N° 2069 - 30 de Abril al 06 de Mayo de 2020
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáDecía San Agustín: “Qué es el tiempo? Si nadie me lo pregunta lo sé. Pero si tuviera que explicárselo a alguien no sabría cómo hacerlo”. Aun así, es claro que el tiempo tiene un rol fundamental en la práctica de casi todos los deportes. Desde el mero control de la duración de los períodos de juego, en el fútbol, hasta la medición puntillosa de varias situaciones durante el propio desarrollo del partido, tal como ocurre en el básquetbol. Existen, en cambio, otras varias disciplinas deportivas en las que el factor tiempo juega un rol absolutamente determinante, pues es precisamente su exacta medición lo que permite definir al ganador del evento que se trate. Es lo que acontece, por ejemplo, en el ciclismo, en la natación y muy en especial en el atletismo.
¡Empecemos por el fútbol! Pese a la relativa incidencia que el cómputo del tiempo tiene en el desarrollo de un partido, nos ocuparemos de un episodio puntual que, precisamente, guarda relación con el título elegido para esta columna. Se trata del choque entre Argentina e Inglaterra por cuartos de final del Campeonato Mundial de México del año 1986, el que será recordado eternamente en virtud de las especiales circunstancias que se dieron durante su desarrollo (aparte del recuerdo aún fresco de las dos naciones enfrentadas en un duro conflicto bélico). Con el partido con el tanteador cerrado en el primer tiempo, a poco de la reanudación llega el primer gol argentino —luego bautizado como el de “la mano de Dios”— cuando Maradona, saltando junto con el golero inglés, Peter Shilton, a buscar un balón que caía en el centro del área, lo impulsa con la mano puesta sobre su cabeza al fondo del arco rival. Luego, tras un segundo de vacilación y pensando que la jugada iba a ser invalidada, su alocada corrida hacia el banderín del corner para festejar con sus compañeros su tramposa conquista.
Era impensable aguardar del autor del gol alguna disculpa por su redituable engañifa. Pero quiso el destino (o su fantástico genio futbolístico) que, apenas cinco minutos después, su deteriorada imagen se recompusiera como por arte de magia, al convertirse en el exclusivo protagonista del que para muchos ha sido el mejor gol en la larga historia de los mundiales de fútbol. Seguramente nuestros lectores habrán visto más de una vez los videos con esa jugada magistral. Cómo recibe la pelota de espaldas, en su propio campo; cómo con un amague, y posterior doble pisada, gira dejando desairados a un par de rivales y enfila a toda velocidad hacia el campo adversario; cómo luego va sorteando uno tras otro a los defensas ingleses que salen a marcarlo (o a bajarlo como fuera), y cómo con leves y sutiles golpes de pelota los deja por el camino, para enfilar derecho hacia el área rival. Unos metros antes de ingresar a ella, por un instante, parece buscar a Valdano, que entra desmarcado más al centro, pero decide acelerar y enfila en diagonal hacia el arco. Por delante solo le queda Shilton, que sale presuroso a achicar el ángulo de tiro con los brazos abiertos, aunque por detrás hay un zaguero que lo persigue de cerca para intentar una última acción defensiva. Pero, más rápido que ambos, Maradona logra impulsar la pelota al fondo del arco en el preciso momento en que su perseguidor lo embiste vehementemente tratando en vano de evitarlo. Algo más sobre esta jugada: durante mucho tiempo sostuvimos que Maradona no llegó a efectuar el remate final, sino que la pelota había salido despedida hacia el arco por efecto de la brusca barrida desde atrás del defensa inglés (el exfutbolista José Sanfilippo —que quería bastante poco a Maradona— también sostenía que fue un gol en contra). Sin embargo, tras revisar con cuidado las imágenes de esa jugada, creemos que es Maradona quien llega a cachetear la pelota hacia el arco, apenas un instante antes de que la vehemente barrida desde atrás de su perseguidor lo levantara por el aire.
¿Qué tendrá que ver esa jugada con el título de esta columna se preguntarán? Pues que todo el desarrollo de esa mágica acción individual insumió… ¡apenas 10 segundos! Claro que 10 segundos de magia pura. Años después, en un reportaje, su compañero de equipo Jorge Valdano recordaba admirado esa jugada: “Yo iba acompañando. Estaba tan fascinado por lo que estaba ocurriendo que si me hubiera dado la pelota hubiera tenido que volver de mi condición de hincha a la de jugador, y no sé lo que hubiera pasado”. Y agregaba: “(…) después del partido me dijo que durante toda la jugada me quería dar la pelota a mí, pero que siempre había un inglés que se le aparecía en el medio y tenía que cambiar de idea. Es que así funciona la cabeza de un genio en acción, con una increíble continuidad de ideas que son aprovechadas y otras desechadas sobre la marcha… ¡Y todo en apenas 10 segundos!”.
Pero ese lapso tan breve tiene en el atletismo un significado muy especial. Es que, desde el propio inicio de los Juegos Olímpicos, cuya era moderna data de la última década del siglo XIX, la carrera de 100 metros planos o llanos ha sido la reina de las pruebas de toda competencia atlética. Y desde entonces todos los mejores velocistas del universo —especialmente en los sucesivos Juegos Olímpicos o Campeonatos del Mundo— se fijaron como meta poder recorrer esa distancia en 10 segundos. El legendario Jesse Owens —en los juegos de Berlín y en las propias narices de Adolf Hitler— ganó la prueba con un tiempo de 10,2. Y hubo que esperar hasta 1960 para que en una carrera disputada en Zurich el alemán Armin Hary saltara a la fama al ser el primer hombre en la historia en correr los 100 metros en 10,00 segundos. A partir de allí, ese tiempo ha sido bajado en una docena de oportunidades, pero apenas en sucesivas décimas de segundo.
Finalmente, en el Campeonato Mundial de 2009, en la misma pista de Berlín —escenario de la histórica victoria de Jesse Owens siete décadas atrás— irrumpió el hombre más veloz del mundo, el sorprendente jamaiquino Usain Bolt, con el fabuloso registro —aún no superado— de 9,58 segundos (para comprender la magnitud de esa marca cabe decir que Bolt recorrió esos 100 metros con 41 pasos de casi 2 metros y medio cada uno, a una velocidad de 45 kilómetros por hora).
Frente a esos números impresionantes, no está de más señalar que en 1947, en Buenos Aires, el atleta tacuaremboense Juan Jacinto López Testa supo igualar el récord mundial de entonces, el de Jesse Owens. Aunque a la postre no fue homologado (por superar el viento favorable reglamentariamente admitido de 2 metros por segundo), bien vale recordar su imponente hazaña.