Guns N’ Roses en Montevideo: un recital, miles de reencuentros

Con tres horas de espectáculo y 27 canciones: Guns N’ Roses dio todo en Montevideo y lavó su imagen de 2010

Hay momentos en que uno se encuentra con ese adolescente que fue. Pasaron los años, los éxitos y los fracasos, las fiestas y los velorios, los aprendizajes y las decepciones, los sueños, las realidades y las pérdidas, los cambios de trabajo, pareja o voto, pero algo sigue ahí. Y ese algo aparece, parado, al lado de uno, mirándolo de reojo, incrédulo. Algo así pasó, multiplicado en miles de casos, el pasado domingo 2 de noche, en el Estadio Centenario, en el recital de Guns N’ Roses.

Para todos aquellos de la Generación X, para simplificar, los nacidos en la década de 1970, GN’R fue algo así como el último de los mohicanos de la rebeldía, la transgresión a las normas, el salvajismo y el reviente corporizado de lo que significaba el rock, con canciones rabiosas, muchas de las cuales hoy serían, en todo o en parte, carne de cancelación. La corrección política en épocas de Rambo y Reagan no es, definitivamente, la misma que la actual. Alguien podría precisar que fueron los penúltimos, apuntando a Nirvana; pero a Kurt Cobain y compañía les faltó siempre toda la arista festiva y dionisíaca que tuvieron estos angelinos surgidos de la fusión de las bandas L.A. Guns, Hollywood Rose y Road Crew, en 1985.

Y para un representante uruguayo de la Generación X, los Guns eran, entre 1987 y 1993, cuando todo el planeta rock parecía orbitar en torno a ellos, un amor inalcanzable. Los principios de los 90, cuando Internet no existía, fueron años de media hora de MTV al día en TV abierta, en Canal 10; del Ranking 100.3 en El Dorado FM con la atronadora You Could Be Mine, la melancólica Don’t Cry, la épica November Rain y la versión de Live And Let Die, de Paul McCartney & Wings; de las permanentes votaciones a Mejor Banda, Mejor Álbum o Mejor Canción en las encuestas anuales del suplemento Rock de primera del diario Últimas Noticias; transmisiones simulcast entre el 10 y FM Del Sol de los recitales de la banda en París y en Buenos Aires, en 1992. Sí, acá nomás, Buenos Aires ya estaba en el circuito grande del rock, con la banda más convocante del mundo en su momento cumbre llenando el Estadio Monumental de Núñez ese año y el siguiente, mientras Montevideo estaba casi completamente fuera del radar. Allá había que ir a verlos y eso no era tan fácil. El mundo era más ancho y más ajeno, aunque eso fuera solo 30 años atrás, aunque eso fuera cruzando el Río de la Plata.

Muchos de esos representantes de la Generación X vernácula estuvieron en el campo y la Tribuna Olímpica del Centenario este domingo. Hubo quienes por edad podrían haber compartido aula (o correccional adolescente) con Axl Rose, que acusa 60 años, o Slash, de 57. Hubo argentinos que no habían podido comprar la entrada para el show de Núñez del viernes 30 y vinieron a tomarse la revancha acá (curiosa vuelta de tuerca de la historia). El público incluyó jóvenes que no los pudieron haber visto nunca en su apogeo (por tevé, claro) e incluso niños que no habían nacido cuando Guns N’ Roses había hecho su anterior y única presentación en Uruguay, el 18 de marzo de 2010.

Ah, ese recital… De ese show lo que más se recuerda fueron las sandías cuadradas incluidas entre las exigencias de la banda, que comenzó con cuatro horas de retraso, y que Axl Rose —principalísimo motivo de esa demora— se quedó sin aire casi enseguida. El cantante, compositor, frontman y otrora sex-symbol era por entonces el único integrante original que quedaba y parecía empecinado en demostrar que era una caricatura de su pasado.

Es por ese antecedente, más el de algunos videos viralizados de recitales recientes que dejaban un retrogusto amargo en la boca, que ese adolescente del pasado fue al Centenario con la expectativa casi en mínimos. De Axl ya no se esperaba que se comiera el escenario (como él aprendió mirando de su admirado Freddie Mercury), que berreara de principio a fin con esa voz encolerizada (esa misma que le sirvió para ponerse al frente de AC/DC en su tour de 2016), ni que luciera bandana o escandalizara con la remera con la cara de Charles Manson; tampoco esperaba que luciera calzas cortas, ya no le da el físico. Con que le diera la voz para al menos la mitad del show alcanzaba. Al menos, era una excelente chance de ver juntos a tres de las cinco caras inmortalizadas en los pósteres de los tiempos iniciales: Axl, el guitarrista Slash y el bajista Duff McKagan, que en 2016 decidieron dejar atrás viejas rencillas y volver a juntarse. En principio, era algo.

Terminó siendo mucho más.

Cambiar para seguir. La escala uruguaya del Tour 2022 de Guns N’ Roses arrancó 31 minutos después de la hora prevista (puntualidad inglesa, si se toma el antecedente de 2010) y duró tres horas que resultaron cortas, gracias a la música y a los 300 metros cuadrados de pantallas que completaron un espectáculo visual redondo. Axl sigue cambiando de vestuario canción por medio, sigue luciendo esos anillos a lo Elton John (muy visibles en las pantallas gigantes cuando se sentó al piano para November Rain) y los tatuajes que en 1987 escandalizaban y hoy no le llaman la atención a nadie; pero ya no tiene ese divismo y aspecto de estar mordiendo pólvora constantemente que lo llevó a arruinar varios conciertos durante los años dorados. Tampoco es que sea un dechado de la comunicación, pero se mostró casi simpático. Lo suyo sigue siendo cantar. Es cierto que calienta la garganta con temas iniciales que no lo exigen en demasía (It’s So Easy, Mr. Brownstone), es cierto que ya apela a arreglos vocales para salir bien parado en piezas particularmente difíciles de cantar (You Could Be Mine, Knockin’ On Heaven’s Door), es cierto que tiene un apoyo para llegar a las notas altas donde a los 60 años ya no puede llegar (Duff y —sobre todo— Melissa Reese, tecladista y corista), pero salvó la noche con nota. Recién se puede decir que notó el cansancio en la kilométrica Coma, una de las joyas de su repertorio que nunca se emitieron por la radio (dura más de 10 minutos), que además fue el primer bis, la vigésimo tercera de las 27 canciones que tocaron.

Desde ya: el tipo tiene una panza cervecera, un rostro hinchado a lo Mickey Rourke que algunos medios de prensa atribuyen al bótox, sus movimientos serpenteantes de antaño y su incansable recorrido del escenario se trocaron por una sabia dosificación de energías en movimiento. Del símbolo sexual que fue, así como de la melena, le queda poco, pero del front man mucho. Tampoco todos pueden ser Mick Jagger. Y de última, los representantes de la Generación X abajo del escenario envejecieron con él.

Y está Slash. El “otro” 50% de la banda. El verdadero motivo por el cual las giras de GN’R recobraron su vigor de 2016 a hoy. Axl lo sabe y por eso le dedica una presentación especial. Su imagen con sombrero de copa tapando la melena enrulada, lentes negros y una Gibson Les Paul colgada al hombro ya está entre los íconos de la historia del rock. Ya no tiene un cigarrillo infaltable en sus labios, señal de que incluso estos otrora chicos malos, que se reventaron todo lo que pudieron en su momento, pueden optar por un estilo de vida más saludable (y este hombre, británico de nacimiento, cuyo nombre real es Saul Hudson, llegó a fumarse tres paquetes diarios, siendo el tabaco lo más sano que se puso en el cuerpo allá entre los 80 y los 90). Como sea, con sus solos, sus riffs y su magia en las seis cuerdas —cualquiera de ellas; los músicos cambiaban tanto los instrumentos como Axl de remera— se comió el escenario. No es exagerado decir que solo escucharlo a Slash valió la entrada. Por suerte, hubo más.

Siguiendo con el boletín de calificaciones (se supone que los adolescentes van al liceo), Duff McKagan, carismático, sobrio en su ejecución y contento con ser la segunda voz de la banda (y a veces la primera, como en el cover de los Misfits Attitude) y el tercer miembro de la formación histórica para darle garantías al público de que lo que veían era GN’R y no una banda de apoyo a Axl o un dúo circunstancial, cumplió también con lo suyo. A diferencia de Slash, nunca fue un gran instrumentista; lo suyo, además de las cuatro cuerdas, fue ser el más excesivo en una banda en la que nadie entiende cómo todos siguen vivos (él, que ya llegó a los 58, fue quien le puso nombre a la famosa cerveza de la serie animada Los Simpson). La presencia de su rubia y llamativa esposa, sentada al costado derecho del escenario, muy visible por las pantallas gigantes cuando la acción pasaba por ahí, fue uno de los elementos curiosos de la noche. Según cierta prensa, Susan Holmes, así se llama, tuvo un rol fundamental no solo en evitar que su marido vuelva a caer en la mala, sino en acercar las partes distanciadas —básicamente, Axl y Slash— para que la banda tenga una nueva oportunidad.

Richard Fortus, el otro violero, demostró cuando le tocó que si no fuera por ese monstruo llamado Slash, él perfectamente podría ser un guitar-hero. Lleva 20 años en la banda, parado en los zapatos que alguna vez calzó Izzy Stradlin, quien fue además un pilar en la composición de temas que no ha podido ser reemplazado. El tecladista Dizzy Reed —que se ve que es muy querido por Axl, ya que lo nombró tres veces—, que no es un miembro original pero casi, porque se subió al barco en 1990, también salvó el examen, al igual que su colega Melissa Reese. El baterista Frank Ferrer marcó el pulso, aunque quedó claro para todos los presentes que él no es Steven Adler ni Matt Sorum, los percusionistas que aporrearon los parches cuando la banda se comía al mundo.

Irse llenos. ¿Qué más? Que estuvieron presentes todos los éxitos: Welcome To The Jungle, Sweet Child O’ Mine, Patience, Don’t Cry y Paradise City (apoteósico final), además de las ya nombradas. Que casi todas las que si bien no fueron éxitos son infaltables estuvieron en el setlist: Estranged, Rocket Queen, Civil War (con video alusivo a la invasión a Ucrania incluido, algo que pareció un tanto forzado de más en una banda que jamás le dio pelota a los temas políticos) o Nightrain, entre otras. Que las piezas audiovisuales de Chinese Democracy y Civil War le dieron un toquecito político a la presentación; algo así como Roger Waters en 2018, pero en el otro extremo del abanico político. Que el afiche oficial del recital en Montevideo (cuatro dedos huesudos emergiendo de la arena sosteniendo una rosa) hubiese encajado más en Punta del Este.

Que el bis consistió en cuatro canciones. Que incluyeron en el repertorio a Shadow Of Your Love, un viejo tema que había quedado fuera del disco debut de 1987, Appetite For Destruction, que fue grabado como un lado B en ese mismo año, que lo dejaron de tocar en 1988 y que el grupo “resucitó” para el vivo en 2018. Que Patience fue precedida por una versión de Blackbird de The Beatles a tres guitarras acústicas entre Slash, Duff y Richard. Que si bien Chinese Democracy, Better y Sorry (del disco Chinese Democracy de 2008), así como Absurd y Hard Skool (singles editados en 2021) son buenas canciones, el público se limitó a escucharlas respetuosamente esperando las viejas gemas, las que van hasta los dos dobles Use Your Illusion de 1991. Que el público, unas 28.000 personas, quedó pipón. Y se fue haciendo un pogo —tranquilo, bien a la uruguaya— con ese clásico que pide que lleven a la Ciudad Paraíso, ahí donde el pasto es verde y las chicas son lindas.

Sí, hay momentos en que uno se encuentra con ese adolescente que fue, más allá de los años, los momentos vividos, los gozos y las sombras. Todo eso aparece, parado, al lado de uno, mirándolo sin terminar de analizar del todo lo que acaba de ver y oír. Y en ese momento, uno y otro son felices.