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La vestimenta de la mujer parece ser un tema de estudio sociológico. Es más que la
simple elección de prendas, o temas relacionados con tendencias de la moda. Su
atuendo es un vehículo por el que parecen decirse muchas cosas, muchas más de
las que la propia portadora de esas prendas quiere o pretende. De hecho, son
los demás los que le cargan significados a su forma de vestir. Es por esto,
entonces, que ella no es libre de usar lo que quiere, porque es consciente de
que lo que se ponga sobre su cuerpo va a estar diciendo cosas, y el problema
está en qué cosas son las que quiere o no quiere comunicar. Esto no debería ser
así.
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Ahora que
empieza el Mundial de fútbol, miramos hacia Catar con cierta indignación por
las normas que allí rigen en cuanto a la vestimenta femenina. Entre las varias
restricciones que las mujeres sufren en ese país islámico, tienen prohibido
mostrar la piel más allá de los codos y las rodillas. Esto choca con la cultura
occidental y es tema de artículos periodísticos como el que incluimos en este
número, escrito por Milene Breito, sobre a qué se enfrentan las mujeres que
viajan a Catar y cómo se preparan para acatar otras reglas de juego.
Sin embargo,
a pesar de que occidente puede manejar normas más flexibles, menos restrictivas
sobre hasta dónde la mujer muestra su cuerpo, de igual forma maneja ciertas
leyes sobre el vestir de la mujer. Tal vez esta cultura no sea tanto más libre
y menos opresora como se cree.
Si vamos a la
esencia de las reglas del vestir femenino, todas las consideraciones al
respecto pasarían por evitar connotaciones sexuales. Si deja ver la piel, qué
partes de su cuerpo quedan al descubierto, si se marca su silueta, si se nota
la ropa interior. Esto puede ir variando hasta alcanzar los extremos según la
cultura y la religión que se profese. Y básicamente la razón de estas normas se
apoya en que la visión o insinuación del cuerpo de la mujer no despierte en los
hombres el deseo sexual. Visto así, parecería que las mujeres tenemos un poder
que debemos usar con responsabilidad porque los hombres no pueden/saben
controlar sus impulsos.
Pero en la
cultura occidental también existe otro fundamento donde se apoya el decálogo
del buen vestir femenino, y que es un poco contradictorio con el anterior.
Tiene que ver con utilizar la ropa para resaltar solo la figura hegemónica, esa
que indica que la mujer debe ser delgada, no tener panza ni mucha cola ni mucho
busto, pero sí lo suficiente... y un montón de otras reglas que van indicando
desde niña a la mujer qué puede y qué no puede usar según la silueta que le fue
dada en suerte por la naturaleza al momento de su nacimiento.
Y así vamos
por la vida tratando de vestirnos de acuerdo a lo que nos enseñaron, sin mostrar
mucho pero sí un poco, no pudiendo usar pollera si tenemos piernas gordas o
eligiendo ese corte de vestido que nos “favorece” y eliminando de nuestro
ropero esas prendas que una vez nos dijeron que no nos quedan bien. Pero
llegaron aquellas que se animaron a romper con esos moldes.
Cuando una
actriz y cantante argentina de 36 años subió al escenario a cantar vistiendo un
pantalón brilloso, holgado, pero que marcaba que su cuerpo no era perfecto
según los cánones de belleza tradicionales, llamó la atención. Las artistas
siempre han tratado de romper la línea de lo verosímil matándose con dietas y
tratamientos de belleza para intentar ser más una estrella inalcanzable que una
humana más, pero el físico de esta mujer era el mismo que el de cualquier otra
mujer del público. Siguiendo con su outfit —que mostraba un look
acorde al escenario pero relajado, despeinado—, otro detalle no menor era que
llevaba una musculosa corta y no usaba soutien. Esto la hacía dueña de
un aura aún más descontracturada que le sentaba muy bien.
La libertad y
naturalidad con la que la cantante se mostraba frente a su público en cuanto a
su imagen y su forma de vestir fue como una bocanada de aire fresco para las
mujeres que allí la estaban mirando. Era la encarnación de la felicidad de ser
sin ajustarse a lo que otros/otras imponen con su (generalmente estúpida)
opinión. Hasta no hace mucho, salir a la calle sin soutien resultaba ser
una espantosa provocación hacia los hombres, que exaltaba todo tipo de
pensamientos sexuales y que hacía olvidar que solo era un cuerpo de mujer, nada
más.
Afortunadamente,
la fuerza que ha tenido el movimiento feminista en lo últimos tiempos en todo
el mundo ha logrado flexibilizar muchas normas de belleza y de “moral” que
hasta hace un par de décadas eran inamovibles para las mujeres que hoy están en
sus 40, 50 y más, aunque generaciones más jóvenes un tanto más conservadoras
siguen manteniendo.
Toda mujer
debería tener la libertad de vestirse como quiere, sin pensar en si puede o no
debido a la forma de su cuerpo o si va a provocar a un hombre mostrando el
tobillo, el hombro o la forma de sus pechos. Es un alivio saber que esas reglas
están cayendo en desuso, que sin importar el físico, ya sea que su talle
indique S o XL, la mujer pueda elegir la prenda que la haga sentir bien, cómoda
y feliz sin pensar en las miradas de los otros y, especialmente, de las otras,
que, a otra escala, también censuran.
Tal vez haya llegado la
hora de dejar de adjudicar significados negativos a la ropa de la mujer.