N° 2056 - 23 al 29 de Enero de 2020
N° 2056 - 23 al 29 de Enero de 2020
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEste receso de la actividad futbolística local —solo alterado por el lógico interés de saber cómo los distintos equipos del medio fueron conformando sus planteles para esta temporada, y el tibio arranque de la prevista competencia internacional— resulta particularmente propicio para que nos ocupemos de un tema reciente de inesperada repercusión y recordar, de paso, algunas situaciones del pasado con características bastante similares.
El hecho disparador ha sido la jugada protagonizada por Federico Valverde (el joven exfutbolista de Peñarol y de un tiempo a esta parte titular indiscutido del linajudo Real Madrid) en el partido final por la Supercopa de España, contra su eterno rival el Atlético de Madrid. A falta de cinco minutos para la finalización del alargue definitorio (el cotejo había concluido empatado sin goles), el delantero colchonero Álvaro Morata sorprendió muy adelantada a la defensa merengue y emprendió un contragolpe en solitario hacia el arco defendido por Courtois, perseguido a cierta distancia por tres defensores rivales. Valverde fue el más rápido y logró darle caza al delantero, ya casi a la entrada del área, cuando tenía el arco prácticamente a su disposición. Su infracción, derribando desde atrás a Morata, fue particularmente dura, lo que motivó que fuera bien expulsado. Pero, a la postre, esa jugada extrema tuvo un peso decisivo en la definición del partido y en la consiguiente obtención del título en disputa (el alargue concluyó con el score cerrado y en la postrera definición por penales el Real fue muy superior).
Lo más singular, empero, fue todo lo que vino a ocurrir con posterioridad. No solo en los momentos subsiguientes (hubo roces y fricciones entre jugadores de ambos bandos, y el lesionado Morata no pudo participar en la tanda de penales) sino por las reacciones de los técnicos de ambos equipos, al terminar el partido. No pudo sorprender el amplio elogio de Zidane, pues la providencial intervención de Valverde fue a la postre decisiva para que su equipo obtuviera un nuevo título, pero sí el del argentino Simeone, técnico del perdedor, quien justificó plenamente la acción de nuestro compatriota, indicando que en su lugar él hubiera hecho exactamente lo mismo. Pero las repercusiones de esa jugada perduraron por muchos días más, en todo el amplio mundo del fútbol. En lo que influyeron las inmediatas y sinceras disculpas de Valverde por su accionar, la opinable decisión de haber sido igualmente elegido el mejor jugador del partido y la benignidad de la sanción que posteriormente se le aplicara (solo una fecha de suspensión).
Con todo, el motivo mayor para que el tema siguiera instalado en los medios fue una cuestión casi de índole moral: si una acción abiertamente antideportiva era merecedora de los amplios elogios, que mayoritariamente se prodigaron a su protagonista. A nuestro juicio, nada cabe reprochársele a Valverde, sin perjuicio de que pueda sorprender la excesiva rudeza de su acción, contrastante con la sutileza, que es la característica más relevante de su juego. Lo que él hizo, en definitiva, fue aquello que consideró indispensable para evitar un claro perjuicio para su equipo. Es claro que toda infracción cometida por un futbolista, en algún momento del partido y en cualquier lugar de la cancha, es un recurso contrario a las leyes del juego para neutralizar una acción lícita del adversario. Y ello no cambia por la mera circunstancia de que la falta haya resultado decisiva para la suerte final de un partido o de un torneo. Valverde hizo en ese momento crítico lo que consideró más apropiado en beneficio de su equipo, por lo que nada cabe objetársele; quizás, con la salvedad de la excesiva dureza de su acción (podría también ser cuestionable que su expulsión no haya sido óbice para que se lo eligiera el mejor jugador de la final, cuando precisamente él había desperdiciado la más clara situación de gol del partido).
Inevitablemente, esta jugada tan comentada trajo el recuerdo de una muy similar, ocurrida en el clásico del torneo Clausura del 2016. En esa oportunidad, casi en el cierre del partido (ganaba Nacional por dos goles a uno), Sebastián Fernández enfiló solo hacia el arco rival para poder liquidar el pleito y, antes de ingresar al área, fue derribado desde atrás por el zaguero aurinegro Guillermo Rodríguez. Con un hombre menos por su justa expulsión, igual Peñarol logró un agónico empate, con un gol de Marcel Novick (mantuvo así la punta de la tabla anual y finalmente obtuvo el Campeonato Uruguayo de ese año). Curiosamente Valverde fue titular en ese partido y, aunque fue sustituido unos minutos antes, igual pudo observar desde el banco esta jugada capital).
Pero los más memoriosos tenemos grabada a fuego otra situación casi similar, ocurrida en el Mundial de México de 1970, pero con un desenlace muy distinto. Uruguay, tras aquella inolvidable victoria ante la URSS (con el gol de Espárrago) debió medirse en una semifinal ante Brasil. Aunque estaba predeterminado que ese partido se jugaría en el Estadio Azteca de la capital mexicana, la dirigencia brasileña —con la complicidad de su compatriota João Havelange, presidente de la FIFA— logró mudarlo para Guadalajara, en donde Brasil había jugado todos sus partidos. Hecho que determinó que nuestra selección debiera recorrer 600 km, desde Puebla, ciudad que había sido su habitual lugar de concentración. El equipo celeste se puso prematuramente en ventaja con un gol de Luis Cubilla. Pero casi en el final del primer tiempo, tras una pelota que nuestro equipo perdió en la mitad de la cancha, salió proyectado un contragolpe brasileño. La pelota le llegó al puntero Jairzinho, y este enfiló rectamente hacia el área celeste, seguido de cerca por Roberto Matosas. En una carrera de unos pocos metros le ganó en velocidad, sin que Matosas atinara a hacer lo que hizo Valverde (o sea, derribarlo antes de que lograra ingresar al área), y su fuerte remate cruzado venció a Mazurkiewitcz, permitiendo así que Brasil pudiera retirarse al vestuario con un empate tranquilizador. En el segundo tiempo llegaron otros dos goles, de Clodoaldo y Rivelinho, ante un elenco celeste físicamente diezmado por el calor y la humedad de Guadalajara, así como por el tremendo desgaste del anterior partido, con alargue, ante la URSS.
Mucha gente —entre ellos algunos periodistas— llegaron a reprocharle a ese inmenso futbolista que fue Matosas que no hubiera “bajado” a tiempo al autor del empate, lo que quizás hubiese cambiado la suerte de ese partido. Pero quienes seguimos toda su larga y exitosa carrera, y lo conocimos muy de cerca, sabemos bien que en su ADN no tenía cabida, ni siquiera la posibilidad de una acción que él sintiera como contraria a lo moralmente correcto. ¡Y que jamás debe haberse reprochado no haber obrado de una manera distinta en aquella puntual incidencia!