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Se estrena La uruguaya, el primer proyecto de Orsai Audiovisuales

El filme, dirigido por la argentina Ana García Blaya y basado en la novela homónima de Pedro Mairal, se rodó de los dos lados del Río de la Plata y llega este jueves 17 a los cines uruguayos

Parecía una locura pretender filmar una película en Argentina y Uruguay en plena pandemia de Covid-19. Y más locura era querer financiar la película con la participación de personas, gente común y corriente, que quisiera apostar por un proyecto que, quizás, les diera algún rédito económico. “No lo van a lograr”, pensaba Ana García Blaya, viéndolo desde fuera. Pero cuando un día de verano recibió la llamada de Hernán Casciari y Christian Basilis, directores del proyecto Orsai Audiovisuales, ofreciéndole dirigir la película, aceptó sin pensarlo. Y luego, cuando lo pensó, reafirmó su decisión.

Es que ella ya formaba parte de la comunidad Orsai. Compraba sus revistas, que se sustentaban con el mismo modelo económico que pretendían aplicar para la productora audiovisual, y funcionaba. García Blaya sabía que funcionaba.

El proyecto de película llevaba el título de La uruguaya, y sería una adaptación de la novela homónima del argentino Pedro Mairal para la pantalla grande. El personaje principal es Lucas Pereyra (interpretado por el actor Sebastián Arzeno), un escritor argentino deprimido y malhumorado, casado, con un hijo chico. De pronto la economía familiar se desequilibra y Pereyra piensa un plan para evadir los impuestos a los movimientos de capital y las restricciones cambiarias que impone su país.

Antes de ejecutar su plan, en un festival literario en una playa uruguaya el escritor argentino conoce a Magalí Guerra (Fiorella Bottaioli), con quien de forma instantánea genera una química que termina en besos y casi en sexo. Ese plan para salvar la economía familiar implica un nuevo viaje a Uruguay, que tiene como segundo (o primer) objetivo un reencuentro con Guerra. Pero las cosas no saldrán exactamente como las había pensado.

El argentino Sebastián Arzeno y la uruguaya Fiorella Bottaioli son los co-protagonistas de la película.  El argentino Sebastián Arzeno y la uruguaya Fiorella Bottaioli son los co-protagonistas de la película. 

Cuando el proyecto de película empezó a tomar forma y esa gente común y corriente comenzó a decidir invertir parte de su dinero en él, para convertirse en socios productores, Casciari y Basilis salieron a buscar a alguien que dirigiera la película. Las candidatas eran dos, una de ellas García Blaya. Su nombre surgió porque Basilis había visto la primera (y hasta entonces única) película dirigida por ella, Las buenas intenciones, y lo había conmovido. En seguida la compartió con Casciari, que al verla se emocionó hasta las lágrimas, según contó en una publicación en la cuenta de Instagram de Orsai.

Después de ver la ópera prima de García Blaya, Basilis investigó y descubrió que ella había escrito el guion de la película en un taller de escritura, sin saber nada de cine. Lo hizo tras la muerte de su padre y, sin ninguna expectativa, lo presentó en el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales de Argentina y ganó un concurso que le dio la plata para materializar ese guion. Pero, en plena producción del filme, a la directora y su socio, Joaquín Marques, se les devaluó el dinero obtenido y el presupuesto se redujo casi a la mitad. Sin embargo, a pesar de ese gran obstáculo, Las buenas intenciones se hizo realidad en la pantalla. 

“¿Te das cuenta?”, le dijo Basilis a Casciari. “La hicieron con poca plata...”, agregó. García Blaya empezaba a tomar fuerza como candidata a directora del primer proyecto de Orsai Audiovisuales y decidieron buscar más información sobre ella. En una noche de desvelo, Casciari se dio cuenta de que el nombre y los apellidos de la directora le sonaban de algún lado, entonces buscó en su cuenta de correo electrónico para ver si alguna vez había conversado con ella. No se encontró con un resultado, sino con varios. García Blaya había sido alumna de uno de los talleres literarios de Orsai y había compartido un asado con Basilis en 2013. Basilis, también desvelado, descubrió que la directora había escrito en una edición de la revista, aunque Casciari no lo recordaba.

Una de las escenas de La uruguaya, en una librería de Montevideo.  Una de las escenas de La uruguaya, en una librería de Montevideo. 

Si algo faltaba para terminar de decidirse por García Blaya eran las casualidades, las señales del destino, los guiños. Y las rimas. Un día de diciembre Basilis se decidió a llamarla y ella contestó que justo estaba de vacaciones con la novela de Mairal encima de su mesa de luz. “Ana García Blaya estaba leyendo La uruguaya”, escribieron en otra publicación del Instagram de Orsai.

La película se hizo realidad con la dirección de la mujer objeto de tantas casualidades y la participación de 1.961 socios productores que, en una etapa inicial, aportaron un total de 600.000 dólares. Pero no solo invirtieron su dinero, sino también su tiempo e interés en algunas decisiones durante el proceso. Muchos de ellos participaron en el casting de actores mediante una votación virtual entre diferentes candidatos, opinaron sobre cambios en la trama, participaron en reuniones del núcleo duro de producción y dirección del filme e incluso hicieron de extras en alguna escena.

La uruguaya se filmó, se editó y se proyectó en dos preestrenos sobre fines de 2022: el primero en Montevideo y el segundo en Buenos Aires, a los que se invitó a los socios productores. A partir de entonces, la película no paró de cosechar éxitos. Participó en el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, que le dio a García Blaya el premio a la Mejor dirección; obtuvo también el galardón a la Mejor película en el Festival Iberoamericano de Cine de Miami, y dos premios en el Festival Internacional de Cine Cannábico: premio del público y mejor película.

Galería conversó con García Blaya sobre la experiencia de participar en el primer proyecto de Orsai Audiovisuales, dirigir un filme en plena pandemia, interactuar con casi 2.000 socios productores y obtener premios y reconocimientos.

Ana García Blaya, directora de La uruguaya.  Ana García Blaya, directora de La uruguaya. 

¿Cómo fue su reacción cuando la contactaron Hernán Casciari, fundador de la editorial Orsai, y su socio, Christian Basilis, para ver si le interesaba dirigir La uruguaya?

Mi reacción fue de sorpresa. Ya sabía lo que estaban haciendo y me parecía una locura total, un delirio, en medio de la pandemia ponerse a juntar plata para hacer una película. Más aún con lo difícil que estaba la industria del cine, al menos en Argentina. “No lo van a lograr”, pensaba. Yo era parte de la comunidad Orsai y lo estaba viendo de afuera. Pero dije que sí inmediatamente, después lo pensé y mantuve mi decisión. Dije que sí porque era una oportunidad de filmar una película.

¿Le produjo dudas el modelo económico en el que se iba a sustentar el proyecto audiovisual?

No. Ese modelo ellos lo aplicaban a algo mucho más chico, que era su revista (Orsai). Yo la compraba, la pagaba y la recibía unos meses después, y es una revista literaria de altísima calidad. Creo que por eso la gente lo siguió a Hernán (Casciari), porque les venía cumpliendo con la revista y con sus libros. Pero me parecía una locura pensar que podían escalar eso al rubro audiovisual. Me sorprendió porque lo hicieron y en muy poco tiempo. De repente me llamaron para decirme: “Tenés la plata, hacé la película, compartí el proceso con la gente que puso la plata y, si la peli se vende, cada persona que puso plata va a recibir el porcentaje que le corresponda”. Y fue así.

Cuando la llamaron, usted ya tenía su propio equipo de trabajo, con el que había filmado su ópera prima Las buenas intenciones. ¿Cómo fue la integración de ese equipo con el de Orsai Audiovisuales?

Yo había filmado una sola peli y pensaba llamar al mismo equipo, o por lo menos a las cabezas de equipo, porque el resto iba a ser de Uruguay. Y entendieron perfecto. En las reuniones de Zoom a veces el equipo no entendía por qué éramos 500 personas, y era una cosa medio pedagógica también porque ellos a través del podcast o streaming contaban cuál era su trabajo. Quien había puesto plata aprendía un montón sobre el hacer audiovisual. Al principio a los integrantes del equipo les chocó, pero después entendieron que estaba bueno y que gracias a toda esa gente que había puesto plata estábamos trabajando ahí. Así que fue bárbaro, la verdad.

¿Sintieron alguna presión por esto de tener que comunicar lo que estaban haciendo y hacer parte de algunas decisiones a casi 2.000 productores?

Pensé que iba a ser difícil, justamente, estar siendo observados o auditados por tanta gente, pero la verdad que no. Fue una contención enorme, porque sentíamos el apoyo, nos traían soluciones. Esta red de contactos de repente se transformó en un músculo productivo que conseguía locaciones, venían como extras, traían autos. Tuvimos que cortar la rambla de Montevideo por seguridad pero, a la vez, tenían que circular autos, y esos autos tenían que ser controlados por nosotros. Esos autos eran de los coproductores que los traían. Además, ¡con una buena onda! No era gente que venía a trabajar de mal humor, sino gente que venía entusiasmada. Cuando actuaban de extras les teníamos que pedir que no estuvieran tan felices. Había una cosa muy linda, contenedora, alentadora y de compañerismo absoluto.

García Blaya, Bottaioli y el equipo de maquillaje y peinado durante el rodaje de la película.  García Blaya, Bottaioli y el equipo de maquillaje y peinado durante el rodaje de la película. 

¿Qué otros desafíos tuvieron que enfrentar durante el rodaje?

El desafío principal fue la pandemia. El casting, que también fue votado por la comunidad... Los dos coprotagonistas no se conocieron hasta dos semanas antes de filmar, porque uno estaba en Buenos Aires y la otra en Montevideo. Eso fue una dificultad porque yo no pude verlos juntos ni saber si iban a tener química, fue todo un riesgo. Y viajar, los extras, cada persona que venía al set tenía que ser testeada para ver si no tenía Covid-19. Mucho presupuesto se nos fue en ese protocolo, y esa fue la principal contra. Tuvimos poco tiempo para filmar, mucho tiempo haciendo cuarentena al viajar a Uruguay y también al volver a Argentina. Todo eso era tiempo y dinero que se iba. Además me hubiese encantado filmar la ciudad más orgánicamente y no podía, porque estaba todo el mundo con barbijo. Imágenes que podría haber “robado” de la ciudad funcionando con naturalidad, todo eso no lo pude hacer.

¿Cuánto tiempo llevó en total el rodaje de La uruguaya?

Fueron tres semanas en Montevideo y una en Buenos Aires.

Si bien la película está basada en la novela de Mairal, usted como directora se tomó algunas libertades en la adaptación audiovisual. Una de ellas fue la de contar la historia desde una voz femenina: la de la mujer del protagonista. ¿Eso también fue conversado con los socios productores?

En el guion, la película tenía una voz en off masculina, la de Lucas Pereira (el personaje principal). La decisión de cambiar el punto de vista y la voz en off la tomamos en posproducción, cuando estábamos editando, porque sentíamos que no lo queríamos mucho a él siendo contado por él, era como insoportable. Nos pareció que una voz femenina y amorosa a la vez, no rencorosa sino comprensiva, superada, era algo que nos iba a hacer querer más al protagonista, y que iba a generar una cosa sorora entre las mujeres que coprotagonizan la peli. Fue una decisión que tomamos y que se respetó. A mí me dieron libertad absoluta y a la comunidad le entusiasmó. Les fuimos mostrando escenas, les mostramos el primer corte, todo antes de hacer el sonido y el color. Siempre entendieron las decisiones, por qué las tomábamos, cuáles eran los problemas que se nos estaban presentando, y acompañaron.

¿Cómo vivieron los preestrenos de la película para los socios productores en Montevideo y Buenos Aires? ¿Qué devoluciones recibieron?

La comunidad tenía tanta buena onda que yo pensaba: “No sé si estamos teniendo una devolución muy objetiva, porque esta gente sabe lo que costó cada cosa, entiende por qué se tomaron determinadas decisiones, y no sé si el público después la va a recibir con el amor con que la está recibiendo esta gente que, además, la siente propia”. Ellos hablaban de la película como “mi película”. Ellos no piensan que solo financiaron, porque participaron de verdad. Ahora, cuando se estrene comercialmente y la vea gente que no leyó el libro o no participó en el proceso, vamos a ver qué pasa. Porque desde adentro uno no sabe. Es como criar un hijo, vos entendés por dónde fue, por qué es así, y por ahí lo conoce un extraño y no entiende, y dice: “A mí no me conmovió”. Ahora se va a ver qué pasa realmente con la peli.

¿Cómo fue la experiencia de participar en el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, en el que recibió el premio a la Mejor dirección?

Lo que tuvo el festival de Mar del Plata fue que la mayoría de los coproductores, que son argentinos, asistieron y llenaron dos veces el auditorio, que tenía una capacidad enorme. Eso llamó la atención de otras personas que no sabían nada de esta película. No entendían por qué había participado tanta gente, se empezaron a interesar en el proceso y creo que llegó hasta los jurados la noticia. No sé qué es lo que premiaron, sentía que estaban premiando esta cosa colectiva de hacer, dirigir y contentar a todos en el proceso. Creo que me premiaron más por el proceso que por el subproducto que tal vez es la película, porque para mí el producto principal fue todo el proceso.

En un episodio del podcast Orsai Cine dijo que era todo un desafío hacer los subtítulos para la proyección internacional de La uruguaya, porque había que traducir algunos coloquialismos como el che, bo, ta, salado. ¿Cómo lo resolvieron?

¡Ay, sí! Al final yo ponía “bo” y en inglés no sé si lo traducían como “man” o qué, pero más o menos se entendió. A mí me gustaba que el “ta” o el “bo” quedaran puestos como estaban, porque significaban algo. Sonaban así, eran irremplazables. ¡Me costó entenderlo a mí, imaginate a un yankee! Pero me parecía que bueno... Qué sé yo, ¡googleen, loco! Total, tantas veces nosotros tenemos que entender cómo hablan ellos y cómo es la jerga en inglés. Bueno, que entiendan cómo hablamos acá, en Sudamérica.

Ahora está trabajando en un nuevo proyecto con Orsai Audiovisuales, ¿de qué se trata?

Sí, ahora Orsai Audiovisuales tiene un proyecto que se llama Cinco Pelis, en el que la gente compra bonos para presenciar la mesa de trabajo de grupos de guionistas que escriben cinco películas, una por día de la semana. Yo estoy los jueves con Chiri (Christian Basilis), que es el jefe de guionistas de La uruguaya. Estamos haciendo una película distópica sobre el fin del mundo. Está Tamara Tenenbaum con una comedia romántica; Pedro Saborido con una película para Diego Capusotto; Felipe Pigna está haciendo una película histórica, y está también Liniers haciendo una animación con Casciari los viernes, a partir de una historia sobre el Dibu (Emiliano) Martínez, el arquero de la selección argentina, que va a participar contando su historia. Ahí la gente se mete, es dueña de los guiones, con su aporte accede a una parte, y después puede seguir aportando para votar y elegir qué película va a producir Orsai. La que junte más dinero va a ser la que se produzca. El resto por ahí se vende y ahí la gente recupera el dinero que aportó. Siempre con el mismo sistema.