Llega al cine Alcira y el campo de espigas, el documental ganador del Premio del Público en el Festival de Cinemateca

El filme, realizado por el sobrino nieto de la poeta uruguaya Alcira Soust Scaffo, se estrenará el 4 de mayo

Él tenía apenas seis años cuando su tía abuela Mima volvió de México, en 1988. Su mente guardaba unos pocos recuerdos: su voz, los murales que pintaba y cuando le cantaba Las mañanitas a su hermano menor. Pero compartió poco tiempo de su vida con ella porque, en 1993, Alcira Soust Scaffo, su tía Mima, desapareció y perdió todo tipo de contacto con su familia. Hay un recuerdo concreto que a Agustín Fernández Gabard le quedó implantado en su cerebro: su madre diciéndole “la tía Mima no está bien, es que en México­ estuvo mucho tiempo encerrada en un baño”.

¿Por qué se encerró en un baño?, se preguntaba Fernández. O ¿quién la encerró? Eso y si encerrarse en un baño puede volver loca a una persona eran algunas de las interrogantes que permanecieron en su mente durante mucho tiempo. Para él, Alcira era la tía abuela que escribía poemas, que les hacía dibujos y que vivía un tiempo con ellos, otro tiempo en la casa de algún familiar, luego de otro, y así.

De grande, Fernández decidió dedicarse a la fotografía y el fotoperiodismo. Se volvió un apasionado por contar historias a través de imágenes e hizo de eso su profesión. Un día esa pasión se cruzó con la historia inconclusa de su tía Mima, un vacío que necesitaba llenar. De allí surgió un largometraje documental en el que el joven uruguayo se estrenó como director: Alcira y el campo de espigas.

A través de diversos testimonios, imágenes de archivo, poemas escritos con lapicera y papel, cartas y otros documentos, el sobrino nieto de Alcira logró reconstruir su historia. Lo hizo con una estética poética que le rinde homenaje, acompañada de un tono folclórico. En varias partes aparece una voz en off que simula ser la de la poeta, leyendo sus propios versos. De fondo, música instrumental: guitarras principalmente. Las transiciones son suaves pero la trama que construye Fernández tiene ritmo y atrapa. Es una historia real, contada por personajes reales, que de a ratos alcanza un nivel de delirio tal que parece una ficción.

El costado artístico. Ella era una maestra rural y trabajó en varias escuelas del interior de Uruguay. La última fue una ubicada en la localidad de Blanquillo (Durazno), donde ejerció hasta 1952, cuando el Centro de Cooperación Regional para la Educación de Adultos en América Latina y el Caribe (Crefal) le ofreció la posibilidad de continuar formándose en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Allí se fue también Fernández, más de 60 años después, con el equipo de producción del documental que comenzaba a tomar forma. Se encontraron con que Alcira cultivó unas cuantas amistades en Ciudad de México y pudieron conversar con algunas. Un amigo bastante más joven que ella la describió como “el alma de la fiesta” y “un personaje fuera de lo común”. Otra entrevistada dijo que era “agradable, simpática” y que la hacía “creer” en “la cultura”.

Es que Alcira no era solo poeta sino artista. Escribía, pintaba, dibujaba y acompañaba a otros en su arte. Por ejemplo, a Rufino Tamayo, el famoso pintor mexicano a quien conoció allí. Según contó un conocido de la uruguaya en Alcira y el campo de espigas, ella “se le pegaba” a Tamayo. Entablaron un vínculo tan estrecho que solo Alcira podía ingresar al búnker artístico de Tamayo. Nadie más. Era algo así como su asistente.

Alcira Soust Scaffo fue maestra rural, poeta y artista; su vida osciló entre el delirio y la cordura y estuvo internada en un hospital psiquiátrico más de una vez. Alcira Soust Scaffo fue maestra rural, poeta y artista; su vida osciló entre el delirio y la cordura y estuvo internada en un hospital psiquiátrico más de una vez.

La psicosis. Según varios testimonios, la gran protagonista del documental no era siempre flores, poesía y dulzura. Alcira era artista, quería vivir de eso y, como varios en el rubro, tuvo dificultades económicas. Muchas veces se quedó sin dinero y pasó su estadía en México viviendo en casas de amigos, azoteas y hasta en la propia UNAM. Una de sus amigas contó que en ocasiones Alcira “era agresiva”. Que mientras vivían juntas se iba y volvía sin dar explicaciones y que jamás hablaba sobre su vida en Uruguay.

Desde este, su país natal, su sobrina y su hermana contaron que en México Alcira perdió un hijo al tirarse de un auto en movimiento en la ruta. Ella estaba embarazada de siete meses y viajaba en el asiento del acompañante. Quien conducía era su pareja, que había tomado alcohol y, para ella, conducía muy rápido. Le pedía que bajara la velocidad pero él no hacía caso. En el asiento de atrás iban dos amigos, hombre y mujer, que también tenían un vínculo amoroso, y el conductor comenzó a hacer bromas respecto a cambiar de pareja. Alcira, molesta por los chistes y porque su novio no bajaba la velocidad, empezó a amenazar con tirarse del auto si él no cambiaba su actitud.

Y lo hizo. Abrió la puerta y se tiró. En ese accidente perdió a su hijo y todos sus documentos. Gloria, su hermana, terminó el cuento mirando a quien la entrevistaba y haciendo movimientos circulares con su mano cerca de la sien. “Ahí quedó...”, dijo. Y la palabra que le faltaba, según el gesto, era “loca”.

En 1968, el ejército mexicano tomó la ciudad universitaria de la UNAM, en el medio de una ola de manifestaciones estudiantiles. Por supuesto, allí estaba Alcira, que, según contó un amigo, se acercaba a los militares y les entregaba flores y poemas. Ellos los recibían pero no le daban respuesta alguna.

Durante la toma hubo más de 900 personas detenidas. Esta vez, Alcira no fue una de ellas. La poeta uruguaya permaneció adentro de la universidad, encerrada en el baño, durante los 12 días que duró la ocupación militar. Según testimonios, tomaba agua de a sorbos y en horas específicas para no deshidratarse y tampoco ser descubierta, y se alimentaba de papel higiénico.

El rodaje de Alcira y el campo de Espigas se realizó entre Uruguay y México. El rodaje de Alcira y el campo de Espigas se realizó entre Uruguay y México.

Uruguay. “Esta no es mi hermana”, pensó Gloria apenas la vio en el aeropuerto. Corría el año 1988 cuando Alcira volvió a Uruguay después de sufrir un nuevo brote psicótico en México. Para sus familiares, no fue fácil volver a verla y hacerse cargo de ella. Todos compartían que había cambiado, y mucho.

Su vida continuó siendo nómade, entre casas de familiares y distintas pensiones. Un día como cualquier otro, en 1993, Antonio Santos, un amigo mexicano, la llamó y no logró ubicarla. “No sabemos dónde está Alcira”, le contestaron del otro lado del teléfono. Al año siguiente, Gloria recibió un llamado de su hermana en el que le decía que tomara un papel para anotar la dirección donde ella se iba a encontrar. Pero la llamada quedó inconclusa y Gloria esperó que volviera a sonar el teléfono durante todo el día. Desde entonces, nunca más supieron nada de ella.

Alcira es “una poeta olvidada”, según su sobrino y director del documental, a lo que añade “e inolvidable”. Fue homenajeada con una exposición en la UNAM, sus poesías siguen resonando y ahora, con Alcira y el campo de espigas, su historia trascendió las fronteras uruguayas y mexicanas, fue vista por miles y obtuvo más de un reconocimiento. Para su realización, obtuvo el apoyo del Fondo para el Fomento y Desarrollo de la Producción Audiovisual Nacional (FONA) 2016 y del programa Montevideo Socio Audiovisual 2020. Este año participó en la Competencia Documental del Festival de Málaga (España) y ganó el Premio del Público en el 41er Festival Cinematográfico Internacional del Uruguay que organiza Cinemateca. A partir del jueves 4 de mayo, Alcira y el campo de espigas se exhibirá en salas de cine del país.

El largometraje finaliza con versos de Alcira Soust Scaffo convertidos en canción. Quien le puso voz fue la cantante uruguaya Ana Prada y la música de instrumentos de cuerda es de Carlos Casacuberta.

Se lo dije al viento

Viento de la tarde

Entre las espigas

Que me lleve el aire