Angie Oña
o, mejor dicho, la psicoanalista rusa de origen judío Sabina Spielrein, recibe,
sola y su alma en un escenario que incluye dos pizarrones, un piano, una silla,
un escritorio y varios libros, al público que va llenando lo que la pandemia
deja llenar en el Teatro Victoria. En poco más de una hora resumirá los 56 años
de la vida de esta mujer que bajó a los abismos de la locura y pudo asomar la
nariz, explicará la influencia que tuvo en Sigmund Freud y Carl Jung, de quien
fue amante, dejará todo en la cancha en esta obra, Ser humana, que
requiere una gran exigencia física, recibirá risas contadas y calculadas y 200
ojos concentrados en ella, interactuará con el público cómplice, fulminará con
la mirada al idiota que no sabe que los celulares deben estar silenciados
durante la función, y se ganará una ovación de pie al final. Todos los ojos y
los aplausos son para ella.
“A nivel personal, en el proceso de
construcción de Ser humana el desafío mayor fue sostener y sobrevivir a
los ensayos”, cuenta a Galería la protagonista y dramaturga de esta obra
estrenada en 2018. Tan exitoso fue este unipersonal, o monólogo, que ha sido
repuesto en varias ocasiones, siempre atrayendo gente. Claro que no tener nadie
más en escena, no compartir con nadie la expectativa de los asistentes, tiene
sus bemoles: “Extrañé actuar con otras personas. La soledad se volvió dura en
muchos momentos”. Esta soledad, agrega, tiene una “interesante contracara”: “Te
conecta íntimamente con la mirada del director (Freddy González) y te demanda
un compromiso superior, te sumerge en cierto caos conflictivo personal que
habilita el encuentro con otro tipo de información actoral. Por otra parte, la
ausencia de la cuarta pared y la comunicación directa con la gente sentada en
la platea es fundamental, y eso hace que en los ensayos sin público se note bastante
su ausencia”.
Varias actrices encaran esa soledad
consigo mismas en los ensayos y frente al público en las funciones. En
setiembre, la cartelera ha incluido a No más flores, con Leonor Svarcas,
Amelia quería dormir, con April Ocaño, Rémora Divina, con Mavi
Pouso, El desmontaje, con Jimena Márquez, y la ya nombrada Ser humana
con Oña. El 15 de octubre, Florencia Infante lleva su Intensidad a
Colonia, esperando que sea el inicio de una gira por el país. En agosto, Noelia
Campo volvió a ponerse en la piel de Luce Mangione en La bailarina de
Maguncia y Leonor Chavarría presentó Casi Dahiana en la Delmira
Agustini.
Pero también hay otras
consideraciones que explicarían esta tendencia. “Las mujeres somos más
valientes”, ríe con mucha seriedad María Mendive, actriz y directora del
Instituto de Actuación de Montevideo (IAM). “Hay una realidad: somos muchas las
mujeres en el teatro, y pienso que somos más resolutivas”. Ella en particular
nunca actuó en un unipersonal aunque sí dirigió uno, Las Manolas, con
Manuela da Silveira en 2017, algo que le resultó “más trabajoso” que una obra
con un elenco más extenso. Florencia Infante aporta otro ángulo: “Hay más
notoriedad con los unipersonales femeninos porque está pasando algo interesante
con las mujeres: somos nosotras las que estamos llenando las salas”.
Matando fantasmas. Cuando el director y dramaturgo argentino Mariano
Tenconi Blanco convocó a Mané Pérez a protagonizar su unipersonal La fiera,
ella tembló. “Al principio, me dio muchísimo miedo. Se lo comenté a un actor
amigo y me dijo: 'Hacelo, Mané, ¿sabés todos los fantasmas que matás?' Y fue
tal cual. Tanto me gustó que luego hice otro monólogo, Ella sobre ella”.
Por La fiera, una mujer que
se transforma en tigra para matar o mutilar a violadores y abusadores, una obra
que le exigió actuar, bailar y cantar (con la compañía de un pianista y una
percusionista que no la secundaban en escena), además de desarrollar el acento
de algún lugar inubicable en Tierra Adentro, ella se llevó el premio Florencio
a mejor actriz de unipersonal en 2016.
¿Y a qué fantasmas tuvo que matar
Mané? “Lo primero es pensarte sola en escena, ¡es mi responsabilidad defender
la obra ante cualquier inconveniente! Eso me obliga a tener una concentración
que en otros espectáculos no tengo. El margen de error es mínimo. Y más allá de
que hay un equipo atrás, director y asistente, durante el proceso de ensayo es
lindo intercambiar con compañeros”, indica. “Ahora, cuando pasa el miedo, la adrenalina
y la pasión te ayudan para la actuación”.
Mientras ensayaba Amelia quería
dormir, hasta ahora su primer monólogo, April Ocaño recibía los chistes del
director, Gerardo García: “Si te olvidás de la letra, apoyate en el elenco”.
Piensa que el también ser cantante le brinda mayor expertise en eso de
manejar todas las miradas clavadas en una, pero no le quitó los miedos
iniciales. “El mayor desafío es no salir nunca de la historia, ser consciente
de que sos otra persona, en otro momento, en un lugar. En otra obra, los
actores podemos salir de escena y respirar; acá no tengo respiro: son 50
minutos bajo las luces. La ventaja de Amelia es que encarno a cinco
personajes distintos, lo que le da mucha vida”.
Memoria y ensayo, no hay secretos
para evitar las lagunas, coinciden por separado Campo e Infante. No hay un
compañero que te dispare la siguiente línea ni mucho menos que te salve en caso
de un bache. Es el propio rodaje escénico el que te da las herramientas para
superar ese texto que, por un pase de magia negra, se evaporó. Oña recurre “a
la respiración y a la confianza en que el trabajo está hecho y entendido,
también a la aceptación desdramatizada del bache”. Si el público no quiere ver
una laguna, que vaya al cine. Soltar y confiar, por más místico que suene,
puede ser un camino, y que los fantasmas buenos, los que andan tras bambalinas,
colaboren con lo suyo. Claro que para eso hay que saberse bien el libreto...
Apto para todo. En lo que
todas coinciden es en que no hay tal cosa como actrices (o actores) para
unipersonales. Más allá de la razón del artillero (el intérprete debe ser lo
suficientemente convocante como para que la gente lo quiera ir a ver), no hay
una formación ni técnica específica. No la tuvo Noelia Campo en la Escuela
Municipal de Arte Dramático (EMAD) ni la dan María Mendive ni sus colegas en el
IAM. Sí hay textos que piden a gritos a un solo individuo en escena. “Este es
el primer texto que escribí, que tenía que ver conmigo, con mis partes oscuras
y con mi humor”, cuenta Leonor Chavarría, también autora de Casi Dahiana.
Acá hay otro punto señalado por
todas: así como más allá de esta proliferación no creen que se trate de un
formato más pensado para una actriz que para un actor (de hecho, en setiembre
está en cartel Lautréamont o su última carta, con Julio Persa), tampoco
creen que esté más inclinado hacia la tragedia que a la comedia, o viceversa.
“A veces son las dos cosas a la vez, el drama y la comedia, lo real y lo
absurdo, nos pasa todo el tiempo. Alguien en el público puede ver algo absurdo,
otro padecer lo que se está diciendo y otro matándose de risa”, cuenta
Chavarría.
Y así como el público está pendiente de una única
persona, la relación que se genera con la protagonista también es único. Noelia
Campo habla de un “vínculo directo” que va mucho más allá de clavarse
mutuamente las miradas. “En un unipersonal, lo que el público te devuelve te
ayuda, terminás de entender la obra gracias a él, se completa con él. Aunque
eso también pasa en el teatro 'italiano', con cuarta pared, en un monólogo es
algo mucho más fuerte”.
Y, quizás todavía más que en una obra coral, hay que
respetar los tiempos y las reacciones del público. Si se ríen, son
protagonistas; si están en vilo, también. Incluso hay que dejarles espacio para
las respuestas menos esperadas. En Casi Dahiana, Chavarría baila un
malambo para cuyo final no está previsto el aplauso del público; sin embargo,
eso fue lo que pasó cuando lo llevó de gira por el interior, más versado en eso
de danzas folklóricas.
“Es (un vínculo) bastante distinto,
sí”, afirma Oña y, a tono con el tema, monologa: “Nunca, actuando, me había
encontrado tan profundamente con la gente. En el caso de Ser humana el
vínculo es directo y sin cuarta pared en muchos pasajes de la pieza. El público
es todo, me sostiene, nos sostenemos. Es la gente sentada ahí la que le da
sentido a mis gestos y a mis palabras, momento a momento. Creo que el
unipersonal, como género teatral, es potenciador de la identificación. Nos
interpela y nos compromete más profundamente. Toca fibras que no son tocadas de
la misma forma en otros géneros teatrales”.
Y si la responsabilidad de defender
la obra es toda tuya, el aplauso es tuyo también. Media hora antes de empezar,
Florencia Infante —que se autodefine como “obsesiva” e “insoportable” al
momento de ensayar y estudiar— echa a todo el mundo de su camarín. “Tenés que
estar muy bien colocada para enfrentar a 300 personas vos solita. Ahí es cuando
te vienen las dudas. ‘¿Por qué no estudié abogacía?’. Pero cuando terminás y recibís
los aplausos ahí vos misma te respondés: ‘Por esto yo hago teatro’”. Pero al
igual que al inicio, luego del final Infante ?—que nunca
hizo un unipersonal dramático—debe pasar un largo rato hasta que pueda ver a
alguien. “Ese momento es poesía, es una locura, metiste un gol... y no tenés
con quién festejarlo”.
MONÓLOGOS QUE MARCARON A LAS MONOLOGUISTAS
A Noelia Campo le gustaban mucho los unipersonales que
hacía Nidia Telles. Uno que recuerda en particular es Yo amo a Shirley
Valentine. “Era ella sola, con una sillita de playa”.
Como espectadora, Florencia Infante recuerda a Crecer
o reventar, un unipersonal de Manuela da Silveira, que la marcó y tenía la
dualidad comedia-tragedia inherente a la condición humana: “Ella estaba
contando un proceso muy íntimo, muy personal, y la gente se estaba matando de
la risa. 'Yo no sé si estamos entendiendo lo importante que está contando esta
mujer', pensé. ¡No era un momento de risa!”.
Angie Oña nombra dos, el primero y el último. El primero
fue La Monstrua, escrito por Ariel Mastandrea, dirigido por Marianella
Morena e interpretado por Isabel Morena. “Yo acababa de entrar a la EMAD cuando
la vi, era adolescente, me voló la cabeza y el corazón”. El último fue Estado
vegetal, escrito y dirigido por Manuela Infante y protagonizado por Marcela
Salinas, a quien Oña admira mucho. “Me llevó por todos lados; imponente”.
Mané Pérez está en España, donde
participará en una versión contemporánea de Fuenteovejuna, el clásico de
Lope de Vega. Antes de irse, en agosto, le gustó mucho El desmontaje,
escrito e interpretado por Jimena Márquez. También destaca a Kassandra,
con Roxana Blanco.