Si bien los habitantes de la zona se daban cuenta de lo primero, no podían identificar lo segundo, hasta que contactaron con docentes y estudiantes del club de ciencias del liceo de Sauce. Desde allí se organizó la excavación —en plenas vacaciones— de la que surgieron los primeros objetos de la colección del todavía en formación Museo Paleontológico de Sauce. Pero ante tanta concentración de fósiles, se necesitaba mucho más que una sola excavación y mano de obra aficionada.
Sebastián Tambusso sostiene un fémur de perezoso gigante junto a Luciano Varela.
Hoy, con la participación de la Facultad de Ciencias a través del Laboratorio de Paleobiología y de la mano del paleontólogo Richard Fariña, el yacimiento en el arroyo Vizcaíno es considerado Monumento Histórico Nacional y ya son 2.000 los fósiles encontrados con valor patrimonial.
Las extracciones comenzaron a hacerse periódicas a partir de 2010, algunas veces resultaban en el hallazgo de 600 piezas, y otras, de 50. Luciano Varela y Sebastián Tambusso, licenciados en Ciencias Biológicas, son integrantes del grupo de excavaciones y creadores de Megafauna, un libro de huesos que, sin mencionar su amigable presentación y encuadernación cuidada, a través de modelos 3D, ilustraciones realistas y una plataforma digital, enseña cómo se veían los grandes mamíferos que habitaron América del Sur. Y claro, no es solo para niños.
Megafauna, de la Facultad de Ciencias de la Udelar, 140 páginas, 590 pesos. Disponible en todas las librerías.
Ambos profesionales ponen el foco en lo que pasa con el yacimiento del Vizcaíno y lo describen como “una movida muy local”. Gracias a la donación en 2018 por parte de la Administración Nacional de Educación Pública (ANEP) de dos contenedores para el predio del liceo, la sala de muestras y las condiciones de almacenamiento y orden de los huesos mejoraron considerablemente. Y es que, entendiéndose por fósiles a todo resto de un organismo vivo o su actividad con más de 10.000 años, es inherente lo delicado de su conservación.
Tratándose de huesos, uñas, pelos y hasta deposiciones, las piezas se deben cuidar del polvo, la humedad y la luz solar para que no se resequen, quiebren o pierdan el color, y así, la información. “Con sacarlos del lugar en el que están ya los estamos interviniendo suficiente. La idea es minimizar el impacto y preservarlos lo máximo posible”, señaló Varela.
Tanto para eso como para su reconstrucción se utiliza Paraloid, un polímero que se disuelve fácilmente en acetona y permite desde proteger hasta volver a unir el material. Muchos de los huesos se encuentran rotulados y en bolsas no herméticas tal y como salieron del yacimiento, húmedos y exudando. “Lo mejor que se puede hacer es dejarlos secar en una heladera, pero es imposible, necesitamos de una infraestructura enorme para eso”.
Todos los años el equipo de Fariña es invitado por distintas instituciones uruguayas a dar charlas educativas, apoyándose con diversos materiales, incluidos los fósiles. La idea es, a diferencia del libro que también reúne los hallazgos de otras investigaciones, atraer la atención al yacimiento del arroyo Vizcaíno en particular, revincular su actividad con la población local y que los visiten durante las excavaciones. Según Varela y Tambusso, los niños se interesan mucho porque “siempre pasa que a determinada edad los dinosaurios llaman la atención. Les explicamos que, además de los dinosaurios, otros megaanimales pisaron acá”.
Un cementerio de perezosos. Aunque la cifra de 2.000 fósiles ya sea sorprendente, y Varela y Tambusso aseguren que todavía queda por lo menos el doble por encontrar, no es lo mismo hacer este hallazgo dentro de un terreno equivalente a lo que ocupa un monoambiente que a lo que ocupa el Estadio Rungrado (el más grande del mundo, en Corea del Norte). El del Vizcaíno es el caso de 200 decenas de huesos desperdigados en un espacio de no más de 30 metros cuadrados y enterrados a una profundidad media de 60 centímetros, en sedimento blando.
Si bien en cada excavación hay que represar el flujo del arroyo, la dificultad no está en el hallazgo sino en el cuidado de su extracción, contaron los expertos. La mayoría de las veces los desentierran con las manos y en ocasiones se ayudan con herramientas de modelado en arcilla.
Piezas de caparazón de Gliptodonte.
Estos fósiles —que aunque en su mayoría corresponden a una especie endémica de perezoso gigante adulto (lestodon) y gliptodontes, mastodontes, tigres dientes de sables y osos— cuentan la historia de mamíferos gigantes extintos, pero además tienen la potencialidad de aportar evidencia sobre la presencia humana en la zona mucho antes de lo estudiado.
La ciencia estima que el ser humano llegó a América del Sur por primera vez hace aproximadamente 16.000 años y la megafauna se extinguió hace 10.000. Que el humano convivió con ellos durante por lo menos 5.000 años no es ninguna novedad, y cómo interactuaban también es objeto de estudio para estos investigadores. Pero el asombro entra cuando muchos de los huesos encontrados, datados en alrededor de 30.000 años (sin humanos), presentan marcas como hendiduras, que difícilmente puedan ser atribuibles a otra cosa que a herramientas de piedra. ¿La respuesta? Seguir excavando hasta encontrar más evidencia, como lascas de piedra o puntas de flecha.
El equipo del laboratorio se interesa mucho en la llegada del ser humano al continente por su posible repercusión en la desaparición de estas especies. En algunos casos, estos animales eran cazados o al menos se utilizaban partes de ellos, como el cuero o las piezas duras, y se está estudiando qué tan importante fue esa presión de caza para influir en la extinción de esta megafauna.
En qué momento y bajo qué condiciones climáticas apareció el hombre son preguntas cruciales para entender desde dónde arribaron, si atravesaron el estrecho de Bering o si llegaron desde el Atlántico norte o cruzaron el Pacífico. La versión más extendida es la primera, por Bering, ya que el último máximo glaciar de la era del Pleistoceno lo hubiese permitido. En cualquier caso, se muestra que la llegada del humano desde África, primero a Asia y Europa, y luego hacia las Américas, se correlaciona bastante con la desaparición de estos animales en cada continente. ?La investigación, que está en continuo desarrollo, tiene además otra arista: buscarle una explicación a la cantidad de fósiles que se acumularon en la zona, un evento único en el continente. Como la datación de estos huesos corresponde más o menos a un mismo tiempo, la conclusión inmediata es pensar en una muerte masiva ocasionada por alguna catástrofe. Pero ¿y las marcas?
Cuáles, cuáles, cuáles. Hay una certeza: todos estos fósiles y las ilustraciones del libro corresponden a animales que efectivamente pisaron esta misma tierra; ya sean autóctonos, como el caso del perezoso, o especies peregrinas como los mastodontes o dientes de sable, que descendieron del norte gracias al istmo de Panamá que unió las Américas, fenómeno conocido desde la Paleobiogeografía como el Gran Intercambio Biótico Americano.
“En un momento de la historia evolutiva estos bichos se hicieron gigantes, posiblemente por el clima o para evitar la depredación”, sostuvo Tambusso. Pero los animales más grandes siempre son los más propensos a la extinción, ya sea por sus tiempos de gestación más largos o porque su enorme apetito agota rápidamente los recursos, sin mencionar que son los primeros en ser cazados.
Algunos de ellos todavía conservan a sus análogos vivientes, como los gliptodontes en los armadillos. Los primeros acabaron extinguiéndose por su gran tamaño, mientras que los armadillos todavía siguen en carrera. Otras familias desaparecieron por completo, como los toxodon o los macrauquenias, no ungulados que eran exclusivos de América del Sur. Eso es lo que hace más difícil el estudio de estos animales, que no tengan un análogo con vida a través del cual comprender sus comportamientos. Lo más cercano al toxodon en la actualidad son los caballos, pero con ancestros en común de millones de años atrás. Sí, había caballos también junto con los megaanimales y antes de los españoles, pero terminaron extinguiéndose y luego fueron reintroducidos en la colonización.
Es a través de los fósiles que se pueden conocer las reglas de convivencia entre tanta mezcla de especies: depredadores como el tigre y el oso con elefantes, ciervos, caballos y perezosos. Cuál depredaba a cuál, cómo eran sus dietas, la competencia por el alimento y cuáles estaban allí circunstancialmente. “Estamos hablando de cerca de 12 especies de animales gigantes conviviendo, es muy interesante lograr entender cómo estas poblaciones eran viables”, señaló Varela.
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Lograr la desextinción.
La pérdida de la biodiversidad acompañada de la extinción de las especies es uno de los problemas actuales del que la humanidad es responsable, y la Fundación Mundial de los Animales (WAF, por sus siglas en inglés) predice que la mitad de todas las especies podrían llegar a extinguirse para el 2050.
Es dentro de ese contexto para nada alentador que en la compañía estadounidense de genética y biociencias Colossal se desarrolló una solución “por el planeta, la naturaleza y el futuro”; un modelo de eliminación de la extinción.
Buscando reactivar “el latido del corazón ancestral de la naturaleza”, el equipo del genetista e ingeniero molecular y químico George Church se propuso a partir de la ingeniería genética, la biología restaurativa, reconstrucciones de ADN de megafauna perdida y un cuidado proceso de reintroducción, “volver a escuchar el trueno del mamut lanudo sobre la tundra”.
Parecería toda una locura. Una que pasó de presentarse tímidamente como la trama de una exitosa saga de películas de dinosaurios en el año 93 a ser algo no tan descabellado de la mano de la ciencia moderna. Con promesas de mejorar el planeta, este laboratorio pone sobre la mesa un objetivo tan ambicioso como peligroso: revivir especies extintas, particularmente el mamut, y devolverlas a sus hábitats originales dentro de los próximos cinco años.
Colossal también se propone reconstruir los entornos de estos animales para revertir los daños del cambio climático. En el caso del híbrido elefante-mamut, tolerante al frío, la reconstrucción equivale a la reintroducción de un gran mamífero herbívoro en ambientes de tundra, para restaurar de inmediato el papel de este bioma como protector del clima y equilibrador de los gases de efecto invernadero.
“Hay que tomarlo con muchas pinzas”, advierten los biólogos Varela y Tambusso. “Estás implantando ADN de un mamut en un elefante. No vas a lograr un mamut actual”. Para ellos, el esfuerzo estaría mejor invertido en un proceso de rewilding destinado a devolver los espacios actuales a un estado más cercano al previo a la intervención humana, y así proteger los procesos naturales y la diversidad de hoy. Algo así como un proyecto de conservación a gran escala de las especies en peligro de extinción que todavía persisten, antes de introducir una dinámica entorno-animal de la era del Pleistoceno.