En el cruce de estas historias está Joaquín Artigas.
En su página web eyhistorietas.com, Eyherabide —historietista y escritor
nacido en 1972, pasiones suyas subsidiadas por su rol como director y socio de
la agencia de comunicación Larsen— cuenta que llegó a esta historia un 25 de
agosto de 2020, en Punta Colorada, cuando quizá embargado por el fervor
patriótico de la fecha (bueno, quizá no) se puso a googlear sobre los 33
orientales, número que, hoy se sabe, no fue tal. Uno de los nombres que le
llamó la atención fue el de Joaquín Artigas, entre otros que hoy también son
secundarios de peso en el libro como Dionisio Oribe y Pantaleón Artigas.
El fruto de ese interés fueron unos bocetos que él mismo subió a su
cuenta de Instagram (@eyhistorietas) cuatro días después. Joaquín Artigas
aparece, así lo señalan las fuentes historiográficas, como “criado” de los
Artigas; hoy nadie desconoce que eso era un eufemismo para esclavo.
Todo Artigas, el patriota sin patria le insumió a
Eyherabide dos años y medio de trabajo divididos en tercios: 10 meses para la
investigación histórica, 10 para los guiones y los otros 10 para los dibujos.
“En realidad esos tercios se superponen. Empecé bocetando y días antes de
entrar a imprenta estaba haciendo ajustes históricos como agregarle el tilde
que tenía en la ode ‘Libertad ó Muerte’ en aquella bandera de los 33”,
cuenta Eyherabide a Galería. Todo aquel que ha escrito un libro sabe que
no existe tal cosa como el “ya terminé”, hasta que el imprentero, y no el
autor, impone el final.
El tramo referido a la investigación incluyó acceder a los registros
parroquiales de la Catedral de Minas del nacimiento del “ahijado” de Joaquín Artigas, Joaquín Lucas
Artigas, en 1807 y a su propio casamiento con “María del Congo” en 1818, donde
figura como “Joaquín Artigas de Mozambique”, todos esclavos de la familia del
prócer. También hubo contactos con el historiador uruguayo Alex Borucki, de la
californiana Universidad de Irvine, que lo ayudó en lo relacionado con las
rutas del esclavismo. Newport, localidad bañada por el Atlántico en el norte de
Estados Unidos, en Rhode Island, era el centro de este comercio que Eyherabide
describe como la “primera gran multinacional”, de la cual la muy joven (y
todavía ni fiel ni reconquistadora) Montevideo ya era una escala.
Este contacto fue tremendamente útil para las detalladas viñetas
relativas al viaje del Ascension, capitaneado por Samuel Chase, que
luego de zarpar desde Newport fue el
primer barco que trajo esclavos a Montevideo directamente desde Mozambique, el
29 de enero de 1798. Entre ellos, un niño de entre 11 y 12 años separado de sus
padres y hermanos llamado Nyamoro, rebautizado Joaquín cuando fue comprado por
los Artigas y llevado a las tierras que la Corona española les había obsequiado
a estos en Casupá, hoy en el departamento de Florida.
Es que Artigas, hoy el prócer, era parte de algo así como la “realeza”
criolla. De no haber surgido ideas levantiscas en el continente, hubiese sido
un alto funcionario al servicio de Su Majestad. “Es imponente ver las tierras
que los Artigas tenían en Casupá. Esas cuatro ‘suerte de estancias’ fueron
dadas como recompensa por el rey a su abuelo Juan Antonio”, cuenta el autor.
Esas tierras, sobre las que pastaban miles de cabezas de ganado, eran enormes y
luego fueron ampliadas con la compra de superficies linderas, agrega. Juan
Antonio Artigas “fue el primer militar español asentado fijo en Montevideo, que
llegó entre las 34 familias que acompañaron a (el fundador Bruno Mauricio de)
Zabala. Luego su hijo Martín José (el padre de José Gervasio) fue gobernador y
alcalde, entre otros títulos”. Todo este pedigrí está enumerado en una viñeta.
“Era obvio en esa época monárquica que el linaje continuaría gobernando. Es
bien distinto de la historia que pulió la ‘República’ para sus fines
mitológicos”.
Buena parte de la historia pasa en Casupá y la cercana pulpería y no en
Sauce, la localidad canaria más asociada al Padre de la Patria. “Antes de
comenzar no tenía mucha noticia de las haciendas de los Artigas en Paso de los
Troncos, a 11 kilómetros de Casupá. (Juan) Pivel Devoto y otros historiadores
nos han hablado de ellas. Pero hablando con vecinos de Casupá, me contaron que
la memoria sobre ellas se había perdido. El festival criollo de domas,
jineteadas y payadas de las Mangueras de los Artigas, que se hace alrededor de
las estructuras de piedra que esclavizados y semiesclavizados hicieron para el
abuelo de José en esas tierras y al que concurren más de 8.000 personas
anualmente, se hace solo hace 18 años. Hoy hay un recobre de la memoria
enterrada. Por lo general, conocemos las tierras de los Artigas de Sauce, que
constituían esencialmente un tambo, o las propiedades que como a cada una de
las 34 primeras familias que poblaron Montevideo con Zabala les dieron: la casa
en Ciudad Vieja, que ahora mismo está recuperando la Intendencia de Montevideo,
y una chacra a orillas del Miguelete”, añade Eyherabide.
Gonzalo Eyherabide
Pinturas de época. Gonzalo Eyherabide tiene una larga
trayectoria en el humor. Su primera historieta fue Las aventuras de Maraño,
publicada en la revista La oreja cortada en 1988. Sus tiras Mundo
Farol y La Página del Dr. Rocaforte fueron ilustradas y coguionadas
por él, junto con Marcos Morón, en la recordada Guambia, desde 1990
hasta su cierre. Ambos también acompañaron a Jorge Esmoris en sus aventuras
radiales, Ajo y agua en X FM y Nacidos para perder en El
Espectador. Su personaje el Profe Geyerabide, un nefasto periodista deportivo
con demasiados anclajes en la realidad, lo ha acompañado por varias emisoras.
En la misma tónica ha publicado Edmundo Sagardúa: notas de un
periodista (2006), Expermiento Ponsonby (2007, también de
historietas), Las semblanzas del profe (2014), Gestión de la marca
Montevideo (2005-2008) (2018, por fuera del humor) y ¿A qué
estamos jugando? (2018). Brecha, Guacho, La Revista del
Sur y Lento también han albergado sus creaciones, textos y viñetas.
Ah, y es el autor del diablito de la Trotsky Vengarán.
Quien ha seguido su carrera sabe de su gusto por lo absurdo y lo surreal
en el humor, pero también por un anclaje en lo, digamos, culto. Artigas,
el patriota sin patria es apto para todo público, con las salvedades ya
consignadas; pero a más bagaje cultural (en la variante más amplia del término)
tenga el lector, mejor.
“Ninguna escena es inocente”, advirtió Lacasa en la presentación, y tiene
razón. Tanto que hasta los elementos que podrían ser ficción tienen una
verosimilitud dada por los documentos y las costumbres de la época. Además, las
referencias culturales traducidas en guiños narrativos o figurativos para
deleite del lector atento (que van desde Popeye a Zitarrosa, de Casablanca a
Fontanarrosa, del jazz a Don Quijote, de Onetti a Beethoven) enriquecen las
viñetas, llenas de un rigor tanto histórico como poco conocido: nadie había
visto a Artigas (el prócer) con una trenza, pese a que las crónicas de época
así lo mostraban a sus treinta y algo, ni muchos saben que su magnánima frase
“Clemencia para los vencidos” respondía a que su hermano Cucho estaba preso en
Montevideo mientras se combatía en Las Piedras. ¿Quién dijo que una historieta
no enseña?
Artigas (otra vez el Prócer) se humaniza y se lo coloca con la
sensibilidad de su época. El Artigas bajado del mármol tenía ciertamente
afinidad con los indios, algo que venía de familia, ya que el abuelo Juan
Antonio había evitado una guerra con los charrúas sin más armas que la
persuasión, toda una rareza para la época. Sin embargo, su postura ante la
esclavitud de los negros traídos de África era mucho más acorde a esos tiempos:
la toleraba. Tanto se lo baja del mármol que ni siquiera es el principal
protagonista de la historieta.
Artigas (ahora Joaquín, el protagonista) es una nariz, una boca, un sombrero
y un ojo del enorme El juramento de los Treinta y Tres Orientales, de
Juan Manuel Blanes, de 1878. Es todo lo que se ve de él, tapado por los brazos
y cuerpos de otros patriotas, pese a ser parte de la Cruzada Libertadora, pese
a ser tan héroe en esa empresa como los demás, pese a que el cuadro tiene más
de diecisiete metros cuadrados. Tiene más suerte que el otro negro que formó
parte de la aventura, Dionisio Oribe, de quien solo se ve la parte de arriba de
la cabeza. Por supuesto, sus pares caucásicos están mucho más y mejor
desarrollados en el lienzo, faltaba más.
Lo de Blanes no es casual, sostuvo Chagas en la presentación, como
tampoco es casual que por décadas el rol del Negro Ansina fue limitado al de un
mero cebador de mate de José Artigas en Paraguay, cuando Joaquín Lenzina, tal
su nombre, había sido militar, payador y poeta.
La
presentación de este cuadro en 1877, que coincidió con el gobierno militar de
Lorenzo Latorre, cuando se comenzó a cimentar la idea de Uruguay como Estado,
cuando José Gervasio Artigas comenzaba a ser tallado en bronce, representa uno
de los momentos más brillantes, cómicos, sorprendentes y emotivos a la vez de
esta historia gráfica; ahora con Joaquín Lucas Artigas como protagonista, negro
como su padrino (¿solo padrino?), pero libre. Todo eso y más está en la parte
final, así que suficiente con el spoiler.
Eyherabide
admite riendo que aún no se ha encontrado con la indignación de ningún fanático
del Artigas marmóleo, ese que solo se despertaba para luchar y dejar alguna
frase para la posteridad, y que nunca admitiría otro rol que el protagónico. Y
quienes conocen el estilo del autor, con numerosos saltos espaciales y
temporales, saben que conviene estar atentos para seguir el hilo. De cualquier
forma, nadie mejor que él para decir a quiénes apunta esta historieta vuelta
historia: “Yo creo que es una novela gráfica para todo público. Si te preguntás
sobre esto que se dio en llamar República Oriental del Uruguay, que es un
invento muy nuevo, si pensás en la Patria Grande que era el verdadero proyecto
político de Artigas, si te inquieta entender de dónde provienen las principales
riquezas que hace que hoy el primer mundo sea precisamente eso. Y si encima de
vez en cuando te preguntás si la esclavitud sigue vigente, tal cual antes y
también metamorfoseada y camuflada refinadamente, y si tenés ganas de reírte de
nosotros mismos y del mundo en que vivimos, entonces es posible que te sientas
un patriota apátrida y te reencuentres en este libro”.