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Entre la culpa, la desidia y la esperanza

Editora Jefa de Galería

El cambio climático es el tema que desvela al mundo. A veces sucede que algunos asuntos, por tanto que se mencionan y discuten, pasan a ser cansadores, y dejamos de prestar atención creyendo que no están a nuestro alcance, que nada podemos hacer, que la solución está en manos de expertos, de las autoridades, de los gobiernos o las organizaciones internacionales que trabajan para eso. Y es verdad. Pero en lo que refiere al cambio climático sabemos que también es cierto que cada humano de este planeta puede contribuir. Solo debe transformar la culpa generada por usar plásticos o no andar en bicicleta —mientras los países incumplen sistemáticamente con sus promesas ambientales— en acciones positivas que lo hagan sentir bien. El desafío es no bajar los brazos, porque la salida requiere cambios de hábitos y un poco de evangelización dentro del núcleo familiar también.

Con este tema que se viene hablando desde hace tanto tiempo parece ser que ya está todo dicho, que se sabe lo que hay y lo que no hay que hacer, y que solo se necesita de fuerza de voluntad para internalizar ese concepto de que lo mínimo que se haga, aporta. Porque no es tarea sencilla ponerse el cambio climático al hombro y modificar las rutinas mientras las grandes potencias parecen hacer caso omiso al llamado del planeta, y siguen discutiendo en las cumbres sobre cómo poder continuar con sus economías altamente contaminantes. Es entonces cuando asalta el pensamiento egoísta: ¿Y yo tengo que controlar el tiempo que abro la heladera o tomarme el trabajo de hacer compost, mientras la Amazonia es arrasada frente a los ojos del gobierno o se siguen explotando los pozos de petróleo a lo ancho del mundo por intereses millonarios? Pues sí. Así de injusta o desequilibrante puede ser la realidad. Sin embargo, en ese desequilibrio existe la esperanza de que si los ciudadanos de a pie nos esforzamos, podemos llegar a tener la suficiente influencia en este problema global.

A pesar de lo agotador que pueda resultar el tema, un poco también por la impotencia y la culpa que genera, y de que creemos que ya no hay nada nuevo que aprender al respecto, siempre aparecen conceptos e ideas que refrescan las ganas de ponerse manos a la obra. 

El uruguayo Agustín Inthamoussu, integrante del panel de expertos de las Naciones Unidas para el Cambio Climático para la revisión de inventarios de gases de efecto invernadero, que representó al país en la COP27 en noviembre en Egipto, entrevistado por Federica Chiarino en un artículo que se publica en esta edición, da varias pautas y consejos que pueden resultar novedosos para quienes no siguen de cerca el complicado tema del cambio climático. Por ejemplo, que la comida al descomponerse emite gas metano, uno de los tres gases que provocan el efecto invernadero. Entonces, como medida doméstica, no dejar que la comida se pudra es un grano de arena que se aporta a la causa. Evitar esto que sucede tan comúnmente en los hogares requiere hacer mejor los cálculos a la hora de las compras —lo que sin duda es beneficioso también para el bolsillo—, desplegar todo tipo de inventiva culinaria para reutilizar los restos de la comida ya preparada, cortar la parte fea de una manzana, una papa, un zapallito y no tirarlo entero, y, al final, si es posible, hacer compost con los residuos orgánicos para evitar que se pudran y generen metano. Porque el 30% de la comida que se produce en el mundo se tira a la basura. Imaginemos la contaminación que eso produce.

Otro concepto que quizás muchos todavía desconocen y que alivia un poco la preocupación sobre este tema es que la ecuación no solo implica la reducción de los gases de efecto invernadero sino que se puede trabajar para compensar esas emisiones.

En Uruguay, la ganadería y la agricultura producen el 60% de las emisiones, al contrario del sector energético, que es muy renovable y está casi en cero. Inthamoussu explica que los principales gases de efecto invernadero son el CO2 , el metano y el óxido nitroso, y que en CO2 Uruguay es neutral porque hay más captura de carbono a través de la fotosíntesis de los árboles por la forestación, y esto compensa las emisiones. En cuanto al metano y al óxido nitroso, que son los gases que vienen de la ganadería y la agricultura, hay más emisiones que captaciones. El dato esperanzador es que hay cada vez más productores rurales preocupados por contrarrestar la contaminación que generan.

Esto quiere decir que se puede medir la huella de carbono que se deja, saber dónde están las fuentes de las emisiones, cómo se puede hacer para reducirlas, y, en su defecto, cómo compensarlas para que la ecuación dé cero.

Esto cambia la perspectiva desde afuera. Porque cuando se sostiene que no se les puede pedir a los productores o a las empresas multinacionales que dejen de hacer lo que hacen porque están provocando daños irreparables al planeta, la pregunta es: ¿por qué no? Que inventen otro tipo de negocio, pues en algunos años ya no va a haber planeta de dónde seguir explotando. Es como si todos los días una persona retira un ladrillo de su casa para venderlo y ganar dinero. Un día se quedará sin casa y sin negocio.

Ahora, si existe una manera de que se compense ese daño y la estructura de la casa (el planeta) no corra peligro, entonces estamos ante un panorama más esperanzador. Y la culpa que sentimos por tirar dos zapallitos pasados a la basura se convierte en ganas y fuerza de voluntad para hacer que las cosas cambien.