Ni bien saqué pasajes para viajar a Barcelona, le escribí a una amiga que vive allí hace años y enseguida me hizo notar la suerte que tenía. “Vas a estar aquí justo el Día de Sant Jordi, que es hermoso”, me dijo.
Crónica de un día por Sant Jordi, la fiesta catalana que une a la ciudad de Barcelona y fomenta la cultura
Ni bien saqué pasajes para viajar a Barcelona, le escribí a una amiga que vive allí hace años y enseguida me hizo notar la suerte que tenía. “Vas a estar aquí justo el Día de Sant Jordi, que es hermoso”, me dijo.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáAturdido por lo que implica la planificación de un viaje y la ansiedad que tenía por conocer los principales puntos turísticos de la ciudad, le resté importancia a su mensaje. Hasta que pisé Barcelona y enseguida me acordé de ella porque ya los carteles en el aeropuerto anticipaban la fiesta del 23 de abril.
No tuve que googlear de qué va Sant Jordi porque representa tan intensamente el espíritu de los catalanes que los propios locales me contaron de qué se trataba a menos de dos horas de haber llegado a la ciudad.
Con este afiche, el Ayuntamiento de Barcelona promocionó la edición 2024 de Sant Jordi.¿Qué se celebra? En definitiva, la fecha conmemora el fallecimiento del soldado Sant Jordi (San Jorge, en español), considerado patrón de la ciudad de Barcelona, al igual que de otras importantes comunidades de España y Europa.
Pero la fecha también está cargada de simbolismos. Según relata una leyenda, en el sur de Cataluña un dragón aterrorizaba a los ciudadanos, exigiendo a diario el sacrificio de una persona, que era elegida por sorteo. Un día la desdicha le llegó a una princesa, y cuando todo parecía perdido, apareció el valiente Sant Jordi y la salvó acribillando al dragón. Se dice que del suelo donde cayó la sangre del dragón creció un rosal con rosas rojas, y el caballero, triunfante, arrancó una y se la regaló a la princesa. Por ese relato es que hoy es tradición que los hombres les regalen a sus enamoradas una rosa en cada fiesta de Sant Jordi.
Da la casualidad de que la celebración cae justo en el Día Internacional del Libro, por lo que la fiesta es por partida doble. Cada 23 de abril, las librerías copan las calles de Barcelona con descuentos atractivos y reconocidos autores se acercan a los lectores a firmar sus más recientes publicaciones. Y para complementar la leyenda de Sant Jordi, las mujeres que reciben rosas de sus parejas agradecen el cumplido regalando un libro.
Una ciudad en la calle. En este contexto salí a la calle el 23 de abril, ya con una noción de lo que me podría encontrar. Era martes y Sant Jordi volvía a caer en un día laboral tras dos años, por lo que se esperaba que fuera más corto, pero no por eso menos intenso.
Después de un paseo matutino por la Barceloneta me entregué por completo a la experiencia, dejando de lado todo tipo de planificación. Lejos de la zona de más movimiento, ya notaba que se trataba de un día particular: los locales comerciales tenían decoración especial en sus fachadas, en las calles sonaba música en vivo, había foodtrucks de todo tipo y los barceloneses estaban de mejor humor que en días anteriores. Los turistas, como yo, no parábamos de sacar fotos.
A medida que me acercaba a plaza Cataluña, aumentaba el caudal de gente. Me encontré con un grupo de jubilados bailando flamenco, con un hombre disfrazado de dragón que emulaba la leyenda de Sant Jordi y hasta con perros lookeados para la ocasión.
Incontables puestos de venta de rosas adornaban las calles. La mayoría eran atendidos por jóvenes que intentaban recaudar fondos para organizaciones benéficas o equipos deportivos. Algunos de los puestos eran bien austeros, mientras que otros parecían pertenecer a cadenas y ofrecían rosas de colores e incluso la posibilidad de personalizar el regalo.
Entré a la Casa del Libro y a FNAC, una de las librerías y disquerías más grandes de España, en busca de libros para regalar y regalarme. Una de las vendedoras amablemente me sugirió volver al día siguiente, pues era casi una misión imposible hacer una compra en tal caos.
Seguí rumbo a Las Ramblas y me encontré con la misma historia: rosas de todo tipo, pero también variada literatura. Los puestos de rosas se intercalaban con los de las librerías y las editoriales, que aprovechaban la oportunidad para presentar sus últimas novedades. Allí predominaban los autores catalanes, los escritores jóvenes y quienes se especializan en temas específicos, como historia, cómics o literatura infantil.
Cuanto más tarde, más poblada estaba la calle. En el Paseo de Gracia se desarrolló una de las ferias de libros más importantes del festival, que no solo reunió a algunas principales librerías de la zona, sino que también convocó a escritores, que tuvieron el ánimo y la paciencia de firmar sus últimos libros.
Entre los autores más destacados de esta edición de Sant Jordi se encontraban Carmen Mola, Sonsoles Ónega, Juan del Val, Javier Castillo, Eva Baltasar y Rosa Montero, además de algunos que no están usualmente asociados al mundo de las letras, como el expresidente de España José Luis Rodríguez Zapatero y el exfutbolista de Barcelona y Milan, entre otros equipos, Bojan Krkic.
Pero entre los más aclamados estaban Pablo Vierci y Juan Antonio Bayona, el escritor de La sociedad de la nieve y el cineasta que llevó el libro a los cines y transformó la historia en una de las películas más vistas del año. Pese a que estuvieron firmando libros en más de un punto de la ciudad, no los pude ver. Era tanta la gente alrededor de ellos que para acercarse había que hacer filas de horas y horas, que ni siquiera garantizaban la firma.
Juan Antonio Bayona y Pablo Vierci firmaron ejemplares de La sociedad de la nieve en distintos puntos de la ciudad.Pese al frío que hizo ese día, las calles también fueron el escenario ideal para artistas locales y programas de televisión y streaming que eligieron salir al aire frente a multitudes que se agrupaban para verlos de cerca. Hablaban en catalán y entendí muy poco. Una pena, porque el público parecía disfrutarlos.
Entre esa locura de gente, vi pasar a un camarógrafo y una periodista de Antena 3, que buscaban mostrar el ambiente que se vivía en la zona. Por un segundo me pregunté qué diría si se me preguntara sobre Sant Jordi. “Los barceloneses tienen una fiesta preciosa y deben valorarla. Es increíble ver tanta gente haciendo fila para comprar libros; ojalá sucediera en mi país”, pensé. Nadie me preguntó, pero ese escenario ficticio me sirvió para tomar perspectiva y reflexionar al respecto.
Un enorme escenario en plaza Cataluña albergó diferentes demostraciones artísticas durante la jornada.
Final feliz. La Casa Batlló, diseñada por el arquitecto emblema de Barcelona Antoni Gaudí, representa como pocos sitios el espíritu de Sant Jordi y, por eso, a su alrededor se organizan algunas de las actividades más importantes del día.
Si se observa detenidamente su fachada, fotografiada por casi toda persona que visita la ciudad, se pueden encontrar elementos como tejas similares a las escamas de un dragón, un balcón central en forma de flor que representa a la princesa, balcones más pequeños que parecen calaveras y honran a las supuestas víctimas de la fiera, y una cruz de cuatro brazos que remite a la empuñadura de la espada de Sant Jordi.
Todos los años, del 21 al 23 de abril, esta fachada se viste con enormes rosas, a la vez que en la boutique de la casa se comercializan productos que cuentan la historia de esta celebración.
A último momento conseguí entradas para ingresar a la Casa Batlló. No solo quedé fascinado con la creatividad de Gaudí puesta al servicio de la arquitectura y el urbanismo, sino que me maravilló ver el Paseo de Gracia desde lo alto para terminar de dimensionar la cantidad de gente que, por un día, deja todo de lado para gozar de su ciudad y de un sinfín de actividades culturales, dispuestas al alcance de todos.
La fachada de la Casa Batlló, de Antoni gaudí, relata la leyenda de Sant Jordi. Es por eso que miles de personas se reúnen a sus alrededores cada 23 de abril.
Nuevamente en plaza Cataluña disfruté de unos pintxos y una caña bien helada en una taberna vasca. Cuando el frío tomó definitivamente la ciudad y la fiesta se terminó de apagar, caminé hacia el hotel. Me crucé con mujeres y parejas con rosas, y con hombres y mujeres con libros, de diferentes edades y orígenes. Era martes a la noche y al otro día había que volver a trabajar, pero sus caras no evidenciaban esa preocupación. La habían pasado bien.