Una cita poco amable con Pascal Rambert: “Un espíritu filosófico asociado a un espíritu artístico produce cosas nuevas“

El dramaturgo francés estrenó en Sala Verdi Finlandia, una pieza frenética que encarna su fórmula a la perfección: intensidad, ontología y un problema ordinario

Entre silencios, tirones furiosos de sábanas, resoplidos, carraspeos y notificaciones de WhatsApp transitan los primeros 10 minutos de Finlandia. Y aunque en ese lapso la tensión también es abrumadora, debe tratarse del único momento en que la obra, lejos de estar en calma, está como en reposo. Más bien en espera. El resto son disparos de palabras entre dos actores-ametralladora que parecen no quedarse nunca sin munición ante un conflicto ordinario: la relación de pareja.

El escenario —o campo de batalla— es una habitación de hotel en la ciudad de Helsinki, en pleno invierno. Él hizo demasiados kilómetros desde Madrid hasta la capital nórdica para tener una charla con su esposa (una actriz de cine que está en Finlandia por un rodaje), cuando la falta de diálogo ya se había hecho insostenible, al menos para él. Pero discutir no es dialogar; el detonante del principio del fin fue introducir a su hija en la trifulca, que era todo menos ajena al problema.

Separaciones, bodas, nacimientos, despedidas. Esos son los momentos que todos recuerdan al pasar raya en la vida, según el dramaturgo francés, uno de los realizadores más destacados de la escena internacional y gran conocedor de los vínculos humanos, Pascal Rambert. Por eso sus obras merodean por estas categorías ontológicas (la filosofía de los vínculos), y Finlandia es otro resultado de su receta infalible, que solo responde a las preocupaciones cotidianas de cualquiera.

Escrita entre setiembre de 2021 y enero de 2022, y pensada en un principio para un elenco español (Israel Elejalde e Irene Escolar), la obra es la tercera vez que se versiona pero la primera que Rambert dirige con reparto uruguayo de la Comedia Nacional. Finlandia se estrena en el marco de la temporada Otros Mundos, y Stefanie Neukirch y Diego Arbelo interpretan a los dos protagonistas.

Rambert fue director del Teatro de Gennevilliers y autor asociado del Teatro Nacional de Estrasburgo. Sus textos han sido traducidos­ a más de 10 idiomas. Ganador del Premio de Teatro de la Academia Francesa por el conjunto de su obra y distinguido con el título de Caballero por la Orden de las Artes y las Letras europea, el francés —irónicamente poco adepto a los galardones— dejó atrás los Alpes y costas de Niza para convertirse en un atento y curioso observador de Montevideo­. Está quedándose en Ciudad Vieja, sale a la calle lo que la escritura le permite —está trabajando en casi 90 personajes—, conversa con Galería, desnuda su “espíritu” de nunca satisfacerse con la vida tal cual es y convoca a ver Finlandia para tener una cita tan poco amable como la que él vive todos los días con sus textos.

Con su perspectiva profunda y analítica de los detalles, ¿qué ha conseguido descifrar de Uruguay?

Cuando estoy en un país, en realidad no estoy en el lugar donde me encuentro físicamente. Estoy en el país de lo que estoy escribiendo, de las obras, en un momento que es futuro; estoy en el país de Pascal Rambert. Por la noche no voy a bares, no salgo demasiado porque estoy escribiendo, y ensayo mucho Finlandia. Pero comprendo los lugares rápidamente a pesar de eso. No quise leer nada sobre Uruguay antes de venir, tampoco encontré contenidos interesantes en francés de la historia. Dicen que es muy caro acá, yo no me doy cuenta porque no sé cuánto vale un kilo de tomates ni en París ni en Uruguay, entonces no puedo comparar, pero me pareció ver mucha riqueza en las construcciones de camino al aeropuerto y bastante miseria acá en el barrio donde estoy yo. No entiendo mucho la proporción entre la gente rica y la pobre. Me estoy quedando en Ciudad Vieja. De solo pasear un poco ya quedé conmovido con la arquitectura. Voy por la calle e intento imaginar la vida que hubo en el 1900, la opulencia que había, las familias que se hacían construir casas enormes… La rambla de Montevideo (en Carrasco) tiene unas casas bellísimas­ construidas por los años 30, y eso que no soy muy fan de los barrios frente al mar que se parecen a todas las demás ciudades con rambla. Me quedó pendiente ir a Punta del Diablo, me gustaría volver en verano, evitar Punta del Este y llegar a esos lugares que me faltan por descubrir al interior de este país. Hay algo muy poético en la costa cuando los hombres no están tan presentes. No hay mucha gente por la calle, yo que vengo de grandes ciudades, pero me gusta mucho la calma que hay aquí. Son todos muy acogedores y tranquilos. No es como en otros países de América del Sur, donde la diferencia con Europa es enorme. Aquí si bien no estamos en Europa, siento que es un país realmente hecho por europeos. Los arquitectos históricamente, sobre todo en los países del Mediterráneo, eran europeos. Paso mi vida recorriendo el mundo y a veces cuando camino por una acera no sé si estoy en Bartolomé Mitre o en el downtown de Los Ángeles, en Nápoles, en El Cairo...

Si no sale mucho, ¿cuál es su ritual para desconectar la cabeza?

No tengo rituales, más allá de no prever nada. Cuando era más joven necesitaba de una hora, una hora y media antes de ponerme a escribir para hacer otra cosa. Ordenar la casa, abrir la heladera. Hoy no necesito concentración porque aprendí que no se puede pretender nada en literatura. No sé de qué se va a tratar una obra hasta que comienzo a escribirla y es el propio lenguaje el que me guía. La cita con la escritura es una cita sin amabilidad. Hago esto desde mis 16 años, tengo 61. Escribo todos los días, paso conectado con los actores. Ahora, mientras hablamos, hay 15 obras mías que se están actuando alrededor del mundo.

Usted, su forma de expresarse y sus textos tienen un llamativo viso filosófico.

Es que yo vengo de la filosofía. Hice estudios; hubiese podido ser profesor, pero rápidamente a mis 18 años me decidí por escribir y poner en escena mis textos. Aun así entiendo a la filosofía no de manera universitaria, sino como un estado de espíritu, de nunca satisfacerse con lo real. No creer que lo que es es. Cuestionar la manera de pensar el teatro, de ensayar, de hacer trabajar a los actores, de escribir. Un espíritu filosófico asociado a un espíritu artístico produce cosas asombrosas, cosas nuevas. Es sinónimo de modernidad, de contemporaneidad.

Désir (Deseo), su primera obra, superó las cuatro horas de duración. ¿Cuál es la clave para que una función tan larga no termine aburriendo al público?

Nadie sabe responder a eso. Además, tenía 22 años cuando la escribí, eran otros tiempos. Envejeciendo me di cuenta de que me gustan más las cosas cortas, me gusta que la gente vea que también tengo ese poder de síntesis, pero era conocido por hacer obras muy muy largas. En el Festival de Aviñón­ hay una tradición de piezas largas. Las funciones duran hasta seis horas, pero claro, es verano, la gente está de vacaciones… Si está bien hecha, no debería significar ningún problema. No sé cómo será aquí en Uruguay, si la gente prefiere ver cosas más cortas porque se aburre, pero un Shakespeare­ que dura tres horas es el promedio del teatro contemporáneo europeo. Hay gente a la que le va a encantar y otros que van a estar mirando su reloj y luego de 45 minutos van a levantarse porque tienen ganas de mirar sus teléfonos e irse a comer.

Busca a los actores, escribe para ellos, enfrenta personajes y trae un tema común con toda intensidad. ¿Siempre repite la misma fórmula?

Hoy estoy escribiendo unos 90 personajes, pero como escribo para los actores, gente que está viva, la fórmula sale de ellos. Lo hago a partir de sus cuerpos, de su energía. Si yo escribiera novelas, no tendría la misma fuerza, esa intensidad. Después, no me olvido de que lo más importante de la vida son los momentos de grandes pasiones: un nacimiento, las historias de amor, de amistad, la pérdida de un ser querido, las separaciones. Esos son los momentos que uno recuerda, así que yo siempre trato de trabajar sobre momentos que son importantes de la vida.

Lo aman y lo odian por eso mismo, por reiterativo.

Es verdad que hay gente que le gusta mucho lo que hago en todo el mundo y otros a los que no les gusta tanto.

¿Qué tiene más peso, la palabra o la interpretación?

No se puede separar, es imposible. El teatro es este arte donde está todo eso junto.

¿Qué es lo que debería despertar el protagonista de Finlandia en el intento de no perder a su pareja? ¿Enojo, por todo lo que reproduce? ¿Ternura?

Todo. Las dos. En la obra vemos a un hombre que está sobrepasado por la independencia de su mujer, por su fama, por su dinero, que le cuesta mucho soltar su rol de poder en la sociedad. Puede enfurecernos y a la vez hacernos sentir compasión por él.

¿Qué significó para usted que toda su obra fuera premiada por la Academia Francesa?

(Suspira) Los premios no son lo mío. Los acepto porque soy bien educado, recibí premios toda mi vida, pero no trabajo para ellos. Conozco personas a las que les encanta, sobre todo franceses. A mí me da un poco de vergüenza, es incómodo. Soy bastante monje con eso.

¿Y cuál sería un buen reconocimiento para usted?

Es una buena pregunta, difícil. “Escribió para la gente de su tiempo”, me gustaría que se diga eso. Es muy duro, porque es difícil ver, ser conscientes de lo que está sucediendo en este preciso momento. Uno nunca ve su propia época. Como escritor, lo que me queda es darle una forma al mundo en el que vivo a través de la actualización del lenguaje y la escritura en el teatro. Pero es muy difícil porque siempre le erramos, nos equivocamos; es como si perdiéramos un examen y tuviéramos que darlo de vuelta. En mi caso, pienso que pierdo muchas pruebas porque hago muchas piezas. Pero tengo que equivocarme mucho, perder las pruebas justamente para intentar equivocarme menos en el próximo intento. Entonces siempre tengo que hacer una nueva.

Finlandia, en Sala Verdi. Jueves, viernes y sábados a las 21 h, domingos a las 17 h, hasta el domingo 9 de junio. Entradas a 500 pesos en Tickantel­ y boletería de la sala.