N° 2053 - 02 al 08 de Enero de 2020
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEs claro que no se trata de un hecho común. Porque en un fútbol tan polarizado como el nuestro, el final feliz de una temporada para alguno de los dos equipos grandes tiene como directa y lógica consecuencia el mantenimiento del cuerpo técnico que contribuyó a que ello aconteciera. Y como contrapartida, el fracaso del otro se transforma en una suerte de imperativo de que algo hay que cambiar; y lo que siempre se presenta como más cómodo es que la modificación se concrete en aquellos que han estado en la conducción del equipo. Por ello, la singularidad de lo que ha sucedido en estos últimos días es que tanto el flamante campeón, Nacional, como su gran derrotado, Peñarol, han resuelto prescindir de los servicios de quienes últimamente condujeron su plantel principal y dejar dicha responsabilidad en manos de nuevos profesionales.
Realmente sorprendió que la directiva tricolor no manifestara, a su debido tiempo, un mayor interés por renovarle el contrato a Álvaro Gutiérrez. Ya hemos resaltado más de una vez, desde esta columna, el titánico esfuerzo desplegado por el cuerpo técnico por él encabezado, accediendo a la conducción de Nacional en una situación de clarísima desventaja en relación con su rival tradicional, para situarlo finalmente ?bien que con varias dramáticas alternancias? en la cúspide de la tabla anual de puntos, y con el ansiado título de campeón uruguayo bajo el brazo. Por la antedicha razón supusimos lógicamente (y no fuimos los únicos) que la prioridad de la dirigencia era asegurar la continuidad de su trabajo. Sin embargo, ello no ocurrió. Trascendió públicamente que se hicieron gestiones con algún otro director técnico, y que ciertos directivos no comulgaban con el estilo de juego del anterior conductor. Advertido de ese panorama poco propicio, este se adelantó a lo que se veía venir, y ?con su habitual elegancia de formas? anunció su voluntad de no proseguir en el cargo, aduciendo como el motivo de dicha decisión el desgaste emocional derivado del arduo trajinar de los meses anteriores (“esa mochila que tomamos venía con mucho peso, porque teníamos que cortar el tri”, expresó durante la conferencia de prensa que convocara al efecto).
Así las cosas, los presididos por el contador José Decournex se inclinaron por confiar la conducción del equipo a Gustavo Munúa, quien estaba dirigiendo al Cartagena, un equipo que milita en la Segunda División B de España, y en cuyas filas juega actualmente Jorge Fucile. ¿Por qué Munúa? Según lo trascendido, lo que inclinó la balanza en su favor fue el hecho de haber estado ya al frente del plantel principal de Nacional en la temporada 2015/2016, apenas culminada su trayectoria como jugador. Y por más que en el plano local su gestión no fue particularmente exitosa, lo que sí satisfizo y mucho fue su estilo de juego, caracterizado por la intensidad en la marca y, muy especialmente, la búsqueda prioritaria del arco rival. Pero, sin duda alguna, lo más recordable de su pasaje anterior como técnico es que ?con un plantel muy corto? logró acceder a cuartos de final de la Copa Libertadores, habiendo quedado finalmente eliminado por penales ante Boca Jr. Otro factor que se tomó en cuenta es su preferencia por dar cabida en el equipo principal a futbolistas juveniles (los casos de Kevin Ramírez y Leonardo Barcia fueron los más notorios en su anterior pasaje), lo que está en sintonía con la actual delicada realidad económica de Nacional, que le impide realizar grandes erogaciones por futbolistas de mayor trayectoria. En tal sentido cabe recordar que, con la conducción de Martín Ligüera, los tricolores han marcado clara supremacía en Tercera División, y que asoman allí algunos promisorios juveniles, como Emiliano Martínez y Joaquín Trasante, para sumar a los varios que ya vienen alternando en el plantel superior. Va a perder algunas figuras gravitantes, como Viña y alguno más, mantendrá al goleador Bergessio y aspira a recuperar en la defensa a un futbolista ya fogueado como Polenta.
A diferencia de lo ocurrido en tiendas tricolores, el cese del cuerpo técnico aurinegro encabezado por Diego López era altamente previsible. No debe olvidarse que meses atrás ?cuando tras haber ganado cómodamente el primer torneo del año, Peñarol se vio sobrepasado por Nacional en el Clausura? ya había estado a un tris de ser despedido, aunque pudo zafar de esa difícil situación con una serie de victorias consecutivas, y pelear en un pie de igualdad ?aunque a la postre sin el éxito esperado? el título de mejor de la temporada.
Cabe reconocerle a López el mérito indiscutible de haber logrado al frente de su equipo ?precisamente en el marco del Apertura? los mejores momentos de fútbol de la temporada. Pero una serie de circunstancias se dieron luego para que ese panorama alentador se fuera deteriorando con el paso del tiempo. En primer lugar, apremiada por urgencias económicas, la dirigencia aurinegra se fue desprendiendo de varias de sus figuras más relevantes, como Brian Rodríguez, Lucas Hernández, Gabriel Fernández, Darwin Núñez y el argentino Lema. Y casi paralelamente, se fueron dando una serie de lesiones de figuras fundamentales ?al caso, las de Walter Gargano, Guzmán Pereira y Christian Rodríguez en el mediocampo? que impidieron que pudiera repetir una misma integración en dos partidos consecutivos. Pero si todo ello no fue responsabilidad suya, también le jugó en contra su inexplicable tolerancia ante una serie de anomalías que le hicieron perder el necesario control del funcionamiento puertas adentro, el que quedó en manos de algunos de los referentes del plantel.
La reciente designación de Diego Forlán para ocupar el cargo vacante, favorecida por su explícita predisposición para iniciar en el club de sus amores su nueva carrera, se nos antoja acertada. Su falta de experiencia puede ser perfectamente colmada con su natural inteligencia, la que debe haberle permitido asimilar las enseñanzas de los prestigiosos directores técnicos que ha tenido a lo largo de su carrera. Tampoco podrá aspirar a grandes contrataciones, por lo que deberá apelar a varios promisorios juveniles, a algún “tapado” del exterior y a la vuelta de algún futbolista de mayor trayectoria, como Jonathan Urretaviscaya.
Lo que sería deseable ?aun con las ya citadas limitaciones económicas? es que entre las metas de los nuevos técnicos de los dos equipos grandes figurara el lograr una mejor actuación internacional, algo que ha estado ausente desde hace ya demasiado tiempo en el fútbol uruguayo. Es que es necesario, de una buena vez, elevar las miras y convencerse de que ello es posible, y que no depende exclusivamente (y hay ejemplos al respecto) del poderío económico del pretendiente. Porque no habrá seguramente mayor satisfacción para sus consecuentes hinchas que festejar una Copa Libertadores o aun una Copa Sudamericana, tal como era moneda corriente en las últimas décadas del siglo pasado.