Una reflexión acerca del territorio a través de la fotografía

Se realizó la cuarta edición del festival San José Foto, un intercambio entre la producción local e internacional, por parte de profesionales y amateurs

Un otoño cada dos años, la ciudad de San José de Mayo se convierte en galería expositiva durante el festival de fotografía San José Foto (SJF), que reúne a profesionales de todo el mundo, exhibiendo sus trabajos alrededor de la plaza de los Treinta y Tres hasta el comienzo de la peatonal escultórica Sarandí y en el interior de sus espacios culturales.

Abierto a todas las prácticas fotográficas y multimedia, en cada edición el festival propone un tema diferente pensado por la comisión organizadora. Este año el concepto fue territorio; desde guiños a la economía de subsistencia en los países latinoamericanos, retratando a vendedoras de empanadas o pescadores, hasta denuncias más transversales, como la imagen de una especie de virgen con un vestido hecho de arena y una corona de cardos, plástico y basura, del fotógrafo, diseñador y artista visual boliviano River Claure.

La brasileña Maíra Gamarra, gestora cultural, investigadora, creadora del primer colectivo fotográfico formado por mujeres en Brasil (Mesa 7 Fotografía) y curadora de esta edición del SJF, describe al territorio como “esos espacios en donde sucede la vida”. Ella se encargó de establecer un diálogo entre las nueve propuestas fotográficas y tres multimedias ganadoras de la Convocatoria Internacional 2023, entre los 442 proyectos presentados desde los cinco continentes.

El trabajo Clara Mabel, fotolibro del argentino Javier Gramuglia, mostraba a su mamá embarazada de él, mismo momento en el que sabía que no quería volver a ser madre. Pero apareció otro embarazo, y las leyes que penalizaban el aborto la obligaron a interrumpirlo en una clínica clandestina, intervención en la cual contrajo una infección por la que falleció días después.

<em> Clara Mabel</em>. Foto: Organización SJFClara Mabel. Foto: Organización SJF

Las posibilidades también hablan del territorio, un concepto flexible, que con la fotografía podía explorarse más allá de su sentido concreto. Y eso era lo que Gamarra y el tribunal buscaban: territorios vulnerados, defendidos, prohibidos, controlados, añorados, imaginados y hasta virtuales.

Algunas de las propuestas presentadas dejó a varios observadores perplejos, haciéndose la siguiente pregunta: ¿esto es fotografía o una obra de arte digital? En su momento se temió que la fotografía desplazara a la pintura, pero hoy ambas artes coexisten en contextos iguales y diversos. Lo mismo pasa ahora con la concepción más teórica y fundamental de fotografía, que ante el inevitable desarrollo tecnológico, parece que logró coexistir (y hasta hacerse una) con los nuevos procedimientos. Estos no dejan de tener también un valor documental en sí mismos si se entiende que cada época desarrolla una técnica propia.

¿Fotografía o arte digital? La fotografía intervenida, para la fundadora del SJF, María Mercedes Aldaz, “es una forma de comunicación totalmente válida”, aunque haya “documentalistas muy estrictos” que no piensen lo mismo. “Las fotos hechas con el celular también te llegan y transmiten mucha emoción, por lo que la herramienta en sí no es tan relevante. Todo se complementa”.

Pero Roberto Fernández Ibáñez, fotógrafo autodidacta formado en química, laboratorista, y premio a la excelencia en el Festival Internacional de Fotografía de Pingyao, China (2021), y Morosoli de la Cultura (2012), hace una lectura diferente. En la Feria de Porfolios —el punto de mayor intercambio y diversidad dentro del festival—, Fernández presentó otro trabajo que evidenciaba su interés por la frontera entre lo real y lo ficticio. Lo digital y lo analógico, si bien son lenguajes diferentes, implican una manipulación de la imagen pero sobre todo una óptica, y por ende un resultado final, bien distintos para Ibáñez. “No es lo mismo una pantalla, que también lleva su trabajo, que poner la mano y exponerte a los químicos”.

Roberto Fernandez Ibáñez. Foto: Sofía Torres Roberto Fernandez Ibáñez. Foto: Sofía Torres

Lo digital “es un camino muy transitado y corre el riesgo de agotarse en sí mismo”. Tomar una foto de archivo, intervenirla, “es una repetición, adoptar modas”, cuando el terreno en realidad es más que fértil para la innovación, “pero hay que tomar riesgos”, concluyó.

Entre los 12 artistas internacionales invitados cuyos trabajos encajaban perfectamente con la temática del SJF de este año, la propuesta del brasileño Jonathas De Andrade parecía hecha a la medida de aquellos confundidos espectadores que ponían en tela de juicio el valor documental de la fotografía frente a intervenciones digitales.

Tras conocer O Peixe, seguramente se sintieran todavía más confundidos: si la fotografía pierde valor a medida que contiene cada vez más elementos digitales, ¿qué pasa cuando aparece una importante cuota de ficción y las personas retratadas se ajustan a un guion sugerido por el mismo fotógrafo?

Jonathas De Andrade. Foto: Sofía Torres Jonathas De Andrade. Foto: Sofía Torres

Ambientado en la costa nordeste de su país, en las localidades de Piaçabuçu y Coruripe, esta obra ficciona las dinámicas de un pueblo de pescadores al someterlos al ritual de abrazar al pez al momento de su pesca. Es la representación de la tensión que existe entre violencia y dominación y el afecto por el entorno, evidenciando en lo disonante de la imagen la falta de conexión del hombre de ciudad con la naturaleza.

Se llama tradición inventada, contó De Andrade a Galería. “Creo que la vida necesita una parte crítica, de denuncia, y otra de fantasía, como un oxígeno para seguir con fuerza y atravesar los momentos duros, que son cotidianos. Yo estoy colaborando con estas culturas y si navego entre ficciones, pero de alguna manera también son una forma narrativa. Son dos rituales existentes, pescar y abrazar, que nunca antes se mezclaron. Ahí está lo documental, el video documenta la primera vez que esos pescadores abrazaron un pez”. Todo sucedió frente a la cámara.

<em> O Peixe</em> (2016)O Peixe (2016)

Dudar de la fotografía para De Andrade es “absolutamente pedagógico”, un ejercicio positivo que enseña a distinguir las cosas en un mundo dominado por las fake news y la inteligencia artificial. “Hay que entrenar a la gente a dudar de las imágenes”.

Participando también de la Feria de Portfolios, era inevitable que el diseñador gráfico y productor uruguayo Javier Procopio ignorara este debate. Para él, la fotografía no es arte, aunque se puede hacer arte a partir de ella. “Puede ser artística si tiene una intención artística, puede ser arte si existe un proceso artístico. Pero la fotografía es siempre fotografía”.

Lo que nos une. El premio al mejor proyecto nacional fue para Fernanda Aramuni y su trabajo Territorio anhelado, que con mariposas posadas y en vuelo y animales atropellados, explora la realidad a través del paisaje como algo que se construye y derrumba cada instante, permaneciendo siempre incompleto. El premio consiste en un lugar en la exposición del SJF 2025 y un Artbox Portfolio entelado con una serie de copias del trabajo del ganador realizadas por la empresa Invernizzi Fine Art Printing.

Entre los internacionales, el proyecto ganador fue el del boliviano River Claure. Warawar wawa (Hijo de las estrellas, en lengua aymara) propone, entre otras cosas, una identidad boliviana alternativa, que, sin negar la huella occidental, vive consciente de sus raíces. Las imágenes reinterpretan la novela El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry, dentro de la cultura andina contemporánea, en los salares de Uyuni, con un niño que viste la camiseta del Barcelona.

No se trata de buscar una estética común, porque no la hay. Se trata de “observar todas las marcas históricas que nos unen reveladas”, señaló Gamarra. SJF consigue que profesionales y amateurs de la fotografía nacional e internacional compartan el mismo espacio y se vinculen desde la horizontalidad, donde pensar en territorio significa pensar en clave de un sur global, azotado por el poderío de la violencia colonial y una experiencia histórica común de dominación, expropiación y conflicto, que no se agota y se sigue actualizando, explicó la curadora.

<em> La playa de los juguetes perdidos</em>, del mexicano Alfredo Blázquez, es bastante disruptiva. Enseña 450 juguetes de plástico encallados y rescatados de las playas de su país entre 2013 y 2018.La playa de los juguetes perdidos, del mexicano Alfredo Blázquez, es bastante disruptiva. Enseña 450 juguetes de plástico encallados y rescatados de las playas de su país entre 2013 y 2018.

“Tenemos que abrazar ese territorio y reconocerlo. La fotografía es una excusa para esa unión, a la vez que es un poco el reflejo”, señaló. El festival entero apunta al octavo arte como una herramienta política. Pero Gamarra advierte que no se puede olvidar que esa comunidad retratada no pertenece a un territorio ajeno al del fotógrafo, y esas personas son, en definitiva, personas reales. Allí se abre todo un nuevo mundo de discusión: “Uno no llega a la casa del gobernador, le hace una foto y se va, y después termina usándola en un evento. No lo puede hacer. Entonces, ¿por qué puedes hacerlo con una comunidad de gente más simple, más pobre?”.

En el marco de la Feria de Portfolios, donde cada artista esperaba sentado en una mesa de la sala Rafael Sienra del Teatro Macció a que los revisores se acercaran a descubrir su proyecto, también hubo una instancia de premiación.

El premio nacional, una exposición individual dentro de la próxima edición del festival y un set de portafolios impresos también por Invernizzi, fue para José Pilone. Adrián FS, un autor algo más enigmático, argentino, que define su trabajo como “poética y política fotográfica”, se llevó el premio internacional. Pero vale la pena desviar la atención a la propuesta detrás de la mención especial. Fue para otro uruguayo, Nicolás Núñez, que aunque en la adolescencia dejó el liceo por faltas y se llevó biología, hoy irónicamente está presentando un portafolio lleno de animales y plantas.

<em> Naturaleza</em> por Nicolás Núñez. Foto: Sofía TorresNaturaleza por Nicolás Núñez. Foto: Sofía Torres

Sus macrofotografías fueron tomadas al interior del patio de su casa. Nicolás va contando algo de su vida entre san antonios, arañas, moscas y pistilos aumentados, fotos del archivo familiar, y las copias de un historial médico para nada alentador. Uno de los partes de una de sus últimas internaciones muestra cómo los médicos se aparecían a chequear y hacer nuevas anotaciones cada cuarto de hora, posiblemente debido a un estado de salud crítico. Diagnosticado con una malformación ya desde recién nacido, estuvo internado hasta sus 15 años, tuvo más de 10 operaciones, y hoy con 26 no puede salir mucho de casa. “Ahí (en su patio) me hice mi propio mundo”, contó a Galería.

Parte de su propuesta es la creación de un fotolibro para el Hospital Pereira Rossell, donde pasó la mayor parte de su infancia, para que sea “un escape” para los niños internados.

Lo propio. La fotógrafa y gestora cultural maragata María Mercedes Aldaz es la cara más visible del equipo interdisciplinario detrás del SJF, formado por el director de Cultura de la municipalidad de San José, Pablo Pucheu, y cuenta con la dirección artística de Federico Estol, miembro del jurado del World Press Photo 2023, el coordinador de montaje Diego Alegre y la producción de Romina Capote.

Aldaz tuvo la suerte de conocer Montevideo y la oferta cultural de la capital desde muy chica. Se formó en Bellas Artes, pero siempre volvía a San José con las ganas de crear algo para su comunidad. Primero fueron una serie de talleres, hasta que de a poco apareció la idea del festival como una pequeña iniciativa privada. Aunque no era ni comparable con sus dimensiones actuales, la primera edición (2014) tuvo tal convocatoria que ya para la segunda su organización pasó al ámbito de la Intendencia de San José, que lo integró a su programa de eventos.

Encargada de Comunicación y prensa Gabriela Rufener, fundadora del San José Foto María Mercedes  Aldaz, encargada de los proyectos Josefinos y Every Day San José Agustina Saubaber, y la productora del evento Romina Capote Encargada de Comunicación y prensa Gabriela Rufener, fundadora del San José Foto María Mercedes Aldaz, encargada de los proyectos Josefinos y Every Day San José Agustina Saubaber, y la productora del evento Romina Capote

A pesar del éxito del SJF, no se dejaron de impartir los talleres ni organizar actividades relacionadas. Aldaz contó que la temática de este año también se trabajó con la Escuela N° 45 y el Liceo N° 1 de San José, así como con grupos de adultos mayores. Los abordajes eran bien distintos; mientras los niños entendieron al territorio como el espacio que se habita, los adolescentes parecían preocuparse por la mirada de la sociedad sobre sus cuerpos y los adultos mayores se dedicaron a la fotografía de archivo.

En la plaza de la ciudad se exhibieron algunos de estos proyectos. Cómo no sentirse en la mira, de sexto año de bachillerato artístico, por ejemplo, propone al cuerpo como templo y cárcel, coraza y liberación, cómo es y cómo quieren que sea. “Es un festival horizontal. No hay unos más que otros, los invitados pueden enriquecerse del intercambio con las personas de acá, que no son fotógrafos, y aprender de los procesos de cada uno”, señaló Aldaz.

<em> Cómo no sentirse en la mira (2023)</em>Cómo no sentirse en la mira (2023)

San José de Mayo y “sus espacios no convencionales de exposición” es propicia para este tipo de encuentros: “la propia ciudad es una galería, lo que hace que nadie esté ajeno al festival”. Este año la actividad se coló hasta en el programa de la tradicional cervecería y pizzería artesanal Genovés o en el bar Submarino Amarillo.

Sin embargo, después de la fiebre de fin de semana, la importancia de toda la movida radica en generar lo que la gestora cultural llama “acciones intermedias” durante los “tiempos muertos” en los que no hay festival. De eso se encarga el Área Educativa y Comunitaria del evento, que se esfuerza cada año en construir puentes entre lo local y lo extranjero.

En 2021 tuvo lugar la primera edición de Encuentros Fotográficos en poblaciones rurales, que comenzó por Mal Abrigo, una localidad de no más de 300 personas a 30 kilómetros de la ciudad. El objetivo era llegar “al interior profundo” donde no hay servicio de transporte ni alojamiento. “Un festival más chico no necesariamente implica menos trabajo, son más obstáculos, pero hay que buscar soluciones”, explicó Aldaz y contó la experiencia con las escuelas “casi” rurales de Mal Abrigo: “Esos niños son como esponjitas, uno ve cómo les brillan los ojos con lo que les está mostrando”.

La fundadora destacó que desde que surgió SJF ha habido cada vez más espacios de formación en arte y cultura, y nuevas salas expositivas en la ciudad. Pero además, los josefinos descubrieron una pasión por la fotografía en la propuesta colectiva de Everyday San José. Con este hashtag se creó una convocatoria a través de Instagram para que toda la comunidad se animara a compartir fotos de su cotidianidad sin necesidad de ser profesionales.

Dentro de la lista de puntapiés para ampliar el colectivo también se encuentra la propuesta Josefinos —esta vez sí—, pensada para fotógrafos locales que ya tuvieran una trayectoria. “Hay mucha riqueza en el encuentro entre fotógrafos veteranos y los que recién empiezan”, destacó Agustina Saubaber, a cargo de estas iniciativas. La fotógrafa hizo referencia a la magnitud del evento visto desde lo local, como un festival invasivo lleno de profesionales de Montevideo y otros países. “¿Usamos la casa y nos vamos? No, la idea es generar una mirada colectiva del territorio, de todos, y poder contar también qué pasa desde el departamento”.

No es pintarla entonces solamente como una herramienta de extracción. La fotografía es una herramienta de diálogo, que dentro de un mundo donde la imagen está por todas partes, tiene muchísimo poder.