Joaquín Artigas protagoniza una versión humorística e ilustrada de la historia

Gonzalo Eyherabide publicó la novela gráfica Artigas, el patriota sin Patria, una irreverente y documentada visión del nacimiento de un país impensado

Conservadores, tradicionalistas, aficionados al Artigas marmóleo y de frases para el bronce, evadidos de la historia nacional desde más o menos sexto de escuela, abstenerse. O zambullirse y atenerse a las consecuencias. La historieta gráfica Artigas, el patriota sin patria, de Gonzalo Eyherabide (Editorial Planeta Cómic), es, al decir de la reconocida historiadora Mónica Maronna, una acertada “mezcla de creatividad artística, cultura e inteligencia” que permite salir de lo ensayístico y lo acartonado con lo que se suelen abordar las crónicas independentistas.

Si es que vale ese término. Porque, como le pregunta en esta historieta  un remilgado asistente a la Convención Preliminar de Paz, el 27 de agosto de 1828 en Río de Janeiro, a un Lord Ponsomby recién despierto de la peor pesadilla que podía tener un diplomático (ser transparente): “John, ¿vos inventaste esta batata sin siquiera pisar la Banda Oriental?”. Es que en esa instancia crucial para el surgimiento de lo que hoy es un país, en el que ninguno de sus futuros habitantes pensaba, había representantes del Brasil, del Imperio británico, de las Provincias Unidas (Argentina, bah) y de nadie más porque nadie más importaba a tales efectos. No, “uruguayos” no había.

Es “una historia documentada y desfachatada”, la definió Maronna. Es “un instrumento visual provocativo”, apuntó la artista visual y gestora Jacqueline Lacasa durante la presentación del libro el jueves 20 en el Museo Nacional de Artes Visuales. “Uruguay sufrió no ser un país durante casi todo el siglo XIX”, época en la cual José Artigas representaba “lo bárbaro”, agregó en ese mismo evento el escritor Jorge Chagas, quien fue fundamental para darle al autor la mirada de época sobre la temática afro, ya que el verdadero protagonista de la historia-historieta, porque uno siempre tiene que haber, es Joaquín Artigas, Nyamorol. “Si algo les disgusta de esta obra, sepan que fue adrede”, deslizó el propio autor durante la presentación.

Historietas, historias e Historias. Son varias historias las que se presentan en la historieta. Hay dos que podrían llamarse ejes: el proceso que llevó a lo que hoy es Uruguay a convertirse en un Estado libre, único y soberano, y de cómo la dinámica del progreso y el desarrollo de las civilizaciones naturalizó, parafraseando al historiador Felipe Pigna, autor del prólogo (y qué autor, y qué prólogo), la barbarie que significó la esclavitud, el saqueo a las naciones africanas y ese genocidio muy pocas veces reconocido como tal.

En el cruce de estas historias está Joaquín Artigas.

En su página web eyhistorietas.com, Eyherabide —historietista y escritor nacido en 1972, pasiones suyas subsidiadas por su rol como director y socio de la agencia de comunicación Larsen— cuenta que llegó a esta historia un 25 de agosto de 2020, en Punta Colorada, cuando quizá embargado por el fervor patriótico de la fecha (bueno, quizá no) se puso a googlear sobre los 33 orientales, número que, hoy se sabe, no fue tal. Uno de los nombres que le llamó la atención fue el de Joaquín Artigas, entre otros que hoy también son secundarios de peso en el libro como Dionisio Oribe y Pantaleón Artigas.

El fruto de ese interés fueron unos bocetos que él mismo subió a su cuenta de Instagram (@eyhistorietas) cuatro días después. Joaquín Artigas aparece, así lo señalan las fuentes historiográficas, como “criado” de los Artigas; hoy nadie desconoce que eso era un eufemismo para esclavo.

Todo Artigas, el patriota sin patria le insumió a Eyherabide dos años y medio de trabajo divididos en tercios: 10 meses para la investigación histórica, 10 para los guiones y los otros 10 para los dibujos. “En realidad esos tercios se superponen. Empecé bocetando y días antes de entrar a imprenta estaba haciendo ajustes históricos como agregarle el tilde que tenía en la ode ‘Libertad ó Muerte’ en aquella bandera de los 33”, cuenta Eyherabide a Galería. Todo aquel que ha escrito un libro sabe que no existe tal cosa como el “ya terminé”, hasta que el imprentero, y no el autor, impone el final.

El tramo referido a la investigación incluyó acceder a los registros parroquiales de la Catedral de Minas del nacimiento del  “ahijado” de Joaquín Artigas, Joaquín Lucas Artigas, en 1807 y a su propio casamiento con “María del Congo” en 1818, donde figura como “Joaquín Artigas de Mozambique”, todos esclavos de la familia del prócer. También hubo contactos con el historiador uruguayo Alex Borucki, de la californiana Universidad de Irvine, que lo ayudó en lo relacionado con las rutas del esclavismo. Newport, localidad bañada por el Atlántico en el norte de Estados Unidos, en Rhode Island, era el centro de este comercio que Eyherabide describe como la “primera gran multinacional”, de la cual la muy joven (y todavía ni fiel ni reconquistadora) Montevideo ya era una escala. 

Este contacto fue tremendamente útil para las detalladas viñetas relativas al viaje del Ascension, capitaneado por Samuel Chase, que luego de zarpar desde Newport  fue el primer barco que trajo esclavos a Montevideo directamente desde Mozambique, el 29 de enero de 1798. Entre ellos, un niño de entre 11 y 12 años separado de sus padres y hermanos llamado Nyamoro, rebautizado Joaquín cuando fue comprado por los Artigas y llevado a las tierras que la Corona española les había obsequiado a estos en Casupá, hoy en el departamento de Florida.

Es que Artigas, hoy el prócer, era parte de algo así como la “realeza” criolla. De no haber surgido ideas levantiscas en el continente, hubiese sido un alto funcionario al servicio de Su Majestad. “Es imponente ver las tierras que los Artigas tenían en Casupá. Esas cuatro ‘suerte de estancias’ fueron dadas como recompensa por el rey a su abuelo Juan Antonio”, cuenta el autor. Esas tierras, sobre las que pastaban miles de cabezas de ganado, eran enormes y luego fueron ampliadas con la compra de superficies linderas, agrega. Juan Antonio Artigas “fue el primer militar español asentado fijo en Montevideo, que llegó entre las 34 familias que acompañaron a (el fundador Bruno Mauricio de) Zabala. Luego su hijo Martín José (el padre de José Gervasio) fue gobernador y alcalde, entre otros títulos”. Todo este pedigrí está enumerado en una viñeta. “Era obvio en esa época monárquica que el linaje continuaría gobernando. Es bien distinto de la historia que pulió la ‘República’ para sus fines mitológicos”.

Buena parte de la historia pasa en Casupá y la cercana pulpería y no en Sauce, la localidad canaria más asociada al Padre de la Patria. “Antes de comenzar no tenía mucha noticia de las haciendas de los Artigas en Paso de los Troncos, a 11 kilómetros de Casupá. (Juan) Pivel Devoto y otros historiadores nos han hablado de ellas. Pero hablando con vecinos de Casupá, me contaron que la memoria sobre ellas se había perdido. El festival criollo de domas, jineteadas y payadas de las Mangueras de los Artigas, que se hace alrededor de las estructuras de piedra que esclavizados y semiesclavizados hicieron para el abuelo de José en esas tierras y al que concurren más de 8.000 personas anualmente, se hace solo hace 18 años. Hoy hay un recobre de la memoria enterrada. Por lo general, conocemos las tierras de los Artigas de Sauce, que constituían esencialmente un tambo, o las propiedades que como a cada una de las 34 primeras familias que poblaron Montevideo con Zabala les dieron: la casa en Ciudad Vieja, que ahora mismo está recuperando la Intendencia de Montevideo, y una chacra a orillas del Miguelete”, añade Eyherabide.

Gonzalo Eyherabide

Gonzalo Eyherabide

Pinturas de época. Gonzalo Eyherabide tiene una larga trayectoria en el humor. Su primera historieta fue Las aventuras de Maraño, publicada en la revista La oreja cortada en 1988. Sus tiras Mundo Farol y La Página del Dr. Rocaforte fueron ilustradas y coguionadas por él, junto con Marcos Morón, en la recordada Guambia, desde 1990 hasta su cierre. Ambos también acompañaron a Jorge Esmoris en sus aventuras radiales, Ajo y agua en X FM y Nacidos para perder en El Espectador. Su personaje el Profe Geyerabide, un nefasto periodista deportivo con demasiados anclajes en la realidad, lo ha acompañado por varias emisoras. En la misma tónica ha publicado Edmundo Sagardúa: notas de un periodista (2006), Expermiento Ponsonby (2007, también de historietas), Las semblanzas del profe (2014), Gestión de la marca Montevideo (2005-2008) (2018, por fuera del humor) y ¿A qué estamos jugando? (2018). Brecha, Guacho, La Revista del Sur y Lento también han albergado sus creaciones, textos y viñetas. Ah, y es el autor del diablito de la Trotsky Vengarán.

Quien ha seguido su carrera sabe de su gusto por lo absurdo y lo surreal en el humor, pero también por un anclaje en lo, digamos, culto. Artigas, el patriota sin patria es apto para todo público, con las salvedades ya consignadas; pero a más bagaje cultural (en la variante más amplia del término) tenga el lector, mejor.

“Ninguna escena es inocente”, advirtió Lacasa en la presentación, y tiene razón. Tanto que hasta los elementos que podrían ser ficción tienen una verosimilitud dada por los documentos y las costumbres de la época. Además, las referencias culturales traducidas en guiños narrativos o figurativos para deleite del lector atento (que van desde Popeye a Zitarrosa, de Casablanca a Fontanarrosa, del jazz a Don Quijote, de Onetti a Beethoven) enriquecen las viñetas, llenas de un rigor tanto histórico como poco conocido: nadie había visto a Artigas (el prócer) con una trenza, pese a que las crónicas de época así lo mostraban a sus treinta y algo, ni muchos saben que su magnánima frase “Clemencia para los vencidos” respondía a que su hermano Cucho estaba preso en Montevideo mientras se combatía en Las Piedras. ¿Quién dijo que una historieta no enseña?

Artigas (otra vez el Prócer) se humaniza y se lo coloca con la sensibilidad de su época. El Artigas bajado del mármol tenía ciertamente afinidad con los indios, algo que venía de familia, ya que el abuelo Juan Antonio había evitado una guerra con los charrúas sin más armas que la persuasión, toda una rareza para la época. Sin embargo, su postura ante la esclavitud de los negros traídos de África era mucho más acorde a esos tiempos: la toleraba. Tanto se lo baja del mármol que ni siquiera es el principal protagonista de la historieta.

Artigas (ahora Joaquín, el protagonista) es una nariz, una boca, un sombrero y un ojo del enorme El juramento de los Treinta y Tres Orientales, de Juan Manuel Blanes, de 1878. Es todo lo que se ve de él, tapado por los brazos y cuerpos de otros patriotas, pese a ser parte de la Cruzada Libertadora, pese a ser tan héroe en esa empresa como los demás, pese a que el cuadro tiene más de diecisiete metros cuadrados. Tiene más suerte que el otro negro que formó parte de la aventura, Dionisio Oribe, de quien solo se ve la parte de arriba de la cabeza. Por supuesto, sus pares caucásicos están mucho más y mejor desarrollados en el lienzo, faltaba más.

Lo de Blanes no es casual, sostuvo Chagas en la presentación, como tampoco es casual que por décadas el rol del Negro Ansina fue limitado al de un mero cebador de mate de José Artigas en Paraguay, cuando Joaquín Lenzina, tal su nombre, había sido militar, payador y poeta.

La presentación de este cuadro en 1877, que coincidió con el gobierno militar de Lorenzo Latorre, cuando se comenzó a cimentar la idea de Uruguay como Estado, cuando José Gervasio Artigas comenzaba a ser tallado en bronce, representa uno de los momentos más brillantes, cómicos, sorprendentes y emotivos a la vez de esta historia gráfica; ahora con Joaquín Lucas Artigas como protagonista, negro como su padrino (¿solo padrino?), pero libre. Todo eso y más está en la parte final, así que suficiente con el spoiler.

Eyherabide admite riendo que aún no se ha encontrado con la indignación de ningún fanático del Artigas marmóleo, ese que solo se despertaba para luchar y dejar alguna frase para la posteridad, y que nunca admitiría otro rol que el protagónico. Y quienes conocen el estilo del autor, con numerosos saltos espaciales y temporales, saben que conviene estar atentos para seguir el hilo. De cualquier forma, nadie mejor que él para decir a quiénes apunta esta historieta vuelta historia: “Yo creo que es una novela gráfica para todo público. Si te preguntás sobre esto que se dio en llamar República Oriental del Uruguay, que es un invento muy nuevo, si pensás en la Patria Grande que era el verdadero proyecto político de Artigas, si te inquieta entender de dónde provienen las principales riquezas que hace que hoy el primer mundo sea precisamente eso. Y si encima de vez en cuando te preguntás si la esclavitud sigue vigente, tal cual antes y también metamorfoseada y camuflada refinadamente, y si tenés ganas de reírte de nosotros mismos y del mundo en que vivimos, entonces es posible que te sientas un patriota apátrida y te reencuentres en este libro”.