leyenda, pero se asegura que Charly y David debatieron largo y tendido sobre cómo continuar con Serú sin Aznar. La discusión fue zanjada por el amargo reconocimiento: “Para reemplazar a Pedro precisamos por lo menos a tres tipos”, dijo Charly, o David, para el caso lo mismo.

“Yo sentía un llamado a ahondar en mi trabajo, encontrar mi propia voz y expandir mis horizontes”, le dijo Aznar a la revista Rec Or Play, en 2012. “Necesitaba un desafío personal para saltar al próximo nivel en mí. Es comprensible que en ese momento no se entendiera lo que hice y que se viera como una decisión unilateral cuando, en realidad, los cuatro estábamos muy cansados y necesitábamos tiempo para desarrollar otras cosas y no repetirnos ni aburrirnos”, dijo sobre ese episodio. “Sigo pensando que fue la decisión correcta”, reflexionaba 30 años después de los hechos.

Ahora ya pasaron 40 años. Aznar ha sabido coquetear con la popularidad en todos estos años, pero se ha consagrado como un músico poliinstrumentista de enorme prestigio, con una enorme versatilidad y sensibilidad para mostrar sus propias creaciones o versiones ajenas. El público montevideano tiene una posibilidad más de comprobar eso, junto con su voz diáfana, este jueves 27 a las 21 horas, cuando venga a presentar Flor y raíz, además de lo mejor de su repertorio, en la sala Hugo Balzo del Auditorio del Sodre.  

Prodigio y desarrollo. Pedro Aznar nació en el porteño barrio de Liniers el 23 de julio de 1959. Musicalmente fue considerado un niño prodigio. Su fascinación por los sonidos le llegó cuando recién comenzaba la escuela y The Beatles habían editado Revolver, el álbum de 1966 que dejaba definitivamente atrás la beatlemanía y se adentraba en la experimentación sonora y lisérgica que tanto les hizo ser lo que fueron como inspiraron a otros a más. Pero en su casa había de todo, escuchaba de todo y absorbía de todo: clásica, tangos (su padre era violinista de una orquesta), rock, música brasileña, flamenco, folclore. Esa mezcla explicó mucho lo que vino después.

A los nueve años empezó a tocar guitarra; a los 14 ya se ganaba la vida como bajista. “Empecé a tocar profesionalmente a los 14 años en el grupo Madre Atómica, fundado por Mono Fontana y Lito Epumer. Toqué con el trío Alas a los 17, en una experiencia pionera en la fusión de rock con folklore y tango, y a los 18 formé Serú Girán, con Charly García, David Lebón y Oscar Moro”, que le llevaban ocho, siete y 10 años de edad, respectivamente, según contó al portal Avidblogs en 2018. Por eso, era presentado como “el niño prodigio”. 

Aznar había crecido escuchando a sus ahora compañeros, que tenían pasados en Sui Generis, Pappo’s Blues o Los Gatos, pero sus intereses musicales estaban más en la fusión, en la experimentación, en el jazz y no tanto en el pop-rock. Más de una vez admitió haberse sentido sapo de otro pozo. Sin embargo, encajó perfectamente en una banda donde todos eran, como él, ejecutores muy solventes. En su momento, aportó sus creaciones, sus arreglos y su voz.

Pero nadie puede contra sí mismo. En el caso de Aznar, su “llamado” pasaba por la experimentación. En el ya mencionado Festival de Río de Janeiro, Metheny, ya un guitarrista reconocido de jazz, quedó muy gratamente sorprendido con Serú Girán y con Pedro en particular. Este último, en plan fan, le hizo llegar una grabación casera propia que incluía versiones que había hecho de The Beatles, un gusto común y un jugar a ganador para todo melómano. Así fue que 1982 terminó siendo un año fundamental para él: se fue a estudiar a Berklee, grabó su primer disco solista Pedro Aznar (con composiciones propias como Conduciendo una locomotora, Boston y Pat Meth, y versiones sumamente logradas como Septiembre, de Ivan Lins, y Because, de The Beatles) e ingresó al Pat Metheny Group. Ahí estuvo en dos etapas, entre 1982 y 1985 y entre 1989 y 1992, y participó en la grabación de álbumes que se llevaron cuatro premios Grammy. 

El distraído que revise la discografía de Aznar se puede llevar una enorme sorpresa: más allá de su trabajo con Serú y con Metheny tiene una treintena de álbumes como solista. Puede decirse, sí, que pocas de sus canciones han llegado a la categoría de hits, reconocibles a la primera escucha. Las dos más notorias son Hablando a tu corazón (1986) y Tu amor (1991), fruto de la unión con su viejo compadre Charly García, con quien grabó tres discos, Tango, Radio Pinti y Tango 4, entre 1986 y 1991. Ella se perdió, primer corte de difusión de su disco David y Goliath (1995), es posiblemente la canción 100% suya, sin grupos ni dúos, que tuvo más rotación en radios. Pese a esa masividad reducida, su trayectoria solista le valió dos premios Konex en Argentina, en 2005 y 2015. Es que buena parte de su acervo se lo llevan bandas sonoras de películas, experimentaciones en distintos formatos, registros en vivo y colaboraciones con otros artistas, totalizando unas 200 composiciones. Y más de cien covers.

Acá vale la precisión: son excelentes covers, muchos de los cuales son capaces de emocionar hasta las lágrimas (su Because es, sencillamente, sublime). No en vano Ya no hay forma de pedir perdón, versión en castellano de Sorry Seems To Be The Hardest Word de Elton John, es otro de sus temas más populares, al menos según Spotify. Lo mismo pasa con A primera vista respecto a A Primeira Vista, del brasileño Chico César. En rigor, esto es común con casi toda canción que caiga en sus manos: encontrarles la vuelta, hacerlas propias sin que pierdan su esencia.

Y en su caso eso es mucho decir en un listado que incluye a Luis Alberto Spinetta (todo el disco Puentes amarillos), Gustavo Cerati (Lisa y Cactus),  Andrés Calamaro (Media Verónica), Atahualpa Yupanqui (Los hermanos), Víctor Jara (Deja la vida volar y Manifiesto), Violeta Parra (Maldigo del alto cielo), Chabuca Granda (María Landó), Lenine (Alcira y la torre), Chico Buarque (Joana francesa), Caetano Veloso (Lindeza), Sting (Fragilidad) y Rolling Stones (Angie), entre muchos otros, además de los ya nombrados, con sus admirados Beatles a la cabeza. El mundo musical cabe en sus manos.

En una de sus frecuentes visitas a Uruguay, cuando vino a presentar su disco de 2010 A solas con el mundo, habló con Búsqueda sobre esa condición universal, reflejada en el propio título de su placa, y del rol que creía corresponderle como intérprete y no como creador: “Es una imagen que evoca esa multiculturalidad de la música y es una reflexión sobre el trabajo del intérprete (…). El intérprete termina recreando el estado primigenio de las canciones. Su origen siempre es en soledad: el compositor en su habitación, ante su piano o su guitarra. Luego, esas canciones cobran vida propia, cobran entidad, son independientes y se van por el mundo. Es el intérprete el que les pone su cuerpo ante la mirada de todo el mundo. Vuelve a recrear, ahora en público, ese acto inicial, íntimo y solitario”, dijo en 2012. Toda una declaración de principios.

Raíces. Para un espíritu inquieto, la incertidumbre y el confinamiento de la pandemia podrían haber sido insoportables. Más en un hombre que daba unos cien recitales al año. Sin embargo, a fuerza de conciertos por streaming, talleres literarios, su pasión por la enología (es sommelier desde 2014) y la escritura de cuentos, la sociedad con otros artistas (en un amplio abanico que incluye al payaso Piñón Fijo) y la remasterización del disco debut de Serú Girán, homónimo, de 1978, Aznar pasó los tiempos duros. Y en ese contexto nació Flor y raíz, otro disco que lo encuentra como intérprete de grandes nombres del folklore latinoamericano; entre ellos, Alfredo Zitarrosa. Únicamente figura como autor en Reverdece, cantado junto con Soledad Pastorutti.

Entre lo más destacado del disco —grabado en vivo pero sin público en 2021, nominado a un Grammy Latino como Mejor álbum folklórico—  están sus versiones de Construcción de Chico Buarque, Perfume de Carnaval de Peteco Carbajal, La chacarera de los gatos de María Elena Walsh y El violín de Becho, de Zitarrosa. Esta última, musicalmente bellísima, puede no ser del gusto de los más ortodoxos, ya que es difícil imaginar dos voces más opuestas que las de Aznar y Zitarrosa.

La de Zitarrosa no es la primera zambullida de Aznar en la música popular uruguaya. Como la mayoría de los mortales, llegó a Eduardo Mateo cuando el padre de la MPU llevaba años fallecido. Alguien le acercó un casete con una copia de Cuerpo y alma, el disco de Mateo de 1984. El impacto en él fue tal que su disco de 1998, para nada coincidentemente llamado Cuerpo y alma, incluía dos canciones de ese trabajo: el que le daba nombre al álbum (en realidad, a los dos) y El Tunge Le.  

Budista, hincha de Racing (protagonista de la última campaña de cerveza Quilmes previo al Mundial de Catar), muy discreto sobre su vida privada, Aznar tiene con los vinos la misma conducta que con la música. En agosto de 2012 conoció a Marcelo Pelleriti, uno de los más reconocidos enólogos mendocinos, con todo lo que eso puede significar. Ambos son los responsables de los vinos Abremundo. En 2017, en el diario La Nación le preguntaron sobre estas dos pasiones, si un vino se parecía más a un disco que a una canción. “Es más como una canción, porque hacer un disco sería como hacer tu portafolio de vinos, donde cada uno cuenta una historia”, respondió. 

“Pero lo bueno es que con los vinos reescribís esa canción todos los años, porque el clima cambia todos los años, la uva no es la misma, no hubo el mismo sol ni la misma cantidad de lluvia. Uno también está distinto. Cada año es diferente y vos sos diferente, no estás igual y la mano del que hace el vino es una gran parte de lo que le pasa al vino. Para mí, el viñedo es como una partitura y el enólogo es el ejecutante”, agregó. Lo que importa es la mano del artista, la suya.