Hugo Millán: "No soy fervoroso de la moda"

 • Nombre: Hugo Millán • Edad: 64 • Ocupación: Vestuarista, escenógrafo, docente • Señas particulares: No tiene ningún hobby, desde niño le molesta que le toquen el pelo, vive con una gata llamada Solange

¿Qué tan creativo es a la hora de vestirse? Nada. Pensar en salir a comprar algo me genera incomodidad. No soy fervoroso de la moda. Soy más práctico. Más allá de ese rótulo de diseño, yo me considero más un técnico. Me siento más en la línea de un carpintero, un sanitario, un oficio que soluciona problemas. Mis vínculo con los talleres son muy constantes, y ahí no estás buscando elegancia. Lo que estás buscando es practicidad. En mis clases, se trata de entrenar una cosa para un objetivo que no va a coincidir con tus preferencias. Es jugar de otra manera fuera de lo que uno consume. Esa es la parte que a mí me gusta. 

Lo que nunca falta en su atuendo es una boina. ¿Tiene muchas? Sí, me gustaron siempre los sombreros y las variedades de sombreros. También por un tema de protección; las uso tanto en verano como en invierno. Ahora, por ejemplo, tengo una de lino, y ya tendría que pasar a otra que tenga otro material. Cuando viajo, me compro sombreros.

Siendo escenógrafo y vestuarista, su casa debe parecer un depósito. Nunca he logrado una casa, digamos, un estándar de confort. Siempre es como un exceso de cosas, algo en proceso. De hecho, de (la obra) Moulin Rouge hay seis bolsas en la puerta de casa. Es como dicen mis amigos, que debería pensarla como un taller y no sufrir tanto en tratar de que se acomode a una convención de casa. Mi casa está hecha de remates. Tengo muy pocas cosas nuevas. Todas son muy funcionales y tampoco hay muchos muebles. Durante muchos años dormí en el piso, y tenía que subir al mundo. Después de 30 años me mandé hacer una cama que fuera funcional. Que abajo me permitiera tener cajas, con rueditas donde tengo cosas de trabajo. Y ahora bajo al mundo, porque tiene una altura considerable que me permite aprovechar el espacio.

Vive con una gata que se llama Solange. Sí, cumplió un año ahora. Es una siamesa de dudosa estirpe. Y me la trajeron a prepo, porque no hacía un año se me había muerto la otra que tenía. Esa sí era siamesa de estirpe, Troya. Y su antecesor fue otro siamés, Teseo. Todo era muy griego, hasta que llegó este personaje que ya vino con nombre. Se llamaba Sol. Ese nombre no me interesaba. Y entonces dije: bueno, ya que viniste a prepo, y sos una usurpadora, te voy a poner un nombre más melodramático, de Almodóvar. Y le puse Solange, aunque al final le digo gata, y a veces se escapa el nombre de la anterior, pobrecita. 

¿Tiene hobbies? Ese es un tema en debate en mi cerebro siempre, porque envidio a la gente que tiene un hobby. Siempre he hecho lo que me gusta, pero hobbies no tengo. A los 20 años aprendí a nadar, a patinar, a remar. Me saqué el gusto de hacerlo, pero hoy no tengo la conducta ni de ir a nadar, ni de ir a remar y menos de patinar. 

Es docente hace al menos tres décadas, ¿tuvo que aggiornarse en el trato con sus alumnos? Muchísimo. Antes era todo más formal, y ahora es mucho más laissez faire; estoy en el pelotero todo el día. Esta semana a los grupos me vinieron la mitad, y eso me explota la cabeza. ¿Por qué me vino la mitad? Porque tienen la entrega de otra materia. Falta ese entrenamiento de pensar que estás en una globalidad y no podés descuidar todo, porque se te va la vida. Yo no puedo esperar que el niño mayor cumpla 18 para empezar a criar otro, entonces eso es un entrenamiento, lleva un tiempo. Lo otro es que de repente soy muy irónico, muy ácido, de mucho humor negro, y claro, es diferente de lo que vienen, del año anterior, que los tienen mucho más protegidos. Conmigo es: “Sacate las rueditas y pedaleá”. De repente pasás a ser el malo de la película, y al año siguiente ya no, el malo de la película es el que está en tercero, y es “te extraño, te extraño”, entonces te das cuenta de que vos también fuiste sobreprotector. 

Su padre era bailarín de tango. ¿Le enseñó a bailar? Siempre me encantó bailar, pero bailaba todo menos tango, porque mi padre nunca me enseñó. Aprendí solo con una escoba. Igual soy un desastre bailando tango. Pero después me bailo todo. El otro día tuve un cumpleaños de 15 y cuando empezó la música fui a bailar, y terminé cuando me fui. Es lo más divertido que hay. No tiene nada que ver con que estés más pesado o viejo. Con el ballet nunca (antes de diseñar escenografía y vestuario para el BNS) había tenido esa cercanía, de descubrir ese mundo, y es impresionante, es increíble el dominio del cuerpo, el vencer la gravedad. Y un sacrificio. Una cosa es ver la foto, que todos sonríen, y todo es maravilloso. Pero cuando ves los ensayos, el entrenamiento, es una maratón, es impresionante. 

El año pasado le enyesaron una pierna. ¿Qué le pasó? Un accidente estúpido, ayudando a dos amigos, dándoles lugar para que subieran a un remise a la vuelta de un cumpleaños, pisé mal en el borde del bitumen, en el pedregullo, y caí en la cuneta, en El Pinar, a las ocho de la noche. Hubo que sacar este cuerpito de ahí adentro. Además estaba en plena producción de la escenografía de Dido y Eneas, tenía que ir a los talleres; tenía que estar. Salí a buscar muletas y en mi edificio no tengo ascensor. Subía las escaleras sentado. Vivo en el primer piso, por suerte. Han sido mi punto débil las piernas, como buen capricorniano. Pero nunca me quebré, que es el pánico que siempre he tenido.