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    Cosas de “chicos”

    N° 2037 - 12 al 18 de Setiembre de 2019

    En este fútbol de entrecasa, caracterizado por el dominio casi monopólico de Peñarol y Nacional, no es un hecho para nada común que dos equipos de los denominados “chicos” hayan sido los que definieron la suerte de un torneo oficial. Liverpool y River Plate, dos clubes de larga raigambre, fueron los que midieron fuerzas el domingo pasado con esa finalidad, y tras un partido intenso y de dramática resolución (que llegó tras un alargue y una serie de penales), la victoria fue finalmente para el elenco negriazul.

    Antes de ocuparnos de lo que fue este último cotejo, quizás convenga insistir acerca de lo exótico de este tipo de definiciones en los torneos disputados en la larga y rica historia de nuestro fútbol. Es sabido que desde hace algún tiempo (concretamente desde 1976, cuando Defensor logró salir Campeón Uruguayo) ese lauro dejó de ser patrimonio exclusivo de los dos equipos “grandes”, al punto que en los años posteriores, también Danubio, Central Español, Bella Vista y Progreso se sumaron a ese selecto lote, y fueron varios más los que obtuvieron otros torneos oficiales de menor importancia. Pero lo que hizo que este partido del pasado domingo fuera algo singular fue que el título en disputa debió dirimirse entre dos equipos “chicos”.

    No fue empero esta la única oportunidad en que se dio esa peculiaridad. En efecto —y curiosamente— estos mismos equipos se enfrentaron en el año 1968, en la final de un campeonato especial, denominado Relámpago. Se trató de una suerte de certamen de preparación, en el que tanto Peñarol como Nacional presentaron equipos de emergencia, cayendo en semifinales, precisamente frente a Liverpool y River Plate. La final entre los vencedores, que se jugó en el Estadio Centenario frente a una escasa concurrencia, concluyó también esa vez con victoria negriazul por 2 goles a 1.

    Así como ese partido no quedó en la historia (solo salió a luz en razón de este reciente decisivo choque entre ambos equipos) justamente en aquel mismo año, un par de meses después, tuvo lugar otro choque entre dos equipos menores (en esa oportunidad Bella Vista y Huracán Buceo) en la final del torneo de la por entonces Divisional B, para determinar cuál ascendía al círculo superior. El partido se jugó en horas de la mañana, en un Estadio Centenario, que —superando cualquier previsión— estuvo totalmente colmado de espectadores. La razón de esa multitudinaria concurrencia, solo comparable con la de un partido clásico, se debió a que toda la campaña de Huracán Buceo fue seguida, insólitamente, por una legión de hinchas de los dos equipos grandes, probablemente seducidos por la simpática imagen del Topo Gigio, que era su mascota. Sin embargo, los que inesperadamente festejaron fueron unos pocos cientos de hinchas auriblancos, pues fue Bella Vista el que ganó por 2 a 0, logrando el ascenso a Primera División.

    Con todo, el hito más importante de estos choques definitorios entre equipos chicos lo fue, sin duda, la doble final que en el año 2014 disputaron Danubio y Wanderers, en su calidad de vencedores de los torneos Apertura y Clausura. La primera de ellas fue empate 0 a 0 y la segunda —disputada en el Parque Central— la ganó Danubio, en la tanda de penales, tras haber empatado en un gol por bando en el tiempo suplementario, obteniendo su cuarto Campeonato Uruguayo.

    Debemos convenir que, en comparación, este choque del pasado fin de semana no reviste la misma importancia, pues —como su propio nombre lo indica— el Intermedio no deja de ser un torneo corto, entre el Apertura y el Clausura, cuyo puntaje se acumula al de estos para dilucidar el máximo título de la temporada. Ello, sin perjuicio de que el ganador clasifica en forma directa a la Copa Sudamericana, y tiene además derecho a disputar la Supercopa, con quien obtenga el mayor puntaje del año.

    Con los dos equipos grandes ausentes de la lucha por el título (aparentemente, a ambos les preocupó mayormente el clásico disputado en la semana anterior), Liverpool y River Plate llegaron a la final como ganadores de cada una de las series clasificatorias. Los negriazules con 18 puntos conseguidos en 21 que disputaran, y el ataque más efectivo; en tanto que los darseneros lo hicieron en carácter de invictos y con la valla menos vencida. Todo indicaba una relativa paridad, que luego se trasuntó en el propio trámite del partido, al punto que el tiempo reglamentario concluyó con un empate en un gol por bando, y otro tanto ocurrió con el tiempo suplementario, aunque igualados en dos goles. Y fue recién tras la tanda de penales que pudo Liverpool quedarse finalmente con la victoria y el título en disputa.

    De cómo fue el partido en sí, cabe señalar que fue muy bien jugado, para tratarse de una final, y que la victoria pudo haber sido para cualquiera de los dos equipos. El darsenero, con la experiente batuta de Jorge Fossati, salió de entrada a apretar la salida del rival, predominando levemente en los primeros minutos. Pero Liverpool emparejó las acciones y encontró su mejor juego con los hábiles y veloces desbordes de Federico Martínez por la punta derecha del ataque. Y precisamente en uno de ellos, tras una magnífica habilitación suya al goleador Juan Ignacio Ramírez, que este culminó magistralmente, llegó la apertura para el negriazul. En el arranque del período final pareció que este seguía de largo (incluso hubo un tiro en el travesaño del arco darsenero), pero paulatinamente River fue emparejando el trámite del partido, hasta que un tremendo disparo de Piquerez niveló nuevamente el tanteador, que se mantuvo incambiado hasta el final del tiempo reglamentario. Ya en el primer chico del alargue, un remate formidable, esta vez del ingresado Bryan Olivera, volvió a situar en ventaja a Liverpool, pero cerca del final del segundo, el zaguero Gonzalo Viera cazó un rebote entre varios defensas de Liverpool y logró el empate para River. Y en el alargue hubo varias buenas jugadas, dos tiros en el travesaño —uno para cada lado— y finalmente, las seguras manos del argentino Ustari conteniendo el sexto penal de la serie, para darle la victoria y el título a un equipo muy bien dirigido por Paulo Pezzolano.

    Y luego… ¡una auténtica fiesta! Con el explicable júbilo, por tantos años contenido, de la gente de negriazul —con su eterno presidente José Luis Palma a la cabeza— dejando lejos en el recuerdo la frustración de aquella final perdida ante Peñarol, en el torneo Apertura de 1995, cuando había estado apenas a cinco minutos de quedarse con el título, en la fecha disputada la semana anterior. Y también con el resaltable respeto y alta deportividad de los hinchas darseneros, que vieron marchitarse su similar ilusión de quedarse con el título de campeón.

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